La última soltera del grupo Capítulo 5 — Demasiadas Casualidades
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Capítulo 5 — Demasiadas Casualidades

DEMASIADAS CASUALIDADES

El tercer día dejaron Oporto después del desayuno.

Claudia volvió a sentarse delante. Esta vez no preguntó.

Martín subió al asiento del conductor, vio su bolso colocado entre sus pies y asintió como si aquello hubiera quedado establecido en algún reglamento invisible.

—Buenos días.

—Estoy vigilándote.

—Qué descanso.

—¿A dónde vamos exactamente?

—Valle del Duero. Tenemos una parada intermedia y llegaremos al alojamiento antes de comer.

Claudia miró hacia atrás. Eva hablaba con Marta en voz baja. Javier estaba junto a Dani. Irene dormía con la boca abierta. Lucía mordía una manzana.

—¿Hoy también hay dinámica de parejas?

Martín arrancó.

—Hoy hay una visita, comida y una actividad por la tarde.

—Respuesta sospechosa.

—Si te digo que no, buscarás otra cosa.

—Empiezas a conocerme.

—Me preocupa.

Durante la carretera, Claudia intentó trabajar con el portátil sobre las piernas hasta que las curvas la obligaron a cerrarlo.

Martín puso música baja. Hablaron poco. Él conducía con una atención tranquila que Claudia encontraba agradable porque le permitía mirar por la ventana sin sentir que debía llenar cada silencio.

Al llegar al alojamiento, una casa rehabilitada entre viñedos, Eva anunció que las habitaciones estaban asignadas.

Claudia la miró.

—¿Por qué tú sabes eso antes que Martín?

Eva se quedó quieta con el móvil en la mano.

—Porque me mandaron la distribución.

—¿Quién?

—La empresa.

Martín bajaba maletas del vehículo.

Claudia caminó hacia él.

—¿La empresa manda distribuciones de habitación a una viajera concreta?

Martín apoyó una maleta en el suelo.

—Cuando una persona figura como contacto principal, sí.

—Eva es el contacto principal.

—Sí.

—Interesante.

—Claudia.

—¿Qué?

—Estás montando un caso penal con una reserva turística.

—Porque nadie me da respuestas.

—Habla con tus amigas.

—Eso pienso hacer.

La oportunidad apareció antes de comer.

Eva dejó el móvil sobre una mesa exterior mientras entraba a buscar agua. La pantalla se encendió con una notificación.

MARTA: ¿HOY CUÁL LE TOCA?

Claudia no necesitó tocar el teléfono. Vio el mensaje entero desde donde estaba sentada.

Se quedó mirándolo.

Marta apareció por la puerta con una chaqueta en la mano y frenó al verla.

—¿Qué pasa?

Claudia señaló el móvil.

Marta bajó la vista.

Su expresión la traicionó con una eficacia casi conmovedora.

—Ah.

—Sí. Ah.

Eva regresó con la botella de agua.

Claudia cogió su propia silla, la giró hacia las dos y se sentó.

—Quiero saber exactamente qué habéis hecho.

—Claudia… —empezó Eva.

—Exactamente.

Lucía e Irene, que estaban a pocos metros, se acercaron.

Irene leyó la cara de todos.

—Uy.

—No ayudes —dijo Marta.

—Todavía no he hecho nada.

Claudia cruzó los brazos.

—¿Quién «me toca» hoy?

Marta se sentó enfrente.

—La frase suena peor de lo que es.

—Una excelente apertura.

Eva respiró hondo.

—Cuando reservamos el viaje vimos que tenían actividades sociales opcionales para gente que viaja sola.

—Nosotras viajamos cinco juntas.

—Ya. Pero tú…

—Termina esa frase con cuidado.

Eva apretó los labios.

Marta tomó el relevo.

—Pensamos que podía ser divertido que conocieras a gente nueva.

—Conozco gente nueva.

—Gente disponible.

Irene levantó una mano.

—Para que conste, yo no sabía nada de esto.

