La última soltera del grupo
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Capítulo 1 — Treinta Y Cinco
TREINTA Y CINCO
A Claudia Valdés le regalaron una crema para el contorno de ojos a las nueve y cuarto de la noche de su trigésimo quinto cumpleaños.
El contorno de ojos todavía tuvo que competir con una vela del número treinta y cinco tan grande que Marta necesitó dos mecheros para encenderla y con una bolsa de farmacia que Eva entregó diciendo que era «una tontería».
Irene, que llevaba media copa de vino y una capacidad intacta para empeorar cualquier momento, observó el tarro de crema y levantó las cejas.
—Esto es violencia.
—Es prevención —corrigió Eva.
—Prevención es vacunarse. Esto es mirarla a la cara y decirle que el tiempo viene a por ella.
Lucía se echó a reír desde el extremo de la mesa. Estaba embarazada de cinco meses y había desarrollado una habilidad nueva: colocar una mano sobre la barriga cada vez que se reía, como si el niño pudiera salir despedido por el ombligo.
—No le hagáis caso —dijo Claudia, leyendo la caja—. Tiene ácido hialurónico. Igual mañana me levanto con veintisiete.
—Con veintisiete eras imbécil —dijo Irene—. Yo no me arriesgaría.
Claudia dejó la crema junto al bolso. El restaurante estaba lleno, una de esas terrazas cubiertas de Madrid donde alguien había decidido que junio era una estación perfectamente compatible con las estufas de techo.
Ellas ocupaban una mesa redonda junto a un ventanal abierto.
Afuera todavía quedaba luz y dentro se acumulaban platos pequeños, botellas, servilletas arrugadas y la sensación de que llevaban horas hablando.
En realidad, llevaban diecisiete años hablando.
Se conocieron en la universidad, cuando compartieron una optativa absurda de comunicación institucional y descubrieron que las cinco preferían suspender juntas a soportar al profesor por separado.
Después llegaron pisos compartidos, novios, rupturas, trabajos que parecían importantes hasta que dejaron de serlo, bodas, un divorcio, dos niños de Eva y el embarazo de Lucía.
También llegaron épocas en que apenas consiguieron verse durante meses y otras en que una crisis concreta convirtió el grupo de WhatsApp en una línea de emergencias disponible a cualquier hora.
Claudia miró alrededor mientras Marta discutía con el camarero porque estaba convencida de haber pedido otra botella de blanco.
Eva seguía llevando el pelo recogido en una coleta tan impecable a las nueve de la noche como a las ocho de la mañana.
Irene tenía los pendientes diferentes porque había salido corriendo de casa.
Lucía se había quitado los zapatos debajo de la mesa y estiraba los dedos de los pies sobre el suelo.
Marta, recién casada y todavía en fase de enseñar fotos de su boda sin necesidad de que nadie preguntara, llevaba un vestido azul que Claudia recordaba haber visto ya en tres cenas desde marzo.
Eran ellas.
Con más hipotecas.
—Tengo otra cosa —anunció Marta cuando el camarero se alejó.
Irene cerró los ojos.
—Dios nos proteja.
—Te va a gustar.
—Eso dijiste del karaoke en tu despedida.
Marta sacó del bolso un sobre amarillento.
Claudia reconoció la fotografía en cuanto Marta la sacó del sobre y la puso sobre la mesa.
Cinco chicas de veintidós años ocupaban casi toda la imagen.
Estaban sentadas en el suelo de una cocina que ya no existía porque el casero tiró aquel piso entero para convertirlo en apartamentos turísticos.
Claudia tenía el pelo larguísimo, Eva enseñaba una botella de ron, Irene llevaba unas gafas de sol enormes aunque eran las cuatro de la mañana, Marta sacaba la lengua y Lucía intentaba hacer una cara seria con resultados lamentables.
Claudia soltó una carcajada.
—¿De dónde has sacado esto?
—De una caja de casa de mis padres.
—Yo tenía flequillo —dijo Eva, escandalizada por su propia imagen.
—Tú elegiste tener flequillo —recordó Irene—. Hay delitos que prescriben, pero ese no debería.
Marta dio la vuelta a la foto.
En la parte trasera, con cinco letras distintas y una mancha de lo que podía ser vino o kétchup, habían escrito una frase.
SI A LOS TREINTA Y CINCO ALGUNA SIGUE SOLTERA, NOS VAMOS TODAS JUNTAS DE VIAJE.
Debajo aparecían cinco firmas y una anotación de Irene: «Si estamos muertas, se cancela».
Claudia tardó un segundo en entender por qué todas la miraban.
—Ni hablar.
—Cumplimos una promesa —dijo Marta.
—Cumplís una promesa conmigo de rehén.
—Tú firmaste.
—Yo también firmé un préstamo para una moto con veintitrés años y aquello no demuestra que tuviera criterio.
Lucía recuperó los zapatos a tientas.
—A mí me parece bonito.
—A ti te parece bonito porque no eres la condición contractual.
Irene se inclinó sobre la foto.
—Quiero presentar una cuestión jurídica. Yo estoy divorciada. Técnicamente, la última soltera del grupo soy yo.
—Tú ya te casaste —dijo Marta.
—Tengo experiencia laboral acreditada. Eso debería dar puntos.
—No funciona así.
—Pues recurriré.
Claudia volvió a leer la frase. Le hacía gracia.
Mucha. También le producía una pequeña irritación que prefería no examinar demasiado.
