La última soltera del grupo Capítulo 8 — Profesor Con Novia #2
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Capítulo 8 — Profesor Con Novia #2

Irene se acercó por detrás.

—¿Ha salido bien la boda?

Marta le hizo una peineta.

Claudia guardó el teléfono. Le gustó que Tomás hubiera terminado siendo una persona a la que quizá volvería a escribir para pedir una recomendación de libros. Era una consecuencia más interesante que clasificarlo como candidato fallido.

Al otro lado de la calle, Martín estaba comprobando algo en la furgoneta. Levantó la mirada y vio a Claudia sonreír.

Sacó el móvil.

CONTABILIDAD.

MARTÍN: ¿Sigue teniendo novia?

CLAUDIA: Alarmantemente.

MARTÍN: Fallo del departamento de investigación.

CLAUDIA: Marta está considerando cambiar de identidad.

MARTÍN: Portugal tiene buenas carreteras hacia la frontera.

Claudia empezó a reírse y Marta la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Martín.

—No tienes pruebas.

Marta entrecerró los ojos. Claudia guardó el móvil antes de que pudiera leerlo.

Al salir, vieron a Martín hablando con Lucía junto a un banco. La amiga se había sentado a la sombra y bebía agua. Claudia notó el impulso de acercarse y decidió ir con Eva a buscar café en dirección contraria.

Le molestó darse cuenta de que estaba tomando decisiones para demostrar algo que nadie le había pedido.

Cinco minutos después abrió CONTABILIDAD.

CLAUDIA: Irene está investigando.

MARTÍN: Pensaba que la investigadora eras tú.

CLAUDIA: Ha cambiado el departamento.

MARTÍN: ¿Necesitas extracción?

CLAUDIA: Aún no.

MARTÍN: Hacienda queda disponible.

Claudia guardó el móvil antes de que Irene pudiera verla sonreír.

Tomás tenía pareja y, además, una facilidad exasperante para convertir la situación en entretenimiento.

Después de contarle a Claudia que salía con Marina, se ofreció a mandar una foto de ambos a Marta «para actualizar la base de datos».

—Ni se te ocurra —dijo Claudia.

—Me parece una oportunidad educativa.

—Le darías material para abrir una pestaña nueva.

—¿Hay pestañas?

—No preguntes.

Durante la cata, Tomás habló de su instituto. Enseñaba a adolescentes de dieciséis y diecisiete años y describía el trabajo con una mezcla de cariño y agotamiento.

—A esa edad creen que con treinta eres anciano —dijo.

—Nosotras a los veintidós pensábamos algo parecido de los treinta y cinco.

—¿Y ahora?

Claudia miró a Marta al otro lado de la sala.

—Ahora nuestras amigas nos organizan apareamientos preventivos antes de que caduquemos.

Tomás se rió.

—Mi hermana acaba de cumplir cuarenta y uno y mi madre le pregunta por el segundo hijo aunque tuvo el primero hace seis meses.

—La sociedad no descansa.

—Nunca.

Hablaron de Marina. Tomás la había conocido en una librería durante una presentación. Llevaban meses evitando presentar a sus familias porque ambos venían de relaciones largas y querían proteger la nueva.

—No sé si va a durar —dijo—. Estoy muy bien con ella. Eso me basta ahora.

La frase le gustó a Claudia.

—¿La gente te pregunta qué sois?

—Constantemente.

—Qué manía con poner etapas.

—Supongo que tranquiliza.

Claudia probó un sorbo de vino.

—A mí me pone nerviosa justo lo contrario. Cuando todo el mundo parece necesitar que avances.

—Entonces tus amigas son ideales.

—Son un entrenamiento de resistencia.

Tomás levantó la copa.

—Por la resistencia.

Después de la broma que montaron para Marta, Claudia se quedó unos minutos fuera de la bodega mientras el grupo compraba botellas. Martín salió con una caja vacía.

—Tu candidato te ha enseñado una foto de su novia —dijo.

—¿Me estabas espiando?

—He pasado al lado.

—Claro.

—Parece simpático.

—Lo es. Y tiene una teoría revolucionaria: puedes estar con alguien sin decidir si será el padre de tus hijos durante el primer semestre.

—Radical.

—Muchísimo.

Martín dejó la caja junto a una puerta.

—¿Te ha molestado que tuviera pareja?

