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Nerea Salas declaró a las cuatro y diecisiete de la tarde.
Agulló exigió una sala de atención a víctimas, una psicóloga especializada, una abogada y una agente de paisano en la puerta. Molina protestó durante medio minuto por el «ruido procedimental», hasta que Gómez, por primera vez desde que comenzó el caso, lo cortó en seco.
—No es negociable.
La inspectora no entró al principio.
Se quedó detrás del cristal, con Costa a su lado y Bernal dentro de la sala. Ninguno habló. Había un silencio denso, incómodo, el que precede a las verdades que nadie quiere escuchar.
Nerea tenía veinticuatro años. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y una sudadera gris demasiado grande para ella. Sujetaba una botella de agua con ambas manos, como si necesitara aferrarse a algo para no romperse.
Era la consecuencia de un daño colateral.
Bernal le habló despacio.
—No tiene que contarlo todo de golpe.
Nerea miró la mesa.
—Si no lo cuento ahora, no lo cuento nunca.
La psicóloga asintió.
Agulló observó desde el otro lado del cristal. No quería conducir aquella declaración. Solo quería asegurarse de que nadie volviera a envolver lo ocurrido en palabras como escándalo, fiesta, exceso o imágenes comprometidas.
Nerea habló a retazos.
Todo empezó con un contrato temporal con Soria Control.
Luego, una noche en Los Olivos trabajando como chica de imagen.
Aseguró que sabía lo que hacía, pues lo había hecho antes, pero las reglas eran claras y no se acostaba con clientes, a menos que llegaran a un acuerdo previo.
Ella no lo había hecho nunca y le bastaba con las propinas, después de agasajar a los hombres que acudían a esas fiestas. Nada más.
Esa noche la llevaron a una sala privada con hombres mucho mayores que ella.
Copas que no recordaba haber pedido y una sensación creciente de ir perdiendo el control, como si el cuerpo se volviera cada vez más pesado, más lento, menos suyo.
Risas alrededor. Una voz que le decía que se relajara.
Más alcohol. Una raya. Después, otra. Otra voz que le preguntaba algo que ya no alcanzaba a comprender.
Luego, la música amortiguada al otro lado de la puerta, el techo suspendido sobre ella, unas manos que iban y venían y un miedo inmenso creciendo por dentro, atrapado en un cuerpo incapaz de responder.
Primero uno.
Después, el otro.
Cuando quiso darse cuenta, los tenía encima. Dentro de ella.
Bernal esperó, paciente. Sabía que la memoria no siempre olvida; a veces se protege.
La fue guiando despacio, buscando apenas aquello que pudiera sostenerse por sí solo: un nombre, una voz, un objeto, una imagen que regresara con claridad.
Lo suficiente para reconstruir lo ocurrido sin obligarla a cargar con lo que no podía recordar.
Nerea identificó a Vicente Vives en una fotografía.
Con Rafael Roldán tardó más. Sostuvo la imagen unos segundos, como si necesitara atravesar algo antes de reconocerlo, y finalmente la dejó sobre la mesa.
—Él estaba allí.
Agulló notó que Costa cerraba los dedos.
Bernal mantuvo la voz tranquila.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Lo conocía de antes?
—No.
—¿Recuerda al chico joven? Álex Roldán.
Nerea empezó a llorar entonces, cuando entendió quién era él.
—Entró sin querer —dijo—. O eso creo. La puerta estaba mal cerrada. Alguien gritó. Él tenía el móvil en la mano. Recuerdo que me miró y dijo que yo estaba fatal. Eso sí lo recuerdo. Lo dijo así.
Bernal esperó.
—Después todo fue muy rápido. Uno de ellos le gritó que dejara de grabar.
Otro se levantó de golpe. Hubo ruido, voces.
Creo que alguien lo empujó hacia la puerta.
O quizá salió corriendo por su cuenta. No lo sé.
