La última soltera del grupo Capítulo 4 — Qué Casualidad #2
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Capítulo 4 — Qué Casualidad #2

—A veces. También hay grupos fáciles.

—¿Nosotros?

Martín la miró con solemnidad.

—Lucía es excelente. Dani y Nuria también.

—Cobarde.

—Irene me preocupa un poco.

—Con razón.

—Eva organiza más que yo.

—También con razón.

—Marta pregunta mucho.

—Muchísimo.

—Y tú investigas conspiraciones.

—Porque existen.

Él sonrió.

—Eso está por demostrar.

La frase terminó de convencerla de que sabía algo.

Salieron juntos de la cafetería. En la puerta, Martín se despidió porque debía volver al hotel por otra calle.

—Nos vemos luego.

—Y yo seguiré investigando.

—Me consta.

Claudia lo vio alejarse y pensó que, si estaba implicado en la operación, al menos tenía el buen gusto de no comportarse como un casamentero.

Esa noche, Claudia decidió poner a prueba a Marta.

Esperó hasta que estuvieron las cinco en la habitación de Eva y Lucía, donde se habían reunido porque Lucía necesitaba sentarse un rato antes de cenar. Marta revisaba fotos en el móvil. Eva buscaba un restaurante. Irene se había apropiado de una bolsa de frutos secos.

—Javier me ha dicho que mañana quizá se vaya por su cuenta por la tarde —comentó Claudia.

Marta levantó la cabeza demasiado deprisa.

—¿Por qué?

—Le apetece ver una librería.

—Ah.

—Me ha preguntado si quiero ir.

Silencio.

Irene dejó de masticar.

Lucía miró a Claudia y entendió enseguida que aquello era una trampa.

—¿Y qué le has dicho? —preguntó Marta.

—Que ya vería.

Eva fingió seguir con el teléfono.

—Pues si te apetece...

Claudia sonrió.

—No me lo ha preguntado.

Marta parpadeó.

—¿Qué?

—Me lo he inventado.

Irene se dobló de risa.

Lucía se tapó la cara.

Eva cerró los ojos.

—Claudia.

—Gracias por participar en el experimento.

Marta parecía ofendida.

—Eso es manipulación.

—Qué interesante que lo digas tú.

—Yo solo he preguntado.

—Con una ilusión que casi ilumina la habitación.

Eva dejó el móvil sobre la cama.

—Vale. A lo mejor estamos un poco pesadas.

—Un poco.

—No hay que montar una guerra.

—No la estoy montando. Estoy reuniendo pruebas.

—Eso suena peor —dijo Lucía.

Irene seguía riéndose.

—A mí me parece impecable.

Marta tiró un cojín contra ella.

Camino de la tienda de cerámica, Eva y Marta se adelantaron discutiendo sobre si tenían tiempo de cruzar el río antes de comer. Claudia caminó junto a Lucía, que sostenía la pequeña bolsa con el body como si dentro llevara algo frágil.

—¿Tienes miedo? —preguntó Claudia.

Lucía la miró.

—Todo el rato.

La rapidez de la respuesta la hizo callar.

—No de algo concreto —añadió Lucía—. O sí, de quinientas cosas concretas. De que el parto salga mal, de no dormir, de que Pablo y yo nos convirtamos en gente que solo habla de pañales. De querer volver a trabajar demasiado pronto y sentirme culpable. De no querer volver y sentirme culpable también.

—Promete ser una etapa relajada.

—Muchísimo. Y luego está todo el mundo diciéndome que disfrute. Si una persona más me dice que disfrute del embarazo, voy a morderla.

—Anotado.

Lucía guardó la bolsa dentro del bolso.

—Tú nunca me preguntas cuándo vas a tener hijos.

—Porque tengo educación.

—También porque sabes que llevo diez años diciendo que quería tenerlos.

—Eso ayuda.

—Mi madre insiste en que cuando nazca Vega entenderé cosas que ahora no entiendo. Me pone de una mala leche...

—¿Vega está decidido?

Lucía asintió.

—Pablo quería Martina hasta que descubrió que hay tres en su oficina. Yo quería algo corto porque nuestros apellidos juntos ocupan media página.

—Vega me gusta.

—A Eva no. Dice que suena a marca de electrodomésticos.

—Eva llamó Nico a su hijo y durante seis meses todo el grupo preguntó si era Nicolás.

Lucía se rió.

—Eso es verdad.