—Me ha divertido. A Marta menos.

—Eso he visto.

—¿Sabes qué es curioso? Si de verdad me hubieran presentado a Tomás sin todo este montaje, podría haberme caído bien igual. El problema es sentir que cada conversación tiene examen final.

Martín asintió.

—Te entiendo.

—¿También te intentan emparejar?

—Mi hermana. Mi madre ha dejado de hacerlo porque una vez me presentó a una compañera suya y fue tan incómodo que creo que nos traumatizamos los tres.

—Necesito historia.

—Cena familiar. Ella apareció «casualmente». Mi madre nos dejó solos en el salón y se fue a hacer una llamada que duró cuarenta minutos.

Claudia empezó a reírse.

—Eso es terrorismo doméstico.

—La mujer tenía pareja.

Claudia se dobló de risa.

—¿En serio?

—Mi madre se enteró después.

—Marta y tu madre deberían montar una empresa.

—No les des ideas.

Claudia se secó una lágrima de risa.

—¿Y qué pasó?

—Nos tomamos dos cervezas, hablamos de lo absurda que era la situación y cuando volvió mi madre fingimos que habíamos discutido.

—Me caes mejor después de esa historia.

—Gracias.

—Aunque quizá deberías haberme contado antes que eras experto en sabotajes.

Martín sonrió.

—Experiencia previa.

La conversación se interrumpió cuando Eva salió con tres botellas.

—¿Podemos llevar esto en cabina?

Claudia miró a Martín.

Ambos empezaron a reírse.

Eva frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada —dijeron los dos.

Más tarde, en el alojamiento, Marta confesó que había obtenido parte de la información de los supuestos candidatos revisando seguidores de la cuenta pública de la empresa de viajes.

Irene la miró con auténtico respeto.

—Eso es peor de lo que imaginaba.

—No stalkeé a nadie.

—Has dicho «seguidores» y «solteros» en la misma explicación.

—Solo miré perfiles públicos.

Claudia se llevó una mano al corazón.

—Protección de datos te agradece la aclaración.

Lucía estaba riéndose tanto que tuvo que sentarse.

—¿Y cómo sabías que Tomás estaba soltero?

Marta señaló a Eva.

—Ella creyó que lo estaba.

Eva levantó las manos.

—Porque no había fotos con pareja.

Irene miró a Claudia.

—A partir de hoy considero a estas mujeres incapaces de realizar inteligencia sentimental.

—Moción aprobada.

La risa suavizó algo que todavía quedaba tenso desde la discusión. Claudia notó que podía burlarse del plan porque ya habían reconocido el límite. La diferencia importaba.

Por la tarde regresaron al alojamiento. Claudia encontró a Martín junto a la furgoneta, revisando una rueda.

—La ficha estaba mal.

—He oído.

—¿Tú sabías que Tomás tenía pareja?

—No. Él figuraba como viajero individual en una actividad abierta. Nadie lo clasificó sentimentalmente desde la empresa.

Claudia parpadeó.

—Entonces las fichas...

—Son de tus amigas.

Se quedó mirándolo.

—Creo que han utilizado redes sociales.

Claudia apoyó una mano en la furgoneta.

—Voy a matarlas.

—Regla uno.

—La regla uno era no humillar candidatos.

—Podemos ampliarla a homicidio.

—Qué controlador.

Él se agachó otra vez junto a la rueda.

—¿Me pasas la linterna del asiento?

Claudia abrió la puerta y la encontró en el compartimento lateral. Se la entregó.

—¿Problema?

—La presión estaba rara. Quiero comprobar que no haya pinchazo lento.

Ella se quedó a su lado.

—¿Necesitas ayuda?

—Puedes iluminar.

—Me estás dando mucha responsabilidad.

—Confío en ti.

Claudia enfocó la rueda mientras él revisaba la goma. Era una tarea completamente ordinaria. Aun así, le gustó que Martín no le dijera que se apartara, ni explicara de más, ni convirtiera la situación en una demostración masculina de competencia.

—Está bien —dijo al cabo de un momento—. Mañana reviso presión otra vez.

Se levantó y Claudia le devolvió la linterna.

—¿Cuál es el siguiente candidato?

Martín hizo una mueca.

—Hay un consultor en una cena de mañana.

—¿Ficha?