La última soltera del grupo Capítulo 6 — Cláusula De Sabotaje #3
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Capítulo 6 — Cláusula De Sabotaje #3

—Ese es el atractivo.

—Qué poco sentimental.

Martín señaló la libreta.

—¿Y eso va a durar toda la vida?

—Conociéndome, va a durar vacío hasta que me muera.

—Entonces también es temporal.

Claudia lo miró un segundo y sonrió.

—Me molesta que tengas respuesta para todo.

—Trabajo con turistas. Es supervivencia.

Cuando salieron, Eva estaba intentando meter una botella de aceite entre dos jerseys de su mochila.

Martín intervino antes de que aquello terminara en una tragedia textil.

Claudia se quedó observando cómo explicaba una solución sin hacer sentir idiota a nadie.

Le sorprendió que aquello le resultara atractivo.

Había conocido hombres capaces de dar una clase magistral sobre abrir un bote de tomate si encontraban público suficiente.

Martín parecía disfrutar más resolviendo el problema que demostrando que sabía resolverlo.

La cena de esa noche se improvisó en el alojamiento porque varios estaban cansados. Compraron pan, embutido, fruta, queso y comida preparada. La mesa de la cocina común quedó llena de platos distintos y de botellas que Eva había conseguido transportar sin romper ninguna norma europea.

Sergio cenó con ellos antes de regresar con su grupo. Marta se mostró tan prudente que daba miedo.

—¿Quieres pan? —le preguntó a Claudia.

Claudia la miró con sospecha.

—¿Es una pregunta trampa?

—Es pan.

—Ya no sé nada.

Sergio disimuló una risa detrás del vaso.

Durante un rato hablaron de viajes malos.

Nuria ganó con una habitación de hotel en Praga cuya ducha estaba instalada directamente sobre el inodoro.

Dani defendió que aquello era eficiencia espacial.

Lucía contó una escapada romántica en la que Pablo y ella pasaron dos días con gastroenteritis.

Irene relató una noche en Londres en la que perdió el último metro y terminó compartiendo taxi con tres australianos que creían que España estaba al lado de México.

—¿Y tú? —preguntó Claudia a Martín.

Él estaba apoyado en la encimera, comiendo de pie porque había cedido su silla a Lucía.

—Una pareja perdió un ferry porque él se empeñó en volver al hotel a buscar una gorra.

—Eso no parece tan grave.

—Era su luna de miel.

—Sigue sin parecer tan grave.

—Se divorciaron seis meses después y ella me escribió para decirme que la gorra había sido una señal.

Irene levantó la copa.

—La gorra siempre sabe.

La mesa se echó a reír.

Claudia miró a sus amigas. Eva estaba relajada por fin. Marta discutía con Dani sobre si una luna de miel podía considerarse mal augurio si llovía. Lucía había apoyado los pies en otra silla. Irene robaba aceitunas del plato de Sergio sin pedir permiso.

La rabia de la mañana seguía teniendo razón de existir, aunque ya no ocupaba toda la habitación.

Más tarde, mientras recogían, Marta se quedó a solas con Claudia frente al fregadero.

—Te juro que no vuelvo a preparar nada —dijo.

Claudia secó un plato.

—Te creo.

—Me cuesta no intentar arreglar cosas.

—Ya me he dado cuenta.

Marta sonrió, algo avergonzada.

—Cuando conocí a Raúl, tú me aguantaste meses diciendo que aquello iba a salir mal.

—Porque él seguía viviendo con su ex.

—Por motivos económicos.

—Una información importante que omitiste durante dos semanas.

—El caso es que me ayudaste igual.

Claudia dejó el plato en la encimera.

—Ayudarte porque me pediste ayuda y prepararme candidatos son deportes distintos.

—Lo sé. Ahora lo sé mejor.

Marta se secó las manos en un paño.

—A veces me da miedo que dentro de unos años miremos atrás y cada una esté en un sitio distinto y ya no sepamos cómo estar juntas.

La confesión sorprendió a Claudia más que una nueva disculpa.

—Eso nos va a pasar aunque las cinco nos casemos con el mismo tipo de señor.

Marta se rió.

—Qué imagen horrorosa.

—Además de ilegal, supongo.

—Espero.

Claudia le rozó el brazo con el hombro.

—Seguiremos encontrando la manera. Lo hacemos desde que teníamos dieciocho años y Eva llevaba flequillo recto.

—Nunca menciones ese flequillo delante de ella.

—Conservo pruebas.

Marta sonrió de verdad.

La conversación le dejó a Claudia una sensación más limpia que la disculpa de mediodía. Comprendía mejor de dónde había salido el plan: del romanticismo de Marta, sí, y también del miedo a que sus vidas se separaran demasiado. Seguía siendo una idea pésima. Al menos ahora tenía raíces humanas.

Cuando volvió a la habitación, la libreta verde estaba sobre la cama. La abrió por la primera página y escribió una sola frase: «Portugal, día cuatro: mis amigas intentaron emparejarme y he contratado al guía para sabotearlas».

Irene leyó por encima de su hombro.

—Eso tiene título de película mala.

—Fuera de mi diario.

—Pensaba que era una lista de víctimas.

Claudia cerró la libreta.

—Tú estás bastante arriba.

Cuando se quedaron solas, Irene se sentó en su cama.

—Sergio es majo.

—Sí.

—Y guapo.

—También.

—¿Nada?

Claudia se quitó las zapatillas.

—Nada especial. Me lo he pasado bien.

—Eso está permitido.

—Gracias por autorizarlo.

Irene cogió el móvil.

—¿Y Martín?

Claudia le lanzó una zapatilla.