Capítulo 1 — Treinta Y Cinco #2
Claudia conocía a Marta lo bastante para reconocer la emoción genuina debajo de la conspiración. Su amiga llevaba semanas esperando darle la sorpresa. Probablemente meses. Y Claudia sintió una ternura que le estropeó un poco la indignación.
—Me hace ilusión —admitió.
Marta juntó las manos.
—¡Sabía que sí!
—Pero sigo pensando que estáis enfermas.
—Compatible.
La cena continuó. Llegaron más regalos: un libro de Irene, unos pendientes de Lucía, una botella de Eva que prometieron abrir al regresar y una especie de álbum de Marta con fotos de los últimos quince años. Claudia lo hojeó despacio.
En una aparecían las cinco en un festival, embarradas hasta las rodillas.
En otra, Eva llevaba el vestido de novia y lloraba mientras Irene intentaba arreglarle una pestaña postiza.
Había una imagen de Claudia sentada en el suelo del piso de Lucía después de una ruptura, sujetando una pizza familiar sobre las piernas.
Otra mostraba a Irene la mañana de su divorcio, en una terraza, con gafas de sol y una copa de cava a las once.
—Qué pena damos —dijo Claudia.
—Habla por ti —respondió Irene.
—Tú llevabas una camiseta que ponía «bride tribe» el día de tu divorcio.
—Era de la despedida de Marta. Me pareció simbólico.
Claudia siguió pasando páginas. Encontró una fotografía de ellas en una playa diez años antes. Ninguna miraba a cámara. Eva corría hacia el agua, Marta sostenía unas zapatillas, Lucía se tapaba del viento, Irene señalaba algo fuera de plano. Claudia estaba doblada de risa.
—Esta me gusta —dijo.
Marta se inclinó.
—La hizo Carlos.
El nombre provocó el pequeño silencio que siempre aparecía cuando alguien mencionaba a su ex más serio.
Claudia no se incomodó. Carlos había formado parte de su vida cuatro años. Que una foto buena llevara su firma no convertía aquello en una reliquia dolorosa.
—Tenía buen ojo —dijo.
Irene la estudió un segundo.
—¿Sabes algo de él?
—Se casó el año pasado.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Eva.
—Instagram existe.
—¿Y qué sentiste? —preguntó Marta.
Claudia levantó los ojos del álbum.
—¿Estamos haciendo terapia colectiva entre el segundo plato y la tarta?
—Curiosidad.
—Nada dramático. Me alegré. Su mujer parece maja.
—Eso es muy adulto —dijo Lucía.
—Por dentro hice zoom a la foto del vestido.
Las cuatro se rieron.
—Ahí está nuestra Claudia —dijo Irene.
Claudia cerró el álbum.
—¿Veis? Estoy perfectamente bien. Viaje innecesario. Cancelad Portugal.
—Ni de coña —respondieron varias a la vez.
La noche avanzó y la terraza se fue vaciando. Marta pidió una última ronda. Eva miró la hora y dijo que al día siguiente los niños se levantaban a las siete. Lucía empezó a bostezar. Irene propuso ir a otro sitio y nadie la apoyó.
Claudia salió al baño y, al volver, se detuvo unos segundos antes de regresar a la mesa.
Desde la puerta las vio sin que ellas repararan en ella. Eva hablaba con Marta inclinada sobre el móvil. Lucía se reía de algo que Irene le enseñaba. La vela gigante seguía clavada en el resto de la tarta.
Treinta y cinco.
Le había preocupado la cifra menos que la reacción ajena a la cifra. Quizá porque no sentía que hubiera llegado tarde a ningún sitio hasta que alguien hacía inventario de lo que le faltaba.
Su vida era menos ordenada que la de Eva, menos románticamente resuelta que la de Marta y bastante menos previsible que la que su madre imaginaba para ella.
