La última soltera del grupo Capítulo 2 — Equipaje Emocional #2
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Capítulo 2 — Equipaje Emocional #2

—Puedo lavar.

—Eres un animal.

—Tú vas a llevar media casa y luego me pedirás mi sudadera.

Claudia miró la montaña de ropa.

—Probable.

Hubo un pequeño silencio.

—Oye —dijo Irene—. Lo de antes. En la terraza. Lo decía en serio.

—¿El qué?

—Si nos ponemos pesadas con el tema de la soltería, dinos que paremos.

Claudia apoyó los pies en la cama.

—No hace falta convertirlo en un asunto.

—No lo convierto. Solo te conozco y sé que haces chistes cuando algo te molesta.

—Tú también.

—Por eso lo detecto.

—De momento está bien.

—De momento.

—Sí.

—Vale. Entonces nos vemos mañana y, si el avión cae, quiero que conste que el adaptador universal era idea de Eva.

—No lo hemos comprado.

—Mejor. Morimos con dignidad.

Después de colgar, Claudia siguió trabajando hasta casi medianoche. Cerró el portátil, comprobó dos veces el despertador y se metió en la cama.

Dormir antes de un viaje siempre le había costado. Su cerebro utilizaba la noche para recordar objetos que probablemente había olvidado: cepillo de dientes, cargador, gafas de sol, pasaporte aunque viajara dentro de la Unión Europea.

A las doce y veinte se levantó a comprobar el DNI.

Caducaba en noviembre.

—Te odio, Eva —murmuró.

Volvió a la cama.

Al cabo de unos minutos pensó en la fotografía de los veintidós años.

Recordaba vagamente la noche en que la escribieron.

Habían estado hablando de una chica de clase que se acababa de comprometer y las cinco coincidieron en que casarse antes de los treinta era una locura.

A los treinta y cinco, según su lógica de entonces, todo estaría resuelto.

Profesiones. Casas. Parejas. Quizá hijos.

Qué tiernas habían sido en su ignorancia.

Claudia cerró los ojos.

Su vida estaba bastante lejos de cualquier idea de «resuelta»: facturas, clientes, una madre que opinaba, amigas invasivas y una maleta que probablemente pesaba más de lo permitido.

Le bastaba.

A la mañana siguiente, el cargador del reloj se quedó en la mesilla. Claudia lo descubrió cuando ya iban camino del aeropuerto y decidió que podía vivir diez días sin saber cuántos pasos daba.

El martes, la agencia de cosmética pidió una videollamada «de quince minutos» que duró cincuenta y dos. Claudia la hizo desde la mesa del comedor con una taza de café a la derecha y el documento de Portugal abierto a la izquierda, porque Eva había añadido una pestaña nueva titulada FARMACIA.

—Queremos algo más emocional —dijo la directora de cuentas desde una ventana diminuta en la pantalla—. Que la consumidora sienta que se está cuidando.

Claudia miró el texto que llevaba dos horas corrigiendo. El producto era un sérum de treinta mililitros.

—¿Emocional en qué sentido?

—Más... mujer.

Claudia esperó.

La directora también.

—Necesito un poco más que eso.

—Ya sabes. Autocuidado, parar, quererse.

—¿Y la parte de composición y uso?

—Que esté, pero sin ocupar tanto.

Claudia tomó una nota que decía «meter quererse sin delinquir» y siguió preguntando hasta conseguir algo que pudiera escribir sin convertir un cosmético en terapia de pareja.

Cuando terminó, tenía cuatro mensajes de Eva.

EVA: ¿Tenéis tarjeta sanitaria europea?

EVA: Lucía sí.

EVA: Marta dice que cree que sí pero no la encuentra.

EVA: Claudia?

CLAUDIA: Estoy trabajando.

EVA: Cuando puedas.

CLAUDIA: Ese «cuando puedas» lleva una amenaza administrativa detrás.

EVA: Solo quiero evitar problemas.

Claudia llamó a Lucía por puro instinto de supervivencia.

Su amiga contestó desde el coche, aparcada frente a una tienda de bebés.

—¿Tú también estás recibiendo fiscalización sanitaria?

—Desde las ocho.

—Me ha preguntado por mi grupo sanguíneo.

—¿Por qué iba a necesitarlo?

—Porque está embarazada conmigo por poderes.

Lucía se echó a reír.

—La quiero mucho, pero creo que en Portugal voy a esconderle el móvil un día.

—Hazlo. Yo testifico que fue pérdida accidental.

Hablaron unos minutos de ropa, de calor y de la insistencia de Pablo en que Lucía llevara un pequeño botiquín. Claudia se sorprendió al escucharla cansada.

—¿Seguro que te apetece el viaje? —preguntó.

—Muchísimo.

—Lo digo por el embarazo, no por tratarte como una inválida.

—Ya, tranquila. Estoy bien. Solo estoy harta de que cada plan venga con una reunión de riesgos. Necesito diez días en los que mi madre no me pregunte si he pensado en la cuna y mi suegra no me mande vídeos sobre lactancia.

Claudia sonrió.

—Bienvenida al viaje de las mujeres a las que todo el mundo aconseja sin pedirlo.

—Podemos hacer camisetas.

—Marta sería capaz.

—No se lo digas.

Colgaron. Claudia volvió al sérum y tardó diez minutos en encontrar una frase que no sonara a folleto de retiro espiritual.

A mediodía bajó a comprar pan. En la cola del supermercado se encontró con una antigua compañera de la agencia donde había trabajado antes de hacerse autónoma.

Se llamaba Raquel, llevaba un carrito de bebé y parecía tan sorprendida de verla como Claudia de tener que mantener una conversación junto a los yogures.

—¡Clau! ¿Qué tal?

—Bien. ¿Y tú?

Raquel señaló el carrito.

—Ya ves. Seis meses.

—Qué guapo.

El bebé la miró con una seriedad profunda, como si dudara de la afirmación.

Hablaron del trabajo. Raquel seguía en la misma agencia. Dos compañeros se habían ido, otro había ascendido y el director creativo continuaba mandando correos a las once de la noche con asunto «idea rápida».

—¿Tú sigues por tu cuenta?

—Sí. Me quejo mucho, pero me compensa.

—Qué envidia. Yo ahora con la baja y todo estoy pensando si volver igual.

Claudia miró el carrito. Raquel parecía cansada. También contenta. Ninguna de las dos cosas anulaba la otra.

—¿Y tú? —preguntó Raquel—. ¿Pareja, niños, algo?

La pregunta llegó sin malicia, encajada entre el trabajo y el precio de los pañales.

—Nada de eso.

—Bueno, tiempo tienes.

Claudia sonrió por educación.

—También tengo pan. Hoy voy servida.

Raquel tardó un segundo y se echó a reír.

—Perdona. Qué pregunta más de señora me ha salido.

—Te perdono porque llevas un bebé y eso da inmunidad temporal.

Se despidieron bien. Claudia caminó hasta casa con la barra bajo el brazo y cierta irritación difusa que no iba dirigida contra Raquel. La pregunta era automática. La respuesta social también. Ese «tiempo tienes» colocaba un reloj donde ella no había pedido ninguno.

Al llegar, abrió el grupo de Portugal y escribió:

CLAUDIA: Nueva norma de viaje: prohibido preguntar a nadie «y tú para cuándo» en cualquiera de sus variantes.

LUCÍA: Firmo.

IRENE: Incluye «ya te llegará»?

CLAUDIA: Especialmente.

MARTA: Yo no digo eso.

IRENE: JA.

EVA: Yo tampoco.

CLAUDIA: JA x2.