La última soltera del grupo Capítulo 7 — El Corredor #2
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Capítulo 7 — El Corredor #2

La facilidad con la que volvieron a bromear le recordó por qué aquella invasión había dolido tanto.

Si hubieran sido conocidas recientes, Claudia habría marcado distancia y listo.

Con Eva había compartido habitaciones, rupturas, trabajos horribles, la muerte de su abuela y dos partos vistos desde la sala de espera.

La confianza acumulada tenía ventajas enormes y un defecto peligroso: podía hacer creer que todavía tenían acceso automático a todas las habitaciones de la vida de la otra.

Mientras el grupo se reunía para marcharse, Eva recibió un audio de Álvaro. Lo escuchó con un auricular y la sonrisa se le borró.

Claudia estuvo a punto de preguntar.

Eva guardó el teléfono.

—¿Lista? —dijo.

Claudia entendió la petición escondida en el cambio de tema.

—Lista.

Caminaron hacia la furgoneta hablando del queso que Irene pensaba llevar a Madrid.

Durante la tarde libre, el grupo se instaló junto a una piscina pequeña del alojamiento. Lucía metió los pies en el agua. Eva leyó en una tumbona durante siete minutos antes de ponerse a contestar mensajes. Marta tomó fotografías de su copa. Irene se quedó dormida con una revista sobre la cara.

Claudia intentó leer.

Leía una línea y a los pocos segundos descubría que no recordaba una sola palabra.

Martín estaba al otro lado del jardín hablando con el dueño del alojamiento. Llevaba pantalón corto y una camiseta oscura. Claudia se descubrió mirándolo y bajó los ojos al libro con una irritación ridícula.

Encontrar atractivo a alguien entraba dentro de la normalidad y no obligaba a convertirlo en un acontecimiento.

Volvió a leer la misma línea por cuarta vez.

—Vas por la página veinte desde Oporto —dijo Lucía.

Claudia levantó la vista.

—Estoy saboreándolo.

—No estás leyendo.

—Tú tampoco.

—Yo miro cómo se mueve mi barriga. Es entretenimiento en directo.

Claudia se acercó. Lucía colocó una mano sobre el lateral de su abdomen.

—Pon aquí.

—¿Seguro?

—Sí.

Claudia apoyó la palma y esperó. Notó un pequeño movimiento bajo la piel.

—Hostia.

Lucía sonrió.

—Eso dije yo.

—Hay una persona ahí.

—Esa es la teoría.

Claudia mantuvo la mano unos segundos.

La emoción la pilló desprevenida y tenía poco que ver con desear un bebé para ella. Bajo su mano se movía el hijo de Lucía, la chica a la que había conocido con dieciocho años comiendo bocadillos en una escalera de facultad.

—Qué fuerte —murmuró.

—A veces me da miedo que todo cambie demasiado.

Claudia se sentó en el borde de la tumbona.

—Va a cambiar.

—Gracias por tranquilizarme.

—Pero seguirás siendo tú. Con sueño y otra persona a cargo, supongo.

Lucía miró el agua.

—Todo el mundo habla como si en cuanto nazca me convirtiera en madre y ya. Como si Lucía fuera un departamento secundario.

—Pues avisa si empezamos a hacerlo.

—Lo haré.

—Fuerte.

—Fuerte.

Aquella conversación se quedó con Claudia el resto del día. Cada una llevaba una versión distinta de lo mismo: expectativas que llegaban envueltas en cariño.

El teléfono de Claudia sonó mientras seguía sentada junto a Lucía. En la pantalla apareció MAMÁ. Estuvo a punto de dejarlo para después, pero conocía el efecto de una llamada perdida: a los diez minutos llegaría un mensaje, a los veinte otro y, con algo de mala suerte, una teoría médica.

—Hola, mamá.

—¿Estáis bien?

—Estamos fenomenal.

—He visto la foto que ha subido Marta. Qué sitio tan bonito.

Claudia giró la cabeza. Marta estaba al otro extremo del jardín editando otra fotografía con la concentración de una restauradora del Prado.

—Sí, es precioso.

—¿Y quién es el chico alto que sale al lado de Irene?

Lucía, que oía la mitad de la conversación, empezó a sonreír.

—Dani. Viaja con su mujer.

—Ah. Pensaba que era uno de esos chicos que os habían presentado.

Claudia enderezó la espalda.

—¿Uno de esos qué?

La pausa al otro lado duró lo bastante.

—Marta comentó que ibais con más gente.

—¿Cuándo has hablado con Marta?

—Me escribió por tu cumpleaños.

—Mi cumpleaños fue hace días.

—Bueno, hija, estábamos hablando.

Lucía se tapó la boca.

Claudia sintió cómo se le preparaba la respuesta de siempre, la que venía cargada con cinco años de preguntas anteriores aunque la pregunta de aquel momento todavía no hubiera llegado.

—Mamá, estoy de viaje con mis amigas. Si conozco a alguien, estupendo, y si no...

Se detuvo.

Su madre guardó silencio.

Claudia se frotó la frente.

—Perdona. Te estoy contestando a una conversación que tú no estabas teniendo.

—Ya me parecía.

