Capítulo 5 — Demasiadas Casualidades #2
—No lloro.
—Estás a punto.
—Es que me siento fatal.
Claudia sonrió y la abrazó.
—Pues aprende y ya está.
Marta apretó el abrazo.
—Se acabó organizarte cosas.
Claudia se separó para verla.
—¿Nada más que no estuviera ya organizado?
El silencio fue devastador.
—Marta.
—Hay dos cosas que ya no podemos cancelar.
Claudia se llevó las manos a la cara.
—Eres increíble.
—¡Pero no hago nada más!
—Eso dijiste hace un segundo.
—Me refería a nuevo.
Irene, desde la mesa, levantó la taza.
—Yo he oído todo. Testigo.
Claudia empezó a reírse a pesar de sí misma.
—¿Cuántos?
Marta levantó dos dedos.
—Dos actividades.
—¿Y cuántos hombres?
—Puede que tres.
—¿Puede?
—La información cambia.
—Esto parece inteligencia militar de baja calidad.
Marta sonrió con cautela.
—¿Me perdonas?
—Te perdono. Si vuelves a hacer algo parecido, publico tus fotos de 2009.
—Eso es terrorismo.
—Funciona.
La conversación con Marta dejó una resaca rara. Claudia la quería. También quería encerrarla durante dos horas en una habitación sin cobertura para impedirle organizar nada nuevo.
La discusión se disolvió porque llegó la hora de comer y porque incluso las amistades de dieciocho años tienen un límite de procesamiento antes de que alguien necesite hidratos.
Se sentaron las cinco en una mesa exterior. Martín dejó cartas y explicó el menú, luego se alejó con Nuria y Dani para resolver una duda de la visita de la tarde.
Durante varios minutos nadie habló de la operación.
Marta desmenuzaba pan. Eva miraba el teléfono sin desbloquearlo. Lucía bebía agua. Irene alternaba la vista entre Claudia y las otras dos como una espectadora que había pagado entrada pero empezaba a sentirse culpable por disfrutar.
—Podemos hablar de otra cosa —dijo Claudia.
Marta levantó la cabeza.
—¿Seguro?
—No quiero pasar diez días castigándoos. Quiero que entendáis que me ha sentado como una patada.
—Entendido —respondió Eva.
—Y si mañana veo otra distribución sospechosa, quemaré el Excel.
Eva apretó los labios.
—Eso ya es violencia.
Irene soltó una carcajada inesperada y la tensión cedió un poco.
—Bien —dijo Claudia—. Seguimos siendo personas.
Lucía levantó su vaso.
—Por sobrevivir al comité.
Marta hizo una mueca.
—Ese nombre es injusto.
—Tenías una lista —recordó Irene.
—Ya no.
—Porque la borraste delante de un tribunal.
La comida continuó con un esfuerzo consciente por hablar de cualquier otra cosa.
Dani se acercó un momento para preguntar si irían al mirador después.
Nuria contó que había perdido su cartera y la encontró dentro de una bolsa de maquillaje.
Lucía recibió una videollamada de Pablo y enseñó al grupo la ecografía pegada con un imán en su nevera.
Claudia participó. Se rió. Pidió postre. Aun así, por debajo de todo quedaba una molestia más antigua que el viaje.
Cuando terminaron, dijo que necesitaba pasear sola.
Bajó por un camino corto entre muros de piedra y viñas. No buscaba una vista bonita. Quería diez minutos sin que nadie le preguntara si estaba bien, si estaba enfadada o si Javier le parecía atractivo.
Sacó el móvil. Tenía un mensaje de su madre.
MAMÁ: ¿Qué tal Portugal? ¿Habéis conocido gente?
Claudia miró la pantalla y empezó a reírse sola.
Escribió:
CLAUDIA: Mamá, necesito que reformules esa pregunta.
La respuesta llegó enseguida.
MAMÁ: ¿Habéis visto cosas bonitas?
CLAUDIA: Mucho mejor.
Guardó el móvil.
La cuestión nunca había sido que nadie le preguntara por parejas. A veces era una pregunta normal. Ella misma preguntaba a Irene por sus citas o a Marta por Raúl. Lo agotador era la dirección única, esa idea tenue y persistente de que su vida sentimental constituía un expediente abierto.
Pensó en Carlos. La relación había sido buena durante mucho tiempo.
También había terminado bien, si «bien» podía incluir cuatro meses discutiendo por una mudanza que ninguno deseaba hacer por el otro.
Después de romper, Claudia descubrió que la gente aceptaba mucho peor un final sin culpables.
Querían saber quién había fallado, quién había tenido miedo, si ella se arrepentiría cuando fuera mayor.
Durante un tiempo contestó. Luego empezó a bromear. La broma era más rápida y cerraba conversaciones.
Oyó pasos detrás y se giró, preparada para ver a una de sus amigas.
Era Javier.
—¿Interrumpo?
—Depende. ¿Vienes enviado por alguien?
