La última soltera del grupo Capítulo 4 — Qué Casualidad
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Capítulo 4 — Qué Casualidad

QUÉ CASUALIDAD

A las ocho y diez de la mañana Eva ya había conseguido enfadar a tres personas.

A Irene, porque abrió las cortinas de la habitación sin llamar. A Marta, porque le recordó que el desayuno terminaba a las nueve. A Claudia, porque apareció en el comedor con una energía que nadie debería tener antes del segundo café.

—Hoy tenemos paseo y luego una cata —dijo mientras se sentaba.

—Lo sé. Existe un Excel —respondió Claudia.

Eva ignoró el comentario.

—Javier ha preguntado si nos gustó el bar.

Claudia untó mantequilla en una tostada.

—Qué hombre tan social.

—Es majo.

—Muchísimo.

—Y está soltero.

La tostada se quedó a medio camino.

Irene emitió un ruido que podía haber sido tos.

Claudia dejó el cuchillo.

—Ah.

Eva se dio cuenta tarde.

—Lo dijo ayer hablando con Dani.

—Qué información tan útil para el desayuno.

—No quería decir nada.

—Lo has dicho.

Lucía llegó con un plato de fruta y se sentó junto a ellas.

—¿Qué pasa?

—Eva está haciendo inventario civil de los hombres del viaje.

—No exageres.

Marta apareció en ese momento, despeinada y con gafas de sol.

—Si alguien me habla, lloro.

La conversación quedó suspendida.

Claudia decidió observar.

El plan del día incluía una visita corta por la ciudad y después una actividad de comida y vino. Martín dividió al grupo en parejas para una pequeña dinámica absurda relacionada con identificar aromas. Claudia acabó con Javier.

Marta con Irene.

Eva con Dani.

Nuria con Lucía.

Martín se quedó fuera.

Claudia levantó su tarjeta.

—Otra casualidad.

Martín estaba repartiendo copas.

—¿Perdón?

—Nada.

Javier se acercó.

—Prometo no tomarme muy en serio lo de los aromas. Una vez dije que un vino olía a armario y casi me expulsan de una cena.

—Ya tenemos algo en común.

La actividad fue divertida pese a todo. Javier confundió vainilla con coco y Claudia identificó canela porque olía exactamente como el ambientador de casa de su abuela. La conversación resultó cómoda, sin chispazos de película ni ganas de mirar el reloj. Javier era simplemente un hombre agradable.

Precisamente por eso, el posible plan de sus amigas empezó a molestarle más.

Después de la actividad de aromas, el grupo se dispersó por el centro. Claudia caminó con Lucía hacia una tienda de ropa mientras Eva y Marta se adelantaban.

—No sabía que estaban haciendo todo eso —repitió Lucía.

—Te creo.

—Marta dijo que había hablado con la empresa para que hubiera actividades sociales. Pensé que era como... gente mezclándose.

—También existe eso sin que me asignen mesa.

Lucía se detuvo delante de un escaparate de ropa infantil y se quedó mirando un body diminuto.

—Perdona, me he distraído.

—Tienes permiso hormonal.

Entraron. Lucía tocó telas y miró precios con la expresión de alguien que acababa de descubrir que un ser humano de cuatro kilos podía tener ropa más cara que ella.

—Pablo quiere comprar todo —dijo—. Yo intento recordarle que crecen.

—En algún momento aprenderá.

—Su madre ha comprado una cuna para su casa.

Claudia la miró.

—¿Para su casa?

—Sí. Dice que así cuando vayamos no tendremos que transportar nada.

—Eso es razonable.

—También ha comprado bañera, trona y un aparato para esterilizar biberones. El bebé tendrá allí una segunda residencia mejor equipada que nuestro piso.

Claudia se rió.

Lucía dejó el body y se quedó mirando otro.

—¿Sabes qué es lo peor del embarazo?

—Las náuseas.

—La gente.

