Capítulo 6 — Cláusula De Sabotaje #2
Eva dejó que Claudia eligiera dónde sentarse sin sugerencias.
Marta evitó mencionar a dos hombres de otro grupo que coincidieron con ellos en una terraza.
Lucía le preguntó por un cliente en lugar de por Javier.
Irene, que no había prometido absolutamente nada, observaba el experimento con satisfacción.
—Están haciendo rehabilitación —dijo mientras esperaban café.
—No las provoques.
—Eva lleva catorce minutos sin organizarte.
—Récord nacional.
Claudia sacó la libreta verde del bolso. Había comprado el bolígrafo más barato de la tienda y decidió estrenarlo con una lista de trabajo. Al escribir la fecha, debajo apareció otra frase sin pensarlo demasiado.
«Día cinco. He creado una unidad clandestina con el guía.»
Irene se inclinó.
—Eso sí parece una novela.
Claudia cerró la libreta.
—Privacidad.
—Has escrito delante de mí.
—La responsabilidad sigue siendo tuya.
—¿Vas a volver a escribir ficción?
La pregunta le molestó por precisa.
—No he dicho eso.
—Llevas años diciendo que algún día.
—Y algún día sigue siendo una fecha muy flexible.
Irene cogió su café.
—Solo pregunto.
—Ya.
—Sin plan. Sin Excel. Sin candidato.
Claudia sonrió.
—Vas aprendiendo del enemigo.
Más tarde, Martín les dio una hora libre mientras resolvía una incidencia con una reserva. Claudia acabó en un banco a la sombra, intentando adelantar trabajo desde el móvil. A los diez minutos él apareció, dejó la carpeta a su lado y se sentó.
—¿Huelga? —preguntó ella.
—Cinco minutos.
—¿Ha muerto alguien?
—Una habitación doble se ha convertido administrativamente en una individual.
—Terrible.
—Hay gente durmiendo en camas separadas que ha empezado guerras por menos.
Claudia guardó el móvil.
—¿Tú siempre tienes que estar disponible?
—Mientras llevo grupo, bastante.
—¿No cansa?
—Sí. Pero es un cansancio distinto al estudio.
—¿Mejor?
Martín miró hacia la plaza.
—Más honesto. Aquí, cuando un día ha sido malo, suele ser por una rueda, una reserva o alguien que perdió el pasaporte. En arquitectura podía pasar doce horas trabajando y terminar sin saber si el problema era el proyecto, el cliente, mi jefe o yo.
—Eso describe también escribir para marcas.
—Entonces ya sabes.
Claudia giró la libreta entre las manos.
—¿Nunca echas de menos diseñar?
—A veces. Diseñar, sí. La vida alrededor, menos.
—Podrías hacerlo por tu cuenta.
—Podría. Y quizá algún día haga algún proyecto pequeño. Me costó bastante dejar una profesión para convertir la siguiente decisión en otra obligación.
La respuesta se le quedó a Claudia cerca.
—Eso ha sonado sensato.
—Pasa poco. No te acostumbres.
Ella sonrió.
—Yo quería escribir novelas.
—¿Querías o quieres?
—Qué pregunta tan desagradable.
—La retiro.
—No, da igual. Creo que quiero. También creo que me da vergüenza decirlo porque llevo años sin terminar nada.
—¿Y qué cambia si lo dices?
—Que existe la posibilidad de fracasar oficialmente.
—¿Cobras por los textos que haces ahora?
—Sí.
—Entonces ya escribes.
—No me hagas terapia de taza.
—No he dicho que seas novelista. He dicho que sabes sentarte y trabajar con palabras. Lo demás será otro trabajo.
Claudia lo observó un momento.
—Eso ha sido sorprendentemente poco inspirador.
—Gracias.
—Era un cumplido.
—Lo sé.
Martín se levantó cuando el teléfono vibró.
—Se acabaron mis cinco minutos.
—Ve a salvar la cama doble.
—No subestimes la misión.
