La última soltera del grupo Epílogo
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Epílogo

Un año después, las cinco tardaron tres meses en encontrar un fin de semana libre.

La negociación empezó en febrero y terminó en mayo, después de ciento doce mensajes, dos cambios de fecha, una guardia de Pablo, un cumpleaños infantil, una reunión de Marta y un conflicto de custodia de Eva que resultó ser un error de calendario compartido.

Cuando por fin llegaron a una casa rural a menos de dos horas de Madrid, Irene bajó del coche y levantó los brazos.

—Milagro administrativo.

Eva cerró el maletero.

—No ha sido tan difícil.

Las otras cuatro la miraron.

—Ha sido dificilísimo —rectificó.

Vega, la hija de Lucía, tenía ocho meses y llevaba dormida desde hacía veinte minutos. Pablo se había quedado en Madrid. Lucía cargó la mochila del bebé y advirtió que quien despertara a la niña asumiría la siguiente siesta.

Marta bajó una bolsa de comida.

—He traído juegos.

—No —dijo Claudia.

—Ni sabes cuáles.

—No.

Irene señaló la casa.

—¿Hay vino?

—Sí.

—Entonces podemos salvar el fin de semana.

Claudia sacó su maleta. Martín la había llevado hasta el punto de encuentro esa mañana y después se marchó a ver a sus padres.

Desde hacía ocho meses trabajaba la mitad del tiempo desde Madrid y seguía viajando varios meses al año.

Habían probado a pasar semanas juntos, luego semanas separados, y hacía poco habían empezado a hablar de buscar un piso con un segundo armario. De momento solo hablaban.

Claudia había aprendido que discutir una posibilidad no la convertía en obligación.

La casa tenía tres habitaciones. El reparto produjo una crisis porque nadie quería dormir con Lucía y el horario de Vega, una injusticia que ella aceptó con sorprendente serenidad.

—Dormiré sola con mi hija mientras vosotras descansáis ocho horas y mañana os odiaré a todas —dijo.

—Podemos turnarnos —ofreció Eva.

—No. Quiero conservar el derecho moral a quejarme.

—Muy bien.

Irene dejó una bolsa en una habitación.

—Yo con Claudia. Como Portugal.

—Eso ha sonado a amenaza —dijo Claudia.

—Llevo tapones.

Marta y Eva compartieron la tercera.

La tarde pasó entre comida, una caminata corta y una siesta colectiva que ninguna admitió haber necesitado. Claudia se despertó antes que Irene y salió al porche con la libreta verde.

Ya no era la misma libreta. La original se había llenado meses atrás y estaba guardada en un cajón de casa. Aquella era la segunda, también verde por superstición que se negaba a llamar superstición.

La novela que había empezado con escenas de Portugal tenía ciento veinte páginas.

Seguía sin saber si era buena y había aprendido a soportar esa incertidumbre.

Marta salió con dos cafés.

—¿Escribes?

—Intento.

—¿Puedo preguntar cuánto llevas o eso cuenta como presión?

Claudia sonrió.

—Ciento veinte páginas.

Marta abrió mucho los ojos y se tapó la boca con una mano antes de emitir sonido.

—Gracias por el autocontrol.

—Estoy creciendo muchísimo.

Le entregó el café.

—¿Martín lo ha leído?

—Tres capítulos.

—¿Y?

—Le gusta.

—¿Y tú?

La pregunta la hizo mirar las páginas.

—A ratos. Otros días quiero tirarlo todo.

—Eso suena bastante normal.

—Mira quién lo dice.

Marta se sentó.

Habían pasado muchas cosas en un año. Eva y Álvaro se habían separado seis meses antes. La terapia les ayudó, solo que no del modo que Eva esperaba. Descubrieron que podían hablar mejor cuando dejaron de utilizar cada sesión como intento de salvar una estructura que ya no querían.

La separación había sido dolorosa, burocrática y menos espectacular que los divorcios de las series. Los niños vivían una semana con cada uno. Eva había alquilado un piso a veinte minutos de la antigua casa y se había obsesionado con elegir lámparas.

—¿Cómo está? —preguntó Claudia mirando hacia dentro.

—Bien hoy. Ayer fatal. Supongo que seguirá así un tiempo.