Al doblar una esquina vieron a Eva al teléfono. Había dejado de caminar. Marta esperaba unos metros más adelante, examinando el escaparate de una tienda sin demasiada convicción.

Claudia no oyó lo que decía Eva, solo el cambio en su tono. Más bajo. Más contenido. Su amiga se apartó todavía más cuando las vio acercarse.

Lucía siguió la dirección de su mirada.

—Álvaro —murmuró.

—¿Pasa algo?

—No sé. Llevan unos meses más tensos.

Claudia sintió la tentación de preguntar. Recordó la conversación de hacía cinco minutos, las opiniones ajenas entrando en vidas que no les pertenecían, y se la tragó.

Eva terminó la llamada.

—Perdón. Los niños.

—¿Todo bien? —preguntó Marta.

—Sí. Nico no encuentra un cuaderno que necesita mañana.

La explicación podía ser cierta y no contar ni la mitad. Claudia se limitó a asentir.

—Vamos a por tu cerámica antes de que Irene venda un riñón para comprarse un bolso —dijo.

Eva la miró un instante, quizá agradecida por el cambio de tema.

Marta recuperó energía inmediatamente.

—Hay un taller dos calles más abajo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Claudia.

—Lo guardé.

—Claro.

—Tengo una carpeta de Portugal.

—¿Cuántas carpetas tienes?

—Digitales, muchas.

—No quiero conocer la respuesta real.

Llegaron al taller y encontraron a Irene dentro, sosteniendo una fuente enorme pintada a mano.

—No me juzguéis —dijo antes de que nadie hablara.

—No cabe en tu maleta —respondió Eva.

—Eso es logística, no juicio.

—Tampoco cabe en tu cocina —añadió Claudia.

—Eso sí es juicio.

Durante veinte minutos fueron otra vez las cinco de siempre, discutiendo por una fuente que Irene no necesitaba y que terminó comprando igualmente.

Claudia pensó que quizá la amistad adulta consistía en eso: saber demasiado de la vida de alguien y aprender, con suerte, cuándo utilizar la información y cuándo dejarla quieta.

La cena fue tranquila. Javier acabó sentado lejos de Claudia por pura casualidad y Marta tuvo que soportarlo sin intervenir. Claudia se sentó junto a Dani y habló con él sobre Barcelona, alquileres y trabajos que uno acepta pensando que serán temporales y terminan durando siete años.

Martín estaba enfrente, dos lugares más allá. Participaba en varias conversaciones sin apropiarse de ninguna. Cuando Claudia levantó la vista, él estaba mirándola.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Estaba pensando.

—Esa respuesta está permitida por poco.

—¿Por quién?

—Por mí.

Martín bebió agua.

—Estaba intentando averiguar por qué Marta lleva diez minutos mirándote con resentimiento.

Irene intervino desde el otro lado.

—Claudia ha hecho una prueba de estrés a la conspiración.

Marta señaló a Irene.

—Tú también estás en mi lista negra.

Martín levantó una ceja.

—¿Conspiración?

Claudia lo miró.

—Luego hablamos.

La reacción fue mínima: apenas una pausa antes de volver a la conversación con Dani. A Claudia le bastó para confirmar que algo sabía.

Más tarde, al salir del restaurante, caminó con él unos metros.

—¿Qué han contratado exactamente? —preguntó.

—Claudia...

—No quiero nombres. Quiero saber si hay algo diseñado alrededor de mí.

Martín metió las manos en los bolsillos.

—Hay una solicitud de actividades sociales y una nota para favorecer encuentros con viajeros de edad parecida.

—Eso es un sí.

—Es información que tus amigas deberían haberte contado.

—¿Cuántas actividades?

—Mañana lo miramos bien.

—¿Mañana?

—Ahora son casi doce y tengo que cerrar una reserva.

A Claudia se le escapó una risa seca.

—Profesional hasta cuando me das malas noticias.

—Intento que no las recibas peor por mi culpa.

La frase la frenó un poco.

—Gracias.

—Habla con ellas antes de enfadarte conmigo.

—No prometo nada.

—Me conformo con que duermas.

Claudia subió a la habitación con la certeza de que al día siguiente habría discusión.

Irene la esperaba sentada en la cama.

—¿Confirmado?

—Bastante.

—Mierda.

—Mañana hablamos con ellas.

—¿Nosotras?

—Tú eres testigo protegido.

—Me gusta el cargo.