Capítulo 2 — Equipaje Emocional
EQUIPAJE EMOCIONAL
Eva pertenecía a la segunda categoría.
El archivo tenía siete pestañas.
Claudia lo abrió mientras esperaba que una agencia de cosmética aprobara un texto sobre una crema facial que prometía devolver luminosidad, firmeza y probablemente la fe en la humanidad.
En la pestaña «Ropa» Eva había incluido una columna para temperatura prevista, otra para tipo de actividad y una tercera llamada «nivel de arreglarse».
Claudia escribió en el grupo:
CLAUDIA: He visto el Excel.
IRENE: Lo siento.
CLAUDIA: Hay una pestaña de calzado.
IRENE: Lo sé.
EVA: Luego me lo agradeceréis.
CLAUDIA: Hay un desplegable que pone «zapato cerrado cómodo».
MARTA: Es útil.
CLAUDIA: Somos cinco mujeres de 35 años. Creo que podemos decidir qué zapatos llevar sin gobernanza europea.
LUCÍA: Habla por ti. Yo ahora mismo solo tengo dos pares que me entran.
El cliente respondió con diecisiete cambios, catorce de ellos contradictorios entre sí. Claudia dedicó dos horas a convertir «piel jugosa» en «piel visiblemente revitalizada» y después volvió a convertirlo porque otra persona del mismo departamento prefería la versión inicial.
A las doce llamó su madre.
—¿Ya tienes la maleta?
Claudia apoyó la frente en el escritorio.
—¿Quién te ha contado lo del viaje?
—Marta subió una foto.
—Claro.
—Qué bien os va a venir. Desconectar un poco.
—Yo voy a trabajar algunos días.
—Siempre trabajas.
—Es la definición del concepto.
Su madre hizo una pausa demasiado neutra.
—¿Vais vosotras solas?
Claudia conocía esa pausa.
—Mamá.
—Pregunto.
—Pregunta mejor.
—Pues si es un viaje organizado y habrá más gente.
—Habrá más gente.
—Ah.
Ese «ah» contenía un universo de posibilidades sentimentales.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo has dicho con una vocal.
Su madre se rió.
—Tampoco sería malo conocer a alguien.
Claudia giró la silla hacia la ventana. Vivía en un cuarto interior que daba a un patio sorprendentemente luminoso. Enfrente, una vecina colgaba sábanas mientras hablaba por teléfono.
—Conozco gente todos los días.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Y tú sabes que no necesito una intervención.
—Jamás he dicho eso.
—El año pasado me sentaste al lado de Roberto en Nochebuena.
—Porque estaba solo.
—Y yo también. Curiosa coincidencia logística.
—Es majo.
—Tiene una empresa de ventanas y me explicó durante cuarenta minutos cómo elegir un buen cierre oscilobatiente.
—Eso es tener conversación.
—Eso es tener catálogo.
Su madre volvió a reírse. Claudia también. Aquellas conversaciones casi nunca eran graves. Quizá por eso se acumulaban. Cada una parecía pequeña y cariñosa, y al final del año Claudia podía construir con ellas una pared entera.
—Pásalo bien —dijo su madre—. Con eso me basta.
—Eso pienso hacer.
—Y mándame fotos.
—De Portugal.
—De lo que quieras.
Claudia colgó antes de que aquella frase desarrollara piernas.
Por la tarde quedó con Irene para comprar un adaptador que ninguna necesitaba porque Portugal utilizaba los mismos enchufes.
—Eva me ha mandado el enlace —explicó Irene, sosteniendo el paquete en una tienda de electrónica—. Me ha dicho que lo compre.
—¿Y tú obedeces?
—Estoy divorciada. He perdido la costumbre de discutir por cosas pequeñas.
—Te divorciaste precisamente porque discutíais por todo.
—Por eso. Ahora administro mi energía.
Irene dejó el adaptador en el expositor y caminaron hacia la salida.
—¿Estás contenta con el viaje?
Claudia la miró de lado.
—Sí.
—Has tardado medio segundo.
—Porque estaba calculando si la respuesta verdadera requería conversación.
—Requiere cerveza.
Acabaron en una terraza de Malasaña. Irene pidió una sin alcohol porque conducía. Claudia la observó.
—Has madurado.
—Tengo treinta y cinco años y tres multas. Las dos cosas educan.
Hablaron del viaje, del trabajo de Claudia y de un hombre con quien Irene había quedado dos veces en abril antes de desaparecer mutuamente sin conversación final.
—Ghosting bilateral —dijo Irene—. Muy civilizado. Nadie sufrió.
—¿Te gustaba?
—Lo justo para arreglarme, no lo suficiente para depilarme con entusiasmo.
Claudia casi se atragantó con la cerveza.
—Eres horrible.
—Y libre.
Irene sonrió, pero había un cansancio debajo que Claudia conocía.
El divorcio había terminado dos años antes.
Desde entonces Irene había tenido citas, aventuras y una relación breve con un hombre que vivía en Zaragoza y parecía empeñado en conseguir que el AVE solucionara lo que ellos no sabían solucionar.
—¿Y tú? —preguntó Irene.
—¿Yo qué?
—¿Hace cuánto que no te gusta alguien?
Claudia bebió despacio.
—Eso ha sonado muchísimo a interrogatorio.
—No es una intervención. Si lo fuera, habría folleto.
—No sé. Bastante.
—¿Bastante cuánto?
—Un año, quizá.
—¿Y aquel diseñador?
—Me gustaba su espalda.
—La espalda puede ser un proyecto de vida.
—Su conversación no.
Irene se quedó jugueteando con la etiqueta de la botella.
—¿Te molesta que hagamos bromas con lo de ser la última soltera?
Claudia levantó la vista.