—Sí.

—Ha quedado con alguien la semana que viene.

Claudia giró la cabeza.

—¿Cómo sabes eso?

Marta palideció.

—Me lo ha contado ella.

—Bien.

—No he investigado.

—Me alegro.

—Ni sé el apellido.

—Marta.

—Ya.

Las dos se rieron.

Irene apareció en la puerta despeinada.

—¿Estáis hablando de relaciones sin mí?

—Eva tiene una cita —dijo Marta.

—Lo sé.

Claudia la miró.

—¿Y por qué yo no?

—Porque llevas un año ocupada con el guía.

—Tiene nombre.

—Mira quién defiende las etiquetas.

Irene seguía con Andrés. Había tardado cinco meses en aceptar la palabra pareja y seguía negándose a llamarlo novio porque, según ella, a los treinta y seis años sonaba como si tuviera que pedir permiso para volver tarde a casa.

La hija de Andrés conocía ya al grupo y consideraba a Marta «la señora que hace muchas preguntas».

Marta había recibido el comentario como una crítica injusta.

Lucía salió con Vega en brazos. La niña tenía el pelo pegado a la frente y una expresión seria.

—Se ha despertado.

—Yo no he hecho nada —dijo Irene.

—Todavía.

Se sentaron todas fuera. Vega pasó de brazos en brazos. Eva apareció con una bolsa de patatas y se dejó caer en una silla.

—¿De qué habláis?

—De tu cita —respondió Irene.

Eva miró a Marta.

—Traición.

—Lo sabían casi todas.

—Claudia no.

—Claudia está distraída por el amor.

Claudia le lanzó una servilleta.

—Di esa frase otra vez y pago a alguien para que te organice siete citas.

Marta levantó las manos.

—Retirada.

Por la noche sacaron la fotografía de Portugal.

Eva la había llevado en una funda. La imagen de los veintidós años estaba detrás. La de los treinta y cinco, delante. En el reverso seguía la frase inacabada:

«A los cuarenta...»

—Tenemos que terminarla —dijo Lucía.

Irene cogió un bolígrafo.

—Muy bien. Sin estados civiles. Sin condiciones reproductivas. Sin objetivos laborales.

—Sin peso —añadió Eva.

—Eso ni estaba en discusión —dijo Claudia.

Marta pensó.

—«A los cuarenta nos vamos otra vez, pase lo que pase».

Claudia miró a las otras.

—Eso sí.

—Puede que una no pueda —dijo Eva—. Los niños, trabajo, lo que sea.

—Entonces movemos la fecha —respondió Irene—. La promesa no necesita notario.

Lucía tenía a Vega dormida contra el pecho.

—Y quien tenga pareja no está obligada a traerla.

—Gracias —dijo Claudia.

—¿Martín viene este fin de semana? —preguntó Marta.

—Mañana a comer.

Irene señaló la foto.

—Pues hoy somos cinco.

Marta escribió la frase.

Debajo firmaron otra vez, como a los veintidós, solo que ahora las firmas eran más rápidas y ninguna necesitaba imaginar cómo sería su vida cuando llegara la fecha.

Claudia observó las dos fotografías. En la antigua parecían seguras de cosas que todavía no conocían. En la nueva, tomada en Portugal, se estaban riendo y Lucía tenía una mano sobre la barriga. Prefería esa.

Antes de que llegara Martín, la mañana había empezado con una discusión sobre habitaciones que recordó demasiado a Portugal.

Vega se despertó a las seis y cuarenta. Lucía la llevó al salón para dejar dormir a las demás, donde encontró a Eva ya despierta con un café.

Claudia apareció media hora después, atraída por el olor.

—¿Por qué estáis vivas?

—La maternidad —dijo Lucía.

—La ansiedad —dijo Eva.

—Yo venía por café.

Se sentó con ellas. Vega golpeaba una cuchara de madera contra la mesa con una concentración admirable.

Eva miró a la niña.

—Echo de menos cuando Mateo era así de pequeño.

Lucía levantó la cabeza.

—¿En serio?

—No el sueño. Ni los pañales. Ni pensar que una fiebre de treinta y siete con tres era una emergencia nacional. Echo de menos poder cogerlo en brazos sin que me diga que le da vergüenza.

