La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 58. 58
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La línea cambió de sonido. El eco seco de una sala cerrada sustituyó el murmullo de fondo. Se oyeron papeles desplazándose y la voz de la abogada, seria e impaciente. Después llegó la de Gómez, más serena y precisa de lo habitual.

—Señor Soria, antes de suspender la declaración, necesito aclarar una cuestión.

Rubén respondió con sosiego.

—Pensaba que ya habíamos terminado.

—Solo una aclaración.

—Mi cliente no responderá a preguntas nuevas sin conocer su relevancia —intervino la abogada.

Gómez no se alteró.

—¿Conoce usted a Nerea Salas?

Rubén Soria tardó un segundo de más en responder. Un segundo apenas perceptible, pero suficiente para que algo cambiara en la sala de interrogatorios.

—No sé quién es —dijo al fin.

—¿No?

—No.

—Trabajó como auxiliar de sala en Los Olivos la noche en que desapareció Álex Roldán.

La abogada intervino de inmediato:

—¿Qué tiene que ver eso con la declaración de mi cliente?

Rubén habló demasiado pronto.

—Esa chica no va a decir nada.

La abogada se pronunció en voz baja.

—Rubén...

Gómez mantuvo la voz neutra.

—¿Por qué no va a decir nada?

Rubén Soria rectificó.

—Quiero decir que no sé qué podría aportar. Si trabajaba allí, estaría rodeada de gente. No sé.

Desde el sofá del salón, Agulló hizo un esfuerzo por contener sus palabras.

—Ya lo tienes —dijo Rojo, sin voz.

En la línea del teléfono, Gómez cerró una carpeta.

—Suspendemos aquí. Señor Soria, queda usted detenido por su presunta participación en delitos de encubrimiento, coacciones y manipulación de pruebas. También por cualquier responsabilidad penal que pueda desprenderse de la investigación sobre la desaparición y muerte de Álex Roldán.

La abogada protestó de inmediato. Rubén intentó imponerse a su voz. Durante unos segundos, la sala quedó atrapada en ese ruido seco y burocrático que a veces parecía más implacable que cualquier confesión.

Agulló cortó la escucha.

No necesitaba más.

Pensativo, Rojo volvió a sentarse en el sofá junto a ella.

—No ha confesado.

—No.

—Pero ha abierto la puerta.

—Sí.

El teléfono volvió a sonar.

Era Costa.

Agulló contestó.

—Dime.

Costa tardó unos segundos en hablar. Al fondo llegaban voces dispersas y el crujido de botas sobre la grava.

—Científica confirma que el enterramiento es reciente y que estaba oculto bajo la solera. Ya están preparando el traslado. No puedo darte más detalles por teléfono.

—No los quiero.

—Bernal está con Iker. Gómez ya ha formalizado la detención de Rubén y Ruiz está localizando a Nerea Salas.

Agulló apoyó la cabeza contra el sofá.

—Bien.

—Al final, Gómez es policía y todo.

—Sí.

La afirmación salió de su boca sin convicción.

Nada estaba bien.

Álex Roldán estaba muerto. Nuria Sempere seguía flotando en esa bendita ignorancia que precede al abismo, ajena al hachazo que estaba a punto de partirle la vida en dos.

Y Rafael Roldán andaba por ahí fuera, arrastrando las botas por algún callejón de Alicante, aferrado con las uñas a los restos de una existencia que ya se había desintegrado a sus espaldas sin que su cerebro quisiera procesar el derrumbe .

Mientras tanto, en la parte alta de la ciudad, Claudia Vives continuaba agazapada tras el blindaje de su apellido.

Su padre, ese viejo zorro, ya estaría descolgando teléfonos, moviendo peones en un tablero de abogados caros, contactos en la Delegación del Gobierno y cualquiera con el precio suficiente para maquillar la realidad hasta volverla una versión de oficina, limpia y digerible.

O tal vez, si el tipo era tan listo como decían los sumarios, ya estaría preparándole una salida de emergencia por la puerta de atrás, antes de que los juzgados empezaran a oler a sangre.

Y, sin embargo, el aire de la mañana traía algo nuevo.

Un olor distinto.

