Capítulo 8 — Profesor Con Novia
PROFESOR CON NOVIA
A la mañana siguiente, Claudia se levantó antes que Irene y bajó a trabajar. Tenía que entregar dos textos antes de las once y el comedor todavía estaba casi vacío. Eligió una mesa junto a una ventana, pidió café y abrió el portátil.
Martín apareció veinte minutos después con una carpeta bajo el brazo.
—Esto empieza a parecer una oficina compartida.
—Yo he llegado antes. Tú invades.
—Trabajo aquí.
—Argumento débil.
Él pidió café y se sentó dos mesas más allá. Claudia agradeció que no se instalara enfrente como si la conversación fuera obligatoria. Durante casi media hora cada uno hizo lo suyo. Teclas, hojas, cucharillas, el ruido bajo de la cafetera.
Cuando Claudia terminó el primer texto, levantó la vista.
Martín estaba subrayando algo en una hoja.
—¿Qué haces exactamente cuando no conduces?
—Evitar que ocho adultos se pierdan, comprobar reservas, cambiar horarios cuando llueve, hablar con alojamientos, pagar cosas, contar cabezas.
—Pastor de personas.
—Con hojas de cálculo.
—Eva estaría preparada.
—Eva podría dirigir la empresa en una semana.
Claudia sonrió.
—No se lo digas. Se queda.
Martín señaló el portátil.
—¿Y tú? ¿Qué vendes hoy?
—Un seguro de hogar.
—Emocionante.
—Estoy intentando explicar que una fuga de agua puede destruirte el parquet sin sonar como una amenaza mafiosa.
—Talento específico.
—Años de formación.
Volvieron al trabajo. Claudia escribió dos párrafos y borró uno.
Tener a Martín cerca empezaba a resultarle fácil de una manera que no esperaba.
Con algunas personas el silencio obligaba a demostrar que una seguía interesada.
Con él podía quedarse mirando una pantalla durante veinte minutos y retomar una conversación después sin disculparse.
—Hacienda —dijo de pronto.
Martín levantó la cabeza.
—¿Emergencia?
—Prueba del sistema.
—Son las nueve y media.
—Las emergencias fiscales no entienden de horarios.
—El código queda rechazado.
—Ya veremos.
Él regresó a sus papeles. Claudia sonrió y terminó el texto.
Más tarde, durante la parada junto al río, Irene la arrastró hasta una tienda de recuerdos. Claudia fingió interés por unas tazas mientras su amiga la observaba.
—Llevas toda la mañana de buen humor.
—He entregado trabajo.
—También estabas con Martín.
—En el mismo comedor. Había otras treinta personas.
—No he dicho nada.
—Tu especialidad últimamente.
Irene cogió una taza con un gallo pintado.
—Lo que me hace gracia es que con Sergio estabas normal. Con Javier también. Cuando menciono a Martín haces un escrito de defensa.
Claudia dejó una postal en su sitio.
—Porque vosotras lleváis una semana convirtiendo cualquier conversación con un hombre en una trama.
—Yo estoy fuera del comité.
—Eres oposición parlamentaria. Sigues asistiendo a las sesiones.
Irene se rió.
—Vale. Cierro la boca.
—Gracias.
—Hasta que pase algo.
—Qué descanso.
El día de Tomás dejó una enseñanza práctica: la gente real se resistía bastante a convertirse en ficha.
A mediodía, después de la cata, el grupo tuvo que cambiar la reserva de comida porque una avería menor en la furgoneta les había retrasado.
Acabaron en un restaurante familiar al borde de una carretera secundaria, con mantel de papel y una televisión encendida sin sonido.
Era el sitio menos fotogénico del viaje y a Claudia le gustó de inmediato.
Marta se sentó a su lado.
—He borrado la nota —dijo.
—Te vi borrarla.
—También he dejado de mirar seguidores.
—Eso no puedo verificarlo.
—Puedes revisar mi móvil.
Claudia giró la cabeza.
—Ni loca.
—Lo decía para demostrar buena fe.
—Y yo demuestro confianza no aceptando una auditoría digital.
Marta dobló una esquina del mantel.
—Me da vergüenza haber llegado tan lejos.
El tono ya no pedía un chiste, así que Claudia dejó pasar el que tenía preparado.
—No traficabas con personas.
—Convertí a gente real en fichas. Tomás tiene novia. Sergio estaba de vacaciones. Javier también. Me puse a mirar vidas ajenas como si fuera normal porque me hacía ilusión que conocieras a alguien.
—Y porque te encanta organizar.
—Muchísimo.
—Eso está demostrado.
Marta sonrió apenas.
—Cuando me casé con Raúl pensé que algunas cosas se ordenarían. Es absurdo, porque casarse solo añade proveedores y familiares opinando, pero durante meses sentí que había llegado a un sitio.
Claudia esperó.
—Luego Irene se divorció, Lucía se quedó embarazada, Eva estaba con los niños, tú seguías a tu aire... y me dio miedo que cada una acabara en una carretera distinta. Creo que intenté juntarnos poniéndonos señales.
—Eso iba a salir fatal.
—Ya.
—Podemos estar en sitios distintos y seguir siendo amigas.
—Lo sé en teoría.
—En la práctica también. Irene se divorció y nadie la expulsó de Navidad.
—Porque lleva el postre.
—Factor decisivo.
Las dos se rieron.
Al otro lado de la mesa, Eva explicaba a Dani que debían pedir ya porque habían perdido casi una hora. Claudia señaló con la barbilla.
—Imagínate cinco Evas.
Marta miró a su amiga.
—Portugal ardería.
—Madrid antes.