—Yo sabía la idea general —dijo Lucía—. No que estuvierais asignándole hombres por días.

—No asignamos hombres —protestó Eva.

—Marta acaba de preguntar cuál me toca hoy.

—Era una broma.

—Qué alivio.

Eva desbloqueó el teléfono.

—Solo marcamos que estarías abierta a conocer a otros viajeros solteros y pedimos que, cuando fuera posible, te pusieran en actividades con gente de tu edad.

Claudia la miró sin hablar.

—¿Sin preguntarme?

—Si te preguntábamos, ibas a decir que no.

—Eso suele indicar que ya conocéis mi respuesta.

Marta se removió en la silla.

—No queríamos hacerte daño.

—No hablo de daño. Hablo de que me habéis convertido en un proyecto.

—Estás exagerando —dijo Eva.

La respuesta le dolió más de lo que esperaba.

Claudia notó cómo la irritación se le asentaba en el pecho, más pesada de lo que había esperado.

—Perfecto. Entonces explícame cuál es la parte razonable. ¿Reservar un viaje para mi cumpleaños sin decirme nada? Puedo pasar. Es una sorpresa. ¿Ponerme al lado de un tío en cada comida porque habéis decidido que debería conocer a alguien? Ya no me hace tanta gracia.

—Javier te cayó bien —dijo Marta.

—Ese no es el asunto.

—Pues parece importante.

—Precisamente porque me cayó bien. Es una persona, no un regalo que habéis añadido al paquete.

Lucía se sentó junto a Claudia.

—Tiene razón.

Eva la miró.

—Tú estabas de acuerdo.

—Con que conociera gente. Pensaba que hablábamos de animarla a salir una noche, no de diseñar un calendario.

—No hay ningún calendario.

Marta apartó la mirada.

Irene soltó una carcajada incrédula.

—Hay calendario.

—No exactamente.

—Marta.

—Una lista orientativa.

Claudia cerró los ojos unos segundos.

—Dios mío.

—Son tres personas —dijo Marta rápidamente—. Ni siquiera citas. Gente del viaje y de actividades asociadas. Tú decides si hablas con ellos.

—Qué generoso.

—Clau, lo hicimos porque te queremos.

—Pues queredme un poco menos durante diez días.

Se levantó.

Eva también.

—No hace falta montar un drama.

Claudia se volvió.

—No estoy montando un drama. Estoy cabreada. Puedo estar cabreada sin que tengáis que rebajar lo que siento para que os resulte cómodo.

Ahí se hizo un silencio real.

Eva bajó la vista.

Marta se quedó quieta.

Irene fue la única que habló.

—Yo voto por dejarla respirar.

Claudia entró en la casa, atravesó el salón y salió por otra puerta que daba a un camino de grava. Caminó sin saber adónde iba. Necesitaba moverse.

El asunto quedaba lejos de una traición monumental, aunque le doliera. Eran sus amigas y las conocía demasiado bien: habían actuado desde una mezcla de cariño, aburrimiento, entusiasmo y esa seguridad peligrosa que da creer que sabes qué necesita una persona porque llevas media vida queriéndola.

Aun así, estaba enfadada.

Y cansada.

Sobre todo cansada de que su estado sentimental pareciera un tema disponible para debate público.

—Si sigues por ahí, llegas a una finca privada.

Después de la discusión, Claudia tardó más de una hora en volver a sentarse con sus amigas.

La comida ya estaba casi terminada. Lucía le había guardado un plato. Irene había conseguido que Marta dejara de enviar mensajes explicativos y Eva estaba en silencio, algo poco habitual en ella.

Claudia ocupó su silla.

—¿Podemos comer sin hablar de esto diez minutos?

—Sí —dijo Lucía.

—Claro —añadió Eva.

Marta abrió la boca.

Irene le dio una patada por debajo de la mesa.

—Ay.

—Diez minutos —recordó Irene.

Comieron.

