La Última Rosa #2
—Me costó muchísimo entrar a esta universidad, Mateo. Mis estudios son mi prioridad, y que esté saliendo contigo no significa que voy a descuidar mi futuro. Te quiero, pero necesito que entiendas que tengo metas.
El reclamo caló hondo en Mateo. Vio el cansancio en los ojos de Elisa y, sobre todo, recordó que lo que lo había enamorado de ella era justamente su fuerza y su independencia. No quería a una chica que orbitara alrededor de él; quería a la Elisa real, la que sabía poner límites.
Se tragó el orgullo, se acercó y se sentó en el suelo, justo al lado de su silla.
—Tienes razón. Perdón —dijo mirándola desde abajo—. Es solo que... pasamos de cero a cien tan rápido que a veces me cuesta compartir tu tiempo. Pero estoy orgulloso de lo dedicada que eres. Anda, abre esa computadora. ¿En qué te ayudo? Aunque sea a traerte más café o a acomodar tus apuntes.
Elisa lo miró, la tensión de sus hombros disminuyó y una sonrisa dulce volvió a su rostro. Le acarició el cabello con ternura.
—Con que te quedes aquí conmigo, concentrado en lo tuyo, es suficiente.
Esa noche, Mateo entendió que el romance real no se trataba de poseer a la otra persona ni de mantener una obsesión constante, sino de aprender a ser un equipo.
Cuando el sol empezó a salir y Elisa finalmente dio el último clic de su entrega, se dio la vuelta, se sentó en las piernas de Mateo y lo abrazó por el cuello, completamente agotada pero feliz.
—Proyecto terminado —susurró ella contra su oído—. Ahora sí, soy toda tuya.
Justo antes de entregar los finales, la presión en la universidad ya estaba al límite, pero el verdadero drama comenzó cuando el grupo organizó un viaje a la playa para celebrar el fin de semestre. Todos necesitaban un respiro, pero los celos se colaron en la maleta.
El detonante fue un viejo conocido de Elisa que reapareció de la nada: Julián.
Julián estudiaba en otra facultad, era el típico chico deportista, seguro de sí mismo y, para colmo de Mateo, tenía mucha historia previa con Elisa.
Desde que llegaron a la casa de la playa, Julián se instaló extrañamente cerca de ella.
Sabía qué música le gustaba, recordaba chistes locales de su ciudad natal y no perdía oportunidad para revivir recuerdos en los que Mateo simplemente no existía.
Para Mateo, ver a otro tipo haciéndola reír con tanta complicidad fue como revivir su antigua obsesión, pero multiplicada por mil. En lugar de disfrutar del sol y el mar, se la pasaba vigilando cada movimiento.
La tensión explotó una noche durante una fogata en la playa. Julián trajo su guitarra y empezó a tocar una canción, mirando fijamente a Elisa. A mitad de la canción, se acercó a ella y le ofreció su sudadera porque el viento de la costa empezaba a enfriar.
Antes de que Elisa pudiera responder, Mateo se levantó de golpe, se quitó su propia chamarra y se la puso a ella en los hombros con un movimiento brusco.
—No la necesita, gracias. Yo la cuido —soltó Mateo, con una mirada que echaba chispas.
Julián solo levantó las manos con una sonrisa burlona, disfrutando de haberlo provocado. Elisa, notablemente incómoda y molesta por la escena, se levantó sin decir una palabra y caminó hacia la orilla del mar, alejándose de todos.
Mateo la siguió de inmediato, con la arena metiéndose en sus tenis y el orgullo herido.
—¿Qué fue eso, Mateo? Me dio muchísima vergüenza con los demás —dijo Elisa, dándose la vuelta con los brazos cruzados apenas el ruido de la fogata quedó atrás.
—¿Qué fue eso? ¡Ese tipo se te está aventando en mi cara, Elisa! Y tú parece que no te das cuenta, o peor, te gusta —reclamó Mateo, dejando que los celos hablaran por él.
Elisa suspiró, frustrada, y se frotó la frente.
—Julián es un amigo de la infancia. Sí, intentó algo conmigo hace años, pero nunca pasó nada porque a mí no me interesaba.
Si estoy aquí, en este viaje, es contigo.
Pasé tres meses diciéndote que no a ti porque quería estar segura, ¿y de verdad crees que te voy a cambiar por el primero que me sonría?
Mateo se quedó callado. La espuma del mar les mojaba los pies. Al verla tan firme, la furia de los celos empezó a convertirse en una profunda inseguridad. Temía que el encanto de haberlo alcanzado se rompiera tan rápido.
—Es que... cuando te veo con él, siento que tiene una historia contigo que yo apenas estoy construyendo —confesó Mateo en voz baja, bajando la guardia—. Me volví loco de pensar que podías perder el interés.
Elisa suavizó la mirada. Dio un paso hacia él, le tomó las manos y obligó a Mateo a mirarla a los ojos bajo la luz de la luna.
