Capítulo 5 — Demasiadas Casualidades #3
Volvieron hacia el edificio juntas. Marta estaba en la terraza consultando el móvil con expresión culpable. Irene le había quitado el teléfono y lo sostenía fuera de su alcance.
—¿Qué hacéis? —preguntó Claudia.
—Prevención —dijo Irene.
—Estaba mirando restaurantes —protestó Marta.
—No sabemos qué significa ya «restaurante» para ti.
Claudia se rió.
La risa no borró el enfado, aunque sí le devolvió una parte del viaje. Podía seguir cabreada y, a la vez, querer estar allí. Esa mezcla le resultó mucho más cómoda que decidir cuál de las dos cosas era la correcta.
Antes de la actividad de la tarde, Claudia encontró a Martín junto a la furgoneta y le contó la conversación.
—Quedan dos cosas contratadas —dijo.
—Lo sé.
—¿Cuántos candidatos?
—No utilizamos esa palabra.
—Martín.
—Tres posibles participantes que tus amigas consideran de interés.
Claudia se apoyó en la puerta del vehículo.
—Esto es mucho peor cuando lo dices formalmente.
—Por eso intento no decirlo.
—Necesitamos estrategia.
—Tenemos una regla.
—No hacer daño.
—Y otra que acabo de añadir.
—¿Cuál?
—Si en algún momento no te divierte, paramos.
La frase le gustó. Porque no asumía que aquello debía hacerle gracia. Porque le devolvía algo tan simple como decidir.
—Trato hecho.
—Bien.
—Y quiero código de emergencia.
—No.
—Negociable.
—No.
—Voy a crearlo yo.
Martín cerró la puerta de la furgoneta.
—Eso me preocupa más.
Martín cerró la furgoneta y echó a andar hacia la bodega. Claudia fue detrás, todavía sonriendo. Por lo menos, a partir de ese momento, el plan también iba a ser suyo.
La bodega de aquella tarde olía a madera húmeda, piedra fría y vino. Claudia llevaba unos minutos escuchando una explicación sobre barricas cuando Martín se acercó por detrás y le hizo un gesto discreto hacia la salida lateral.
—¿Emergencia? —preguntó ella.
—Logística.
—Suena menos interesante.
—Lo es.
Salieron a un patio. Martín llevaba el teléfono en la mano.
—He revisado lo que queda contratado.
—Dispara.
—Una ruta compartida mañana con otro grupo, una actividad de bodega pasado mañana y una cena de grupos más adelante. Las solicitudes de tus amigas hacen que intentemos mezclarte con tres personas concretas si coinciden.
Claudia apoyó la espalda en la pared.
—Qué romántico. Un algoritmo artesanal.
—No es habitual que alguien lo plantee así.
—¿Así cómo?
—Con nombres concretos.
—Marta.
—No puedo confirmar autores materiales.
—Te estás divirtiendo.
—Un poco.
Claudia cruzó los brazos.
—Puedo negarme a todo.
—Por supuesto.
—Y mis amigas pierden el dinero.
—Una parte.
—Eso me da igual.
Martín esperó.
Claudia lo miró.
—Bueno, no me da igual del todo. Me fastidia pagar cuarenta euros por las sandalias de Marta y también tirar reservas.
—Podemos mantener las actividades y quitar la parte de emparejamiento.
—¿Cómo?
—Cambiar mesas, parejas, horarios cuando dependa de nosotros.
Claudia sonrió poco a poco.
—Sabotaje profesional.
—Adaptación de preferencias del cliente.
—Te admiro.
—No hace falta.
—Era momentáneo.
Martín guardó el móvil.
—Una cosa más. Si conoces a alguien y te cae bien, no tenemos que sabotearlo por principio.
—Gracias, padre.
—Lo digo porque esto puede convertirse en demostrarles algo a ellas.
Claudia abrió la boca y la cerró.
La observación había llegado demasiado cerca.
—Odio que tengas razón tan pronto.
—Trabajo con grupos. La gente hace cosas raras cuando siente que la observan.
—Yo hago cosas raras sin público.
—También lo he notado.
Claudia se rió.
—Vale. Regla dos: no sabotear por orgullo.
—Me gusta.
—Regla tres: no humillar a nadie.
—Esa era la uno.
—Necesito numeración propia.
—Se nota que eres amiga de Eva.
Volvieron al interior. Marta estaba al lado de Lucía y levantó la vista al verlos entrar juntos. Claudia reconoció la pregunta en su cara y decidió no facilitarle nada.
Durante la visita, se encontró varias veces buscando a Martín entre el grupo. Todavía estaba enfadada con sus amigas, pero el pacto había convertido la situación en algo manejable. En vez de sentirse arrastrada por un plan ajeno, tenía margen para decidir cómo responder.
Al terminar, salió al exterior para contestar un correo. Martín apareció diez minutos después con dos botellas de agua.
—¿Soborno?
—Hidratación.
—Vuelves a ser aburrido.
—Me esfuerzo.
Claudia bebió.
—¿Por qué me ayudas?
—Ya te lo dije. Convivo contigo diez días.
—Respuesta oficial.
Martín miró hacia las viñas.
—Porque creo que tienes razón en estar enfadada y porque puedo solucionarlo sin fastidiar el viaje al resto.
—Eso es peligrosamente decente.
—No lo difundas.
—Arruinaría tu reputación de guía seco.
—Exacto.
Claudia lo estudió un momento. Le gustó que no añadiera nada coqueto, ninguna insinuación sobre querer pasar tiempo con ella. El gesto tenía más valor precisamente porque podía quedarse ahí.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—Ahora necesitamos nombre para la operación.
Martín hizo una mueca.
—No necesitamos nombre.
—Toda operación clandestina necesita nombre.
—Trabajo mañana a las ocho.
—Cobarde.
—Profesional.
Claudia sonrió.
La palabra empezaba a pertenecerles un poco.