La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 61. 61
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A las siete, el comisario Molina convocó una comparecencia breve.

Agulló la siguió desde la sala de incidencias. Estaba sentada al fondo, con el informe médico hundido en el bolso y una fatiga plúmbea clavada en los huesos. Cada gesto era un esfuerzo consciente, como si tuviera que negociar con sus músculos para que respondieran.

Escuchó el ruido de fondo, el chirrido de las sillas sobre el linóleo y el siseo eléctrico de los micros al abrirse.

Por un momento, todo le pareció una estafa ajena; al mismo tiempo, notó que empezaba a habituarse a ese teatro.

Llevaba días cavando bajo capas de mentiras y miedo y, sin embargo, ahí estaba la maquinaria, retomando su inercia con una eficiencia que resultaba ofensiva.

Molina habló de investigación compleja, de coordinación ejemplar, de respeto a las víctimas y prudencia judicial.

Lo de siempre. Confirmó el arresto de Vicente Vives y Rafael Roldán por la agresión a Nerea Salas en un privado de Los Olivos.

También detalló la caída de Rubén Soria como arquitecto del encubrimiento: manipulación, coacciones y la pieza central de la cadena que había enterrado a Álex bajo una losa en Agua Amarga.

Mencionó de pasada a Moya y Ríos como peones de limpieza y dejó a Berenguer, Claudia Vives e Iker Soria bajo sospecha, por su papel en las horas posteriores al club.

No mencionó haberla apartado del caso; ese detalle no encajaba en su narrativa de victoria.

Tampoco citó el informe que pretendía retratar a Álex como un crío errático, alguien que prácticamente se había buscado su propia tumba.

Y, por supuesto, omitió haber preferido la versión de Rubén Soria: una mentira limpia y ordenada, mucho más digerible que la verdad.

Pero, al menos, sí pronunció el nombre de la víctima.

Álex Roldán Sempere.

Y luego reconoció otro.

Nerea Salas.

Eso le bastó a la inspectora.

Mientras ella soportaba la interminable retahíla de tópicos y evasivas del comisario, Bernal se acercó y tomó asiento a su lado, antes de que concluyera la comparecencia.

—Nuria quiere verte.

—Ahora voy.

—También ha preguntado por Nerea Salas.

Agulló la miró.

—¿A santo de qué?

—Quiere saber si algún día podrá escribirle una carta.

La restitución no era justicia. No devolvía a los muertos ni reparaba lo que había sido arrebatado. Pero había días en que era lo único que quedaba cuando la justicia llegaba demasiado tarde.

Costa apareció en la puerta de la sala.

—El traslado de Álex ya se ha realizado —dijo—. Su madre podrá verlo en cuanto el forense lo autorice.

Agulló asintió.

—¡Gracias !

Costa se quedó donde estaba.

Bernal los observó un instante y entendió que sobraba allí.

—Voy a comprobar si Gómez ya es capaz de ordenar su escritorio sin solicitar autorización previa —dijo, y se marchó.

Costa entró un paso.

—Rojo me ha llamado.

Agulló no cambió la expresión.

—¿A ti?

—A mí.

—¿Qué quería?

—Saber cómo iba todo.

—¿Y qué le has dicho?

—Que todo estaba bajo control.

Agulló esbozó una sonrisa tímida.

Costa desvió la mirada hacia la pizarra. Las columnas que habían guiado la investigación durante días habían desaparecido. Alguien las había borrado con esmero. En su lugar quedaban nombres, flechas, horas y delitos. Un dibujo más confuso, más áspero. También más cercano a la verdad.

—Supongo que damos por cerrado el caso —dijo Costa.

—Hemos hecho un buen trabajo —respondió ella.

Costa la miró.

El silencio que siguió fue distinto.

Ya no tenía que ver con el caso.

Costa abrió la boca, como si hubiera llegado por fin a una conclusión, después de días enteros dándole vueltas a la misma idea.

—Agulló...

Ella alzó apenas una ceja.

—¿Qué?

Costa soltó una breve risa nerviosa, impropia de él.

—Nada. Bueno... sí.

Por primera vez desde que se conocían, parecía incómodo, y eso hacía que la situación también lo fuera. Agulló podía intuir el tsunami que se avecinaba y lo observó con atención.

—Eso ha sonado a que vas a decir algo importante.

—Puede. A ver, no es para tanto, pero...

Ella esperó.

Costa dio un paso más cerca.

—Cuando me reubicaron y llegué a la unidad —dijo él despacio—, al principio pensé que eras la persona más difícil con la que iba a trabajar en mi vida.

—¿Solo al principio?

—Déjame terminar.

Y, por un instante, pareció a punto de soltar algo más. Algo que no tenía nada que ver con informes técnicos, cadáveres fríos ni declaraciones juradas. Algo estrictamente personal. Algo definitivo que, de ser dicho, ya no tendría vuelta atrás.

—Yo...

El teléfono de Agulló sonó.

Los dos miraron la pantalla al mismo tiempo.

Era Bernal.

—Puede esperar —dijo ella, pero Costa se había quedado en blanco, sin palabras.

El teléfono seguía sonando.

—¿Costa?

—Cógelo. Parece importante.

—Como quieras...

Descolgó.

—¿Sí?

La voz de Bernal llegó inmediata.

—Siento interrumpir... —dijo, como si supiera algo más que ella—. Nuria Sempere pregunta por ti. No quiere entrar sin hablar antes contigo.

Agulló miró a Costa mientras escuchaba.

—Voy ahora.

Colgó.

Ninguno de los dos comentó nada. La oportunidad seguía allí, pero ya no era la misma.

—Parece que te has librado —dijo ella.

Costa negó con la cabeza.

—No exactamente.

Agulló esperó que dijera algo más, pero no fue así. Luego se levantó despacio y Costa hizo el gesto de ayudarla, aunque se detuvo antes de tocarla.

—Gracias, pero puedo yo sola.

Caminaron hasta el pasillo.

Al fondo, Nuria Sempere esperaba sentada en una silla de plástico, con Bernal cerca y una manta sobre los hombros. La fatiga le había borrado los últimos restos de resistencia; por primera vez, parecía la edad que aquel caso le había obligado a cargar.

Agulló se acercó y Nuria levantó la vista.

—¿Ya han dicho su nombre?

Agulló pensó en la rueda de prensa.

—Sí —dijo—. Y seguirá sonando durante semanas. Lo siento.

Nuria asintió. Sin embargo, no sonrió.

Agulló se sentó a su lado.

Esta vez, no como inspectora. Solo como la persona que había llegado tarde y aun así se había negado a dejar que otros decidieran qué significaba esa tardanza.

Al otro lado de las ventanas, Alicante empezaba a encenderse otra vez. La ciudad parecía limpia desde arriba, con sus avenidas, sus farolas y su luz suave de final de día.

Una postal de revista.

La inspectora también había aprendido otra cosa.

Que a veces la verdad llegaba demasiado tarde para evitar el daño. Pero aún podía servir para que las mentiras y el silencio dejaran de proteger a los monstruos y a los culpables.

Se quedó junto a Nuria hasta que la noche terminó de caer sobre la ciudad.

Pensó en el chico.

En Álex Roldán Sempere.

Su nombre entero.

Dicho al fin en voz alta.