Lo último que recuerdo es que me dijeron que había bebido demasiado, que me llevarían a casa. Pero yo no podía… No podía…
La psicóloga intervino con suavidad.
—Podemos parar.
Nerea negó con la cabeza.
—No quiero parar.
La víctima relató que al día siguiente recibió una llamada desde un número oculto.
Al otro lado, una voz masculina le aseguró que nadie la creería.
Le recordó que existían imágenes de ella entrando voluntariamente, que había firmado un contrato y que, si hablaba, perdería el trabajo y quizá algo más.
Aquellas amenazas no figuraban en ningún acuerdo, pero reconoció que nunca había leído los contratos antes de firmarlos. Al decirlo, bajó la mirada, avergonzada.
Más tarde, alguien de Soria Control le hizo llegar un sobre con dinero.
Se puso nerviosa al hablar de aquello. No recordaba qué había hecho con el sobre. Creía haberlo guardado, pero también dudaba de haberlo tirado nada más llegar a casa.
Esa era la parte que más vergüenza le daba.
Bernal no la dejó quedarse ahí.
—No hay nada de eso que tenga que cargar usted.
Nerea la miró como si esa frase perteneciera a otra víctima.
A las cinco y doce, la declaración quedó grabada y firmada.
A las cinco y veintitrés, Vicente Vives fue detenido en el aparcamiento de un despacho de abogados de la avenida Maisonnave. Alcanzó a sacar el teléfono del bolsillo e intentó hacer una llamada.
No llegó a completarla.
A las cinco y cuarenta, Claudia Vives pidió declarar.
No entró con la soberbia despechada de una hija acostumbrada a que todo se resolviera a su favor.
Entró como alguien que llevaba bastante tiempo conteniendo la respiración.
Agulló sí estuvo en esa sala. Cuando la tuvo delante, Claudia no miró a Bernal ni a Costa.
Sus ojos fueron directamente a la inspectora .
—Siento no haber dicho toda la verdad. Mi padre me dijo que callara.
Las palabras salieron de golpe.
Agulló no la interrumpió.
—¿Cuándo?
—Esa noche. Después de que todo pasara.
—Necesito que sea más concreta.
Claudia tenía las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Me dijo que Álex no entendía lo que había visto. Que estaba confundido y que podía arruinar muchas vidas si hablaba. —Su voz tembló—. También dijo que Rubén recuperaría el móvil y que yo solo tenía que mantener la misma versión que el resto, la de que Álex se había marchado por su propio pie.
Agulló la observó con atención durante unos segundos.
—¿Sabía que Álex podía estar herido?
Claudia bajó los ojos hacia la mesa.
—Sí.
—¿Sabía que Rubén lo buscó después del autobús?
—No, al principio.
—¿Y después?
Claudia cerró los ojos.
—Posteriormente lo supe todo.
La frase no era exacta. Nadie lo sabía todo. Pero Agulló entendió qué quería decir.
Lo suficiente para callar.
—¿Por qué no habló?
Claudia miró hacia el cristal.
—Porque era mi padre.
Agulló dejó pasar la respuesta.
—Álex también era el hijo de alguien —respondió la inspectora.
La chica comenzó a llorar en ese momento.
A las seis y media, algo cambió en Rubén Soria y la tranquilidad se esfumó de su mirada.
Gómez entró en la sala de detenidos, con la ampliación de cargos. Llevaba también la declaración de Iker Soria, la denuncia de Nerea Salas, la localización del cadáver y los primeros resultados extraídos del móvil de Álex. Los fue colocando sobre la mesa, con una tranquilidad casi burocrática.
La abogada pidió suspender la declaración.
Rubén Soria permaneció inmóvil.
Durante unos segundos pareció seguir siendo el mismo hombre seguro de sí mismo que había soportado días de presión sin apartar la mirada.
Luego algo se apagó.
No confesó.
No era un hombre que creyera en las confesiones.
Pero empezó a respirar de otra manera, como si hubiera comprendido que el espacio a su alrededor se estaba cerrando.