—Ayer Vega me mordió —dijo Lucía—. Podemos intercambiar etapas.

—Yo puedo ofrecer un ficus muerto.

—Sigue vivo —dijo Lucía.

—Martín discrepa.

Eva tomó café.

—¿Al final vais a buscar piso?

—Estamos hablando de la posibilidad.

—He preguntado sin agenda.

—Lo sé. Estoy comprobando mis reflejos.

Lucía sonrió.

—¿Te apetece?

Claudia pensó un momento.

—Algunos días sí. Otros pienso en compartir armario y me entra urticaria. Martín quiere una mesa grande para trabajar y yo quiero una habitación donde cerrar la puerta. Si algún día encontramos un piso que tenga las dos cosas y seguimos queriendo, ya veremos.

Eva asintió.

—Suena bien.

—Suena caro —dijo Lucía.

—Eso también.

Vega dejó caer la cuchara. Claudia la recogió y se la devolvió. La niña volvió a tirarla.

—Esto es un experimento de poder —dijo.

—Y está ganando —respondió Lucía.

Cuando Irene y Marta aparecieron, la cocina se llenó de voces.

Nadie preguntó a Claudia si iba a casarse.

Nadie preguntó a Eva cuándo tendría otra pareja.

Irene contó que la hija de Andrés quería que la acompañara a una función del colegio y reconoció que aquello le hacía más ilusión de la que pensaba admitir.

Claudia escuchó a sus amigas y pensó que habían aprendido algo, aunque de una forma mucho menos limpia de lo que Marta habría apuntado en una lista. Seguían opinando, metiendo la pata, preguntando de más y corrigiéndose. Seguían siendo ellas.

A media mañana, Martín apareció con pan, café y una bolsa de bollos.

Marta abrió la puerta.

—Has aprobado el acceso.

—Qué alivio.

—No te emociones. Es temporal.

Claudia llegó por detrás.

—No le hagas caso.

Martín la besó y levantó la bolsa.

—He traído soborno.

Irene apareció en el pasillo.

—Ahora sí puedes quedarte.

Desayunaron tarde. Vega tiró una cuchara al suelo seis veces. Eva habló de su piso. Irene enseñó una fotografía de la hija de Andrés. Marta intentó organizar una excursión y recibió cuatro negativas inmediatas.

Claudia miró a Martín al otro lado de la mesa. Él estaba escuchando a Lucía explicar por qué no pensaba tener otro hijo «ni aunque le regalaran una casa». Cuando notó la mirada de Claudia, levantó las cejas.

Ella negó con la cabeza, sonriendo.

La mirada bastaba. Le gustaba poder observarlo sin que cada gesto tuviera que anunciar el futuro.

Después, las cinco salieron a caminar. Martín se quedó en la casa recogiendo el desayuno con la promesa de reunirse más tarde. Irene llevaba la nueva fotografía en el bolsillo porque desconfiaba de que Eva la guardara junto a una lista.

—A los cuarenta, entonces —dijo Marta.

—A los cuarenta —respondió Lucía.

—Yo pienso seguir teniendo treinta y nueve —dijo Irene.

—Tú llevas cuatro años diciendo que tienes treinta y tres —recordó Claudia.

—Constancia.

Eva se echó a reír.

Claudia caminó entre ellas por el sendero. Irene iba explicando por qué pensaba seguir teniendo treinta y nueve a los cuarenta, Marta buscaba cobertura para comprobar una reserva que nadie le había pedido y Lucía intentaba convencer a Eva de que dejara de mirar el reloj.

El móvil de Claudia vibró en el bolsillo.

CONTABILIDAD.

MARTÍN: ¿Habéis conseguido perderos sin guía?

Claudia miró a sus amigas. Irene acababa de señalar un camino distinto al de Marta y ambas discutían con absoluta seguridad.

CLAUDIA: Dame diez minutos.

MARTÍN: Profesionalmente disponible.

Claudia guardó el teléfono.

—Por aquí —dijo Eva.

—Por ahí —corrigió Irene.

—Yo voto por volver a la casa —dijo Lucía.

Marta levantó el móvil.

—Tengo mapa.

Claudia empezó a reírse.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.