La última soltera del grupo Capítulo 3 — Oporto
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Capítulo 3 — Oporto

OPORTO

Martín Salcedo llevaba una carpeta azul en la mano y una camiseta gris sin ningún logotipo cuando las recibió en el aeropuerto de Oporto.

Claudia había esperado un cartel.

Quizá algo con el nombre de la empresa, una tipografía alegre y una persona demasiado entusiasta explicando que aquellos diez días cambiarían sus vidas.

En cambio, encontró a un hombre alto, moreno, con el pelo corto y una expresión tranquila que parecía perfectamente capaz de sobrevivir a un grupo de turistas sin necesitar medicación.

—Grupo de Madrid —dijo cuando las vio acercarse.

Irene miró alrededor.

—Somos cinco. Si esto es un secuestro, te has complicado mucho la logística.

Él sonrió apenas.

—Lo tendré en cuenta para la próxima ruta.

Claudia decidió que le caía bien durante unos cuatro segundos.

Entonces Martín miró su lista.

—Eva, Marta, Irene, Lucía y Claudia.

—La cumpleañera —añadió Marta.

Claudia giró la cabeza muy despacio.

—No hace falta anunciarlo en aduanas.

Martín volvió a mirar la hoja.

—Aquí pone «celebración especial».

Claudia miró a Eva.

—¿Qué habéis marcado?

—Nada raro.

—Esa respuesta nunca precede a algo bueno.

Martín guardó la carpeta.

—La furgoneta está fuera. Falta otra pareja que llega en un vuelo de Barcelona y un chico que viene por su cuenta desde Lisboa. Seremos ocho viajeros más yo.

—¿Un chico? —preguntó Marta con una naturalidad tan falsa que Claudia sintió un cosquilleo desagradable.

Martín la miró.

—Un hombre adulto, sí.

Irene se tapó la boca para disimular una risa.

Claudia no dijo nada.

Todavía.

La furgoneta era cómoda, limpia y mucho menos pintoresca de lo que Marta había prometido en el grupo. Claudia eligió el asiento delantero porque atrás Eva intentaba colocar a Lucía junto a la puerta y aquello podía derivar en una negociación de Naciones Unidas.

—¿Te importa? —preguntó a Martín.

—Es un asiento.

—Me gusta tu enfoque flexible de la hospitalidad.

—Lleváis doce minutos conmigo. Estoy administrando recursos.

Claudia se abrochó el cinturón.

—Prometedor.

El trayecto hasta el centro fue corto. Martín explicó horarios, punto de encuentro, desayuno, paseo opcional por la tarde y cena conjunta, y tuvo la delicadeza de ahorrarse una Wikipedia oral sobre Oporto. Claudia se lo agradeció en silencio.

El hotel estaba en una calle inclinada donde la maleta de Marta intentó suicidarse dos veces antes de llegar a recepción. Las habitaciones se repartieron de forma razonable: Claudia con Irene, Eva con Marta y Lucía sola porque necesitaba descansar mejor.

—Eso lo habéis decidido vosotras —dijo Lucía cuando Eva trató de justificarlo—. Yo puedo compartir.

—Roncas —dijo Irene.

—Estoy embarazada.

—Una cosa no excluye la otra.

Después de dejar las maletas, el grupo se reunió en el vestíbulo.

Ya habían llegado los demás viajeros. Una pareja de Barcelona, Nuria y Dani, ambos alrededor de los cuarenta, saludó con entusiasmo.

El viajero que venía de Lisboa se llamaba Javier Mena, tenía treinta y siete años, trabajaba en una empresa tecnológica y llevaba una camisa blanca impecable a pesar de haber pasado el día viajando.

Marta miró a Claudia.

Solo un segundo.

Fue suficiente.

Claudia la agarró del brazo cuando Martín empezó a explicar la ruta del paseo.

—¿Qué?

—Nada.

—Has puesto cara.

—Tengo una cara.

—Esa concretamente la conozco.

Marta se soltó con una sonrisa.

—Estás paranoica.

La tarde en Oporto se alargó más de lo previsto porque Marta descubrió una calle que «había visto en TikTok» y arrastró a las demás cuesta arriba convencida de que escondía una cafetería preciosa.

La cafetería existía.

Estaba cerrada.

—Magnífico —dijo Irene apoyando las manos en las rodillas—. He perdido un pulmón por una puerta bajada.

—En el vídeo estaba abierta.

—En el vídeo seguramente era mediodía.

Lucía se sentó en un escalón.

—Yo no me muevo hasta que alguien encuentre azúcar.

Martín, que había permitido la desviación porque disponían de tiempo, señaló una pequeña tienda en la esquina.

—Ahí venden bebidas.

—Te quiero —dijo Lucía.

—Pablo va a ponerse celoso.

—Pablo no me ha subido esta cuesta.

Claudia compró agua y una chocolatina. Cuando salió, encontró a Martín sujetando la cámara de Marta mientras ella intentaba sacar una foto de las cinco.

—No sabes lo que has hecho —le advirtió.

—Me ha pedido un minuto.

—Nunca es un minuto.

Marta regresó corriendo.

—Claudia, ponte al lado de Irene. Eva, un poco a la izquierda. Lucía, ¿quieres esconder la botella?

—No.

—Vale.

Martín levantó la cámara.

—¿Preparadas?

—Espera —dijo Marta.

Irene cerró los ojos.

—Aquí envejezco.

Después de seis fotografías, dos cambios de posición y una discusión sobre si la luz favorecía, Martín devolvió el teléfono.

—He sobrevivido.

—Todavía quedan nueve días —dijo Claudia.

Él la miró.

—Gracias por el ánimo.

Bajaron de nuevo hacia el río. En el camino, Claudia se quedó unos metros atrás contestando un correo. Martín aminoró el paso hasta quedar a su lado.

