La Última rosa (La última rosa 🌹 nº 1) La Última Rosa #3
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La Última Rosa #3

Esa noche, el romance universitario se transformó en algo mucho más gótico y turbio.

El sexo ya no fue una entrega dulce, sino un juego de poder, un acto de posesión absoluta donde Mateo impuso sus reglas y Elisa cedió por completo, atrapada en la intensidad de un drama del que ya no había escapatoria.

Cada caricia y cada marca en la piel eran un recordatorio de que, en ese espacio oscuro, Julián ya no existía.

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.....

El departamento quedó en un silencio sepulcral tras la tormenta.

Elisa estaba sentada en la orilla de la cama, arropada con las sábanas, con la mirada perdida y los ojos cristalinos.

La culpa la carcomía, pero la verdad finalmente había salido a la luz en medio de la discusión: Julián no era solo un amigo de la infancia.

Había sido su primer amor, el dueño de sus primeras ilusiones, y arrancarlo de su mente estaba resultando imposible.

Mateo, de pie junto a la ventana, procesaba la confesión. La furia inicial se había transformado en una obsesión fría, calculadora y metódica. No iba a perderla. Si el Mateo dulce del campus no bastaba para borrar el pasado, crearía a alguien más.

Se acercó a ella lentamente, se arrodilló frente a la cama y le tomó el rostro con una suavidad que contrastaba con la oscuridad de sus ojos.

—Te propongo un trato, Elisa —susurró, con una sonrisa que helaba la sangre—. Dices que cambiaste, que no puedes olvidarlo. Está bien. Te voy a volver a conquistar, pieza por pieza. Te prometo que voy a sacar a ese tipo de tu cabeza, aunque sea lo último que haga.

De su chamarra sacó una rosa roja, perfecta y aterciopelada, y la dejó sobre el regazo de ella.

—Una rosa diaria. Cada vez que te entregues a mí, recibirás una. Hasta la última rosa, volverás a ser mía por completo. Pero a partir de hoy, las reglas cambian. Si quieres borrar un primer amor, tienes que aprender a quemar el pasado.

Elisa aceptó el pacto, atrapada en una mezcla de culpa, miedo y una extraña sumisión ante la fijación de Mateo. Lo que no imaginó fue el nivel de sadismo psicológico que él estaba dispuesto a desplegar.

Al día siguiente, la dinámica cambió por completo. En la universidad, Mateo actuaba con una distancia gélida, ignorándola casi por completo, lo que empezó a desestabilizar la mente de Elisa. Pero al caer la noche, en la penumbra del cuarto, el verdadero juego comenzaba.

La primera vez que ocurrió, Elisa sintió que el corazón se le detenía.

La habitación estaba completamente a oscuras, salvo por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas.

Frente a ella, emergiendo de las sombras, apareció una silueta alta, vestida completamente de negro y cubierta con la perturbadora máscara de Ghostface.

No hubo palabras, ni explicaciones, ni el cortejo tierno de antes.

Bajo el anonimato de la máscara, Mateo desató un alter ego sádico y dominante en la cama.

El acto se volvió puramente carnal, un despliegue de poder físico donde él controlaba cada movimiento, cada respiración y cada gemido de Elisa, exigiéndole una entrega absoluta que rozaba el límite del dolor y el placer extremo.

Ella, abrumada por la intensidad de la situación y la adrenalina, cedía por completo, perdiendo la noción de la realidad en los brazos de ese fantasma enmascarado.

Al terminar, cuando el silencio y el cansancio volvían a reinar en la habitación, el hombre de la máscara se incorporaba sin decir una palabra, manteniendo el misterio intacto.

Se acercaba al buró, colocaba una nueva rosa roja al lado de la anterior y salía del cuarto, dejándola sola con sus pensamientos deshechos.

Con el paso de los días, la mente de Elisa se convirtió en un laberinto peligroso.

Entre clases, miraba a Mateo en los pasillos de la facultad y apenas podía creer que ese estudiante tranquilo fuera el mismo ser despiadado que la reclamaba por las noches.

La estrategia de Mateo estaba funcionando de una manera retorcida: el recuerdo de Julián empezaba a desvanecerse, no por olvido, sino porque la presencia de Ghostface y el ritual de las rosas estaban consumiendo por completo la cordura y el deseo de Elisa, atrapándola en una obsesión de la que ya no quería, ni podía, escapar.

Durante semanas, transformando la habitación de Mateo en un santuario oscuro.

Para cuando Elisa quiso darse cuenta, el florero de su habitación ya albergaba un arsenal de rosas rojas, secas y frescas, que marcaban cada una de las noches en que el hombre de la máscara de Ghostface tomaba posesión absoluta de su cuerpo y de su mente.

El sadismo de Mateo en la cama se volvió su nueva normalidad; una adicción peligrosa que borraba cualquier otro pensamiento.

En el campus, él seguía siendo un témpano de hielo, pero en la oscuridad, la destruía y la reconstruía a su antojo.

El plan de Mateo estaba funcionando a la perfección.

