La Última rosa (La última rosa 🌹 nº 1) La Última Rosa #4
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La Última Rosa #4

—Si me elegiste a mí, tienes que aceptar las consecuencias —susurró Mateo con esa voz ronca y distorsionada que usaba bajo el disfraz—. No hay vuelta atrás, Elisa. Ahora eres completamente mía.

La tomó del cuello con una fuerza dominante, obligándola a arquear la espalda mientras la arrastraba hacia la cama.

Esa noche, el encuentro fue el más extremo y sádico de todos.

Bajo la mirada fija y vacía de Ghostface, Mateo la reclamó no para conquistarla, sino para sellar el pacto de posesión absoluta.

Cada movimiento fue rudo, demandante y cargado de una adrenalina pura que consumió por completo la cordura de Elisa.

Ella se entregó sin reservas, perdiéndose en el dolor y el placer de ser dominada por el hombre que había elegido por encima de todo.

Al terminar, el silencio sepulcral volvió a inundar el cuarto. Mateo se incorporó despacio, con la respiración entrecortada, y se quitó la máscara por primera vez en medio del ritual. Sus ojos reflejaban una obsesión satisfecha pero insaciable.

Se estiró hacia el buró, tomó una nueva rosa roja y, con delicadeza, la deslizó por el cuerpo desnudo y exhausto de Elisa, dejándola justo sobre su pecho.

—Falta menos para la última rosa, mi amor —le susurró al oído, besándole la mejilla con una ternura que contrastaba con la brutalidad de los minutos anteriores—. Y ya eres toda mía.

La revelación cambió las reglas del juego por completo.

Mateo pensaba que tenía el control absoluto, que era el titiritero de una sumisión psicológica perfecta.

Pero cuando deslizó la rosa sobre el pecho de Elisa, ella no se movió para cubrirse, ni mostró el cansancio de las noches anteriores.

Al contrario, estiró la mano, tomó la máscara de Ghostface que él acababa de dejar sobre la cama y la sostuvo entre los dos.

Sus ojos, fijos en los de Mateo, no tenían miedo; reflejaban la misma fijación enfermiza que lo había consumido a él durante meses. El abismo la había mirado de vuelta, y a ella le había encantado.

—No te la quites, Mateo —susurró Elisa, con una voz extrañamente calmada pero cargada de una urgencia oscura—.

No quiero que vuelvas a ser el chico que me perseguía por el campus.

Me obsesiona esto. Me obsesiona verte así.

A partir de ahora, si me vas a tener, va a ser con la máscara puesta. Siempre.

Mateo la miró, estupefacto. El cazador se dio cuenta de que había terminado atrapado en su propia trampa.

Elisa no había sido destruida por el sadismo del personaje; había sido corrompida por él.

La obsesión ya no era unilateral; se había convertido en una locura compartida, un pacto gótico donde la identidad real de ambos quedaba sepultada bajo el plástico de la máscara y el olor a sangre y flores.

Él tomó la máscara de sus manos y se la volvió a colocar despacio. El plástico encajó en su rostro con un clic mental definitivo.

Esa noche se entregó la última rosa. Pero no significó el fin de la conquista ni el regreso a la normalidad de antes, como Mateo había planeado en su promesa original.

Fue el sello de su transformación. Elisa tomó la rosa roja, le arrancó las espinas con los dedos sin importarle el dolor y la dejó en el buró, junto a las decenas de flores secas que parecían el cementerio de su antigua vida universitaria.

A partir de ese momento, el departamento se transformó en un búnker de absoluto secreto.

En la universidad, eran dos estudiantes normales, casi distantes, cumpliendo con la rutina de las materias.

Pero cruzar el umbral de esa puerta significaba entrar a un altar de sadismo y posesión sin límites.

Elisa ya no pedía clemencia; exigía la brutalidad de Ghostface, adicta a la adrenalina de ser reclamada por un espectro sin rostro, mientras Mateo se perdía cada vez más en la oscuridad de un personaje que ya no podía, ni quería, quitarse.

Meses después de la graduación, las aulas de la universidad quedaron atrás, pero los secretos del departamento siguieron vivos.

El cambio de rutina alteró la dinámica: Mateo entró a trabajar en una empresa con un horario demandante y Elisa comenzó a abrirse camino en diferentes lugares, adaptándose a un entorno laboral completamente nuevo.

A pesar de la distancia diurna, el pacto nocturno seguía intacto. Al llegar a casa, la máscara de Ghostface y el juego de posesión seguían siendo el refugio oscuro de ambos. Sin embargo, el mundo exterior no tardó en meter las manos en su búnker.

En su nuevo empleo, Elisa llamó la atención de Damián, su jefe.

Damián era un hombre mayor, sofisticado, con una posición de poder absoluta en la empresa y un magnetismo implacable.

