La última soltera del grupo Capítulo 9 — Asiento Delantero
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Capítulo 9 — Asiento Delantero

ASIENTO DELANTERO

Al quinto día, el asiento delantero ya era de Claudia.

Nadie lo había dicho. Nadie lo había acordado. Cuando bajaron con las maletas después del desayuno, Marta dejó su bolso allí por un momento y luego lo retiró al ver acercarse a Claudia.

Irene presenció la escena.

—Territorio marcado.

—Me mareo atrás.

—Mentira.

—Ahora sí.

—Qué enfermedad tan selectiva.

Claudia colocó el portátil a sus pies y subió.

Martín llegó un minuto después con dos cafés. Le dio uno sin preguntar.

—¿Cómo sabes que lo tomo con leche?

—Lo has pedido así cuatro mañanas.

Claudia miró el vaso.

—Eso es inquietante.

—Se llama memoria.

—Pensaba que los hombres perdíais esa función después de los treinta.

—Solo con aniversarios y tareas domésticas. Viene de fábrica.

Ella probó el café.

—Está bueno.

—De nada.

Salieron hacia el siguiente punto de la ruta. El paisaje se extendía a ambos lados de la carretera, verde y ordenado en terrazas. Claudia guardó el móvil. Había hecho demasiadas fotos sin mirar realmente nada.

—¿Te gusta este trabajo? —preguntó después de un rato.

Martín mantuvo la vista al frente.

—Sí.

—Respuesta sospechosamente breve.

—Mucho.

—Has añadido una palabra.

—¿Quieres una presentación?

—Tengo diez días. Puedes desarrollar.

Él sonrió.

—Me gusta moverme. Me gusta solucionar problemas. Me gusta conocer sitios bien y luego enseñarlos sin hacer sentir a la gente que está en una excursión de colegio.

—Eso último te sale bastante bien.

—Gracias.

—Ayer solo dijiste dos fechas durante toda la visita.

—¿Las contaste?

—Trauma de visitas guiadas.

Martín redujo velocidad al entrar en una curva.

—Antes trabajaba en arquitectura.

—Eso sé.

—¿También tienes ficha?

—Irene hace preguntas.

—Peligrosa.

—Muchísimo. ¿Por qué lo dejaste?

La pregunta podía haber sido demasiado personal, pero Martín no pareció incómodo.

—Porque llevaba años pensando que lo dejaría cuando tuviera una razón suficiente.

—¿Y apareció?

—Me divorcié.

Claudia giró un poco hacia él.

—Eso es bastante razón.

—No exactamente. El divorcio hizo que revisara muchas cosas que llevaba posponiendo. El trabajo era una de ellas.

—¿Lo odiabas?

—Había días que no. Ese era parte del problema. Era fácil quedarme porque tampoco era una tragedia.

Claudia entendió aquello mejor de lo esperado.

—La mediocridad cómoda es peligrosísima.

Martín la miró un instante y volvió a la carretera.

—Exacto.

—¿Tenías estudio propio?

—Trabajaba como asociado en uno. Buen sueldo, proyectos grandes, horarios espantosos.

—Y ahora conduces a cinco mujeres que intentan casar a otra.

—La trayectoria profesional soñada.

Claudia se rió.

—¿Tu familia qué dijo?

—Mi padre sigue preguntando cuándo vuelvo a la arquitectura.

—¿Y qué respondes?

—Que en cuanto encuentre un edificio que necesite que lo lleve en furgoneta por Portugal.

Ella volvió a reírse.

En la parte trasera reinaba un silencio de sueño. Eva miraba el móvil. Marta dormía. Lucía apoyaba la cabeza en la ventana. Irene llevaba auriculares.

—¿Y tu exmujer? —preguntó Claudia, cuidando el tono—. ¿Le sorprendió?

—Menos que a nadie.

—Eso dice mucho.

—Me conocía.

Martín hizo una pausa.