Julián se estaba convirtiendo en un eco borroso en la mente de Elisa, eclipsado por la adrenalina, las marcas en su piel y el olor a rosas que impregnaba sus sábanas.

Sin embargo, la mente humana es frágil, y justo cuando Elisa empezaba a ceder por completo a esta nueva y retorcida versión de su romance, el pasado volvió a tocar a la puerta de la manera más inesperada.

El colapso del búnker de control de Mateo ocurrió un viernes por la tarde en la cafetería de la universidad. Elisa estaba sentada sola, contando los días que faltaban para la última rosa, cuando una sombra se proyectó sobre su mesa. Al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco.

No era Mateo. Era Julián.

—Hola, Eli —dijo él, con esa misma sonrisa relajada que antes la confortaba, pero que ahora le provocaba un vacío en el estómago—. Te he estado buscando. En la playa sentí que las cosas quedaron muy raras entre nosotros... y la verdad, no he podido dejar de pensar en ti desde que regresamos.

Elisa se quedó paralizada. Miró a Julián y, por un segundo, el choque psicológico fue brutal.

Ahí estaba su primer amor, el chico de los recuerdos románticos y las canciones junto al mar, hablando con una ternura que ella ya casi había olvidado.

Pero al mismo tiempo, el condicionamiento de Mateo se activó en su cabeza: el recuerdo de la máscara de Ghostface, la intensidad carnal y la promesa de las rosas la jalaron hacia el abismo gótico en el que ahora vivía.

—Julián... yo... no creo que debas estar aquí —alcanzó a articular Elisa, con la voz temblorosa, mientras sus dedos jugaban ansiosamente con la correa de su mochila.

—Solo quiero hablar, Eli. Sé que estás con Mateo, pero también sé cómo me mirabas en la playa. Ese tipo te está cambiando, ya ni siquiera sonríes en los pasillos —insistió Julián, dando un paso más cerca y rompiendo su espacio personal, intentando tomarla de la mano para convencerla.

Lo que Julián no sabía era que, desde el otro extremo de la cafetería, oculto detrás de unos cubículos de estudio, Mateo los estaba observando.

Al ver a Julián romper la distancia y tocar a Elisa, la mirada de Mateo se oscureció por completo.

La paciencia de la conquista diaria se evaporó en un segundo, sustituida por una furia posesiva y territorial que ya no podía esperar a la noche.

Su mente, ya trastornada por la obsesión, decidió que el juego de las rosas tenía que dar un giro mucho más agresivo si quería erradicar a Julián para siempre.

Mateo dio la vuelta y salió de la cafetería en silencio, directo a su departamento. Esa noche no iba a ser una entrega más del pacto; iba a ser la noche en que le demostraría a Elisa que, sin importar quién regresara de su pasado, ella ya le pertenecía en cuerpo y alma a la sombra de la máscara.

El rechazo de Elisa fue definitivo. Mientras Julián intentaba sostenerle la mano, ella la retiró con firmeza, dando un paso atrás. Miró a su primer amor a los ojos y, por primera vez en semanas, la confusión desapareció de su rostro, reemplazada por una claridad absoluta y sombría.

—No, Julián. Ya no soy la misma de antes —dijo Elisa, con la voz fría y calmada—. En la playa estaba confundida, pero ya entendí lo que me pasa. Estoy enamorada de alguien más. Lo nuestro se quedó en el pasado, y ahí se va a quedar. Por favor, no me busques más.

Julián se quedó estupefacto, procesando la frialdad de sus palabras, mientras Elisa daba la vuelta y se alejaba con paso firme. Había tomado su decisión. Había elegido el abismo, la intensidad y el control de Mateo por encima de la calidez de sus viejos recuerdos.

Esa misma noche, Elisa llegó al departamento de Mateo. Ya no venía por culpa ni por obligación; venía por voluntad propia, completamente entregada al juego retorcido que ellos mismos habían creado. Sabía perfectamente lo que le esperaba al cruzar esa puerta.

La habitación estaba en penumbras. En la esquina superior del buró, el jarrón rebosaba con las rosas secas de las noches anteriores. De entre las sombras, la imponente silueta vestida de negro y la perturbadora máscara de Ghostface emergieron lentamente.

Elisa no retrocedió. Se plantó en el centro del cuarto, lo miró fijamente a los ojos a través de las rendijas de la máscara y habló con una seguridad que hizo que el aire se congelara:

—Se lo dije, Mateo. Vi a Julián en la cafetería y lo saqué de mi vida para siempre. Le dejé claro que estoy enamorada de ti. Ya no hay confusión.

El hombre de la máscara se quedó inmóvil por un segundo.

La confesión, lejos de ablandarlo, encendió una chispa aún más sádica y posesiva en su interior.

Saber que ella había elegido voluntariamente este romance oscuro, renunciando a su pasado, desató en él una urgencia salvaje.

Se acercó a ella con pasos lentos y pesados, acortando la distancia hasta que Elisa pudo sentir su respiración acelerada detrás del plástico de la máscara.