—Eso sirve para casi todo.

—Todo el mundo opina. Mi madre, mi suegra, compañeras de trabajo, una señora en el ascensor. Ayer una mujer me dijo que no debería viajar «en mi estado».

Claudia levantó las cejas.

—¿Qué estado? ¿Portugal?

Lucía soltó una carcajada.

—Eso tendría que haber contestado.

—Toma nota para la próxima.

—Supongo que entiendo un poco lo que dices.

Claudia miró a su amiga.

—No tienes que ponerte de mi lado por eso.

—No es ponerme de tu lado. Es que quizá pensaba que nuestros comentarios te daban igual porque siempre te ríes.

Claudia cogió un gorrito minúsculo.

—Casi siempre me dan igual.

—Y otras veces no.

—Otras veces cansan.

Lucía asintió.

Compró el body que había mirado al entrar.

—Pablo va a llorar.

—Tú también.

—Probable.

Al salir encontraron a Eva esperando junto a una esquina.

—Marta está buscando una tienda de cerámica —dijo—. ¿Venís?

Claudia la observó. Eva parecía normal, pero evitaba el tema del desayuno.

—Sí.

Caminaron unos minutos. Claudia decidió no montar la discusión todavía. Quería saber hasta dónde llegaba la operación antes de enfrentarse a ellas con sospechas.

—Eva —dijo de forma casual—. ¿Qué tal Javier?

—¿Cuál?

—El del viaje.

—Ah. Bien, ¿no?

—Majo.

—Parece buen chico.

—¿Buen chico?

Eva giró la cabeza.

—Forma de hablar.

—Tienes ficha mental.

—No tengo ninguna ficha.

—Marta sí.

Eva tropezó casi imperceptiblemente en el adoquín.

Claudia sonrió.

—Te he pillado.

—No sé de qué hablas.

—Fatal. Mientes fatal cuando te sientes culpable.

—Tengo dos hijos. Miento perfectamente.

—Eso es verdad.

Marta reapareció antes de que Claudia pudiera seguir interrogando. Llevaba una bolsa con dos tazas.

—Mirad qué monas.

Irene se reunió con ellas poco después y pasaron la siguiente hora caminando, entrando en tiendas y discutiendo dónde comer algo dulce. La normalidad desactivó temporalmente la sospecha.

La sospecha dejó de ser divertida durante unos minutos al mediodía.

Javier se acercó cuando Claudia esperaba sola frente a una pastelería. Irene había entrado a comprar algo para compartir y las demás estaban al otro lado de la calle mirando un escaparate.

—Tengo una pregunta rara —dijo él.

—Perfecto. Llevo dos días entrenando.

—¿Tus amigas creen que esto es una cita?

Claudia lo miró.

—¿Esto qué es?

—La conversación, el viaje, que me sienten a tu lado, no sé. Ayer Marta me preguntó si estaba soltero con la sutileza de un formulario de Hacienda.

Claudia cerró los ojos un instante.

—Lo siento.

Javier se rió.

—No me ofende. Solo quería saber si debía hacer algo.

—¿Como qué?

—Declarar intenciones. Presentar documentación. Llevar referencias.

—Una nómina ayudaría.

—La tengo escaneada.

Claudia se rió a pesar de la vergüenza.

—Creo que están intentando presentarnos.

—Eso sospechaba.

—Yo no lo sabía cuando llegamos.

—Eso también lo sospechaba.

—¿Por mi cara?

—Por la cara que pusiste esta mañana cuando Eva dijo que yo era soltero.

Claudia apoyó una mano sobre la frente.

—Dios. Qué gente.

—Mira, me caes muy bien.

—Tú a mí también.

—Y eres guapa.

—Gracias. Esto se está poniendo peligrosamente civilizado.

Javier sonrió.

—Pero estoy saliendo de una relación de seis años y ahora mismo mi gran proyecto sentimental es conseguir que mi ex me devuelva una cafetera que compré yo.