—Nos casamos convencidos de que queríamos exactamente la misma vida. Luego fuimos cumpliendo cosas. Piso, trabajos, planes... Un día resultaba difícil distinguir qué habíamos elegido y qué venía incluido en el paquete.

Claudia miró el café entre sus manos.

—¿Fue feo?

—Fue triste. Que es distinto.

—¿Os lleváis bien?

—Ahora sí. Ella vive en Valencia. Está con otra persona.

Martín contaba aquella etapa sin amargura ni pose de superviviente. Claudia agradeció que la historia pudiera existir sin una villana escondida.

—¿Y tú?

Martín sonrió.

—¿Yo qué?

—¿Has estado con alguien después?

—Alguna relación corta.

—Vaya, qué misterioso.

—No soy misterioso. Simplemente conduzco y me estás entrevistando.

—Profesionalmente deformada.

—¿Y tú?

La pregunta le devolvió el equilibrio.

—Alguna relación larga. Alguna corta. Ningún divorcio que pueda poner en LinkedIn.

—Irene dice que cuenta como experiencia laboral.

—Te está contaminando.

—Es convincente.

Claudia miró por la ventana. Habían entrado en una carretera estrecha. El río aparecía y desaparecía entre árboles y construcciones.

—Mi última relación seria terminó hace tres años —dijo—. Vivíamos separados, pero llevábamos casi cuatro juntos.

—¿Qué pasó?

—Nada espectacular. Él quería mudarse a su ciudad, yo no. Pensamos que alguno cambiaría de idea. No ocurrió.

—¿Te arrepientes?

—De algunas discusiones, sí. De terminar, no.

Martín asintió.

—Eso parece bastante claro.

—Lo es. El problema es que después todo el mundo empezó a tratar cada cita como una audición para el puesto vacante.

—Y tú dejaste de hacer audiciones.

—Más o menos.

Se quedaron en silencio unos minutos.

Claudia notó que la conversación había adquirido una intimidad rara sin que ninguno la hubiera buscado. Le gustó. También la puso un poco alerta.

Cambió de tema.

—¿El consultor es hoy?

—Cena a las ocho.

—Perfecto.

—No te emociones.

—Llevo toda la mañana preparando Islandia.

—¿Qué sabes de Islandia?

—Frío, volcanes, Björk.

—Sólido proyecto migratorio.

—Y auroras.

—Con eso te dan residencia.

La conversación de la furgoneta no terminó cuando llegaron al siguiente destino.

Claudia se quedó con preguntas. Sobre el matrimonio de Martín, sobre dejar arquitectura, sobre esa frase de haber cumplido cosas que venían incluidas en el paquete. También se quedó con la impresión incómoda de que algunas de aquellas ideas se parecían demasiado a las suyas.

Durante la visita de la mañana, el grupo recorrió calles estrechas y se detuvo en un mirador. Marta pidió una fotografía de las cinco. Irene dijo que si veía otra cámara antes de comer iba a cometer un delito.

Martín se ofreció a sacar la foto.

—Tú siempre cortas los pies —dijo Marta.

—Eso fue una vez.

—Tres.

—La estadística está manipulada.

—¿Tú también tienes conflictos fotográficos con Marta?

—Llevo cinco días. Ya tengo historial.

La fotografía salió bien. Marta la examinó durante varios segundos y la aprobó.

—Has mejorado.

—Gracias por la evaluación.

Mientras las demás entraban en una tienda, Claudia se quedó fuera con Martín.

—¿Tienes fotos de cuando eras arquitecto?

Él la miró sorprendido.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Quiero comprobar las gafas negras y el cuello vuelto.

—Nunca llevé cuello vuelto.

—Entonces quizá no eras de verdad.

Martín sacó el móvil y buscó durante un rato. Le enseñó una fotografía de hacía seis o siete años. Aparecía frente a una maqueta enorme, con camisa blanca y acreditación colgada al cuello. Tenía el pelo algo más largo y una expresión mucho más seria.

