La última soltera del grupo Capítulo 3 — Oporto #3
17%

Capítulo 3 — Oporto #3

—Te ha contado que era arquitecto.

Claudia se quedó quieta.

—¿Cómo sabes eso?

Irene sonrió con triunfo.

—No tenía la respuesta.

—Eres imbécil.

—Gracias por la información.

Claudia le lanzó una almohada. Irene la atrapó entre risas.

—Entre Martín y yo no hay nada —insistió Claudia.

—Llevamos un día. Espero que no haya nada, por higiene narrativa.

—¿Higiene qué?

—Marta me ha contagiado. Ya veo el viaje como una película mala.

—Pues en la película mala yo me acuesto y tú apagas la luz.

Irene obedeció después de protestar por la temperatura del aire acondicionado.

La habitación quedó a oscuras salvo por una línea naranja que entraba entre las cortinas. Claudia escuchó a su amiga moverse, abrir otra vez el móvil y dejarlo sobre la mesilla.

—Clau.

—¿Qué?

—Lo de Javier. Si las otras están haciendo algo de verdad, yo no estoy metida.

Claudia abrió los ojos.

—Ya lo sé.

—Y si me entero, te lo digo.

—Gracias.

—Aunque si el plan consiste en presentarte hombres normales, tampoco voy a llamar a Interpol.

—Buenas noches, Irene.

—Buenas noches.

Cinco minutos después:

—¿Tú crees que Martín tendrá novia?

Claudia cogió la almohada sin incorporarse.

—Te la tiro otra vez.

—Era curiosidad científica.

—Duerme.

Irene se rió por lo bajo.

Claudia cerró los ojos. Tenía sueño y los pies cansados. La ciudad seguía sonando detrás del cristal, con voces que subían desde la calle y algún coche pasando sobre el adoquinado.

Pensó en Javier apenas unos segundos. Era simpático, atractivo y probablemente volverían a hablar al día siguiente. La idea no le molestaba. Tampoco le producía ninguna urgencia.

En cambio, recordó la pregunta que Martín había dejado sin responder sobre arquitectura.

«Eso requiere historia.»

Le gustaban las historias incompletas. Era una deformación profesional y, quizá, personal.

Se prometió preguntarle en otro momento.

Luego se durmió antes de poder decidir si aquello contaba como curiosidad o como otra cosa.

Subieron al hotel. Antes de dormir, ella abrió Instagram por costumbre. Marta había subido una historia de las cinco junto al río. En la esquina aparecía Martín, desenfocado, hablando con Dani.

Claudia lo miró un segundo más de lo necesario.

Luego pasó a la siguiente historia.

La primera noche en Oporto, Claudia descubrió que compartir habitación con Irene seguía funcionando exactamente igual que a los veintidós años: una ocupaba el baño durante demasiado tiempo y la otra negaba ser responsable del desastre alrededor de su maleta.

—Tu camiseta está en mi cama —dijo Claudia.

—La cama es grande.

—Es mi cama.

—Territorial.

Irene siguió buscando un cargador.

—¿Has visto el mío?

—No.

—Mentira. Tienes dos encima de la mesilla.

—Son míos.

—Uno tiene una pegatina de The Cure.

Claudia miró.

—Vale. Ese es tuyo.

—Ladrona.

La escena tenía algo tranquilizador. Afuera estaban en otra ciudad, con gente nueva y un hombre llamado Javier al que Marta había observado durante toda la cena. Dentro, Irene seguía perdiendo cargadores y Claudia seguía acumulando ropa en una silla hasta convertirla en mueble auxiliar.

—¿Te cae bien Javier? —preguntó Irene mientras enchufaba el teléfono.

—Sí.

—Eso ha sido rápido.

—Porque es una pregunta sencilla.

—¿Te atrae?

Claudia se quitó una pulsera.

—También.

Irene se volvió despacio.

—Mira qué adulta.

—Puedo encontrar atractivo a un hombre sin montar una estrategia a cinco años.

—Lo sé.

—Díselo a las otras.

—Se lo diré cuando tenga pruebas.

Claudia le lanzó una camiseta.

Después de apagar la luz, siguieron hablando desde las camas como hacían en los viajes de universidad.

Irene contó algo sobre un compañero de trabajo que se había separado y llevaba tres meses publicando frases motivacionales.

Claudia respondió con la historia de una clienta que había enviado un correo pasivo-agresivo a veintitrés personas por una coma.

—¿Te acuerdas del piso de Lavapiés? —preguntó Irene de pronto.

—El de las cucarachas.

—El de la libertad.

—Había cucarachas libres, sí.

—Éramos felices.

Claudia sonrió hacia la oscuridad.

—Éramos pobres y dormíamos cuatro horas.

—También.

—Creo que recordamos muy bien los veinte porque hemos borrado las facturas.

Irene se rió.

—Y las resacas.

El silencio llegó después sin incomodar. Claudia estaba a punto de dormirse cuando el teléfono vibró. Era el grupo completo del viaje. Martín había enviado el horario del día siguiente.

MARTÍN: Desayuno hasta las 9. Salida 9:30. Calzado cómodo.

Irene escribió antes que nadie.

IRENE: Define cómodo.

EVA: Zapatilla cerrada.

MARTÍN: Iba a decir algo que no haga daño.

IRENE: Eva te ha corrompido.

Claudia sonrió y dejó el teléfono.

—Le caes bien —dijo Irene desde la otra cama.

—¿A quién?

—A Martín.

—Ha respondido a tu mensaje.

—Precisamente. Contigo es más serio.

—Duerme.

—Investigación en curso.

Claudia cerró los ojos.

Por alguna razón, la idea de que Martín fuera distinto con ella permaneció unos segundos más de lo razonable. Se obligó a pensar en Javier, que era más fácil de clasificar: atractivo, agradable, sin historia aún.

Martín seguía siendo una pregunta.