La Última rosa (La última rosa 🌹 nº 1)
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La Última Rosa
Matero sentía que las paredes de la universidad ya lo conocían de memoria. Llevaba más semestres de los que quería admitir, viendo pasar generaciones mientras él se tomaba la vida con demasiada calma. Para él, el campus no tenía sorpresas. Hasta ese día.
Eliza cruzó la puerta del salón con la mochila al hombro y esa mirada de quien busca ubicarse en un lugar nuevo. No era solo que fuera hermosa; tenía un aire decidido que descolocó por completo a Mateo. Desde el primer instante, él supo que no quería ser un simple compañero de clases.
El destino —o la astucia de Mateo— hizo que terminaran compartiendo un proyecto.
Tras un par de tardes de café y apuntes, la tensión entre los dos era evidente.
Una noche de lluvia, con la excusa perfecta de terminar el trabajo sin distracciones, Mateo logró lo que tanto había planeado: invitarla a su habitación.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el ambiente cambió por completo; las miradas se volvieron más intensas y el juego de seducción que él había iniciado estaba a punto de pasar al siguiente nivel.
A pesar de la tensión de aquella noche, Elisa dejó las cosas claras desde el principio: no iba a ser una conquista rápida ni una distracción de universidad.
Cuando Mateo intentó dar el siguiente paso en su habitación, ella se despidió con una sonrisa tranquila pero firme, dejándolo con las ganas y con la mente hecha un lío.
A partir de ahí, comenzaron tres meses de un juego de estira y afloja en los pasillos del campus.
Mateo, que siempre se había tomado todo a la ligera, descubrió lo que era la verdadera obsesión.
No podía quitársela de la cabeza. Buscaba cualquier pretexto para coincidir con ella: sentarse en la misma mesa de la biblioteca, llevarle su café favorito o integrarse a sus círculos de amigos.
Pero Elisa no cedía fácil. Cada vez que Mateo intentaba ponerse coqueto o lanzar una indirecta directa, ella lo frenaba con un comentario inteligente, manteniéndolo estrictamente en la “zona de amigos”.
Ese rechazo constante, lejos de alejar a Mateo, solo alimentaba su fijación.
Ya no era solo atracción física; se había convertido en la necesidad de descifrar a la única chica que le había dicho que no.
El cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Fue el desgaste lento de tres meses de convivencia diaria, de risas compartidas entre clases y de ver que, a pesar de sus intenciones, Mateo realmente estaba ahí para ella cuando las cosas se ponían difíciles con las entregas finales.
Una tarde, mientras el campus se vaciaba y la lluvia volvía a amenazar con caer, Elisa lo miró de otra manera.
El muro que había construido con tanto cuidado empezó a agrietarse.
Cuando Mateo se acercó para despedirse, ella no dio el paso atrás de siempre.
Al contrario, lo sostuvo la mirada, dejando claro que el juego de las evasivas finalmente había terminado y que, esta vez, las puertas de su habitación no se cerrarían para dejarlo fuera.
Esa tarde, el silencio en el pasillo del edificio de diseño parecía contener la respiración.
Cuando Elisa no retrocedió, Mateo sintió que el suelo se le movía.
Había memorizado cada una de sus miradas de rechazo, sus respuestas cortantes y sus distancias medidas, pero esto era completamente nuevo.
Había una invitación silenciosa en sus ojos que dinamitó todas las defensas que ella había tardado tres meses en construir.
—Ya te cansaste de huir, ¿verdad? —susurró Mateo, dando ese paso definitivo que antes habría significado un freno inmediato.
Elisa esbozó una sonrisa pequeña, un tanto resignada pero intensamente cómplice.
—No estaba huyendo, Mateo. Estaba asegurándome de que valiera la pena. Y parece que eres más terco de lo que pensaba.
No hubo necesidad de regresar a la biblioteca ni de inventar más pretextos con tareas pendientes.
Salieron de la facultad bajo una llovizna ligera que empezaba a empapar el asfalto del campus.
Caminaron rápido, casi sin hablar, pero con una electricidad que se sentía en el aire.
La obsesión de Mateo, que durante semanas se había alimentado de la distancia, ahora se transformaba en una urgencia contenida a medida que se acercaban a su departamento.
Al cruzar el umbral del cuarto, la atmósfera cambió por completo. Ya no estaban las reglas de la universidad, ni las miradas de los compañeros, ni el juego del gato y el ratón. Mateo cerró la puerta a sus espaldas y, por primera vez en tres meses, Elisa no hizo ademán de irse.
Ella se giró despacio, dejando caer su mochila al suelo.
Mateo se acercó, rompiendo el último espacio que los separaba.
Le tomó el rostro con suavidad, buscando confirmar que esto era real y no otro de sus tantos pensamientos fijos.
Elisa cerró los ojos por un segundo, disfrutando del calor de sus manos, antes de volver a mirarlo con una intensidad que a él le cortó la respiración.