La falta de reproche la desarmó.

—Han montado una cosa un poco absurda.

Le contó una versión resumida. Omitió la base de datos por dignidad colectiva. Su madre escuchó y, para sorpresa de Claudia, no celebró la iniciativa.

—Pues a mí me habría sentado fatal.

—¿En serio?

—Claro. Imagínate que te organizo yo una cita con el hijo de Pili sin preguntarte.

—¿Pili tiene un hijo?

—Dos.

—Mamá.

—Estoy poniendo un ejemplo.

—El terror está en los detalles.

Su madre se rió.

—Tus amigas te quieren mucho y a veces sois unas metomentodo. Las dos cosas caben en la misma frase.

Claudia miró a Lucía. Le irritó un poco que su madre hubiera llegado a una conclusión tan sensata sin pagar terapia.

—¿Y tú no te preocupas por que me quede sola para siempre?

—Me preocupa que estés bien. Tu padre se preocupa de que comas suficiente y llevas quince años fuera de casa. Cada padre tiene su especialidad.

—Eso es verdad.

—Claro que me gustaría verte enamorada si tú quieres estarlo. También me gustaría que vivieras más cerca, cobraras más y llamaras los domingos. No voy a organizarte la agenda.

—Menos mal.

—Aunque el hijo pequeño de Pili es arquitecto.

Claudia soltó una carcajada tan fuerte que Marta levantó la cabeza.

—Adiós, mamá.

—Era broma.

—Adiós.

Colgó todavía riéndose.

Lucía esperó unos segundos.

—Has entrado a esa llamada con el cuchillo entre los dientes.

—Lo sé.

—Y ella solo quería saber quién era Dani.

—También lo sé.

—Te pasa bastante.

Claudia apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Cinco años de preguntas crean reflejos.

—Cinco años respondiendo antes de escuchar también.

Claudia la miró.

—Hoy estáis todos insoportablemente lúcidos.

—Hormonas.

—Qué suerte tener excusa.

Lucía sonrió y volvió a apoyar la mano sobre el vientre.

Claudia abrió CONTABILIDAD.

CLAUDIA: Mi madre acaba de recomendarme al hijo arquitecto de una amiga.

MARTÍN: Competencia directa.

CLAUDIA: Dice que era broma.

MARTÍN: Nunca subestimes a una madre con contactos.

CLAUDIA: ¿Tu madre y la mía pueden conocerse?

MARTÍN: Prohibido por seguridad internacional.

Claudia dejó el teléfono boca abajo.

Lucía la estaba observando.

—¿Trabajo?

—Contabilidad.

—Mucho peor.

Por la noche salieron a cenar a un restaurante pequeño y Martín acabó frente a Claudia por pura geometría de mesa, según aseguró cuando ella se lo preguntó en broma.

—¿Notas de reserva?

—Mesa rectangular. Geometría.

—Acepto.

Hablaron en grupo. Dani contó que él y Nuria llevaban quince años juntos y que se habían casado solo porque necesitaban una excusa para reunir a todo el mundo.

—¿Y cambió algo? —preguntó Marta.

—La cuenta corriente —respondió Nuria.

—Y mi madre dejó de preguntar cuándo nos casábamos.

—Empezó a preguntar por hijos —añadió ella.

Lucía levantó la mano.

—Nunca termina.

La mesa se rió.

Martín miró a Claudia. Ella supo que ambos estaban pensando en la misma conversación sin necesidad de escribirlo.

Después de cenar caminaron hacia el alojamiento. Claudia se quedó al final del grupo. Martín iba a su lado.

—¿Has disfrutado del día sin candidato? —preguntó.

—Muchísimo. Me siento improductiva.

—Mañana recuperamos ritmo.

—Profesor de historia.

—Correcto.

—He preparado personaje.

—Eso me preocupa.

—Abstemia radical.

—¿Por qué radical?

—No basta con no beber. Tengo que tener opiniones.

Martín se rió.

—No hace falta mentir.

—¿Qué propones?

—Hablar con él y decidir si te cae bien.

—Demasiado sensato.

—Podemos hacer que te llamen por teléfono si quieres irte.

—Eso sí.

—¿Quién?

Claudia pensó.

—Mi gestor.

—Romántico.

—Si digo «Hacienda» sabrás que necesito extracción.

Martín se detuvo.

—No pienso acercarme a una mesa diciendo que te llama Hacienda.

—Cobarde.

—Profesional.

La palabra ya se había convertido en una broma entre ellos.

Claudia sonrió mientras seguían andando.

Cuando llegaron, Martín se despidió para revisar una reserva. Claudia subió con Irene.

—Te cae bien —dijo su amiga de repente.

—¿Quién?

—Martín.

—Sí.

—Mucho.

Claudia abrió la puerta de la habitación.

—También me caes bien tú y duermo contigo sin tensión sexual.

Irene entró detrás.

—Habla por ti.

Claudia se giró lentamente.

Irene se echó a reír.

—Buenas noches.

—Eres idiota.

—Y observadora.

Claudia se metió en el baño y cerró la puerta.

Se miró al espejo.

—No pasa nada —se dijo.

La frase no la convenció demasiado.