Él sonrió.
—He salido porque dentro están discutiendo sobre si una fuente de barro puede viajar como equipaje de mano.
—Respuesta correcta.
Caminaron un tramo. Javier no preguntó por la escena anterior, aunque era imposible que no hubiera notado algo.
—Me caes bien —dijo Claudia de repente.
—Gracias. Esto suena a antesala de una mala noticia.
—Mis amigas pensaban que tú y yo...
Javier levantó una mano.
—Lo había sospechado.
Claudia se detuvo.
—¿En serio?
—Marta me preguntó ayer si vivía solo y Eva me preguntó hoy si me apetecía volver a Madrid en el mismo vuelo que vosotras.
Claudia se tapó la cara.
—Voy a enterrarlas aquí.
—No me molestó. Solo era bastante evidente.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo tú.
Javier metió las manos en los bolsillos.
—Además, tú y yo hemos hablado dos tardes y ninguno ha intentado ligar con el otro. Creo que sobreviviremos.
El alivio le salió en forma de risa.
—Gracias.
—Si necesitas que simule una incompatibilidad terrible, puedo decir que colecciono espadas.
—No. La norma va a ser no convertir a nadie más en atrezo.
—Muy ética.
—Estoy creciendo.
Regresaron juntos. Marta los vio llegar y abrió mucho los ojos. Claudia la miró con una advertencia tan clara que su amiga bajó la vista al plato.
Aquello, al menos, demostraba capacidad de aprendizaje.
Antes de buscar a Martín, dio una vuelta sola por el exterior del alojamiento. El valle se extendía bajo una luz limpia que volvía ridículo seguir mirando el móvil. Guardó el teléfono y caminó hasta un muro bajo de piedra.
Se sentó.
Lo que acababa de ocurrir tenía una parte cómica que probablemente contaría durante años. Sus amigas habían reservado hombres como quien añade desayuno al alojamiento. En algún momento aquello se convertiría en una anécdota excelente.
Ese día todavía picaba demasiado.
Eva apareció unos minutos después con dos botellas de agua. Le tendió una y se sentó dejando espacio entre ambas.
—Esta vez no vengo a pedirte perdón otra vez.
—Gracias. Empieza a parecer Semana Santa.
—Vengo a decirte una cosa que quizá empeore todo.
Claudia abrió la botella.
—Estupendo.
Eva jugueteó con la etiqueta de la suya.
—Yo fui la que insistió en que marcáramos las actividades sociales.
Claudia giró la cabeza.
—Pensaba que había sido Marta.
—La lista de posibles hombres es de Marta. Eso sí. Pero la idea de aprovechar el viaje para que conocieras gente fue mía.
—¿Por qué?
Eva tardó en contestar.
—Porque últimamente cada vez que te veo estás trabajando o dices que estás cansada. Y cuando salimos, casi siempre somos nosotras con parejas, niños o hablando de ellos. Pensé que quizá te habías acostumbrado a quedarte fuera.
Claudia sintió que el enfado cambiaba de forma.
—¿Fuera de qué?
—De... no sé. De ciertas cosas.
—Dilo.
Eva miró las viñas.
—De tener a alguien.
Claudia apoyó los antebrazos en las rodillas.
—¿Y si estoy fuera porque quiero estar fuera?
—Entonces metí la pata.
—Bastante.
—Ya.
La respuesta, sin defensa, le quitó ganas de atacar.
—Eva, yo también me siento sola a veces.
Su amiga la miró.
—Claro que sí. Vivo sola. Hay domingos en los que no hablo con nadie hasta las seis de la tarde y otros en los que me gustaría llegar a casa y que hubiera alguien. Eso no convierte mi vida en una emergencia.
—Lo entiendo.
—Y tener pareja tampoco garantiza que no te sientas sola.
Eva bajó la vista hacia la botella. El gesto fue pequeño. Claudia lo vio.
—¿Estás bien con Álvaro?
—Sí.
Respondió demasiado rápido.
Claudia no insistió. Guardó el detalle en el mismo lugar donde llevaba acumulando los mensajes apartados, las llamadas que Eva contestaba lejos y ese cansancio que no cuadraba con la versión oficial de «cosas de casa».
—Cuando quieras hablar —dijo.
Eva apretó la botella.
—Estamos hablando de ti.
—Precisamente. Puedo cambiar de tema sin permiso del Excel.
Eva sonrió.
—No hoy.
—Bien.
Se quedaron sentadas un rato. Claudia agradeció que su amiga no intentara llenar el silencio con otra explicación.
Al levantarse, Eva le tocó el hombro.
—Me importa que sepas que no considero tu vida menos valiosa que la mía.
Claudia negó con la cabeza.
—Sé que no piensas eso. Creo que a veces se te olvida que puedo querer cosas distintas.
—Puede ser.
—Y a mí a veces se me olvida que vosotras tampoco lo tenéis todo resuelto.
Eva sonrió apenas.
—Eso seguro.