La última soltera del grupo Capítulo 7 — El Corredor
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Capítulo 7 — El Corredor

EL CORREDOR

Sergio desayunó con ellas al día siguiente porque su grupo salía media hora más tarde.

Marta interpretó aquello como una prueba científica de compatibilidad.

Claudia lo interpretó como una oportunidad para torturarla.

—He dormido fatal —le dijo a Sergio en cuanto se sentó.

—¿La espalda?

—Creo que sí. Igual necesito una revisión profesional larga y profunda.

Sergio tosió con el café.

Irene, que conocía ya la verdad, bajó la cabeza hacia el plato para que nadie viera que estaba riéndose.

Eva miró a Claudia con una satisfacción maternal que consiguió hacerla sentir simultáneamente divertida y homicida.

—Sergio tiene clínica —recordó.

—Lo sé —dijo Claudia—. Me lo explicaste ayer como si estuvieras vendiéndome un seguro.

Sergio logró mantener la compostura.

—Puedo recomendarte ejercicios.

—¿En persona?

Irene dejó caer el tenedor.

—Perdón.

Martín entró en el comedor en ese momento. Saludó al grupo, miró a Sergio, luego a Claudia y finalmente a Irene, que estaba roja de contener la risa.

—¿Me he perdido algo?

—Claudia tiene problemas de espalda —dijo Marta.

—Graves —añadió Claudia.

Martín sirvió café.

—Ayer caminaba bastante bien.

—Las lesiones son misteriosas.

—Sobre todo las imaginarias.

Eva frunció el ceño.

Claudia clavó los ojos en él.

—Gracias, doctor.

Martín tomó un sorbo de café como si no acabara de acercarse peligrosamente a destruir la operación.

Sergio se levantó poco después. Se despidió de todos y abrazó a Claudia con una teatralidad discreta.

—Te escribo.

—Hazlo.

Cuando salió, Marta esperó apenas cinco segundos.

—Te gusta.

—Es simpático.

—Eso significa que te gusta.

—A mí me parece simpático el panadero y no pienso casarme con él.

—Nadie ha dicho casarte.

Irene levantó la vista.

—Dale una semana.

La jornada consistía en trasladarse a otro alojamiento, hacer una parada junto al río y visitar un pequeño pueblo antes de la comida. Claudia recuperó su asiento delantero.

—Casi lo estropeas —dijo en cuanto Martín cerró la puerta.

—¿El qué?

—La espalda imaginaria.

—Creía que habíamos acordado no mentir de forma que pudiera poner a alguien en una situación incómoda.

—Sergio estaba dentro.

—A mí se me escapó ese detalle.

—Necesitamos un sistema de comunicación.

Martín arrancó.

—Tenemos teléfonos.

—No puedo escribirte delante de ellas todo el rato.

—Puedes. La gente usa teléfonos constantemente.

—Eva mira.

—Eso es problema tuyo.

Claudia abrió el grupo de WhatsApp y creó uno nuevo.

SABOTAJE PORTUGAL.

Añadió a Martín.

Él recibió la notificación en el soporte del salpicadero y la leyó cuando estaban parados.

—Ni hablar.

—Ya existe.

—Cámbiale el nombre.

—¿Por qué?

—Porque si alguien ve mi pantalla, me despiden.

Claudia pensó unos segundos y lo renombró.

CONTABILIDAD.

Martín se rió.

—Mucho mejor.

—Nadie abre voluntariamente algo llamado Contabilidad.

El grupo tuvo su primer mensaje un minuto después.

CLAUDIA: Código de emergencia.

MARTÍN: No.

CLAUDIA: Necesitamos uno.

MARTÍN: Para qué.

CLAUDIA: Si estoy atrapada con un candidato.

MARTÍN: Dices que quieres irte.

CLAUDIA: Qué poca imaginación.

MARTÍN: Funciona desde hace siglos.

CLAUDIA: Quiero una frase.

MARTÍN: «Quiero irme».

CLAUDIA: Te odio.

MARTÍN: Profesionalmente, espero.

La creación de CONTABILIDAD mejoró el viaje de una manera que Claudia no habría sabido explicar sin parecer adolescente.

El sabotaje era la excusa. Lo que cambió de verdad el viaje fue disponer de un canal privado con Martín dentro de un grupo donde todo se compartía.

Fotos, horarios, opiniones, quejas, ganas de comer, cansancio, decisiones.

Tener una conversación paralela le producía una intimidad diminuta y bastante agradable.

La primera tarde que el grupo estuvo activo, Claudia escribió desde una tienda:

CLAUDIA: Eva está comprando seis botellas de vino.

MARTÍN: Caben en la furgoneta.

CLAUDIA: Esa no era mi preocupación.

MARTÍN: Entonces especifica incidencia.

CLAUDIA: Cree que puede facturarlas en cabina.

MARTÍN: Ah.

CLAUDIA: Exacto.

MARTÍN: Intervengo.

Cinco minutos después Martín apareció en la tienda con la excusa de confirmar la hora de salida y explicó a Eva el límite de líquidos.

Claudia observó desde un estante.

CONTABILIDAD.

CLAUDIA: Eficiente.

MARTÍN: Cinco estrellas.

CLAUDIA: No abuses.

Irene empezó a sospechar que algo ocurría porque Claudia sonreía demasiado al teléfono.

—¿Con quién hablas?

—Trabajo.

—Nunca has sonreído así a un cliente.

—Me han aprobado un presupuesto.

—Eso sí podría excitarte.

Claudia guardó el móvil.

—Exacto.