El silencio inicial fue incómodo, pero después Dani contó una historia sobre un viaje a Escocia y Nuria empezó a discutir con él sobre quién había perdido las llaves de un coche de alquiler.

La conversación cambió de dirección. Claudia agradeció que existieran otras personas en el grupo.

Con ellas delante, sus amigas no podían convertir el almuerzo en una mesa redonda sobre su estado sentimental.

Al terminar, Eva se acercó.

—¿Paseamos un momento?

Claudia dudó.

—Vale.

Caminaron hasta un lateral de la casa desde donde se veían las viñas.

Eva metió las manos en los bolsillos.

—Lo siento de verdad.

—Ya lo sé.

—No, creo que antes seguía intentando explicarte por qué lo hicimos. Y eso no sirve de mucho.

—Gracias.

—Pensé que te haría gracia.

—Una parte me hace gracia. La ejecución es objetivamente demencial.

—Marta hizo una hoja.

—Ya sé que hay lista orientativa.

—No has visto la hoja.

—No quiero verla.

—Mejor.

Claudia se quedó mirando el paisaje.

—¿Sabes qué es lo que me fastidia? Que no es por estos tres tíos. Es la idea de que mi cumpleaños número treinta y cinco haya activado una alarma.

—No pensamos que estés mayor.

—No hablo de mayor. Hablo de pendiente. Como si hubiera una cosa que deberíamos solucionar.

Eva tardó en responder.

—A veces me preocupo por si estás sola más de lo que dices.

—Estoy sola bastante. No es lo mismo que estar mal.

—Ya.

—Y hay días que me apetece tener pareja. Otros no. Eso tampoco significa que necesite que me busquéis una.

Eva asintió.

—Entendido.

—¿Seguro?

—Intentaré.

Claudia sonrió.

—Acepto intento.

Eva la abrazó. Fue breve, sin dramatismo.

—Marta va a tardar más —dijo al separarse.

—Marta tardará hasta que tenga setenta años y organice citas en la residencia.

—Probable.

Volvieron hacia la terraza.

La tarde quedó libre hasta la visita a la bodega. Claudia subió a la habitación para trabajar. Abrió el portátil, pero apenas consiguió concentrarse. El enfado ya no era agudo. Se había convertido en cansancio y en una vergüenza pequeña por haber tenido que explicar algo que creía obvio.

Recibió un mensaje de su madre.

MAMÁ: ¿Qué tal Portugal? ¿Fotos?

Claudia envió una del paisaje.

MAMÁ: Precioso. ¿Y vosotras?

Mandó la fotografía del grupo junto al río.

Su madre respondió con cinco corazones y, treinta segundos después:

MAMÁ: ¿Quién es el chico alto del fondo?

Claudia amplió la foto.

Martín aparecía detrás hablando con Dani.

CLAUDIA: El guía.

MAMÁ: Ah.

CLAUDIA: MAMÁ.

MAMÁ: ¿Qué?

Claudia dejó el móvil boca abajo y empezó a reírse sola.

El mensaje de su madre resumía el problema con una precisión irritante y, al mismo tiempo, era demasiado cotidiano para enfadarse cada vez.

Cuando volvió a bajar encontró a Irene tomando café.

—He hablado con Eva.

—¿Bien?

—Sí.

—Marta lleva una hora diciendo que es una mala amiga.

Claudia cerró los ojos.

—Dios.

—Le he dicho que pare de convertir tu enfado en su crisis personal.

—Gracias.

—Soy excelente gestionando divorcios y conflictos ajenos.

Marta apareció poco después, con una cara que Claudia conocía desde los veinte años: culpa intensa y necesidad de verbalizarla.

—Clau.

—Ven.

Se fueron a un rincón de la terraza.

—Lo siento muchísimo.

—Lo sé.

—Yo pensé...

—Marta, no necesito que me expliques todo otra vez.

Su amiga asintió.

—Vale.

—Te quiero. Estoy enfadada. Las dos cosas caben.

Los ojos de Marta se humedecieron.

—No llores o me voy.