—Eso sí que es serio.

—Costó ciento ochenta euros.

—Lucha.

—Voy a luchar.

La conversación alivió algo que Claudia no había sabido que estaba tenso. Javier había dejado de parecer un candidato esperando evaluación. Delante de ella había un hombre en un viaje, con una ex, una cafetera secuestrada y motivos propios para no querer empezar nada.

—Si te sirve —dijo él—, podemos fingir que ha ido fatal.

Claudia lo miró con interés.

—¿Hasta qué punto estás dispuesto a colaborar?

—Depende. No pienso fingir una discusión en público.

—Qué poca entrega.

—Puedo decir que tenemos diferencias irreconciliables sobre la tortilla con cebolla.

—¿Con o sin?

—Sin.

Claudia dio un paso atrás.

—No hace falta fingir nada. Esto ha terminado.

Javier se echó a reír.

Irene salió de la pastelería con una bolsa.

—¿Qué me he perdido?

—Una ruptura —dijo Claudia.

—Duró poco.

—Él no respeta la cebolla.

Javier levantó una mano.

—No voy a disculparme.

Irene los miró a ambos y decidió no preguntar.

Más tarde, Claudia observó a Eva y Marta con menos enfado y más curiosidad.

¿Qué información creían manejar? ¿Una edad, una profesión, que alguien estuviera soltero?

De algún modo habían reducido la compatibilidad a una tabla mental, precisamente ellas, que conocían la cantidad de casualidad, cansancio, deseo, oportunidad y pura suerte que había intervenido en sus propias relaciones.

La idea se le quedó rondando durante la tarde.

Cuando se encontró con Martín en la cafetería, ya no quería descubrir solo si él sabía algo. Quería entender qué demonios habían contratado sus amigas y cuánto margen tenía para bajarse del experimento sin estropearle el viaje a nadie.

Por la tarde, Claudia se quedó sola para trabajar. Elegir la cafetería fue casi un acto de rebeldía contra el grupo. Necesitaba una hora sin conversaciones, decisiones colectivas ni fotografías.

Martín apareció allí por casualidad real.

La coincidencia le hizo gracia, quizá porque nadie había organizado aquella mesa por ella.

Mientras ambos trabajaban en mesas separadas, Claudia lo observó de reojo alguna vez.

Tenía una forma concentrada de fruncir un poco el ceño al leer.

Escribía a mano antes de pasar datos al teléfono.

Respondió dos llamadas, una en español y otra en portugués, con una paciencia que Claudia jamás tendría con proveedores.

Cuando él le preguntó por sus amigas, Claudia levantó la vista.

—¿Qué quieres saber?

—Nada concreto. Se nota que os conocéis mucho.

—Demasiado.

—¿Desde cuándo?

—Dieciocho años casi. Universidad.

—Eso explica que discutáis con bastante confianza.

—Podemos insultarnos sin protocolo.

—Privilegio de antigüedad.

—¿Tú tienes amigos así?

—Dos. Uno vive en Bilbao y otro en Madrid. Nos vemos menos de lo que deberíamos.

—Eso es hacerse mayor.

—Pensaba que hacerse mayor era comprar crema para el contorno de ojos.

—¿Quién te ha contado eso?

—Marta. En el aeropuerto.

—Voy a matarla.

—Parece orgullosa del regalo.

—Era de Eva.

—Entonces Marta solo divulgó información sensible.

Claudia se rió.

—Te adaptas rápido al grupo.

—Supervivencia.

Trabajaron otro rato. Cuando Claudia cerró el portátil, Martín señaló su taza vacía.

—¿Otro?

—Si tomo otro café, esta noche puedo oír colores.

—Entonces no.

—Qué controlador.

—Evaluación de riesgos.

Claudia recogió sus cosas.

—¿Tú cenas con nosotros siempre?

—Casi todas las noches. Hay dos libres.

—Debe de ser agotador.