Capítulo 8 — Profesor Con Novia #3
—Según tus amigas, sí.
—¿Datos?
—Treinta y nueve, Madrid, quiere hijos.
Claudia lo miró.
—¿Cómo demonios saben eso?
—No quiero saberlo.
—Yo tampoco.
Martín cerró la puerta.
—Podemos cancelar esa parte.
Claudia pensó unos segundos.
—No.
—¿Seguro?
—Ahora quiero ver hasta dónde llega esto.
—Eso suena peligroso.
—Para ellas.
Él sonrió.
—Tengo miedo de preguntar.
—Mañana quiero mudarme a Islandia.
Martín empezó a caminar hacia la casa.
—Buenas noches, Claudia.
—Y no quiero hijos.
—No me cuentes tu personaje.
—Estoy pensando en tener siete gatos.
—No participo.
—Te necesito comprometido con el proyecto.
—Me has contratado fatal.
Claudia lo siguió riéndose.
Desde una ventana del primer piso, Irene los vio entrar juntos y levantó las cejas.
Claudia decidió ignorarla desde lejos.
La revelación de que Tomás tenía novia ocupó buena parte de la cena aunque Tomás ya se hubiera marchado con su grupo.
Marta seguía ofendida con el universo.
—En las fotos no aparecía nadie.
—Esta frase debería preocuparte —dijo Claudia.
—Miré el perfil público. No hice nada ilegal.
—Gracias por establecer ese estándar.
Eva daba vueltas a una copa de agua.
—Yo también pensé que estaba soltero.
—¿Basándoos en qué? —preguntó Irene.
—Había venido solo a la actividad.
—Yo he venido sin marido —dijo Eva—. ¿Eso me convierte en soltera?
Lucía levantó una mano.
—Yo he venido sin Pablo y estoy embarazada de cinco meses. Igual conviene revisar el método científico.
Claudia soltó una carcajada.
Marta acabó riéndose también.
—Vale. Somos malas investigadoras.
—Terribles —dijo Irene.
—Pero de verdad que no había mala intención.
Claudia dejó el tenedor.
—Ya hemos hablado de la intención. Podéis quererme muchísimo y hacer una gilipollez al mismo tiempo. De hecho, parece bastante compatible.
—Eso debería ir en una taza.
—No le deis ideas a Marta.
La conversación cambió. Nuria contó que había conocido a Dani en un concierto al que ninguno quería ir y que durante meses pensaron que su primera cita había sido en días distintos. Marta quiso saber quién había pedido el teléfono. Dani juró que Nuria. Nuria juró que él.
—Quince años y seguís sin poneros de acuerdo —dijo Claudia.
—Hay cosas que es mejor no resolver —respondió Nuria.
Martín, sentado al extremo de la mesa, levantó la vista y sonrió.
Claudia se descubrió esperando que la mirara. Cuando ocurrió, apartó los ojos hacia su copa con un segundo de retraso que probablemente no engañó a nadie.
Al terminar la cena, Eva y Marta subieron con Lucía. Irene quiso quedarse tomando algo con Nuria. Claudia salió a la terraza exterior para responder un correo.
Martín estaba recogiendo unas hojas de una mesa.
—¿Sigues trabajando?
—Cliente con horario creativo.
—Puedes decir que estás fuera.
—Puedo. Luego puedo perder al cliente.
—Buen sistema.
Claudia envió el correo y guardó el móvil.
—¿Tú no desconectas nunca en ruta?
—A ratos.
—¿Cuándo?
Martín pensó.
—Cuando la gente duerme.
—Eso es deprimente.
—Me gusta conducir. También me gusta este trabajo. Que algo canse no lo convierte automáticamente en una tragedia.
Claudia apoyó los codos en la barandilla.
—Eso me lo voy a robar para responder a mis clientes.
—Factura derechos de autor.
Se quedaron mirando las luces dispersas del valle. La noche era templada y desde dentro llegaban risas de Irene y Nuria.
—¿Te arrepientes de haberme ayudado? —preguntó Claudia.
—Todavía no.
—Respuesta prudente.
—Llevas dos sabotajes y ya has convertido a un candidato en cómplice y a otro en caso de protección de datos. Queda margen de desastre.
—Confía en mí.
—Eso es exactamente lo que intento decidir.
Claudia giró la cabeza. Martín sonreía.
—Qué borde eres para trabajar de cara al público.
—Tengo valoraciones excelentes.
—Voy a dejar una reseña.
—Cinco estrellas o te bloqueo Contabilidad.
—Eso es chantaje.
—Gestión de reputación.
Claudia se rió.
La charla siguió sin dirección concreta. Hablaron de restaurantes malos en ciudades bonitas, de una boda en la que Martín había trabajado como camarero durante la universidad y de la época en que Claudia escribió descripciones de tornillos. Ninguno parecía tener prisa por subir.
Cuando Irene salió a buscarla, se detuvo en la puerta y los miró.
—Ah.
Claudia señaló hacia dentro.
—No.
—Solo iba a decir que he pedido la cuenta.
—Tu cara ha dicho otra cosa.
—La cara es mía.
—Buenas noches, Irene.
—Buenas noches, neutralidad institucional.
Él miró a Claudia.
—Ya sabe el nombre.
—Sergio habla demasiado.
Irene pasó un brazo por los hombros de Claudia mientras entraban.
—Sergio me cae estupendamente.
—A todo el mundo.
—Martín también.
Claudia ni siquiera respondió.
Cuando subió a dormir, encontró un mensaje de CONTABILIDAD.
MARTÍN: Tu madre ha llamado a recepción.
CLAUDIA: QUÉ.
MARTÍN: Broma.
CLAUDIA: Te odio.
MARTÍN: Eso ha sido demasiado fácil.
CLAUDIA: No vuelvas a hacerlo.
MARTÍN: Buenas noches, Claudia.
CLAUDIA: Cobarde.
Irene la observó desde su cama.
—Contabilidad.
—Cállate.
—He oído vibrar y has puesto cara.
—Duérmete.
—Qué interesante se está poniendo Portugal.