La Última Rosa #5
Para Damián, la noticia fue un golpe devastador al orgullo y a sus ilusiones silenciosas.
Durante meses había alimentado el secreto deseo de conquistarla, creyendo que su caballerosidad y su estatus terminarían por desplazar al novio de la universidad.
Saber que Elisa no solo seguía entregada a Mateo, sino que ahora construiría una familia con él, rompió la fachada profesional del jefe.
Esa misma tarde, Damián mandó llamar a Elisa a su oficina privada. Cuando ella entró, notó de inmediato que el ambiente estaba extrañamente tenso. Damián estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, sosteniendo un vaso de whisky a pesar de que aún era horario laboral.
—Felicidades, Elisa —dijo él, dándose la vuelta lentamente, con una mirada gélida que ella nunca le había visto—. Me acabo de enterar de tu... situación. No sabía que tus planes a futuro incluyeran formar una familia tan pronto.
Elisa se quedó helada, reconociendo al instante que la barrera profesional que tanto había protegido se estaba empezando a desmoronar por los celos y la frustración de su jefe.
Elisa mantuvo la compostura. Dio un paso al frente, entrelazó las manos sobre su vientre en un gesto protector y miró a Damián con una frialdad corporativa impecable.
—Muchas gracias, señor —respondió con voz firme—. Mis planes personales siempre han estado claros, simplemente prefiero mantenerlos separados de mi rendimiento laboral. Si me disculpa, tengo que revisar los reportes del trimestre.
Damián apretó el vaso de whisky, tragándose la rabia al ver que, incluso con una noticia tan íntima, ella seguía tratándolo como a un extraño. La dejó ir, pero los celos obsesivos de un hombre de poder rechazado ya habían comenzado a maquinar.
Al salir de la oficina, Elisa sintió que el aire le faltaba. Tomó sus cosas y regresó a casa antes de tiempo. Necesitaba a Mateo. Necesitaba la única constante real en su vida.
Cuando Mateo llegó al departamento, cansado de su propia jornada laboral, encontró a Elisa sentada en el sofá con una pequeña caja entre las manos. Él de inmediato percibió la vibra tensa. Se arrodilló frente a ella, tomándola de las manos. Fue ahí cuando Elisa le entregó la prueba de laboratorio.
—Vas a ser papá, Mateo. Tengo un mes.
Los ojos de Mateo se abrieron de par en par.
Por un segundo, el chico posesivo y el hombre adulto se fusionaron en un cortocircuito de emociones.
Una sonrisa enorme rompió su semblante serio; la abrazó con una ternura infinita, besándole el rostro y prometiéndole que no les faltaría nada.
Sin embargo, la burbuja de felicidad duró poco cuando Elisa, con un rastro de preocupación en la voz, continuó:
—Hay algo más... En la oficina ya se enteraron. Mi asistente vio los papeles y se lo dijo a Damián. Hoy me llamó a su oficina; su reacción no fue normal, Mateo. Estaba furioso, me habló de una manera extraña... Creo que sus intenciones conmigo pasaron un límite.
Al escuchar el nombre del jefe y la forma en que se había metido en un asunto tan sagrado como su paternidad, la expresión de Mateo cambió drásticamente.
La calidez del futuro padre se evaporó, dejando salir a la superficie al ser oscuro, territorial y obsesivo que habitaba en él desde la universidad.
Sus mandíbulas se tensaron y sus ojos se clavaron en la pared.
—¿Así que tu jefe cree que tiene derecho a opinar sobre nuestra familia? —susurró Mateo, con una voz gélida que a Elisa le erizó la piel.
Esa noche, no hubo espacio para la rutina diaria de la cena. Mateo caminó hacia el clóset del dormitorio y sacó la caja que compartían en secreto. Tomó la máscara de Ghostface entre sus manos, acariciando el plástico frío bajo la luz tenue de la habitación.
Se colocó la máscara y regresó a la sala, deteniéndose frente a Elisa.
La presencia del enmascarado, combinada con la noticia del embarazo, creó una atmósfera de peligro y protección absoluta.
Mateo se inclinó, le tomó la barbilla con firmeza y habló con esa voz ronca y dominante que ella tanto amaba:
—Ese hombre no te va a volver a tocar, ni con la mirada. Mañana vas a ir a esa oficina, vas a presentar tu renuncia y vas a cerrar ese ciclo. Y de Damián... de Damián me encargo yo. Nadie se mete con lo que es mío.
Elisa, lejos de asustarse, sintió la adrenalina recorrer su cuerpo. El pacto de la universidad seguía vigente: Mateo estaba dispuesto a transformarse en un monstruo con tal de mantener seguro su búnker, y ella estaba lista para dejar que él tomara el control absoluto.
Al día siguiente, la atmósfera en el edificio corporativo se sentía más densa de lo habitual.
Elisa entró a la oficina con paso firme, llevando consigo un sobre blanco que contenía su renuncia irrevocable.
Ya no había espacio para dudas; la orden de Mateo —su protector y su dueño bajo la máscara— resonaba en su cabeza con una fuerza absoluta.
Su prioridad era su bebé y la estabilidad del búnker que compartía con él.