Claudia amplió la imagen.

—Pareces cansado.

—Lo estaba.

—Y joven.

—Gracias.

—No pretendía que sonara a cumplido.

—Peor.

Él guardó el teléfono.

—¿Tú tienes fotos de cuando querías escribir novelas?

La pregunta la pilló desprevenida.

—Supongo.

—Quiero comprobar si llevabas boina.

—Nunca llevé boina.

—Entonces quizá no eras escritora de verdad.

Sacó el móvil y buscó entre fotos antiguas. Encontró una imagen de ella con veintisiete años, sentada frente a un portátil en una cafetería. Recordaba aquel día. Había escrito seis páginas de una novela que nunca terminó.

Martín miró la foto.

—Pareces concentrada.

—Estaba intentando escribir una escena de sexo y había una señora de ochenta años sentada al lado.

Él soltó una carcajada.

—Contexto importante.

—Abandoné la cafetería.

—¿Y la novela?

—Meses después.

—¿Por qué?

Claudia se encogió de hombros.

—Trabajo. Miedo. Pereza. El combo habitual.

—¿Era mala?

—No lo suficiente para abandonarla por mala. Tampoco lo bastante buena como para que me sintiera obligada a terminarla.

Martín asintió.

—Mediocridad cómoda.

—Exacto.

La expresión compartida creó un pequeño hilo entre sus historias.

Marta salió de la tienda con una bolsa.

—¿Qué hacéis?

—Comparando fracasos profesionales —dijo Claudia.

—Qué alegría.

—Ha sido íntimo —añadió Martín.

Marta los miró a ambos.

Claudia reconoció la alarma.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Tengo una cara muy expresiva.

—Ese es el problema.

La tarde les regaló dos horas sin programa. Eva propuso aprovecharlas para visitar otra iglesia e Irene amenazó con declararse pagana si alguien la obligaba a entrar en un edificio antes de merendar. El grupo acabó dividiéndose.

Claudia acompañó a Eva a comprar regalos para los niños. Entraron en una tienda pequeña donde su amiga tardó veinte minutos en elegir una camiseta para Mateo y otros diez en decidir si un coche de madera era demasiado grande para la mochila.

—Los echas de menos —dijo Claudia.

—Muchísimo. Y a ratos agradezco que estén a mil kilómetros.

—Eso ha sonado saludable.

Eva sonrió.

—Ayer dormí ocho horas seguidas. Creo que la última vez fue durante el embarazo de Nico.

—No lo digas delante de Lucía.

—Le quedan meses para descubrir el odio.

—Eres un anuncio precioso de la maternidad.

Eva sostuvo dos camisetas frente a ella.

—¿Azul o verde?

—Verde.

—Álvaro diría azul.

—Álvaro no está aquí.

Eva bajó las camisetas. Durante una fracción de segundo, algo se endureció en su expresión.

—Ya.

Claudia fingió estudiar un estante para darle tiempo.

—¿Quieres hablar?

—Todavía no.

—Perfecto.

—Gracias por no insistir.

—Estoy cursando un máster intensivo en límites.

Eva sonrió apenas.

—Yo también debería matricularme.

Pagaron los regalos y caminaron hasta una plaza donde las demás esperaban.

Claudia se quedó con la sensación de que el matrimonio de Eva tenía más grietas de las que su amiga enseñaba.

No quiso convertir esa sospecha en otra versión del mismo error que le molestaba a ella: interpretar una vida ajena desde fuera y decidir qué significaba.

Martín estaba sentado en un escalón con una botella de agua. Al verla, levantó otra que había comprado.

—¿Soborno?

—Prevención de quejas.

—Muy profesional.

Se sentó a su lado.

—¿Qué tal la expedición comercial?

—Dos camisetas, un coche y una crisis diplomática evitada.

—Día productivo.

Claudia abrió la botella.

—Eva echa mucho de menos a sus hijos.

—Normal.