62. 62. Epílogo
Agulló se marchó de comisaría sin despedirse de nadie.
Sin portazos y sin solemnidad. Simplemente esperó a que Molina terminara de hablar ante los periodistas, a que las cámaras se apagaran, a que los agentes empezaran a moverse con esa inercia cansada que dejan las investigaciones largas cuando por fin encuentran una forma provisional de cerrarse, y se fue.
Nadie la vio salir.
O quizá sí.
Bajó en ascensor hasta la calle, pidió un taxi y esperó junto a la acera, con el informe médico doblado dentro del bolso, dos costillas protestando con cada respiración y la sensación extraña de que todo había terminado tarde y pronto a la vez.
El taxi olía a ambientador barato y a tapicería vieja. El conductor llevaba la radio encendida con el volumen bajo. Hablaban del caso.
Agulló reconoció su propia investigación convertida en titulares, frases cortas y prudencia institucional.
El cuerpo hallado en una nave de Agua Amarga.
El cadáver reducido a un dato estadístico.
La detención del empresario local narrada con el respeto pusilánime que se le tiene al dinero.
La implicación de varios adultos en un delito grave.
La joven víctima localizada y protegida.
Y entonces la locutora pronunció el nombre de Álex Roldán Sempere.
Lo hizo con esa voz nítida, profesional y perfectamente impostada; una voz demasiado limpia para arrastrarse por tanta miseria.
Agulló apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos.
Alicante pasaba al otro lado del cristal.
Cuando llegó a casa, pagó en efectivo y subió despacio. Entró en su apartamento y cerró con llave. Durante unos segundos se quedó quieta en el recibidor.
Las llaves cayeron en el cuenco de cerámica con un sonido seco. Se quitó la chaqueta con dificultad y la dejó sobre una silla. Luego fue hasta el salón, encendió la televisión y se sentó en el sofá sin encender ninguna lámpara.
El caso ya estaba en todos los canales.
Agulló contempló el fulgor de la pantalla durante menos de un minuto. Luego la apagó.
El silencio que se instaló en el apartamento fue inmediato, denso, cargado con el peso de los secretos viejos. No era paz; la paz no existía en su línea de trabajo. Era el vacío que deja la verdad cuando por fin sale a la superficie y descubres que ha llegado demasiado tarde para salvar a nadie.
Se levantó del sofá despacio, maldiciendo entre dientes cuando una punzada seca le castigó el costado.
El cuerpo no olvida los errores del pasado.
Cruzó el salón a oscuras, guiándose por el reflejo de las farolas de la calle que se colaba entre las lamas de la persiana, hasta llegar al mueble del televisor .
En el compartimento inferior, sepultada bajo el detritus de la obsolescencia tecnológica —manuales de instrucciones amarillentos, marañas de cables RCA y un reproductor de DVD cubierto de polvo—, seguía la carpeta de cartón verde.
La sacó y la dejó sobre la mesa de centro.
Retiró con un chasquido sordo la cinta elástica gastada. Los folios de alto gramaje continuaban allí, intactos.
Operación Cobalto.
G3-014-CB.
Clasificación: Reservado.
Documento recuperado de: Caja fuerte 317-B.
Pasó la página de cortesía sin detenerse en los detalles que ya se sabía de memoria.
No le hacía falta leerlos. Sin embargo, esa noche las líneas mecanografiadas parecían distintas, como si las palabras se hubieran movido de sitio en la oscuridad.
O tal vez era ella quien había cambiado lo suficiente para ver, por fin, lo que siempre había estado allí.
Las diligencias originales fueron fragmentadas en tres expedientes independientes, con el objetivo de evitar conexión directa entre los hechos investigados, los funcionarios intervinientes y determinados cargos públicos mencionados en las primeras declaraciones.
Agulló clavó la vista en ese párrafo.
Fragmentadas.
Tres expedientes independientes.
Evitar conexión directa.
Un frío viejo y conocido le recorrió la espina dorsal.
Ahí estaba el truco.
El viejo truco de los despachos .
Lo había visto esa misma semana con otros nombres, otros departamentos, otra gente.
Despojar los hechos de su contexto, hasta que dejaran de contar una historia.
Convertir un asesinato o un soborno en meras piezas administrativas independientes.
Hacer que cada fragmento pareciera un asunto menor, discutible, insuficiente para un juez.
Si no puedes enterrar el cuerpo, córtalo en pedazos y entiérralos en cementerios distintos.
Pasó varias páginas. El papel desprendía ese olor rancio del archivo, a humedad estancada.