Caminó directo a la oficina presidencial sin anunciarse con su asistente. Damián estaba revisando unos contratos cuando la vio entrar. Antes de que pudiera decir una palabra, Elisa dejó el sobre sobre el escritorio de cristal.
—Presento mi renuncia formal a partir de este momento, señor —dijo Elisa con una frialdad cortante—. Agradezco la oportunidad, pero mis prioridades han cambiado.
Damián se quedó congelado. Miró el sobre y luego a ella, y la fachada de jefe sofisticado terminó de desmoronarse por completo. Se levantó de golpe, rodeando el escritorio con una expresión de furia contenida.
—¿Tu renuncia? ¿Es por el hijo de ese infeliz, verdad?
—soltó Damián, perdiendo los modales, con los ojos inyectados en rabia—.
Estás echando a perder tu carrera por un tipo que no tiene dónde caerse muerto, Elisa.
Te di las mejores oportunidades, te puse por encima de todos...
¡Yo te amo! ¡Él no puede darte la vida que yo te ofrezco!
Elisa dio un paso atrás, manteniendo la calma pero con una mirada de desprecio.
—Usted no sabe nada de mi vida, ni de lo que Mateo es capaz de hacer por mí. Quédese con su empresa.
Sin esperar réplica, Elisa dio la vuelta, salió de la oficina y abandonó el edificio para siempre, sintiendo un alivio inmenso al dejar atrás ese entorno.
Sin embargo, Damián no se iba a quedar de brazos cruzados.
Esa misma noche, consumido por el rechazo y el alcohol, el jefe decidió investigar por su cuenta dónde vivía Elisa.
Salió de la empresa a altas horas de la noche, dirigiéndose hacia el estacionamiento subterráneo, el cual ya se encontraba completamente desierto y sumido en una penumbra sepulcral.
Las luces parpadeaban, creando sombras alargadas entre las columnas de concreto.
Damián sacó las llaves de su auto, pero un crujido a sus espaldas lo hizo detenerse.
—¿Quién está ahí? —gritó, con el eco de su propia voz rebotando en las paredes del sótano.
Nadie respondió. El silencio volvió a reinar, pero la sensación de estar siendo acechado era asfixiante.
De repente, las luces del estacionamiento se apagaron por completo durante tres segundos.
Cuando se encendieron de nuevo, una silueta alta, vestida completamente de negro y portando la perturbadora máscara de Ghostface, estaba parada a menos de dos metros de él, bloqueándole el paso hacia su vehículo.
Damián sintió que la sangre se le congelaba. El pánico reemplazó de inmediato a su arrogancia corporativa.
—¿Qué... qué quieres? Si es dinero, toma mi cartera... —alcanzó a balbucear, dando pasos hacia atrás.
El enmascarado no tocó el dinero. Se acercó con pasos lentos, deliberados y amenazantes, emanando una energía sádica y territorial que cortaba el aire.
Con un movimiento rápido y preciso, acorraló a Damián contra una de las columnas de concreto, tomándolo del cuello de la camisa con una fuerza brutal que lo levantó ligeramente del suelo.
Mateo, oculto detrás del plástico de la máscara, acercó su rostro al del jefe. Su voz salió ronca, distorsionada y cargada de una promesa de muerte:
—Te lo advertí a través de ella, Damián.
Te metiste con mi mujer y con el hijo que lleva en su vientre.
Pensaste que tu dinero y tu traje te hacían inmune, pero en mi mundo no eres nada.
Si vuelves a buscarla, si vuelves a pronunciar su nombre o si intentas averiguar dónde vivimos...
te juro que lo último que vas a ver en esta vida va a ser este rostro.
Para sellar la advertencia, Mateo sacó del bolsillo de su abrigo una rosa roja y se la clavó a Damián en el bolsillo del saco, dejando que una de las espinas le rasgara sutilmente la piel del pecho, lo justo para hacerle entender que el peligro era real.
Mateo lo soltó bruscamente, dejando que Damián cayera al suelo, jadeando y temblando de terror. Cuando el jefe levantó la vista, la silueta de Ghostface ya se había desvanecido entre las sombras del estacionamiento.
Una hora después, Mateo regresó al departamento.
Entró a la habitación a oscuras, donde Elisa lo esperaba despierta en la cama.
Él todavía llevaba la máscara puesta. Se acercó a ella lentamente, se subió a la cama y la reclamó con una intensidad salvaje, un sexo posesivo y cargado de la adrenalina de la cacería de esa noche.
Elisa se entregó por completo, gimiendo contra su pecho, sabiendo que el monstruo que la dominaba en la cama acababa de asegurar su libertad y su futuro.
Al día siguiente, el departamento se convirtió oficialmente en el santuario de Elisa.
Tal como lo habían pactado, ella no volvió a poner un pie en el mundo corporativo.
Mateo, consumido por su faceta más territorial y protectora, se encargó de que no le faltara absolutamente nada; asumió todos los gastos, los horarios y las responsabilidades exteriores con una disciplina implacable, con tal de que ella pudiera quedarse en casa descansando, cuidando de su salud y del bebé que crecía en su vientre.