También era suya. Había tardado años en conseguir un trabajo que le permitiera pagar las facturas sin pedir dinero a nadie, un piso en el que podía cerrar la puerta y decidir quién entraba, amigas que seguían allí después de casi media vida y una relación razonablemente buena consigo misma.
Le parecía una vida bastante digna, incluso en los días en que el resto del mundo insistía en hacer inventario.
Regresó a la mesa justo cuando Irene decía:
—Yo sigo insistiendo en que, si hay una soltera, soy yo. El matrimonio anterior debería invalidar a las demás por falta de experiencia.
—El divorcio no es una oposición —dijo Eva.
—Depende de cómo fuera el matrimonio.
Claudia se sentó y levantó su copa.
—A Portugal, entonces.
Marta dio un pequeño grito.
—¡Sí!
—Pero establecemos una norma desde ya.
—¿Cuál?
—Nadie intenta cambiarme la vida.
Eva sonrió.
—Prometido.
Claudia miró a las cuatro.
Al salir del restaurante, Madrid seguía guardando ese calor pegajoso de las noches de junio que obliga a caminar despacio aunque una tenga prisa.
Eva y Lucía pidieron un coche. Marta se empeñó en acompañarlas hasta la esquina correcta pese a que la esquina estaba a veinte metros y Google Maps no necesitaba supervisión.
Irene, que vivía en la dirección contraria a todas, se quedó con Claudia junto a la puerta mientras buscaba un taxi en el móvil.
—Te has enfadado un poco —dijo.
Claudia miró la pantalla de su teléfono.
—He aceptado el viaje.
—Eso no responde.
—Qué manía os ha entrado hoy con interrogarme.
Irene guardó el móvil en el bolso. El coche tardaría seis minutos.
—A mí me parece un planazo. También me parece que Marta lleva dos meses imaginándose cómo te enamoras de un portugués y vuelves con ganas de tener hijos.
Claudia soltó una carcajada.
—Como vuelva con ganas de tener hijos, llamad a un médico.
—Era una exageración.
—Con Marta nunca se sabe.
Caminaron unos pasos hasta apartarse de la gente que salía del restaurante. Claudia llevaba el álbum pegado al costado y la fotografía antigua dentro del bolso. Le pesaban menos que la conversación.
—Estoy bien, Irene.
—Ya.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de «te creo, pero voy a dejar tres segundos por si quieres añadir algo».
Irene sonrió.
—Funciona bastante.
Claudia apoyó la espalda en la pared.
—Hay días en los que me apetece tener pareja. Claro que los hay. También hay días en los que me apetece vivir en una casa con terraza, ganar el doble y tener una persona que me haga la declaración trimestral. Eso no significa que vaya por la calle buscando candidatos.
—Lo de la persona de la declaración trimestral sí deberías buscarlo.
—Eso es amor adulto.
—Y desgrava.
Se rieron. El taxi de Irene apareció en el mapa doblando una calle cercana.
—Lo que me molesta —continuó Claudia— es que a cierta edad cada cosa que haces se interpreta.
Si viajas sola, te estás encontrando. Si sales con alguien, por fin te has abierto.
Si no sales con nadie, tienes miedo al compromiso.
Si dices que estás bien, estás negándolo.
Siempre parece haber una interpretación preparada.
Irene inclinó la cabeza.
—Puedes mandarnos a la mierda cuando hagamos eso.
—Contigo lo hago bastante.
—Por eso nuestra amistad es tan sana.
El coche se detuvo junto al bordillo. Irene abrió la puerta y, antes de entrar, señaló el álbum.
—Por cierto, la foto de la playa con Carlos es buenísima.
—Lo sé.
—Que puedas decirlo sin montar un documental sobre tu ex me parece buena señal.
—Gracias, doctora Pardo.
—Son ciento veinte euros. Te paso Bizum.
Claudia cerró la puerta desde fuera.
—Vete a casa.
Irene bajó la ventanilla.
—Portugal, Valdés.