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La desaparición de un hijo es una tortura lenta: mientras no hay cuerpo, una madre se aferra a cualquier posibilidad, porque la alternativa resulta insoportable.
Cuando aparece el cadáver, la esperanza muere y el dolor cambia de forma para siempre.
Las madres suelen saberlo antes que nadie; por eso, cuando llega la verdad, primero guardan silencio y después empieza el duelo de verdad.
Nuria Sempere no preguntó si era verdad.
Preguntó cuánto tiempo llevaba muerto.
La sala de atención a familiares parecía demasiado pequeña para contener una noticia así.
Agulló estaba sentada frente a ella. Había dormido menos de una hora; puede que ni siquiera eso. La noche anterior se había convertido en una sucesión de hallazgos, decisiones y golpes emocionales que aún no terminaba de ordenar.
Nuria tenía las manos apoyadas sobre el bolso, los dedos entrelazados con una serenidad que resultaba inquietante.
No lloraba.
Agulló había aprendido a desconfiar de las lágrimas. Pero desconfiaba todavía más de su ausencia .
Eso era lo peor.
—¿Cuánto tiempo llevaba allí? —preguntó, desconsolada.
—No puedo darle todavía una hora exacta. El forense tiene que cerrar el informe.
—Pero no murió ayer.
—No.
Nuria asintió como si acabaran de confirmarle una cita médica.
—Entonces, cuando yo le hablaba...
La frase decayó antes de completarse.
Agulló sintió cómo el cuerpo intentaba protegerla cerrándole la garganta, pero no se lo permitió.
—Cuando usted le hablaba, alguien estaba usando su teléfono para alejarnos de él.
Nuria bajó la mirada.
—Yo sabía que no se había ido... Lo sabía.
—Sí.
Aquello era lo único que Agulló podía ofrecerle sin reservas. Todo lo demás estaba pendiente de informes, declaraciones y pruebas. Sin embargo, aquello no. La intuición de una madre no figuraba en ningún sumario, aunque llevaba razón desde el principio.
Nuria se llevó una mano a la boca. Los ojos se le quedaron fijos en algún punto de la mesa. No lloró. Respiró despacio contra los nudillos, como si intentara mantener algo destrozado en su sitio.
—¿Lo dejaron solo?
Agulló pensó en el cuerpo atrapado bajo el cemento, como si alguien hubiera querido borrar una vida echándole encima una capa más de mundo. Pensó en Costa diciendo «es él» con una voz demasiado baja para aquel hallazgo y en Bernal girándose hacia la pared, luchando contra las arcadas.
—No cuando lo encontramos —dijo—. Desde ese momento, no estuvo solo.
La subinspectora Bernal se inclinó hacia ella.
—Hay una psicóloga de guardia fuera. Puede entrar cuando quiera.
—No quiero una psicóloga.
—De acuerdo.
—Quiero a mi hijo.
Bernal no dijo nada.
Agulló tampoco.
No existía una respuesta para eso.
En el pasillo estalló una voz masculina áspera, descompuesta, demasiado alta para un lugar donde la gente iba a recibir malas noticias y a intentar sobrevivirlas. Agulló no alcanzó a distinguir las palabras, pero reconoció el tono al instante: era Rafael Roldán.
Nuria abrió los ojos.
—¿Es mi marido?
Bernal miró a Agulló y esta se levantó despacio.
—Ahora vuelvo.
—No —dijo Nuria—. Quiero saber por qué no le dejan entrar.
Agulló buscó los ojos de Bernal. Su compañera le sostuvo la mirada sin apartarla. No había una manera buena de decirlo. Solo la menos cruel.
—Nuria, hay una parte de la investigación que afecta a su marido.
La madre de Álex no reaccionó. Durante un segundo pareció no haber oído las palabras. Luego algo se resquebrajó detrás de sus ojos. La comprensión llegó despacio, implacable, y cuando lo hizo fue peor que cualquier puñetazo.
—¿Afecta... cómo?
—Hay indicios de que sabía por qué era tan importante recuperar el móvil de Álex.
—¿Por qué?
Agulló se tomó un segundo. Había verdades que no podían soltarse de golpe.
—Álex grabó algo en una sala privada del club Los Olivos.
