La última soltera del grupo Capítulo 9 — Asiento Delantero #3
47%

Capítulo 9 — Asiento Delantero #3

—¿Seguimiento médico?

—Servicio posventa.

—Muy profesional.

—Está preocupado por mi espalda.

Martín bebió agua.

—Qué atento.

Claudia esperó un segundo.

—¿Eso eran celos?

Él levantó las cejas.

—Eso era sed.

—Respuesta sospechosa.

—Investigadora otra vez.

Claudia sonrió y dejó el teléfono sobre la mesa. La posibilidad le hizo más gracia de la que debería, aunque tampoco sabía qué haría con una respuesta afirmativa.

Irene, a su derecha, había escuchado lo suficiente.

—A mí también me parece atento Sergio —dijo.

Claudia la miró.

—Come.

—Estoy comiendo.

—Pues concéntrate.

—Mucho nervio para un mensaje de fisioterapia.

Martín fingió interés repentino por la carta de postres.

Después de comer, el grupo tuvo una hora libre. Claudia llamó a su madre desde una plaza mientras las demás entraban en una tienda.

—Te veo morena —dijo su madre por videollamada.

—Llevamos cinco días.

—Pues tienes mejor cara.

—Eso es el filtro del teléfono.

—Marta me ha mandado fotos. Estáis pasándolo bien.

—Sí.

—¿Y el guía?

Claudia cerró los ojos.

—¿Podemos hablar de un hombre sin que quieras saber su estado civil?

—Solo he preguntado cómo está.

—Has preguntado «y el guía» con una entonación que conozco desde el instituto.

Su madre se rió.

—Bueno, parece simpático.

—Lo es.

—Ya está.

—Gracias.

—No te he dicho nada.

—Esa es la mejora.

Cambió el tema hacia el trabajo, el tiempo en Madrid y una vecina que se había roto una muñeca. Al colgar, Claudia se quedó mirando el móvil.

La conversación había sido pequeña, incluso absurda. Aun así, notó lo cansada que estaba de anticipar preguntas. Quizá parte de su postura defensiva nacía de eso: llevaba tanto tiempo esperando la evaluación que a veces respondía antes de que nadie la hiciera.

Cuando se reunió con el grupo, Martín estaba sentado en un escalón bebiendo agua. Claudia se acercó y se sentó a su lado.

—Acabo de discutir con mi madre por una pregunta que casi no ha hecho.

—Eficiente.

—Me estoy dando cuenta de cosas que no me gustan.

—Viajes transformadores. Lo ponía en el folleto.

—Como digas eso otra vez, denuncio a la empresa.

Él sonrió.

—¿Qué cosa?

—Que a veces entro a las conversaciones con la defensa preparada. Mi madre pregunta algo normal y yo escucho cinco años de preguntas anteriores.

Martín asintió.

—Tiene sentido.

—No me des la razón tan rápido. Quiero pelear un poco.

—Puedo decir que estás exagerando.

—Gracias.

—Estás exagerando.

Claudia le dio un pequeño golpe con el hombro.

—Idiota.

El contacto duró menos de un segundo. Le bastó para notar que el cuerpo empezaba a participar en una conversación que ella prefería mantener todavía en la cabeza.

Se levantó antes de pensar demasiado.

—Venga. El grupo se va.

Martín también se puso de pie.

—Esta noche tienes candidato.

—Andrés.

—Veo que has estudiado.

—Marta ha hecho campaña.

—¿Necesitas Hacienda?

—Ya veremos.

Por la tarde, ella y Martín caminaron juntos unos metros detrás del grupo.

—¿Tú volverías a arquitectura si te ofrecieran algo bueno? —preguntó.

—No lo sé.

—Pensaba que lo tenías clarísimo.

—Tengo claro que no quiero la vida que tenía. Eso no significa que odie diseñar.

—Entonces quizá algún día vuelvas de otra manera.

Martín la miró.

—Puede.

—Mira qué adulta me ha quedado esa respuesta.

—Estoy impresionado.

—No te acostumbres.

Llegaron a una pequeña plaza. Irene se había sentado junto a una fuente.

—Mis pies han presentado una denuncia formal —anunció.

Martín consultó la hora.

—Tenemos veinte minutos. Descanso.

Todos se repartieron por bancos y terrazas. Claudia fue a comprar agua. Cuando volvió, encontró a Martín sentado solo en un escalón. Le ofreció una botella.

—Gracias.

—Servicio premium.

—¿Cuánto debo?

—Una respuesta sincera.

Martín levantó las cejas.

—Peligroso.

—¿Te gusta estar solo?

Él abrió la botella.

—Sí.

—¿Siempre?

—No.

—Eso eran dos respuestas. Has salido ganando.

Martín sonrió.

—Me gusta llegar a casa y no tener que hablar. Me gusta decidir planes sin negociar. También hay noches en que me gustaría cenar con alguien y no empezar desde cero.

Claudia se sentó a su lado.

—Eso sí lo entiendo.

—La gente habla de estar solo como si fuera una sola cosa.

—Y cambia según el martes.

—Muchísimo.

Claudia bebió agua.

—Ayer estaba encantada de dormir sola. Esta noche igual me apetece conversación.

La frase podía sonar a otra cosa.

Claudia se dio cuenta un segundo tarde.

—Quiero decir...

—He entendido.

—Bien.

—Aunque la aclaración lo ha empeorado.

Ella empezó a reírse.

—Cállate.

El grupo volvió a ponerse en marcha.

Claudia caminó junto a Irene después.

—Te has puesto roja —dijo su amiga.

—Hace calor.

—Claro.

—Portugal en junio.

—Científicamente impecable.

Claudia no respondió.

Aquella noche, las amigas todavía tenían preparada otra de sus actividades sociales.

Esta vez el nombre que circulaba en susurros era Andrés, un consultor que, según Marta, reunía una cantidad sospechosa de requisitos.

Claudia decidió presentarse a la cena sin personaje inventado.

Si necesitaba salir, Hacienda seguía disponible.