Acostumbrado a conseguir todo lo que quería, se fijó en la mirada distante y el aire misterioso de Elisa.

Lo que empezó como una simple atención profesional pronto se transformó, por parte de él, en un interés mucho más profundo. Damián empezó a enamorarse de ella.

A diferencia de la obsesión cruda de Mateo o del romanticismo juvenil de Julián, el jefe jugaba con el poder de la madurez: cenas de negocios exclusivas, detalles sutiles, palabras de admiración sobre su intelecto y una cercanía constante que buscaba derribar los muros de Elisa.

Para Elisa, la atención de Damián comenzó a generar una nueva tensión psicológica.

En el trabajo tenía a un hombre poderoso que la adoraba y la ponía en un pedestal, mientras que por las noches regresaba a la penumbra de su departamento a entregarse al sadismo enmascarado de Mateo. El contraste era brutal.

Mateo, con su agudo instinto posesivo, no tardó en notar el cambio.

La forma en que Elisa hablaba de los proyectos de la oficina o el olor a perfumes caros que no eran suyos encendieron de inmediato las alarmas de Ghostface.

La obsesión que creían controlada bajo el disfraz estaba a punto de colisionar con el mundo corporativo.

Los meses se convirtieron en una rutina de responsabilidades compartidas.

La vida adulta les exigía madurez; ahora había cuentas que pagar, horarios de oficina que cumplir y un futuro que construir juntos.

En el día a día, Mateo y Elisa funcionaban como cualquier pareja estable que había sobrevivido a la universidad.

Sin embargo, al cerrarse la puerta de su habitación, el pacto gótico seguía tan vivo como el primer día: la máscara de Ghostface regresaba para desatar esa intensidad sádica y carnal que ambos necesitaban para escapar de la monotonía del mundo real.

En la oficina, Elisa se concentró plenamente en su crecimiento profesional.

Aunque al principio no lo notaba, el comportamiento de Damián, su jefe, comenzó a volverse sutilmente evidente con el paso del tiempo.

No era un acoso directo, ni tampoco una confesión abierta; Damián era un hombre de negocios demasiado inteligente para arriesgarse así.

Eran las miradas prolongadas durante las juntas, la preferencia notable para asignarle los proyectos más importantes y esos comentarios sutiles sobre lo mucho que valoraba su presencia en el equipo.

A través de los meses, Elisa terminó por darse cuenta de lo que realmente pasaba: su jefe se estaba enamorando de ella.

Cualquier otra persona se habría sentido tentada por el poder o los privilegios que aquello conllevaba, pero Elisa se mantuvo fría y distante.

Tenía los pies muy bien puestos sobre la tierra.

No iba a arriesgar su estabilidad laboral, ni mucho menos la vida que compartía con Mateo desde la universidad, por un enredo corporativo.

Sabía perfectamente que mezclar el trabajo con el romance era una receta para el desastre, y además, ningún hombre de traje y modales perfectos podría jamás competir con la oscuridad y la adrenalina que Mateo le entregaba cada noche.

Elisa optó por el silencio inteligente. Siguió trabajando de manera impecable, manteniendo una línea estrictamente profesional con Damián, ignorando las indirectas y fingiendo demencia ante las atenciones especiales de su jefe.

Para ella, Damián era simplemente el hombre que firmaba sus cheques; su cuerpo, su mente y su obsesión seguían perteneciendo al fantasma enmascarado que la esperaba en casa.

El anuncio del embarazo cambió por completo las reglas del juego.

Cuando Elisa vio la prueba positiva, sintió un vuelco en el estómago.

Llevaba un mes de embarazo, y aunque la noticia la llenaba de una profunda emoción, también traía consigo una oleada de preguntas.

Ese hijo era de Mateo, el fruto de un amor que había madurado desde las aulas universitarias hasta la vida adulta, pero que también guardaba en secreto ese lazo oscuro y adictivo bajo la máscara de Ghostface.

Sabiendo que su cuerpo empezaría a cambiar y que ahora una nueva vida dependía de ellos, Elisa guardó el secreto un par de días para procesarlo, teniendo claro que el juego privado con Mateo tendría que transformarse para proteger el embarazo.

Sin embargo, el secreto no se quedó entre las paredes de su hogar.

Una mañana en la oficina, debido a las constantes náuseas y a una cita médica que tuvo que agendar de urgencia, su asistente personal terminó enterándose de la situación al ver por descuido los papeles del laboratorio sobre su escritorio.

La asistente, sabiendo lo meticuloso que era el director con todo lo que ocurría en su equipo de confianza, no tardó en dejar caer la información en la oficina de Damián.

—Señor... creo que debería saber que Elisa está embarazada. Escuché que tiene un mes —le soltó en voz baja antes de retirarse.