A media mañana, una agencia de Madrid mandó a Claudia un correo con «URGENTE» en el asunto. Su experiencia le había enseñado que esa palabra podía anunciar desde una campaña que salía en veinte minutos hasta una coma que alguien había decidido odiar después de tres semanas de aprobaciones.

Era la coma.

El cliente quería cambiar una frase de una página y necesitaba una videollamada para explicarlo.

—¿Problema? —preguntó Lucía.

Estaban en una plaza esperando a que el resto volviera de una tienda.

—Una emergencia nacional con un adverbio.

—Qué mundo tan peligroso.

Claudia buscó una cafetería con wifi. La primera tenía una conexión que parecía alimentada por una ardilla. La segunda estaba llena. Antes de recurrir a los datos del móvil, recibió un mensaje en CONTABILIDAD.

MARTÍN: En el alojamiento de esta noche hay una sala con wifi bueno. Llegamos en 35 min. Si no puedes esperar, conozco un café a dos calles.

CLAUDIA: ¿Me estás vigilando?

MARTÍN: Has preguntado por wifi a tres personas delante de mí.

CLAUDIA: Observas demasiado.

MARTÍN: Facturable.

Martín reorganizó la parada para que Claudia pudiera quedarse en el café y reincorporarse después. Lo hizo sin presentar su trabajo como una molestia de vacaciones, algo que ella agradeció más de lo que esperaba.

La videollamada duró veintisiete minutos. Veintidós se dedicaron a discutir si «especialmente diseñado» sonaba demasiado exclusivo para un limpiador de encimeras.

Cuando terminó, Claudia se dejó caer contra el respaldo.

—¿Ha sobrevivido el adverbio?

Martín estaba en la barra pagando un café.

—Ha muerto en acto de servicio.

—Mis condolencias.

—Tenía familia.

Él se sentó enfrente.

—Pensaba que vivir de escribir era más interesante.

—A veces. Otras explicas que «único» no puede significar tres cosas diferentes en la misma web.

—¿Y te gusta?

Claudia pensó.

—Me gusta escribir. Me gusta menos pedir permiso para escribir de determinada manera.

—Por eso la libreta.

—La libreta es una compra impulsiva.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna.

—Tienes cara de persona que ha pensado algo.

—Eso me pasa a ratos.

—He empezado muchas cosas propias.

—¿Y?

—Tengo una colección excelente de capítulos uno.

—¿Más de cinco?

—No respondo sin abogado.

Martín rió.

—Quizá te gusta más empezar que terminar.

—O quizá terminar obliga a descubrir si era bueno.

Él dejó el café.

—Eso ya suena a respuesta de verdad.

Claudia lo miró con fingida ofensa.

—Odio las personas que escuchan.

—Trabajo con grupos. Si no escucho, acabo dejando a alguien en una gasolinera.

—Motivación sólida.

Volvieron andando cuando el grupo estuvo listo. Claudia llevaba el portátil bajo el brazo y una carpeta que se empeñaba en salirse de la funda. Martín se la quitó sin comentario y la sostuvo hasta la furgoneta.

Fue un gesto mínimo. Claudia empezó a sospechar que los gestos mínimos eran precisamente los que más se le quedaban dentro.

Sergio resultó además tener una cualidad que la hoja de Marta no podía haber registrado: sabía abandonar una conversación antes de agotarla.

Durante la visita se acercaba, comentaba algo, desaparecía para hablar con otras personas y regresaba veinte minutos después. Claudia agradeció la ausencia de esa atención concentrada que a veces convertía una cita en un interrogatorio con bebidas.

En un descanso se sentaron en un muro bajo. Sergio se quitó las gafas de sol y miró hacia el camino.

—Mi hermana va a querer un informe —dijo.

—¿De qué?

—Le conté lo de tus amigas.

Claudia abrió la boca.

—¿Ya?

—Se lo merece. Ella es peor.

—Espero que no tenga acceso a mi perfil.

—Lo tiene medio país.

—Gracias por recordarme internet.

Sergio sonrió.

—Está casada, dos hijos. Desde que se casó se convirtió en una especie de funcionaria del emparejamiento. Cree que cualquiera que esté contento en pareja debe compartir el descubrimiento.

—¿Tú quieres estar en pareja?

—Si conozco a alguien con quien me apetezca. No como proyecto anual.

—Respuesta razonable. Marta la habría puesto en observaciones.

—¿Y tú?

Claudia se quedó pensando un instante.

—Lo mismo. Supongo. Lo que me cabrea es tener que definirlo como si hubiera solicitado una subvención.

—Entonces no lo definas.

—Hoy todo el mundo está muy sabio.

—He desayunado bien.

Se levantó cuando vio a dos personas de su grupo llamándolo.

—Nos vemos luego.

—Eso espero. Necesito testigo de cargo.

Claudia lo vio alejarse y pensó que, en otra circunstancia, podría haber aceptado una cita con él.

También pensó que esa posibilidad no convertía el plan de sus amigas en mejor idea.

A veces una persona podía ser agradable, atractiva y estar disponible sin que el universo exigiera hacer nada al respecto.

Al volver con las demás encontró a Eva repartiendo botellas de agua. Su amiga le entregó una.

—¿Qué tal?

Eva levantó ambas manos.

—Pregunto por la visita.

—Muy bonita.

—Bien.

—Has sufrido al reformular, ¿verdad?

—Muchísimo.

Claudia empezó a reírse.

—Puedes preguntar si Sergio me cae bien.

Eva la miró con cautela.

—¿Te cae bien?

—Sí. Mucho.

—Perfecto.

Y se calló.

Claudia esperó.

—¿Ya?

—Me has dicho que pare.

—Estoy comprobando el sistema.

Eva le dio un golpecito con la botella.

—Vete a paseo.