La última soltera del grupo Capítulo 6 — Cláusula De Sabotaje
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Capítulo 6 — Cláusula De Sabotaje

CLÁUSULA DE SABOTAJE

Claudia volvió a la casa principal con un pacto clandestino, hambre y la incómoda sensación de que acababa de aliarse con el empleado de la empresa que sus amigas habían utilizado para organizar su vida sentimental.

La sensación tenía poca dignidad y bastante potencial para entretenerla.

La comida se sirvió en una terraza larga, protegida del sol por una parra. Eva había guardado un sitio a su lado. Claudia dudó un instante antes de sentarse. Seguía enfadada, pero tampoco quería castigar a sus amigas durante diez días por una decisión estúpida tomada con buena intención.

—¿Estamos bien? —preguntó Eva en voz baja.

—Estamos en Portugal.

—Sabes lo que quiero decir.

Claudia desplegó la servilleta sobre las piernas.

—Estoy cabreada. Se me pasará. Lo que no quiero es que intentéis convencerme de que no debería estarlo.

Eva asintió, aunque le costó.

—Lo siento.

—Gracias.

—De verdad pensábamos que sería divertido.

Claudia la miró.

—Ese añadido casi estropea el perdón.

Eva hizo una mueca.

—Estoy aprendiendo.

Marta apareció con una cesta de pan y se sentó enfrente.

—Yo también lo siento.

—¿Sin explicación posterior?

Marta cerró la boca.

—Muy bien —dijo Claudia—. Progreso enorme.

Irene levantó la copa.

—Brindo por la educación tardía.

Lucía se sirvió agua.

—Y porque nadie vuelva a organizar la vida reproductiva o sentimental de nadie durante lo que queda de viaje.

—Eso último iba por mí —dijo Marta.

—Principalmente.

El almuerzo consiguió devolverles una normalidad provisional. Hablaron de la comida, de una pareja que discutía a dos mesas de distancia y de la obsesión de Eva por comprobar horarios. Claudia mantuvo un ojo puesto en Martín, que comía al extremo de la mesa junto a Nuria y Dani.

Él no la miró ni una vez.

Aquello, por alguna razón, le pareció una falta de compromiso con el crimen.

Al terminar, Martín explicó que la actividad de la tarde consistía en una ruta corta por los alrededores y una visita a una pequeña bodega. Después habría tiempo libre hasta la cena.

—¿Ruta cuánto de corta? —preguntó Lucía.

—Tres kilómetros tranquilos. Puedes venir hasta la primera parada y volver conmigo en coche si te cansas.

Lucía señaló a Martín.

—Así se habla. Sin tratarme como si llevara dinamita en la barriga.

Eva abrió la boca y la cerró.

—Está aprendiendo toda la mesa.

El primer acuerdo práctico entre Claudia y Martín consistió en averiguar qué sabían exactamente las amigas y qué había contratado la empresa. La conversación ocurrió junto a recepción, con Martín inclinado sobre una tablet y Claudia fingiendo que le interesaban los horarios de salida.

—No puedo enseñarte datos de otros viajeros —dijo él.

—No quiero saber sus apellidos, historial médico ni grupo sanguíneo.

—Me tranquiliza.

—Quiero saber qué han comprado ellas.

Martín deslizó el dedo por la pantalla.

—Paquete de actividades sociales. Nada específicamente romántico desde nuestra parte. Hay cenas mezcladas con otros grupos, actividades en parejas aleatorias y una opción de intercambio de contactos si los participantes quieren.

—Entonces mis amigas han puesto el romanticismo.

—Con entusiasmo.

—¿Hay una casilla que diga «soltera necesitada de intervención»?

—Esa todavía no.

—Dales tiempo.

Martín señaló dos reservas futuras.

—Esto y esto ya están pagados. Lo demás puedo modificarlo. Si no quieres participar, no participas.

—Quiero participar.

—Hace una hora querías incendiar el sistema.

—Ahora quiero estudiar al enemigo.

—Tus amigas.

—Exacto.

Él apoyó los antebrazos sobre el mostrador.

—Te hago una pregunta de verdad. ¿Quieres sabotear porque te divierte o porque estás enfadada y quieres devolverles el golpe?

La pregunta la molestó justo lo suficiente para hacerla útil.

—Ambas cosas.

—La segunda parte no me interesa.

—Qué moralista.

—Trabajo con grupos. Si convierto un viaje en una guerra civil, me toca resolverla.

—Muy egoísta.

—Muchísimo.

Claudia pensó en Marta llorando casi antes de que la perdonara y en Eva intentando explicarse. Castigarlas durante el resto del viaje le apetecía bastante menos que recuperar el control y, si podía, divertirse con la estupidez.

—Vale. Sin venganza.

—Bien.

—Pero puedo hacer que crean que las citas funcionan.

Martín dudó.

—Eso entra en zona gris.

—Mi favorita.

La actividad con Sergio dio ocasión para probar aquella zona gris. Antes de salir, Marta se acercó a Claudia con una naturalidad teatral.

—Por cierto, ese chico es fisioterapeuta.

—Qué bien.

—Corre maratones.

—Me alegro por sus rodillas.

—Tiene clínica propia.

Claudia se quedó mirándola.

—¿Quieres que le pida una hipoteca o que hable con él?

Marta se echó a reír demasiado alto.

—Solo digo.

—Llevas una semana diciendo muchísimo.

Cuando Sergio se presentó, Claudia tuvo que admitir que la ficha mental de Marta no incluía lo más importante: era gracioso sin esforzarse. Durante el paseo hablaron de correr, pero también de su hermana, que vivía con una mujer en León y acababa de adoptar un perro enorme que destruía muebles.