El camarero trajo los platos y la conversación se dispersó. Claudia agradeció que Marta no pidiera perdón otra vez. Algunas disculpas mejoraban cuando dejaban de convertirse en una ceremonia.
Después de comer tenían media hora. Claudia salió con la libreta verde y se sentó en un murete detrás del restaurante.
Había escrito frases sueltas, ninguna destinada a convertirse en nada.
Abrió una página y anotó a una mujer recién casada que intentaba colocar a sus amigas en casillas próximas porque temía quedarse sola dentro de la suya.
Le gustó el párrafo.
Escribió otro.
Oyó pasos y cerró la libreta con demasiada rapidez.
Martín apareció con dos cafés de máquina.
—Eso ha sido sospechoso.
—Privacidad artística.
—Entonces sí escribes.
—He escrito media página. Rebaja el entusiasmo.
Le ofreció un vaso.
—No estaba entusiasmado.
—Perfecto.
Martín se sentó a cierta distancia, sin pedir la libreta.
—¿Sobre qué?
—Una mujer controladora que aterroriza Portugal con una hoja de cálculo.
—Eva te demanda.
—He cambiado detalles.
—¿Ahora es un hombre?
—Tiene bigote.
Él rió.
Claudia abrió la libreta otra vez. Le resultó menos difícil hacerlo con Martín allí cuando comprobó que no iba a intentar mirar.
—Es raro —dijo—. Paso el día escribiendo cosas para otros y si intento escribir algo mío me da vergüenza que alguien pregunte.
—¿Por qué?
—Porque un texto de trabajo mediocre se entrega, se factura y mañana hay otro. Esto es más personal.
—Parece un sistema estupendo para no terminar nada.
Claudia lo señaló con el café.
—Eso ha dolido.
—Perdón.
—Tienes razón, que es mucho peor.
Martín miró hacia el aparcamiento.
—Yo tardé dos años en decir en voz alta que quería dejar el estudio. Mientras fuera una idea podía imaginar que algún día tomaría una decisión valiente. Luego la tomé y descubrí que seguía teniendo que pagar facturas.
—Qué poco cinematográfico.
—La mayoría de las decisiones importantes tienen domiciliaciones.
Claudia abrió la libreta.
—Eso te lo robo.
—Cobro derechos.
Lo anotó solo para fastidiarlo.
—Listo.
—Nos vamos en diez minutos.
—Vuelve el funcionario.
—Nunca se fue.
Cuando él se levantó, Claudia siguió escribiendo. Anotó una frase demasiado perfecta sobre empezar algo propio. La leyó, hizo una mueca y la tachó.
Así estaba mejor.
Tomás apareció con diez minutos de retraso y una disculpa sencilla. Tenía treinta y seis años, llevaba una camisa azul arrugada y, antes de sentarse, pidió permiso para cargar el móvil porque había gastado la batería hablando con su pareja.
Claudia miró a Marta.
Marta palideció.
Irene, desde el otro extremo de la mesa, tuvo que beber agua para no reírse.
Tomás no notó nada. O tuvo la delicadeza de fingirlo.
Durante la comida habló de un instituto de Zaragoza, de un grupo de alumnos que llevaba de viaje de fin de curso cada año y del modo en que enseñar historia a adolescentes te obligaba a aceptar que cualquier batalla perdía interés frente a una buena historia de sexo, comida o traición.
—Los entiendo —dijo Claudia—. Yo hice toda la carrera pensando que la Paz de Westfalia era una señora.
—Eso no lo enseñan en ninguna carrera.
—Precisamente.
—¿Y tú qué estudiaste?
—Publicidad.
—Entonces retiro mi sorpresa.
Claudia se rió.
Tomás explicó que su novia, Marina, estaba en casa porque odiaba los viajes organizados y había preferido pasar esos días con su hermana. No lo contó como confesión, simplemente apareció en la conversación varias veces porque formaba parte de su vida.
Marta se fue encogiendo en la silla.
Cuando Tomás se levantó para pedir café, Claudia inclinó la cabeza hacia ella.
—¿Cuánta investigación hiciste exactamente?
—Su perfil no tenía fotos con ella.
—Esa frase debería darte miedo al escucharla en voz alta.
—Me lo está dando.
—Bien.
Tomás regresó y la conversación siguió. Antes de despedirse, él enseñó una foto de un perro enorme que compartía con Marina y recomendó a Claudia una librería de Madrid porque habían hablado de libros de viajes.
—Encantado —dijo.
—Igualmente.
Cuando se alejó, Marta apoyó la frente en la mesa.
—Quiero morir.
—No hace falta tanto —dijo Claudia.
—He investigado mal a un hombre con novia.
—El problema no es la calidad de la investigación.
—Ya.
Claudia la observó. Había imaginado disfrutar mucho más del fracaso de la operación. En cambio, ver a Marta avergonzada le produjo ternura y cansancio a partes iguales.
—Oye.
Marta levantó la cabeza.
—No quiero que te machaques todo el viaje. Solo quiero que pares.
—He parado.
—Entonces ya está.
—¿Así de fácil?
—Así de difícil, porque ahora tienes que convivir con que te lo recordaré hasta 2040.
Marta dejó escapar una risa.
—Eso sí me lo merezco.
—Muchísimo.
Al salir del restaurante, Claudia recibió un mensaje de Tomás.
TOMÁS: Gracias por la charla. Te paso la librería que te decía. Y suerte con tus amigas. Parecen peligrosas.
Debajo había una dirección.
Claudia se quedó mirando el mensaje y después se lo enseñó a Marta.
—Sabe algo.
Marta se tapó la boca.
—¿Qué le has contado?
—Nada.
—Entonces se nota.
—Muchísimo.