Algo que las personas que estaban allí han intentado borrar a toda costa.
No fue una broma, ni fue una discusión que se les fuera de las manos.
Creemos que una mujer fue agredida y abusada sexualmente cuando no podía defenderse.
Y creemos que quienes lo vieron hicieron todo lo posible para que nadie llegara a saberlo.
Nuria respiró una vez y su cuerpo echó a temblar.
—¿Rafael estaba allí?
Agulló no contestó de inmediato. A veces, callar un segundo era una forma de piedad.
—Creemos que sí.
Nuria se quedó inmóvil. Los dedos se le soltaron del bolso, uno a uno.
—No.
Agulló no la corrigió.
—No —repitió Nuria—. No...
En el pasillo, Rafael Roldán volvió a levantar la voz.
—¡Es mi hijo!
Nuria giró la cabeza hacia la puerta.
Agulló se levantó .
—Bernal.
La subinspectora abrió la puerta, un segundo antes de que Roldán la embistiera desde fuera.
Estaba en el pasillo, flanqueado por Costa y Gómez.
Pálido y sin afeitar. La camisa medio salida del pantalón.
Los ojos rojos de no dormir o de haber llorado; a esas alturas daba igual.
No tenía aspecto de depredador, ni de villano.
Y precisamente por eso resultaba más difícil de mirar.
Parecía uno de esos hombres corrientes que pasan desapercibidos toda la vida, hasta que la verdad les arranca la máscara y deja al descubierto lo que siempre estuvo debajo.
—Quiero verla —dijo.
Costa se interpuso.
—No.
—Soy su marido.
La esposa apareció detrás de Agulló.
—¿Es verdad lo que dicen?
Rafael Roldán la miró.
El pasillo entero se quedó quieto.
—Nuria...
Ella avanzó un paso. Bernal intentó sujetarla, pero Agulló negó apenas con la cabeza.
—Te he preguntado si es verdad, Rafa.
El hombre miró a Agulló, luego a Costa, luego a Gómez. Buscó una salida en cada cara y no encontró ninguna.
—No sabía que iba a pasarle eso a Álex, te lo juro...
Nuria Sempere dio un paso atrás. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero Agulló vio cómo algo se hacía añicos en ella.
Rafa no había respondido .
El silencio había ocupado el lugar de las palabras.
—No sabía que iba a morir —insistió Rafa—. Yo no sabía que...
—Que tu hijo había grabado lo que estabais haciendo —dijo Nuria—. ¡Cerdo, desgraciado!
Rafael Roldán no abrió la boca.
Gómez dio un paso al frente.
—Rafael Roldán, queda usted detenido por su presunta implicación en un delito contra la libertad sexual, por omisión del deber de socorro, encubrimiento y cuantos otros delitos puedan derivarse de la investigación en curso.
Roldán lo miró como si no entendiera el idioma.
—No. Espera. Yo puedo explicarlo.
—Has tenido días para contármelo, maldito hijo de perra...
Costa le puso las esposas.
Roldán no se resistió. No por valentía, ni por arrepentimiento. Simplemente porque ya no le quedaba nada a lo que aferrarse. Algunos cobardes solo dejan de luchar cuando entienden que lo han perdido todo.
Mientras se lo llevaban por el pasillo, Nuria miró a Agulló.
—¿Mi hijo intentó ayudarla?
Agulló supo que se refería a la otra víctima.
—Creemos que entró, entendió que aquello estaba mal y decidió grabarlo. Después se negó a entregar el móvil. Quería denunciarlo.
Nuria cerró los ojos con fuerza y esta vez sí se derrumbó en un sollozo catártico. El dolor encontró una salida en su cuerpo. Bernal la sostuvo antes de que las rodillas terminaran de fallarle.
Agulló se quedó allí, inmóvil, viendo cómo se llevaban a Rafael Roldán, mientras Nuria lloraba por un hijo que, pese al miedo, pese a los errores y pese a no haber entendido del todo el peligro que tenía delante, había sido el único en hacer lo correcto, en una habitación llena de adultos cobardes y sin escrúpulos que eligieron mirar hacia otro lado.
No cambiaba el final.
No borraba lo que le habían hecho.
Pero le devolvía algo que nadie había conseguido arrebatarle: la dignidad de su nombre.