La última soltera del grupo Capítulo 3 — Oporto #2
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Capítulo 3 — Oporto #2

—Es Portugal. Puede ser diseño local.

Martín miró a Claudia.

—¿Siempre son así?

—Hoy están tranquilas.

Él pareció valorar la respuesta y siguió caminando.

Marta esperó a que se alejara.

—Es simpático.

Claudia levantó la mirada.

—No empieces con nadie.

—He dicho simpático.

—Tu historial te quita presunción de inocencia.

Marta hizo una mueca y las cinco subieron a cambiarse.

En la cena observó a Martín trabajar sin que pareciera trabajar.

Comprobaba que Lucía tuviera una silla cómoda, solucionó una confusión con un plato vegetariano de Nuria, contestó una pregunta de Dani sobre el horario y mantuvo una conversación breve con el camarero en portugués.

Su amabilidad tenía más de oficio que de exhibición, y Claudia agradeció esa falta de entusiasmo impostado.

Javier, el viajero solo, también era agradable. Después de la primera copa hablaron de trabajos ridículos que habían tenido. Él había pasado un verano universitario vendiendo alarmas por teléfono.

—¿A quién llamabas? —preguntó Claudia.

—A gente que ya estaba enfadada antes de contestar.

—Formación excelente para la vida.

—Aprendí a detectar un insulto antes de que llegara.

—Yo trabajé seis meses escribiendo fichas de producto para una web de ferretería.

—No parece tan malo.

—Escribí catorce descripciones distintas de tornillos autorroscantes.

Javier levantó la copa.

—Has visto cosas.

Claudia se rió.

Desde el otro lado de la mesa, Marta seguía observando. Era sutil para una persona que llevara conociéndola cinco minutos. Para Claudia, resultaba tan evidente como una sirena.

En un momento en que Javier fue al baño, Claudia se inclinó hacia Irene.

—Mírala.

Irene miró a Marta.

—¿Qué?

—Tiene cara de estar evaluando.

—Marta siempre evalúa.

—A él.

Irene volvió a mirar.

—Puede.

—Y Eva me ha colocado aquí.

—También puede.

—¿Tú sabes algo?

—Te lo diría.

Claudia confió en eso. Irene podía participar en bromas, pero tenía poco talento para mantener conspiraciones largas y aún menos paciencia para fingir que no sabía algo.

Javier regresó.

—¿Qué me he perdido?

—Un análisis de riesgos —dijo Claudia.

—¿Del vino?

—De la mesa.

Él sonrió sin preguntar más.

Después de cenar, el bar al que fueron estaba lleno. Encontraron una mesa pequeña junto a una ventana. Irene se sentó enfrente de Javier y Claudia al lado. Los tres hablaron durante casi una hora.

A Claudia le gustó que Javier no intentara aislarla de Irene ni convertir cada pregunta en una aproximación personal. Cuando ella mencionó que vivía sola, él respondió hablando de su piso, no preguntando cuánto llevaba soltera. Parecía una diferencia pequeña. Claudia la notó.

—¿Tú viajas mucho solo? —preguntó Irene.

—Desde que mis amigos tuvieron hijos, sí. Si espero a cuadrar agendas, me jubilo.

—Eva tiene dos —dijo Claudia—. Para verla hay que reservar trimestre fiscal.

—Eso explica el Excel —añadió Irene.

Javier se rió.

—¿Qué Excel?

Claudia le enseñó la pestaña de calzado.

Él se quedó mirando la pantalla.

—Esto es impresionante.

—Esto es enfermedad.

—Tiene filtros.

—No la animes.

Cuando volvieron al hotel, Irene esperó a que Javier se alejara para mirar a Claudia.

—Es majo.

—Sí.

—¿Te gusta?

—Me cae bien.

—Eso no contesta.

—Lo conozco desde hace cuatro horas.

Irene se encogió de hombros.

—Precisamente. Puedes decir que es atractivo sin firmar hipoteca.

Claudia pensó.

—Sí, es atractivo.

—Bien.

—¿Por qué pareces satisfecha?

—Porque no has dicho que tenga manos raras, voz de presentador o zapatos de hombre que da charlas sobre emprendimiento.

—Tengo criterios.

—Tienes mecanismos de defensa con catálogo.

Claudia le dio un golpe con el hombro.

Irene tardó exactamente ocho minutos en sacar el tema cuando entraron en la habitación.

—Entonces Javier es atractivo.

Claudia se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesilla.

—Ya hemos hablado de esto.

—Hemos establecido un hecho objetivo. Falta interpretación.

—No hay interpretación.

—Te ha hecho reír.

—Tú también me haces reír y no quiero acostarme contigo.

Irene se puso crema en la cara frente al espejo.

—Te pierdes una experiencia transformadora.

Claudia cogió el pijama de debajo de la almohada.

—Además, que un hombre me caiga bien no significa que tenga que evaluarlo para nada.

—Estoy de acuerdo.

—Pues deja de evaluarlo tú por mí.

—Yo evalúo a todo el mundo. Es distinto.

Claudia entró en el baño. Al salir, Irene seguía con el móvil en la mano.

—Marta ha subido diecisiete historias.

—Hemos estado juntas toda la tarde. ¿Qué información nueva puede aportar?

—Una canción encima de una foto del puente.

—Imprescindible.

Irene le enseñó la pantalla. Claudia vio la fotografía del grupo y, detrás, a Martín hablando con Dani. Había reparado en él antes de pasar a la siguiente historia y ahora Irene estaba observándola a ella.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tienes cara.

—La cara es mía.

Claudia se metió en la cama.

—El guía no cuenta.

Irene dejó el móvil.

—¿Quién ha dicho que cuente?

—Tú, dentro de tres segundos.

—En realidad iba a decir que me gusta.

Claudia levantó la cabeza.

—¿Martín?

—Como persona. Relájate. Me hace gracia que tenga pinta de estar escuchando siempre dos conversaciones a la vez.

—Es su trabajo.

—Y a ti te ha preguntado por el tuyo.

—También es su trabajo.