—¿Trabajas andando?

—Cliente en pánico.

—¿Qué ocurre?

—Han descubierto hoy que mañana existe.

—Grave.

—Muchísimo.

Terminó el mensaje y guardó el móvil.

—¿Haces esto todo el viaje? —preguntó él.

—Trabajar ratos, sí. Lo pacté conmigo misma porque soy una jefa flexible y tóxica.

—Buena combinación.

—¿Tú llevas mucho con esta empresa?

—Dos años y medio.

—¿Siempre Portugal?

—Portugal, norte de España, algunas rutas por Francia. Depende de temporada.

—¿Y antes arquitectura, de verdad?

Martín la miró con falsa indignación.

—¿No tengo cara de arquitecto?

—No sé qué cara tiene un arquitecto.

—Gafas negras, cuello vuelto, desprecio por los presupuestos.

—Tú llevas camiseta gris y conduces una furgoneta.

—La decadencia.

—¿La dejaste por esto?

—Más o menos.

—Eso requiere historia.

—Y tú eres muy curiosa.

—Es mi mejor defecto.

Martín no respondió enseguida. Llegaron a una zona con más gente y se adelantó para indicar al grupo por dónde cruzar. La conversación quedó incompleta, pero Claudia guardó el dato.

A veces la gente que cambiaba radicalmente de profesión tenía una historia de vocación tardía, agotamiento o crisis. Otras veces simplemente se había cansado. Claudia se preguntó cuál era la de él.

Antes de la cena, las cinco ocuparon durante una hora una mesa diminuta de la terraza del hotel. Ninguna tenía hambre de verdad, pero Lucía necesitaba sentarse, Irene exigía cafeína y Marta había decidido revisar las fotos del día como si alguien fuera a pedirle cuentas al regresar a Madrid.

—Borra esa —dijo Claudia.

—Sales bien.

—Tengo un ojo cerrado.

—Es espontánea.

—Parece que estoy sufriendo un ictus espontáneo.

Marta amplió la imagen y ladeó la cabeza.

—Un poco.

—Gracias.

Eva se inclinó sobre el teléfono.

—La del puente está preciosa.

—Porque no salís vosotras —dijo Irene.

—Salimos de espaldas.

—Mi mejor ángulo.

Lucía apoyó ambas manos en la barriga y observó a las otras cuatro discutir por una foto que probablemente nadie volvería a mirar después de esa semana.

—¿Os acordáis del viaje a Salamanca? —preguntó.

Las cuatro gimieron a la vez.

—No abras esa tumba —dijo Claudia.

Tenían veinte años. Habían reservado una pensión barata y descubierto al llegar que la fotografía de internet debía de pertenecer a otro establecimiento, otro país o una etapa anterior de la civilización.

Eva había intentado reclamar. Marta había llorado porque perdió un bolso.

Irene se había enamorado durante seis horas de un camarero que resultó tener novia y Claudia acabó durmiendo con una toalla enrollada bajo la puerta porque aseguraba haber visto una cucaracha del tamaño de una zapatilla.

—Era enorme —insistió.

—Era una polilla —dijo Eva.

—Las polillas vuelan. Aquello tenía intención criminal.

—Tú también te enamoraste —recordó Marta.

Claudia señaló a Irene.

—La del camarero fue ella.

—Tú del chico de la estación.

—Le pedí un mechero.

—Y después preguntaste a qué hora salía su tren.

—Logística ferroviaria.

La conversación derivó hacia viajes universitarios, novios olvidados, un profesor que suspendió a tres de ellas el mismo día y una noche de verano en la que Eva juró que jamás tendría hijos porque quería recorrer Sudamérica en moto.

Eva, que ahora tenía dos niños y se mareaba en cualquier vehículo de dos ruedas, pidió que aquella declaración no constara en acta.

Claudia miró a sus amigas mientras discutían sobre quién había conservado las fotos de Salamanca.

El viaje a Portugal había empezado como una celebración de su cumpleaños, pero también estaba recuperando una versión del grupo que existía antes de que cada encuentro necesitara coordinar colegios, trabajos, parejas y embarazos.

Le gustaba. Incluso el Excel de Eva le resultaba más fácil de soportar allí, donde todas dependían del mismo horario y nadie podía marcharse a mitad de una cena porque al día siguiente tenía reunión a las ocho.

—¿Sabéis qué me parece fuerte? —dijo Irene—. Que Marta haya conservado la foto de la promesa y no las llaves de tres pisos distintos.

—Perdí dos.

—Tres.

—La de Malasaña no la perdí. Se la quedó un ex.

—Peor defensa —dijo Claudia.

Marta guardó el teléfono.

—La foto sobrevivió porque estaba en una caja de cosas importantes.

—¿Qué más había? —preguntó Lucía.

—Entradas de conciertos, una carta de mi abuela, pulseras de festivales, la etiqueta de una botella de vino que bebimos el día que terminamos la carrera...

—Basura emocional —resumió Irene.

—Historia.

Claudia sonrió. Entendía a Marta. Ella también conservaba cosas absurdas en un cajón que no abría casi nunca: una entrada de cine, una tarjeta de un hotel, una nota que Carlos le había dejado durante el segundo año de relación y que había sobrevivido a la ruptura por simple incapacidad de decidir si tirarla tenía algún significado.

Martín cruzó la terraza con la carpeta azul y se detuvo al verlas instaladas.

—Os recuerdo que cenamos en cuarenta minutos.

Eva miró la hora.

—¿Cuarenta?

—Cuarenta.

Se levantó de golpe.

—Tenemos que cambiarnos.

Irene ni se movió.

—Voy a cenar así.

—Llevas una mancha de café.