—Ella también intenta emparejarme —dijo Sergio.

—¿Hay una asociación nacional?

—Creo que las familias reciben un manual.

—Mi madre tiene edición comentada.

La conversación fluyó con una facilidad que no necesitaba coqueteo. Claudia se descubrió disfrutando precisamente porque no tenía que decidir nada. Sergio podía gustarle como persona sin abrir una carpeta mental de posibilidades.

En un tramo de subida, él le ofreció agua.

—Gracias.

—¿Y tú haces deporte de verdad o lo del autobús resume el historial?

—Pilates cuando mi espalda amenaza con denunciarme.

—Eso cuenta.

—Voy dos semanas, falto tres, vuelvo arrepentida. Es una relación tóxica.

—Como fisioterapeuta no puedo aprobarlo.

—Como posible cita diseñada por mis amigas tampoco tienes autoridad.

Sergio se detuvo.

—¿Posible qué?

Claudia cerró los ojos.

—Mierda.

—Ahora necesito contexto.

Le contó una versión breve. Sergio escuchó con una sonrisa creciente.

—Esto explica a la mujer del vestido blanco.

—Marta.

—Me preguntó si me gustaba Madrid.

—Vives en Valladolid.

—Por eso me pareció una pregunta geográficamente sospechosa.

Claudia se rió.

—Lo siento.

—No pasa nada. Mi madre es peor. Una vez invitó a una vecina a cenar sin decirme que tenía una hija de mi edad hasta que aparecieron las dos.

—Trauma compartido.

A partir de ahí Sergio se convirtió en aliado espontáneo. Cuando Marta se acercó durante la cata, él inclinó la cabeza hacia Claudia con una seriedad tan falsa que a ella casi le dio la risa.

—¿Te duele aquí? —preguntó señalando su propio hombro.

—Muchísimo.

—Puede ser grave.

—¿Necesito verte otra vez?

—Varias sesiones.

Marta se marchó radiante.

En cuanto estuvo lejos, Claudia apoyó la frente en la mesa.

—Somos malas personas.

—No hemos hecho daño a nadie.

—Martín aprobaría.

Sergio siguió su mirada hasta él.

—El guía.

—Mi supervisor ético.

—Ah.

—¿Qué significa ese ah?

—Nada.

—Todo el mundo está aprendiendo a decir cosas con vocales.

Sergio sonrió.

—Solo digo que te ha mirado tres veces desde que estamos sentados.

Claudia sintió un pequeño calor absurdo.

—Está trabajando.

—Claro.

—Y tú estás despedido de la resistencia.

Sergio levantó su copa.

—Ha sido breve pero intenso.

La tarde con Sergio terminó siendo bastante menos útil para el plan de Marta de lo que ella imaginaba y mucho más útil para Claudia.

Durante la ruta, el fisioterapeuta habló de su clínica, de su hermana y de la forma absurda en que había empezado a correr después de dejar el tabaco.

Conversaba sin venderse ni convertir cada pregunta en una oportunidad para averiguar si Claudia tenía pareja.

Cuando ella terminó contándole lo que estaba ocurriendo, Sergio se tomó unos segundos para mirar a Marta, que caminaba veinte metros por delante con Eva.

—¿Y llevan varios días con esto?

—Desde antes de salir de Madrid, por lo visto.

—¿Tú no sabías nada?

—Yo pensaba que el viaje era para celebrar mi cumpleaños.

—Técnicamente lo es.

—Técnicamente también una inspección de Hacienda es una visita.

Sergio se rió.

—Mi hermana hace algo parecido. Cada vez que conoce a una mujer soltera entre treinta y treinta y ocho años me manda una foto sin contexto.

—¿Y qué haces?

—Preguntarle por qué tiene fotografías de desconocidas.

—Hombre sensato.

—No siempre. Una vez acepté una cita porque estaba harto de decir que no.

—¿Y?

—Bien. Cenamos, hablamos dos horas y acabamos recomendándonos gente. Ella quería un hombre que leyera poesía y yo conocía a uno. Yo buscaba una fisio para cubrir vacaciones y ella tenía una prima.

Claudia se echó a reír.

—Networking romántico.

—Fue bastante productivo.

—Marta lo consideraría un éxito parcial.

Al llegar a la bodega, Sergio ya estaba dispuesto a colaborar. Claudia tuvo que frenar su entusiasmo cuando propuso simular que ella le había hecho una pregunta espantosa sobre dinero.

—La regla es no humillar.

—¿Regla de quién?

—Del guía.

Sergio miró hacia Martín, que hablaba con el responsable de la visita.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Lleváis todos dos días con caras.

El sabotaje terminó consistiendo en lo contrario de un sabotaje.

Claudia y Sergio se llevaron bien a plena vista.

Marta creyó que todo marchaba según su plan y, como consecuencia, dejó de intervenir durante casi una hora.

Claudia descubrió que el mejor modo de recuperar el control consistía a veces en no hacer nada.

En la cata, Martín pasó junto a ellos y dejó una botella de agua al lado de Claudia.

—Por si necesitas emergencia —dijo.

—Estoy sobreviviendo.

Sergio señaló la botella.

—Servicio especial.

Martín lo miró.

—Hidratación básica.

—Claro.

Claudia negó con la cabeza.

—Otro con la cara.

—No entiendo nada —dijo Martín.

—Eso es mentira —respondieron Sergio y Claudia a la vez.

Los tres se rieron.

La tarde posterior al pacto tuvo algo de resaca moral. Las amigas intentaban demostrar que podían comportarse con normalidad y, como ocurre siempre que alguien intenta parecer normal, resultaban sospechosas.