Por primera vez desde que abrieron el caso, la coraza de Rubén Soria tenía una línea de fractura milimétrica, casi invisible a ojos de los civiles. Pero era lo bastante profunda como para que ni todo el dinero de los Vives, ni las declaraciones firmadas bajo coacción pudieran volver a sellarla.

Molina podía intentar taparlo. La Fiscalía podía arrastrar los pies. Pero cuando el hormigón empieza a ceder, solo es cuestión de tiempo que el peso del techo termine por aplastarte la cabeza.

—Agulló —la voz de Costa llegó por el auricular.

—¿Qué?

—Lo encontramos.

Fue un puñetazo directo al esternón.

Pero también hizo algo más: devolvió a Álex al mundo real. Lo arrancó de la señal falsa, de los titulares. Le devolvió un lugar. Terrible, tardío, pero real.

—No lo dejéis solo —ordenó Agulló, apretando el teléfono contra la oreja hasta que le dolió el cartílago—. Ni un solo segundo.

—No.

Agulló tragó una saliva que sabía a hiel.

—Y, Costa...

—¿Sí, jefa?

—Gracias.

El silencio al otro lado de la línea se estiró, pesado como el plomo.

—Hemos llegado tarde —soltó Costa por fin.

Esta vez ella no dudó. Conocía esa culpa; era el uniforme diario de cualquier policía de homicidios.

—No. Hemos llegado tarde para salvarlo. No para encontrarlo.

Costa no replicó. Quizá porque no pudo.

La llamada murió con un clic.

***

Agulló dejó caer el móvil sobre la madera de la mesa. Se quedó mirándolo unos segundos, fija, como si esperara que la pantalla escupiera un milagro o una última línea de sangre.

—Tengo que ir a ver a Nuria —dijo, sin mirar a su acompañante.

Rojo se despegó de la pared, rompiendo la geometría de las sombras.

—No esta noche. Y mañana tampoco deberías.

—Eso ya lo discutiremos mañana.

Él la diseccionó con la mirada durante tres segundos eternos. Luego dejó escapar el aire por la nariz.

—Será mejor que me vaya a casa.

—Sí.

La palabra flotó entre ambos, sólida y helada, como un bloque de hielo que ninguno se atrevía a empujar .

El silencio fue colonizando el apartamento, rincón a rincón, con terquedad de cementerio.

Rojo terminó cediendo primero. Agarró la cazadora de cuero del respaldo de la silla con un movimiento fluido y enfiló el pasillo hacia la puerta principal.

Caminaba sin prisa, con la espalda ancha encorvada por el peso de demasiados sumarios sin resolver y derrotas acumuladas.

La marcha del tipo que sabe que un solo gesto de más puede reventar el frágil equilibrio que mantiene el techo sobre sus cabezas.

Cuando la mano de Rojo rozó el pomo de la puerta, Agulló se puso en pie por puro impulso. El movimiento brusco le pasó factura de inmediato: un dolor afilado como una aguja al rojo vivo le atravesó el costado lesionado.

—Joder —masculló, doblándose sobre sí misma.

Rojo pivotó sobre los talones al instante.

—¿Qué demonios haces? Siéntate.

Ella negó con la cabeza, apretando los dientes.

—Rojo.

El inspector se quedó clavado al otro lado del recibidor.

La distancia era ridícula, apenas cuatro metros de pasillo con tarima flotante, pero hacía meses que entre ellos los kilómetros se medían en silencios y sospechas.

Entre ambos se amontonaban semanas de guardias infames en coches que apestaban a comida rápida, discusiones a gritos en despachos cerrados, mentiras corporativas y rostros de muertos que se negaban a desaparecer cuando cerraban los ojos.

Había demasiado café frío en vasos de plástico y esa intimidad retorcida que solo comparten dos personas que se asoman al mismo precipicio todos los días .

Agulló avanzó despacio. Dio un paso y luego otro, más lenta de lo que le habría gustado, como si cada movimiento tuviera que abrirse camino entre todo lo que había quedado sin decir.

Rojo no se movió. No acortó la distancia, pero tampoco reculó. Simplemente esperó, con la paciencia de quien entiende que hay decisiones que nadie puede tomar por otro.

