La Última rosa (La última rosa 🌹 nº 1) La Última Rosa #6
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La Última Rosa #6

La rutina diurna era la de un hogar en paz, pero la noche seguía perteneciendo al misterio.

Para Elisa, el encierro voluntario avivó su obsesión: estar en casa todo el día la hacía contar las horas para que Mateo cruzara la puerta y se colocara la máscara de Ghostface.

Esa dinámica sádica y posesiva en la cama se volvió su mayor vía de escape, un ritual necesario donde él reafirmaba su dominio y ella se entregaba por completo, sabiendo que ese hombre enmascarado era el único dueño de su cuerpo y de su destino.

Sin embargo, fuera de esas paredes, el peligro no había desaparecido del todo; solo había cambiado de forma.

Damián, el exjefe de Elisa, quedó profundamente trastornado tras el encuentro en el estacionamiento subterráneo.

El terror que le infligió Ghostface fue real, y la rosa clavada en su saco fue una advertencia que jamás olvidaría.

Sabía que no podía volver a acercarse a Elisa directamente, ni intentar llamarla, porque eso significaría su muerte.

Pero el amor obsesivo y enfermizo que sentía por ella no se apagó; al contrario, se transformó en una fijación silenciosa.

Consumido por la culpa de haberla dejado ir y por el deseo de mantenerla a salvo —incluso de su propio novio—, Damián empezó a protegerla desde las sombras.

Utilizando su inmenso poder económico y sus contactos, el jefe contrató a un equipo de seguridad privada de élite para que vigilaran los alrededores del edificio de Elisa las 24 horas del día, con órdenes estrictas de intervenir solo si su vida corría peligro.

Además, de manera completamente anónima y a través de cuentas fantasma, Damián se aseguró de bloquear cualquier intento de Mateo por meterse en problemas financieros, moviendo hilos en el banco para que sus créditos fueran aprobados de inmediato y asegurándole estabilidad económica a la distancia.

Elisa estaba encerrada en su búnker creyendo que Mateo lo controlaba todo, sin imaginar que su antiguo jefe la observaba desde el anonimato, convertido en su protector secreto.

Una tarde, mientras Mateo estaba en el trabajo y Elisa descansaba en la sala, un repartidor tocó a la puerta.

Dejó un paquete grande sin remitente. Al abrirlo, Elisa encontró ropa fina para el bebé y un frasco de vitaminas prenatales de importación, junto a una pequeña nota impresa que solo decía: “Para que no les falte nada”.

En ese mismo instante, la llave giró en la cerradura. Mateo entraba a la casa antes de tiempo, y sus ojos se clavaron de inmediato en el paquete sospechoso.

Elisa reaccionó con la velocidad que la adrenalina de su doble vida le otorgaba.

En una fracción de segundo, antes de que Mateo terminara de cruzar el umbral y fijara la vista por completo en la mesa, ella arrugó la nota impresa y el sobre del remitente, escondiéndolos en la palma de su mano con un movimiento limpio.

—¿Qué es eso, mi amor? —preguntó Mateo, dejando las llaves en la entrada y acercándose a ella con esa mirada atenta y protectora que ahora lo caracterizaba a todas horas.

—Ah, es un detalle de una de las chicas de la oficina —mintió Elisa, manteniendo una sonrisa perfectamente calmada y natural—. Se enteró por la asistente de que estaba embarazada y mandó este paquete con ropa para el bebé y unas vitaminas. Qué lindo detalle, ¿no?

Mateo se relajó de inmediato. Se acercó a ella, le dio un beso tierno en la frente y miró las prendas diminutas con una sonrisa de orgullo.

El plan de mantenerla a salvo y aislada del estrés del mundo exterior estaba funcionando, y ver que la gente de su antiguo entorno la apreciaba solo le daba paz.

Mientras él se daba la vuelta para ir a cambiarse y ponerse cómodo, Elisa caminó discretamente hacia la cocina, tiró los trozos del sobre al fondo del bote de basura y los cubrió con otros desechos para asegurarse de que nadie los encontrara jamás.

El secreto de Damián estaba a salvo. El jefe seguía moviendo los hilos desde el anonimato de las sombras, vigilando el edificio a través de sus guardias encubiertos y asegurándose de que a la mujer que amaba en silencio no le faltara nada en su nido.

Al caer la noche, las luces del departamento volvieron a apagarse.

El Mateo tierno y proveedor del día dio paso, una vez más, al espectro implacable que Elisa tanto ansiaba.

Él emergió de la penumbra con la máscara de Ghostface ya puesta, y ella lo recibió en la cama con una devoción total, entregándose a ese sadismo privado que la hacía olvidarse del encierro, de su jefe, de la oficina y de todo lo que no fuera el roce frío del plástico contra su piel y la intensidad de su dueño.

Los meses transcurrieron como un suspiro dentro del búnker.

Mientras el vientre de Elisa crecía, la dinámica con Mateo se adaptó a su estado, pero nunca perdió la intensidad.

El juego con la máscara de Ghostface continuó siendo su refugio más íntimo, un recordatorio de que su pacto seguía intacto.

Fuera de las paredes de la casa, los guardias encubiertos de Damián vigilaron cada uno de sus pasos desde las sombras, asegurándose de que el embarazo llegara a término sin ningún contratiempo, como un regalo silencioso de su exjefe.

Finalmente, en una noche lluviosa que recordaba a aquellas tardes universitarias donde todo empezó, Elisa comenzó con las labores de parto.

Mateo, transformado en el hombre maduro y protector que la vida adulta le exigía ser, la llevó de inmediato al hospital.

El nacimiento fue limpio y perfecto: le dieron la bienvenida a su bebé.

Al sostener a su hijo en brazos por primera vez, Mateo sintió una calidez que creía olvidada, prometiéndose a sí mismo que ese niño sería el centro de su universo.

Elisa, exhausta pero feliz, miró a su familia con la certeza de que había elegido el camino correcto, sin importar cuán oscuro hubiera sido el trayecto.

Días después, la pareja regresó al departamento con el bebé en brazos.

El ambiente se sentía diferente, lleno de la luz y la paz que trae una nueva vida.

Mateo dejó a su hijo descansando en la cuna y se acercó a Elisa para abrazarla con una ternura infinita.

La tormenta de los celos, la universidad y los rivales parecía haber quedado completamente atrás.

Sin embargo, la misma tarde de su regreso, mientras Mateo preparaba algo en la cocina, Elisa se acercó a la ventana para mirar la calle.

A lo lejos, estacionado en la esquina, notó un auto negro con los vidrios polarizados que permaneció ahí unos minutos antes de avanzar lentamente y perderse en la avenida.

Elisa sonrió para sí misma de manera imperceptible, sabiendo que el pasado y las sombras nunca se van del todo. Caminó de vuelta a la habitación y miró de reojo el clóset cerrado, donde la máscara de Ghostface aguardaba pacientemente a que la noche volviera a caer.

La primera etapa de su historia estaba cerrada, la familia estaba unida y el búnker parecía impenetrable... pero las piezas para el siguiente capítulo ya estaban colocadas en el tablero.

Está historia continúara.....