Encontró lo que buscaba en el margen derecho de una copia de carbón borrosa. Una anotación a mano, con bolígrafo azul ya descolorido:
No remover. Hay acuerdo.
La leyó dos veces.
Pensó en Molina, en su forma de desviar la mirada cuando un caso empezaba a picar hacia arriba, y se preguntó si él también emborronaba los márgenes de los informes oficiales con advertencias similares.
No seas ingenua, Marta. Todos lo hacen.
Pensó en Vives, en Rafael Roldán, en esa caterva de abogados de bufete caro que entraban y salían de la comisaría central como mecánicos de mantenimiento contratados para reparar una verdad averiada.
Y, finalmente, pensó en su padre.
En Agustín Agulló García, mendigando el acceso a un expediente que alguien, en un despacho con moqueta, ya había decidido convertir en polvo.
Durante años, su madre le había hablado de la autodestrucción de su padre como se habla de los desastres naturales: algo inevitable que simplemente hay que aceptar .
Cáncer.
Esa había sido la palabra familiar.
Una palabra enorme, monolítica, extrañamente cómoda en su propia tragedia.
Una palabra contra la que nadie podía pelear.
Una palabra que justificaba los silencios, el ron de madrugada, los encierros en el despacho con la puerta echada por dentro.
Esas noches en las que Agustín se quedaba congelado, mirando un vaso de tubo sin beber, antes de metérselo entre pecho y espalda de un solo trago.
Las noches en que regresaba de madrugada, con las pupilas dilatadas y la ropa apestando a tabaco rancio.
Cáncer.
Agulló había odiado esa palabra durante años.
Ahora descubría que había otra palabra peor.
La mentira.
No justificaba a su padre. No justificaba sus ausencias, ni sus silencios, ni el modo en que había ido desapareciendo de la casa mucho antes de morir.
No justificaba las botellas escondidas, las promesas incumplidas, ni aquel cansancio oscuro que se le había instalado en la mirada y nunca volvió a marcharse.
Pero, por primera vez, encajó una pieza que le revolvió el estómago.
Quizá Agustín Agulló no se había destruido solo.
Quizá alguien lo había ido quebrando a martillazos invisibles.
Hoja a hoja.
Silencio a silencio.
Informe a informe.
Agulló siguió pasando páginas hasta encontrar el segundo documento.
Expediente Agulló García .
G3-022-AG.
Seguimiento interno.
La respuesta oficial fue negativa.
La respuesta no oficial fue este expediente.
Agulló leyó esa frase y sintió una punzada más profunda que la de las costillas.
Su padre había hecho una pregunta. Y la respuesta del departamento había sido ponerle seguimiento.
Pasó otra página. Luego otra. Las yemas de los dedos le hormigueaban. Allí estaba, agazapada entre la burocracia:
«No han ocultado el cadáver».
Apoyó los dedos sobre la tinta.
El papel estaba frío, como el mármol de una morgue. Pensó en Álex, sepultado bajo la solera de aquella nave industrial. En su caso, se habían tomado la molestia de esconder el cuerpo. En el de su padre, habían hecho algo más sofisticado y sibilino: ocultar el mecanismo. La hoja de ruta del engaño.
Buscó la última página del expediente.
Estaba desprendida del bloque principal, doblada por una esquina, como un marcapáginas en una novela de terror. La anotación a bolígrafo azul seguía allí, nítida, desafiando al paso de los años.
Agustín no era el problema. Era el aviso.
«La hija será peor».
Agulló levantó la vista hacia la pantalla apagada del televisor. En el cristal negro se reflejó su propio rostro. Estaba pálida, despeinada, con la camiseta arrugada y el hombro izquierdo caído para aliviar la tensión del golpe.
Tenía los ojos de su padre .
Los ojos de alguien que acababa de comprender que la herencia familiar no era una casa ni unos ahorros, sino una diana en la espalda.
Entonces, el timbre rasgó el silencio del apartamento.
El golpe eléctrico la hizo quedarse inmóvil.
No se movió.
Esperó.
Miró el reloj de pared. Era demasiado tarde para visitas de cortesía. Nadie había llamado desde el telefonillo del portal. Nadie se plantaba en su rellano a esas horas, a menos que fuera un vecino o alguien que conociera los trucos para franquear la puerta de entrada.
El timbre volvió a sonar.
La carpeta verde seguía abierta de par en par sobre la mesa baja, exponiendo sus tripas.
Agulló se puso en pie con lentitud milimétrica y caminó hacia el recibidor a oscuras, evitando las maderas que crujían. Pegó el ojo a la mirilla.
Al otro lado estaba Rojo.