Capítulo 2 — Equipaje Emocional #3
Marta mandó un sticker ofendido. Lucía envió una fotografía de unos patucos minúsculos y durante veinte minutos hablaron del bebé, del viaje y de si Irene sobreviviría diez días con una sola maleta de cabina.
Claudia cerró el grupo con mejor humor.
Quizá esa era la razón por la que seguían juntas después de tantos años: podían tocarse los nervios con precisión quirúrgica y, cinco minutos más tarde, estar discutiendo si un recién nacido necesitaba zapatos.
El jueves, cuando llegaron al aeropuerto, Eva comprobó tres veces que todas llevaran documentación.
Marta apareció con una maleta rosa que parecía preparada para una luna de miel de seis meses.
Lucía llegó de la mano de su pareja, Pablo, que cargaba con una mochila y una bolsa de comida como si la estuviera entregando a una expedición polar.
—Son dos horas de vuelo —le recordó Lucía.
—Ya, pero por si te entra hambre.
—Me entra hambre desde febrero.
Pablo la besó, saludó a las demás y se marchó después de pedirles que no la dejaran caminar demasiado.
Lucía lo miró alejarse.
—Como vuelva a decirme que no camine, le rompo las piernas.
—El amor —dijo Irene—. Qué cosa tan bonita.
En la puerta de embarque Marta repartió cinco pulseras de tela que había mandado hacer con la frase PORTUGAL 35.
Claudia la sostuvo entre dos dedos.
—¿Cuándo tuviste tiempo para convertir esto en una despedida de soltera sin novia?
—Es un recuerdo.
—Pone treinta y cinco enorme.
—Es nuestra edad.
—Gracias por aclararlo.
Eva recibió un mensaje y apartó el móvil enseguida.
Claudia lo vio porque estaba a su lado. Solo alcanzó a leer un nombre: Álvaro.
—¿Todo bien?
Eva tardó una fracción de segundo de más.
—Sí, cosas de casa.
Cambió de tema preguntando quién quería café.
Claudia no insistió.
Una hora después, sentada junto a la ventanilla del avión, miró a sus amigas repartidas por las filas cercanas y pensó que quizá aquel viaje llegaba en un momento extraño para todas, aunque solo ella pareciera llevar una etiqueta oficial.
«La última soltera del grupo».
La frase tenía gracia cuando se pronunciaba una vez.
A la décima empezaba a parecer un cargo.
En el aeropuerto, el primer conflicto serio fue la maleta de Marta.
Pesaba doce kilos y medio.
—No puede ser —dijo ella mirando la báscula como si acabara de traicionarla una amiga.
—Llevas cuatro pares de zapatos —recordó Irene.
—Tres.
—He visto las sandalias doradas.
—Eso es calzado de emergencia.
Eva ya estaba abriendo su propia maleta.
—Repartimos cosas.
Claudia la agarró del brazo.
—Ni se te ocurra convertir esto en operación logística.
—Van a cobrarle.
—Que pague. Es aprendizaje.
Marta puso cara de dolor.
—Son cuarenta euros.
—Entonces aprendizaje premium.
Lucía se sentó sobre una maleta mientras Pablo insistía por teléfono en que le escribiera al aterrizar. Irene, ignorando a todas, sacó una camiseta de la maleta de Marta y se la metió en el bolso.
—Ya está.
—Eso no pesa dos kilos.
—Pero me gusta.
—Devuélvemela.
Claudia acabó metiendo un neceser de Marta en su propia maleta, Eva cargó con un par de zapatos y Lucía se negó a transportar cualquier objeto que no fuera suyo porque ya llevaba «un pasajero sin billete».
La segunda pesada dio once kilos.
Marta pagó igualmente.
—Esto es un robo.
—Esto es capitalismo aplicado a tus sandalias —dijo Irene.
Después, ya en seguridad, Claudia descubrió que había olvidado una botella de agua llena dentro del bolso. El agente la sostuvo en alto.
—¿La tira o se la bebe?
Claudia miró a Eva.
—Ni una palabra.
Eva levantó las manos.
Se bebió medio litro de agua delante de una fila de desconocidos mientras Irene grababa un vídeo hasta que Claudia amenazó con romperle el teléfono.
En la puerta de embarque, por fin sentadas, las cinco quedaron unos minutos en silencio. Marta ordenaba fotos. Eva miraba el reloj. Lucía comía un bocadillo que Pablo había preparado. Irene tenía los ojos cerrados.
Claudia abrió el portátil para responder un correo.
—Te prohíbo trabajar —dijo Marta.
—Tengo que mandar esto.
—Empiezan las vacaciones.
—Las vacaciones de autónoma consisten en cambiar de wifi.
—Qué triste.
—Paga mi cuota y hablamos.
Marta se calló.
Claudia contestó el correo y cerró el portátil. Al mirar alrededor vio a un grupo de amigos jóvenes sacándose fotos, una pareja mayor discutiendo por una tarjeta de embarque y una mujer viajando sola con un libro enorme. Nadie parecía estar viviendo una metáfora. Solo estaban esperando un avión.
Le gustó esa idea.
Las vidas desde fuera se interpretaban demasiado. Dentro casi siempre consistían en cosas más pequeñas: encontrar un enchufe, comprobar una puerta, guardar un bocadillo para después.
—¿En qué piensas? —preguntó Lucía.
—En que Eva ha conseguido que lleguemos dos horas antes y ahora no tenemos nada que hacer.
—Prevención —dijo Eva.
—Aburrimiento —corrigió Irene sin abrir los ojos.
Marta sacó las pulseras PORTUGAL 35 y empezó a repartirlas.
Claudia contempló la suya.
—Si me la pongo, ¿prometéis no organizar una despedida de soltera sobre la marcha?
—No somos capaces de organizar otra cosa —dijo Lucía.
Eva y Marta intercambiaron una mirada demasiado rápida.
Claudia la vio.
Guardó el gesto sin comentarlo.