Claudia abrió la libreta después de que se marchara. Debajo de la frase sobre la unidad clandestina escribió otra línea.
«Una novela también será trabajo si alguna vez dejo de tratarla como una prueba de valor.»
La leyó, le pareció demasiado seria y añadió debajo:
«Qué asco de frase.»
Eso la hizo sentirse mejor.
Más tarde, cuando el grupo regresó al alojamiento, Marta esperó hasta que Claudia entró en la habitación para ir detrás.
—Entonces.
Claudia dejó el bolso sobre la cama.
—No.
—Solo voy a preguntarte si te ha caído bien.
—Eso sí puedes preguntarlo.
—¿Te ha caído bien?
—Mucho.
Marta sonrió.
—¿Y...?
Claudia levantó un dedo.
—La norma se acaba ahí.
—Pero si tú quisieras volver a verlo...
—Marta.
—Vale. Vale.
Irene apareció en la puerta comiendo una patata de una bolsa.
—¿Ya está evaluando al atleta?
—No evalúo —protestó Marta.
—Tienes una hoja.
—La hoja no puntúa.
Claudia giró la cabeza muy despacio.
—¿Cómo que no puntúa?
Marta se quedó quieta.
Irene empezó a reírse.
—Por favor, dime que hay puntuación.
—No hay puntuación. Hay observaciones.
—Eso es una puntuación con miedo al compromiso —dijo Claudia.
Lucía llegó detrás y escuchó la última frase.
—¿Qué pasa?
—Existe un documento paralelo —explicó Irene—. Esto mejora por minutos.
Eva apareció al fondo del pasillo.
—¿Podéis dejar de gritar?
Claudia señaló a Marta.
—Tiene una hoja de candidatos.
Eva cerró los ojos.
—Te dije que la borraras.
El silencio duró lo justo para que las cuatro miraran a Eva.
—Ah —dijo Irene.
Eva abrió los ojos.
—No quería decir eso.
—Pero lo has dicho —respondió Claudia.
Marta levantó ambas manos.
—La borro ahora.
—Quiero verla antes —dijo Irene.
—Tú no ayudas —le recordó Lucía.
—Nunca he dicho que viniera a ayudar.
Claudia terminó riéndose. Marta, con una solemnidad ridícula, abrió el teléfono, buscó una nota y la eliminó delante de ella.
—¿Contenta?
—Mucho.
—Había trabajado bastante.
—Eso empeora tu defensa.
La tregua de la tarde tuvo una consecuencia imprevista: las cinco volvieron a comportarse como amigas de viaje en lugar de como integrantes de un comité de crisis.
Eva quiso comprar queso en una tienda minúscula y acabó intentando averiguar cuánto aguantaría fuera de la nevera.
Marta se enamoró de una vajilla que no cabía en ninguna maleta.
Irene sostuvo durante cinco minutos que comprar seis cuencos de barro era una forma razonable de invertir en recuerdos hasta que Lucía le recordó que vivía en un piso con una cocina de siete metros cuadrados.
—Los apilo.
—Ya tienes una pila de cuencos —dijo Claudia.
—Estos son portugueses.
—Tu armario no distingue nacionalidades.
Irene se llevó uno al pecho.
—Qué poco respeto por la cultura.
Claudia acabó comprando una libreta de tapa verde que no necesitaba.
La eligió porque le gustó el tacto del papel y porque llevaba meses usando notas del móvil para todo, incluso para cosas que después olvidaba mirar.
Al pagar, pensó que quizá escribiría allí alguna escena del viaje.
Le hizo gracia la idea. Ella, que cobraba por llenar documentos ajenos de frases claras, llevaba años posponiendo cualquier texto que no tuviera factura al final.
Martín entró mientras la dependienta envolvía la libreta.
—¿Compra impulsiva?
—Patrimonio cultural.
Él miró los cuencos que Irene defendía al fondo.
—Veo que la categoría es amplia.
—Muchísimo. ¿Tú no compras nada cuando viajas?
—Café.
—Eso desaparece.