—Nuestra historia apenas empieza, Mateo. Pero no voy a dejar que tus inseguridades manejen esta relación. Yo elegí estar contigo, no con él. Así que vas a regresar a esa fogata, vas a respirar hondo y vamos a disfrutar de estas vacaciones como la pareja que somos. ¿Trato?
Mateo tragó saliva, asintió con la cabeza y la abrazó con fuerza, refugiándose en su aroma y prometiéndose a sí mismo que aprendería a confiar, aunque Julián siguiera rondando por el resto del viaje.
––––––––
El regreso al campus después de las vacaciones de la playa no fue tan limpio como Mateo esperaba. Aunque habían dejado el mar atrás, el ambiente en la universidad se sentía denso, como si la humedad de la costa se hubiera quedado atrapada entre los pasillos.
Cumpliendo su promesa, Mateo intentó controlar sus impulsos. Ya no vigilaba a Elisa con la mirada en cada esquina, pero el verdadero problema ahora estaba dentro de la mente de ella.
Elisa intentaba concentrarse en sus clases de inicio de semestre, pero no podía sacarse a Julián de la cabeza.
No era que hubiera dejado de querer a Mateo, sino que el viaje en la playa había removido recuerdos del pasado que ella creía completamente enterrados.
La seguridad de Julián, las canciones junto a la fogata y la facilidad con la que él la conocía desde niña la habían dejado confundida, cuestionándose si su relación con Mateo era real o solo el resultado de tres meses de una insistencia obsesiva.
Esa distracción se notaba. Cuando Mateo la tomaba de la mano mientras caminaban hacia la biblioteca, Elisa se sentía un poco distante, como si su mente estuviera en otra parte.
—¿Te pasa algo? Has estado muy callada hoy —le preguntó Mateo una tarde, sentados en las mismas bancas donde antes todo era risas.
—No, nada... solo el estrés de las nuevas materias —mintió ella, forzando una sonrisa y desviando la mirada hacia el edificio de enfrente.
El bache no se había cerrado; solo lo habían esquivado temporalmente.
La tensión creció cuando, una tarde lluviosa, Mateo pasó por el salón de Elisa para darle una sorpresa al salir de su última clase.
Al asomarse por el cristal de la puerta, se le congeló la sangre: Elisa estaba sentada en su banca, mirando fijamente la pantalla de su celular con una expresión de nostalgia absoluta.
Mateo no quiso ser un espía, pero el impulso fue más fuerte. Cuando ella guardó el teléfono al notar su presencia, él alcanzó a ver el nombre en la última notificación de la pantalla: Julián.
El fantasma de las vacaciones estaba de vuelta en plena universidad, y esta vez, Mateo sabía que no podía solucionarlo simplemente reclamando o poniéndose celoso. Elisa tenía que decidir qué era lo que realmente quería.
El ambiente en el campus cambió drásticamente.
Al ver ese nombre en la pantalla, algo dentro de Mateo se rompió, despertando una faceta mucho más oscura y controladora que había estado reprimiendo.
La inseguridad se transformó en una necesidad absoluta de posesión; ya no quería solo su atención, quería reclamarla por completo, marcar territorio y borrar cualquier rastro de Julián de la mente de Elisa.
Esa misma tarde de lluvia, Mateo no dijo nada en los pasillos de la universidad.
Mantuvo un silencio tenso y pesado mientras la guiaba del brazo —con un agarre notablemente más firme de lo habitual— directo hacia su departamento.
Elisa notó el cambio en su energía, una vibra densa y dominante que la hizo callar, sintiendo un escalofrío que mezclaba el temor con una extraña e intensa expectativa.
Al cruzar el umbral del cuarto, Mateo cerró la puerta con llave. El sonido del cerrojo resonó en la habitación como una sentencia.
—Mateo, me estás lastimando el brazo... —empezó a decir Elisa, pero sus palabras se ahogaron cuando él la acorraló bruscamente contra la pared, atrapándola entre sus brazos.
La mirada de Mateo estaba completamente oscurecida, fija en sus labios. No había rastro del chico tierno que le llevaba café; este era un hombre obsesionado dispuesto a reclamar lo que consideraba suyo.
—¿En quién estabas pensando en el salón, Elisa? ¿En él? —preguntó con una voz baja, ronca, rozando su oído mientras su mano libre subía por su cintura, apretando con fuerza—. No voy a dejar que me mires a la cara y pienses en alguien más. Eres mía. ¿Te queda claro?
Elisa intentó respirar, pero la atmósfera se había vuelto asfixiante, cargada de una tensión erótica y peligrosa.
La culpa por haber estado recordando a Julián se mezcló con el impacto de ver a Mateo tomar el control absoluto.
Quiso protestar, pero la forma en que él la dominaba física y psicológicamente anuló sus defensas, despertando un deseo oscuro y sumiso que no sabía que tenía.
Mateo no esperó una respuesta. La besó con una agresividad contenida, un beso hambriento y posesivo que no admitía réplicas.
Sus manos se volvieron erráticas y demandantes, despojándola de la ropa como si quisiera desvestir también sus secretos, mientras la obligaba a mirarlo a los ojos en todo momento.
Quería que ella viera el reflejo de su propia fijación.