Cuando llegó a su altura, ella le puso una mano en el antebrazo. Bajo el tejido basto de la chaqueta, sintió el músculo rígido, vibrando como un cable de alta tensión. Comprendió que Rojo también llevaba demasiado tiempo cargando con fardos que no le correspondían.

—¡Gracias! —dijo ella.

Rojo torció el gesto en una mueca que quería parecer una sonrisa, pero se quedó en un amago exhausto.

—No me habías dado las gracias en todo el día, Agulló. Mal negocio.

—No lo digo por el caso.

La falsa sonrisa se extinguió.

El aire se volvió quirúrgico.

Rojo entendió el código. Sabía perfectamente de qué puente estaban hablando y, sobre todo, qué abismo estaban intentando rodear de puntillas.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

La luz cálida del salón se derramaba sobre los muebles y dibujaba sombras suaves en el rostro de Rojo.

Agulló lo observó en silencio y pensó que hay algo profundamente injusto en descubrir de verdad a una persona, justo cuando todo a tu alrededor empieza a desmoronarse.

Aquel era, sin duda, el peor día imaginable para sentir algo que se pareciera a la felicidad, y quizá precisamente por eso resultaba tan imposible fingir que no estaba ocurriendo .

Tragó saliva, reunió el valor que le quedaba y dio el último paso que los separaba.

Lo abrazó.

Rojo tardó una fracción de segundo en reaccionar, el tiempo necesario para que su cerebro de expolicía viejo procesara que aquello no era una trampa de la fatiga.

Luego la rodeó con los brazos, despacio, con una delicadeza tosca y pesada que ella nunca le había visto, pero que encajaba perfectamente con sus costillas heridas.

La sostuvo como si supiera que, detrás de esa fachada de inspectora de hierro, había una estructura agrietada a punto de vencerse.

Agulló sepultó la frente en el cuero de su hombro y cerró los párpados.

El mundo olía a tabaco rubio, a lúpulo rancio y a esa humedad fría que deja la tormenta en el asfalto cuando ya se ha marchado hacia el mar.

Por primera vez desde que Costa había pronunciado el veredicto, sus pulmones se expandieron sin que el aire pareciera un puñado de cristales rotos.

Pasaron unos minutos que la penumbra estiró a su antojo. El tiempo tiene una elasticidad extraña cuando hay un cadáver caliente sobre el tablero.

Cuando se separaron, no retrocedieron. Se quedaron a la distancia justa para que sus respiraciones se mezclaran.

Rojo bajó los ojos. Solo un instante. Lo suficiente para fijar la vista en su boca.

Agulló sostuvo el envite. Ninguno sonrió. Ninguno soltó una de esas bromas cínicas que usaban en Jefatura para esconderse de la realidad.

La ausencia de salidas de emergencia lo decidió todo.

El beso fue lento, pesado, con la inercia de las cosas que se han ido gestando en las noches de vigilia.

No hubo fuego de artificio ni sorpresas; solo la confirmación de un diagnóstico que ambos conocían desde hacía meses.

Un pacto sellado en mitad del naufragio, cargado con todo lo que habían calado bajo la lluvia y que ya no necesitaba sumario.

Cuando terminaron, se quedaron pegados, compartiendo el mismo oxígeno. Rojo apoyó su frente contra la de ella. Agulló cerró los ojos un segundo. Solo uno. Sabía que, si los mantenía cerrados demasiado tiempo, quizá ya no tendría ninguna prisa por volver a abrirlos.

Al final fue él quien se apartó, apenas lo necesario. La distancia mínima, imprescindible para seguir fingiendo que todavía eran personas razonables.

—Descansa.

Su voz bajó una octava, más ronca, áspera por el tabaco. La miró como si memorizara sus facciones, por si el amanecer borraba el momento.

Luego giró el pomo, abrió la puerta y la noche exterior se lo tragó sin hacer ruido.

«Hemos llegado tarde para salvarlo. No para encontrarlo».

Las palabras de la llamada seguían flotando en el pasillo, como el eco de un disparo que llega cuando el cañón ya está frío.