La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 63. 63
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La visitaba en son de paz.

Con la chaqueta de cuero, el pelo revuelto por la noche y una expresión de haber decidido algo que no pensaba explicar, el exinspector Rojo llevaba dos cervezas en una mano. En la otra, una bolsa de plástico blanca que soltaba un olor inmediato a pollo asado, patatas y grasa caliente.

Ella pasó el cerrojo y abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí?

Rojo levantó la bolsa de plástico como si fuera una credencial del FBI.

—Traigo la cena.

Ella se le quedó mirando. Luego bajó la vista hacia los tercios de cerveza. Luego volvió a clavarle los ojos.

—No has llamado al telefonillo.

—Me ha abierto una vecina.

Agulló apoyó la frente un segundo contra el marco de la puerta.

—Maravilloso.

—Parecía encantadora.

—Es una comunidad muy amable.

Rojo levantó de nuevo la bolsa.

—¿Qué se celebra? —preguntó ella, confundida—. ¿Te han perdonado los juicios?

—No —respondió él—. Me han dicho que te han firmado una semana de baja. Tres costillas tocadas, esguince acromioclavicular, conmoción leve y ese carácter de perros que no hay Dios que lo cure.

—Me alegra saber que el secreto médico en este maldito cuerpo funciona tan bien como siempre.

—Gómez habla demasiado cuando está nervioso.

—Gómez está siempre nervioso.

—Hará bien su trabajo —respondió Rojo, señalando de nuevo la bolsa—. He pensado que te vendría bien comer algo que no saliera de un envase de plástico de comida china.

—Qué considerado.

—Proteína de la buena. Patatas. Grasa suficiente para devolverle la fe a un ateo.

—¿De dónde?

—El Pollastre Alacantí.

—Ese pollo está indecentemente bueno —admitió ella.

—Por eso estoy aquí.

Agulló se apartó de la puerta.

—Pasa.

Rojo entró sin mirar demasiado a su alrededor, lo que en su caso significaba que estaba registrando visualmente cada detalle y cada esquina del apartamento.

Dejó los tercios de cerveza sobre la encimera de la cocina americana y la bolsa sobre la mesa baja.

El olor a asado y especias inundó el salón.

Durante un segundo, la casa pareció menos fría.

Rojo empezó a sacar la comida: un pollo partido en cuartos, patatas aceitosas, una barra de pan envuelta en papel, servilletas dobladas y una tarrina de aluminio con algo que parecía alioli.

—Si venía con flores, me cerrabas la puerta.

—Exacto.

Ella volvió al salón despacio.

Rojo la siguió con la mirada y entonces vio la carpeta.

La mano con la que sostenía una de las cervezas se quedó inmóvil.

No fue un movimiento brusco. Nada en Rojo lo era, cuando las cosas se ponían serias de verdad.

Pero Agulló llevaba unos cuantos años en la calle para no cazar el matiz.

Vio cómo la fina capa de ironía se le borraba de las facciones.

Vio cómo sus pupilas descendían hacia la pestaña de cartón, hacia los folios mecanografiados, hacia las siglas que, para dos policías como ellos, no necesitaban explicación.

Rojo dejó la cerveza sobre la mesa.

—Agulló.

Ella odió que jamás usara su nombre para dirigirse a ella.

—Tenemos que hablar, Rojo. Y tenemos que hablar de eso.

Rojo tardó medio segundo en responder.

Lo justo para equivocarse.

—Si es por lo de anoche...

Agulló lo sostuvo con la mirada.

Durante un latido, los dos compartieron el mismo recuerdo exacto y ninguno necesitó ponerle palabras.

El olor a desinfectante del hospital. La despedida silenciosa en el umbral del apartamento.

Esa distancia mínima e incómoda entre dos personas que llevaban demasiado tiempo esquivando la pregunta de qué significaba exactamente seguir cubriéndose las espaldas .

Pero la noche no iba por ahí.

No esa noche.

—No —dijo ella—. No es por eso.

Rojo volvió a desviar la vista hacia los papeles abiertos.

—Es sobre mi padre.

Él no contestó. Mantuvo la boca cerrada y la mirada fija en la mesa.

Y ese silencio fue la primera respuesta.

Agulló se acercó a la mesa, recogió la última hoja del expediente y la sostuvo en el aire, sintiendo el leve temblor del papel entre los dedos.

—Durante años pensé que mi padre se había encerrado en sí mismo porque estaba enfermo —dijo, con una voz que salía directamente del estómago—.

Porque bebía demasiado. Porque era un tipo orgulloso que no sabía pedir auxilio.

Pensé que convertirse en un mueble roto en el despacho era su forma de no tener que explicarle a su hija por qué estaba dejando de querer vivir.

Rojo seguía quieto.

—Luego me diste esto —continuó ella, agitando levemente el folio—. Y pensé que quizá solo había abierto una puerta del pasado. Algo sucio, sí, pero muerto. Un viejo esqueleto policial que ya no podía tocarme, salvo por esa mezcla de nostalgia y culpa que las familias llaman herencia.

Rojo desvió la mirada hacia la ventana, donde los reflejos de la calle jugaban con las sombras del salón.

—¿Estás segura de querer remover el pasado, ahora?

—Completamente.

—¿Por qué no comemos el pollo y olvidamos el asunto?

—Quiero saber qué es el Grupo 3 —zanjó ella, clavándole los ojos—. Y no pienso posponer esta conversación. Me la debes.

Rojo encajó el impacto sin pestañear.

—Está bien. Como quieras… —soltó al fin, con un su spiro áspero—. En el fondo sabía que acabarías leyéndolo esta noche. No ha sido buena idea venir aquí.

La frase se quedó entre los dos.

Agulló dejó el papel sobre la mesa, justo encima del membrete clasificado, y señaló la carpeta verde con el dedo índice.

—Crees que me conoces, Rojo. Pero te equivocas.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

Rojo no replicó. Agarró uno de los tercios, utilizó el canto de la encimera para saltar la chapa con un golpe seco y le dio un trago largo, de esos que buscan limpiar la garganta antes de una mala declaración.

Luego arrastró una de las sillas de madera del comedor y se sentó.

El rostro se le había vaciado de toda ironía.

—Si quieres hablar, hablaremos —dijo, con ese tono serio de los viejos zorros de la policía judicial—. Te diré lo que sé, que es poco, y lo que supongo, que es bastante más. Pero hay zonas oscuras en las que yo tampoco he conseguido meter la linterna. Responderé a lo que pueda.

—Siento que la visita no sea la cena relajada que tenías en mente.

—No importa. Es lo que hay. Al menos es justo —dijo, encogiendo los hombros debajo de la cazadora de cuero—. Será mejor que empecemos a hincarle el diente a esto. Espero que esos pollos sigan calientes… porque la noche se va a hacer jodidamente larga.