Desde que había cumplido treinta y cuatro, la cifra siguiente parecía haberse convertido en un acontecimiento colectivo.
Su madre le preguntaba por su vida sentimental con el mismo tono con que preguntaba si había renovado el seguro del coche.
Una compañera de trabajo le había explicado que «a cierta edad» una tenía que decidir qué quería.
Un primo al que veía dos veces al año le presentó a un amigo divorciado durante una comunión con la delicadeza de quien coloca dos enchufes compatibles en la misma regleta.
Claudia sabía lo que quería.
La mayor parte del tiempo.
Quería seguir trabajando por su cuenta aunque todos insistieran en que debía «buscar algo fijo».
Quería conservar su piso, que era pequeño pero suyo mientras pagara religiosamente el alquiler.
Quería viajar cuando pudiera, dormir sola sin considerarlo una tragedia y no tener que dar explicaciones cuando un sábado prefería quedarse en casa viendo una serie.
También quería enamorarse alguna vez, suponía. La posibilidad no le molestaba. La auditoría permanente, sí.
—¿A dónde? —preguntó.
Marta sonrió demasiado deprisa.
—Portugal.
—Eso lo tenías preparado.
—Un poco.
—¿Un poco cuánto?
Eva sacó el móvil.
—Salimos el jueves de la semana que viene.
Claudia abrió la boca.
—Perdona.
—Diez días —añadió Lucía—. Oporto, Duero, costa... Es un grupo pequeño. Todo muy tranquilo.
—¿Habéis reservado?
Hubo cuatro segundos de culpabilidad colectiva.
Irene levantó una mano.
—Yo voté por avisarte antes.
—Mentira —dijo Eva.
—Lo pensé con muchísima intensidad.
Claudia cogió su copa.
—No puedo irme diez días así, sin más.
—Trabajas con un portátil —dijo Marta.
—Trabajo con clientes, que es peor.
—Ya hemos mirado la conexión de los alojamientos —añadió Eva.
La precisión administrativa de sus amigas consiguió lo imposible: Claudia dejó la copa sin beber.
—Habéis mirado el wifi.
—Sí.
—De hoteles que habéis reservado para un viaje que yo desconocía.
Eva sonrió con prudencia.
—Cuando lo dices así, parece invasivo.
—Porque lo es.
Lucía le tocó el brazo.
—Si de verdad no quieres ir, cancelamos tu parte.
Claudia miró la fotografía otra vez. Las cinco de veintidós años parecían convencidas de que a los treinta y cinco tendrían casas grandes, trabajos definitivos y un conocimiento completo de cómo se vivía.
Ella recordaba aquella noche. Habían hablado durante horas sobre futuros que ninguna había cumplido exactamente.
Eva juraba que jamás tendría hijos. Marta decía que el matrimonio era una institución burguesa.
Irene estaba convencida de que se mudaría a Buenos Aires.
Lucía quería trabajar en Londres. Claudia planeaba escribir una novela antes de los treinta.
Al final, la vida había hecho lo de siempre: escuchar sus planes y seguir por otro lado.
—¿Qué día habéis dicho?
Marta dio un gritito.
—¡Sabía que dirías que sí!
—Todavía no he dicho que sí.
—Has preguntado el día.
—Porque necesito saber cuándo debo fingir una gastroenteritis.
Eva le pasó el móvil por encima de la mesa. En la pantalla aparecía una reserva de vuelo Madrid-Oporto para cinco personas.
Claudia leyó los nombres.
El suyo estaba allí.
La conversación se desvió hacia los viajes que habían hecho juntas y los que llevaban años aplazando. El tema parecía inocente hasta que Marta empezó a sacar el teléfono y enseñar alojamientos.
—No me puedo creer que lo hayas organizado de verdad —dijo Claudia.
—Te juro que ha sido complicado encontrar algo que nos viniera bien a todas.
—Eso es precisamente lo que me asusta. Habéis invertido esfuerzo.
—Y dinero —añadió Irene.
Eva le lanzó una mirada.
—Que luego recuperaremos si alguien se echa atrás.
—No digas «alguien» mirándome —respondió Claudia.
Lucía apoyó los codos en la mesa con cuidado de no rozar la barriga contra el borde.
—Yo tuve que negociar con Pablo como si me fuera a cruzar el Atlántico en una balsa. Le he dejado un documento con el teléfono del hotel, el seguro, las reservas y la dirección de dos hospitales.
—Eva te ha contagiado —dijo Claudia.
—No. Pablo. Desde que estoy embarazada cree que cualquier desplazamiento de más de diez kilómetros requiere protocolo de evacuación.
—Es amor —dijo Marta.
—Es agotamiento administrativo.
Claudia miró a Eva.
—¿Y Álvaro te ha dejado ir diez días sin montar un consejo de familia?
Eva tardó apenas un instante.
—Claro. Los niños se quedan con él y con mis padres un par de tardes.
—Milagro logístico.
—Todo se organiza.
Irene señaló a Eva con el cuchillo del postre.
—Ese es el lema que deberían poner en tu lápida.
Eva le apartó el cuchillo con un dedo.
—Y en la tuya «ya veremos».
—Mucho más relajante.
Marta pasó el móvil a Claudia. En la pantalla apareció una fotografía de un hotel pequeño con una fachada azul y balcones de hierro.
—La primera noche aquí.
Claudia amplió la imagen.
—Es bonito.
—Lo sabía.
—No pongas esa cara de haber ganado una negociación.
—Solo quiero que te haga ilusión.