El primer beso tuvo el sabor de la espera larga; fue lento, cargado de toda la tensión acumulada de las tardes compartidas en la biblioteca y los roces fingidos en el aula.
Pero la paciencia de Mateo se había agotado hacía mucho tiempo.
Cuando las manos de Elisa se enredaron en su cabello, el ritmo cambió.
La resistencia de ella se desvaneció por completo, transformándose en una entrega absoluta que Mateo respondió con la fuerza de quien finalmente alcanza lo que creía imposible.
Cada rincón de la habitación, que antes había sido el escenario de una retirada, se convirtió esa noche en el espacio de un romance que ya no tenía marcha atrás.
Tres meses de rechazos se disolvieron en pocas horas, dejando claro que el juego universitario había terminado para dar paso a algo mucho más profundo y definitivo entre los dos.
Al día siguiente, la luz de la mañana entró por la ventana del cuarto de Mateo, pero la realidad los esperaba afuera, cruzando la línea del campus. Mantener una relación después de tres meses de un juego tan público no iba a pasar desapercibido.
Cuando entraron juntos a la facultad, las miradas de sus compañeros no se hicieron esperar.
Todos estaban acostumbrados a ver a Mateo revoloteando alrededor de Elisa y a ella bateándolo con elegancia.
Verlos ahora, caminando a la par, con Mateo sosteniéndole la mochila y Elisa compartiendo una sonrisa cómplice que antes no existía, cambió por completo la dinámica del grupo.
Los primeros días fueron una transición extraña pero adictiva.
Mateo tuvo que aprender a bajar las revoluciones de su obsesión; ya no tenía que perseguirla ni inventar pretextos para verla.
Ahora, Elisa estaba ahí: se sentaba a su lado en el pasto entre clases, le robaba papas fritas en la cafetería y, de vez en cuando, le rozaba la mano por debajo de la mesa mientras el profesor daba la clase.
Elisa, por su parte, descubrió un lado de Mateo que no conocía cuando estaban en el juego del estira y afloja.
Detrás de la fachada del chico terco y conquistador, había alguien que realmente prestaba atención a sus detalles, que sabía exactamente cómo tomaba el café y que se quedaba despierto con ella ayudándola a estudiar para los exámenes más pesados.
Sin embargo, pasar de la tensión al noviazgo formal trajo sus propios retos. Una tarde, sentados en las bancas de la plaza central de la universidad, Elisa lo miró fijamente mientras guardaba sus cuadernos.
—¿Sabes? A veces siento que te gustaba más cuando te decía que no —dijo ella con un toque de picardía, pero con una chispa de duda real en los ojos.
Mateo sonrió, se acercó a ella y le quitó un mechón de pelo de la cara, mirándola con la misma intensidad del primer día.
—Me volvía loco cuando me decías que no, Elisa. Pero tenerte cerca es otra cosa. No tienes idea de cuánto tiempo esperé para poder hacer esto sin que me corrieras.
La abrazó por los hombros mientras caminaban hacia la salida. Tres meses de rechazos habían valido la pena, y aunque el misterio de la “chica nueva” se había resuelto, el verdadero romance universitario apenas estaba comenzando.
Ese equilibrio perfecto de los primeros días no tardó en enfrentarse a la verdadera prueba de fuego de la vida universitaria: el fin de semestre y los proyectos finales.
Mateo, que solía tomarse las materias con demasiada calma, empezó a sentir el peso de sus decisiones pasadas.
Si quería seguir en la misma sintonía que Elisa, tenía que ponerse las pilas.
La biblioteca, que antes había sido el escenario de sus intentos de conquista, se convirtió en un verdadero búnker de estudio.
Pasaban horas rodeados de libros, carpetas y termos de café, compartiendo un silencio cómodo que solo se rompía cuando alguno se estiraba o compartían una mirada de cansancio.
Fue en una de esas noches intensas cuando apareció el primer roce real. Elisa estaba completamente absorta, diseñando unos planos digitales en su laptop, cuando Mateo, buscando un respiro del estrés, se acercó a besarle el cuello por detrás.
—Mateo, por favor, ahora no —dijo ella, apartándose suavemente pero con firmeza, sin quitar los ojos de la pantalla—. Si no entrego esto mañana a primera hora, estoy fuera.
Ese pequeño rechazo, aunque justificado por el estrés académico, encendió una chispa de la vieja obsesión de Mateo. Por un segundo, revivió la frustración de los primeros tres meses. Se cruzó de brazos, sintiéndose desplazado por una entrega escolar.
—A veces siento que tu carrera te importa más que yo —soltó él, con un tono más infantil de lo que pretendía.
Elisa cerró la laptop de golpe. El sonido resonó seco en la habitación. Lo miró con esa misma seriedad decidida que lo había cautivado el primer día, pero esta vez no había coqueteo.