Capítulo 1 — Treinta Y Cinco #3
—Como me hagas una pulsera, te dejo allí.
El taxi arrancó.
Claudia caminó hasta el metro. En el andén recibió tres mensajes de Marta, dos fotografías de la tarta, uno de Eva recordándole que comprobara la fecha del DNI y un audio de su madre que escuchó con el volumen bajo.
—Felicidades otra vez, cariño. Espero que lo hayáis pasado bien. Ya me contarás lo del viaje, que Marta me ha dicho algo y no he entendido si os vais todas o es una sorpresa. Llámame mañana. Y treinta y cinco no son nada, aunque tú digas que no te importa la edad. Un beso.
Claudia dejó el teléfono en el regazo.
Su madre tenía un talento extraordinario para tranquilizarla sobre preocupaciones que no había expresado.
Le respondió con un corazón y guardó el móvil.
En casa dejó los regalos sobre la mesa del salón, se descalzó y abrió una cerveza que no necesitaba.
El piso estaba en silencio. Había ropa tendida en un tendedero plegable, una factura encima de la encimera y un capítulo de una serie esperando desde la noche anterior. Nada en aquella escena le produjo pena.
Se sentó en el sofá y volvió a sacar la fotografía.
A los veintidós años las cinco parecían agotadas, felices y convencidas de que el futuro podía negociarse por escrito. Claudia pasó el pulgar por la frase de detrás.
«Si a los treinta y cinco alguna sigue soltera...»
—Idiotas —dijo con cariño.
Puso la foto apoyada contra una maceta y encendió la televisión.
A los pocos minutos llegó otro mensaje al grupo.
MARTA: He creado carpeta compartida para fotos del viaje.
IRENE: Falta una semana.
MARTA: Para organizarnos.
CLAUDIA: Me estoy arrepintiendo.
EVA: Mañana os paso planificación.
IRENE: Claudia, corre.
Claudia se rió sola en el sofá. Fuera, alguien discutía en la calle y una moto pasó haciendo demasiado ruido. Su vida seguía teniendo el mismo tamaño que por la mañana, solo que ahora incluía un vuelo a Oporto y cuatro mujeres con acceso a hojas de cálculo.
Se dijo que podía manejarlo.
El domingo, Claudia comió con sus padres porque su madre consideraba que un cumpleaños celebrado solo con amigas era una celebración incompleta. La frase había sido «aunque sea un rato», que en idioma materno significaba llegar a la una y no salir antes de las cinco.
Su padre había hecho arroz. Su madre había comprado una tarta pequeña pese a que Claudia le recordó dos veces que la noche anterior ya había soplado velas.
—Esta es familiar —dijo ella.
—Las velas no distinguen parentesco.
—Pues soplas sin pedir nada.
—Eso pensaba hacer.
Su padre levantó la vista desde la cocina.
—Pide que gane el Madrid y aprovechas.
—Eso es deseo tuyo.
—Por eso te lo cedo.
La comida transcurrió entre preguntas sobre Portugal, una discusión sobre si diez días eran «muchos» y el relato minucioso de una avería en el ascensor del edificio. Claudia estaba terminando el café cuando su madre sacó el tema que había esquivado durante casi dos horas.
—¿Y vais vosotras cinco solas?
—Sí.
—Bueno, habrá más gente en el grupo.
—Supongo.
—Eso está bien.
Claudia dejó la cucharilla.
—Mamá.
—¿Qué he dicho?
—Todavía nada.
—Pues entonces no me regañes por anticipado.
Su padre miró a una y a otra, valoró la situación y decidió llevar los platos a la cocina.
—Cobarde —le dijo Claudia.
—Experiencia —respondió él.
Su madre esperó a que desapareciera.
—Solo digo que conocer gente nunca viene mal.
—Conozco gente todos los días.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Ese es el problema. Todo el mundo sabe a qué se refiere todo el mundo.
Su madre frunció el ceño.
—No quiero que pienses que creo que estás mal.
Claudia apoyó los codos en la mesa.
—Entonces no te preocupes tanto por arreglarme cosas que no he dicho que estén mal.
La mujer tardó un momento en responder.
—A veces me pregunto si te has acostumbrado demasiado a estar sola.
Claudia miró la taza.
La frase le molestó y, al mismo tiempo, reconoció una preocupación real debajo.
—Puede ser. Igual que tú te acostumbraste a estar con papá. Las costumbres no son necesariamente cárceles.
—Ya.
—Y si un día quiero otra cosa, intentaré buscarla yo.
Su madre sonrió con una mezcla de resignación y cariño.
—No te puedo decir nada.
—Puedes decirme muchísimas cosas. El problema es que eliges siempre la misma categoría.
—Exagerada.
—Heredado.
Su padre regresó con la tarta y la conversación cambió. Claudia sopló una vela pequeña que su madre había clavado en el centro y esta vez sí pidió algo, aunque luego le dio vergüenza admitirlo incluso ante sí misma.
Pidió pasarlo bien, que ya le parecía bastante ambicioso.
De regreso a casa, en el metro, abrió el grupo de Portugal. Eva había creado una encuesta para decidir si facturaban una maleta común. Marta había votado sí. Irene había añadido una opción nueva: «quemar el Excel». Lucía pedía que alguien llevara crema solar de factor cincuenta.
Claudia sonrió.
Aquello sí le hacía ilusión: diez días con ellas, fuera de sus rutinas, sin cenas de dos horas programadas con tres semanas de antelación. Si sobrevivía a la gestión administrativa, quizá incluso descansara.