La pregunta la pilló desprevenida porque Irene no solía preguntar directamente por las cosas que podían volverse sentimentales.
—A veces.
—Pues dilo.
—No es para tanto.
—Eso lo decide la persona a la que le toca aguantarlo.
Claudia se encogió un poco en la silla.
—No quiero convertirme en esa amiga que no soporta que nadie mencione parejas porque parece que tiene un trauma.
—Tener límites no es tener trauma.
—Mira quién habla como una psicóloga de Instagram.
—Pago terapia. Algo se me tiene que pegar.
La camarera dejó dos platos pequeños sobre la mesa. Irene esperó a que se alejara.
—Solo digo que si alguna vez nos ponemos pesadas, nos mandas a la mierda.
—Eso ya lo hago.
—Más fuerte.
La tarde anterior al vuelo, Claudia hizo la maleta tres veces.
La primera obedeció el Excel de Eva y acabó con una selección de prendas tan práctica que parecía prepararse para una evacuación.
La segunda decidió ignorar el documento y metió vestidos, sandalias y un pantalón blanco que solo podía sobrevivir a Portugal si no comía, bebía ni se sentaba en ninguna superficie.
La tercera fue un acuerdo diplomático entre ambas mujeres imaginarias.
Extendió todo sobre la cama.
Dos vestidos. Tres camisetas. Un vaquero. Un pantalón ancho. Zapatillas. Sandalias. Una chaqueta fina. Bañador. Neceser. Portátil. Cargadores. Libro que probablemente no leería. Una libreta que llevaba a todos los viajes desde hacía años y en la que escribía apenas cuatro páginas cada vez.
El móvil sonó.
Videollamada de Marta.
Claudia aceptó.
—¿Qué haces?
—Una maleta.
—Enséñamela.
—No.
—Clau.
—No pienso someter mi ropa a auditoría.
La imagen tembló y apareció el techo de casa de Marta mientras ella se movía.
—Yo llevo cuatro vestidos.
—Nadie te ha preguntado.
—Y unas sandalias doradas por si salimos.
—Vamos al Duero, no a Cannes.
—Nunca se sabe.
Claudia dobló una camiseta.
—¿Por qué estás tan nerviosa con este viaje?
Marta tardó un poco en contestar.
—¿Yo? No estoy nerviosa.
—Llevas tres semanas mandando capturas de hoteles y preguntando qué ropa voy a llevar.
—Me hace ilusión que estemos las cinco. ¿Cuándo fue la última vez?
Claudia pensó.
Hubo fines de semana, bodas y escapadas de dos noches. Diez días juntas, ninguna.
—Hace muchísimo.
—Eso. Cada vez es más complicado. Los niños de Eva, el embarazo de Lucía, trabajos... Tú que nunca sabes qué vas a estar entregando.
—Gracias.
—Es verdad.
Claudia sonrió.
—También te hace ilusión porque eres incapaz de organizar algo sin convertirlo en una producción.
—Eso puede coexistir.
Marta se acercó a la cámara.
—Además, te viene bien.
Claudia dejó de doblar.
—¿Qué me viene bien?
—Salir de Madrid. Hacer algo distinto.
—Eso sí.
—Conocer gente.
Ahí estaba.
Claudia levantó un dedo hacia la pantalla.
—No.
—¿Qué?
—Esa cara.
—No tengo ninguna cara.
—La tienes. La misma que en Navidad cuando me hablaste de tu compañero Víctor.
—Víctor era majo.
—Víctor había roto con su novia tres semanas antes y lloró hablando de ella en el aperitivo.
—Eso me lo habías ocultado.
—Por eso quizá deberíais dejar de jugar a recursos humanos sentimentales.
Marta se echó a reír.
—Relájate. Portugal. Vino. Nosotras. Ya está.
—Te estoy vigilando.
—Qué pesada.
Colgaron diez minutos después.
Claudia se quedó mirando la maleta. Había algo en el tono de Marta que debería haberle confirmado la sospecha.
Sin embargo, prefirió pensar que era la versión habitual de su amiga: enamorada desde hacía dos años, casada desde hacía uno y convencida de que cualquier persona sin pareja estaba perdiéndose el mejor restaurante de la ciudad.
Terminó de hacer la maleta y se sentó frente al portátil para cerrar pendientes.
Su trabajo tenía una ventaja maravillosa: podía hacerlo desde cualquier sitio.
También tenía una desventaja bastante menos maravillosa: podía hacerlo desde cualquier sitio.
Uno de sus clientes escribió a las siete y media preguntando si sería posible entregar el viernes una campaña prevista para el lunes. Claudia respondió que sí, calculó mentalmente las horas que tendría que robar al viaje y abrió el documento.
A las nueve recibió un audio de Eva.
—Clau, recuerda llevar una chaqueta impermeable.
He mirado y parece que puede llover dos días.
Y no factures el portátil, aunque supongo que eso ya lo sabes.
Lucía dice que lleva medicación para el mareo pero no puede tomar cualquiera por el embarazo, así que vamos a sentarla delante si lo necesita.
Te mando también el contacto del seguro.
Claudia respondió:
—Eva, te quiero mucho. Si me mandas un solo documento más, voy a viajar sin DNI como protesta.
La contestación llegó casi inmediata.
—Tu DNI caduca en noviembre. Ya lo comprobamos cuando reservamos.
Claudia se quedó mirando el móvil.
Llamó a Irene.
—Necesito saber si asesinar a una amiga por comprobar la fecha de caducidad de mi DNI tiene atenuantes.
—Depende. ¿Te ha hecho un Excel?
—Siete pestañas.
—Absolución.
Irene estaba cenando algo que crujía.
—¿Tú has hecho la maleta?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Cinco bragas, tres camisetas y esperanza.
—Nos vamos diez días.