La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 57. 57
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Nadie está preparado para encontrar el cadáver de otra persona.

Ni los policías que llevan media vida entrando en habitaciones donde el tiempo se ha detenido, ni los forenses, ni los periodistas, ni los padres.

La muerte siempre llega con ventaja. Uno puede acostumbrarse a su olor, a los procedimientos, a las palabras que se usan para domesticarla en los informes, pero nunca a su presencia.

Siempre queda una parte de ti —pequeña, obstinada, infantil incluso— que cree que esta vez las cosas serán distintas, que llegarás un minuto antes de que todo se rompa.

Y cuando ves el cuerpo, entiendes de nuevo la misma verdad incómoda: nadie está preparado para la muerte. Solo aprendemos a fingir que lo estamos.

La inspectora Agulló no se estremeció.

Eso fue lo primero que le dio miedo de sí misma.

No lloró cuando Costa dijo que era él.

Ni cuando Bernal salió de la nave con el rostro pálido y la necesidad urgente de aire.

Ni siquiera cuando Gómez, con una voz gastada por el trabajo, confirmó que la identificación visual preliminar apuntaba a Álex Roldán .

No lloró.

Y eso fue lo que más la inquietó.

Porque no sentía frío.

Ni rabia.

Ni alivio.

Solo una quietud extraña.

Rojo tampoco dijo nada. Se dejó caer en la butaca de enfrente y permaneció allí, observándola sin observarla, dejando que el silencio ocupara el espacio que las palabras habrían estropeado.

Entonces volvió a sonar el teléfono.

Era Ruiz.

Agulló respondió y activó el altavoz.

—Dime que no es otro milagro técnico.

—No. Los milagros suelen tener más presupuesto.

Ruiz intentó que sonara a broma, pero el cansancio le rompió el remate.

—He seguido trabajando con las miniaturas del móvil de Álex. Muy despacio, sin tocar el terminal más de lo imprescindible. El laboratorio hará el análisis de verdad, pero hay algo que necesitáis saber cuanto antes.

Rojo alzó la vista.

Agulló sujetó el móvil con las dos manos.

—¿Qué has encontrado?

—Una previsualización asociada a un archivo de vídeo. El vídeo completo aún no lo tengo, pero sí un fotograma guardado. Se ve parte de la sala privada. Aparecen dos hombres adultos. Uno encaja bastante con Vicente Vives. Te diría que es él por la complexión, el pelo, incluso el reloj. El otro …

Ruiz se detuvo.

Agulló ya sabía que no iba a gustarle la explicación.

—El otro, ¿qué?

—Necesito confirmación, pero se parece mucho a Rafael Roldán.

Ella lo sabía.

Ahora podía demostrarlo.

—¿Y la chica?

El informático tardó medio segundo en responder.

—No se le ve bien la cara. Está recostada en un sofá o una butaca, como si apenas pudiera mantenerse despierta. No parece plenamente consciente. He intentado limpiar el audio todo lo que he podido y creo que la llaman Nerea o algo parecido.

Rojo se inclinó hacia delante.

—Personal del club.

—Eso creo —dijo Ruiz—. He cruzado deprisa con los listados que teníamos de los empleados de Los Olivos. Aparece una Nerea Salas, veinticuatro años, contratada esa noche como chica de imagen en la sala, por llamarlo de alguna manera.

—¿Dónde vive?

—Tiene un domicilio antiguo en San Vicente. El teléfono lleva semanas apagado, pero sigue dejando rastro administrativo. Al menos en las bases de datos no figura como fallecida.

—Localízala.

—Ya estoy tirando de padrón, Seguridad Social y contactos. Bernal tendrá que hacerlo con cuidado.

—Sin filtraciones, por favor.

—Vale.

La llamada quedó en silencio unos segundos.

Luego Ruiz añadió:

—Agulló.

—¿Sí?

—Hay un fragmento en el audio residual. Está muy degradado, pero creo que os interesa escucharlo.

Rojo levantó la vista. Agulló tomó aire despacio.

—Ponlo.

Ruiz reprodujo el archivo. Primero llegó el rumor apagado de la música, grave y lejana. Después, una voz masculina, distorsionada pero inteligible, habló demasiado cerca del micrófono:

—Que no grabe, coño.

A continuación, se oyó un movimiento brusco, un golpe contra algo y después una voz joven, probablemente la de Álex Roldán, muy agitada.

—¡Está fatal, tío!

—¡Rafa! Saca a tu hijo de aquí. ¡Joder!

El audio terminó.

La frase se quedó suspendida en el salón.

Por fin tenía algo sólido. Algo que arrancaba a Rafael Roldán de la cómoda coartada de la ignorancia. Había estado allí y después había hecho lo único que llevaba años haciendo: callar.

El teléfono vibró con otra llamada.

Ahora era Gómez.

Agulló respondió.

—Ya lo sé.

—¿Qué sabes?

—Tenemos la prueba que desmonta y acusa a Rafael Roldán.

Gómez soltó aire.

—Entonces tenemos que hablar de Rubén Soria.

Agulló cambió de postura con cuidado.

—Te escucho.

—Sigue en comisaría. Su abogada intenta dar por cerrada la declaración. Molina quiere esperar al informe oficial del levantamiento antes de mover ficha contra Vives o contra Roldán. Dice que, si nos adelantamos, podemos cargarnos la investigación entera.

—Molina acaba de descubrir la prudencia.

—No es prudencia. Es miedo. Está acojonado.

—Lo sé.

Gómez bajó la voz.

—Lo mejor de todo esto, si es que hay algo bueno... —dijo, limando por primera vez las asperezas que había entre los dos—, es que Rubén Soria todavía no sabe que hemos encontrado el cadáver de Álex Roldán.

Agulló buscó la mirada de Rojo. Él entendió lo que estaba pensando antes de que tuviera que decir una sola palabra.

—No se lo digas —dijo él.

Agulló asintió despacio.

—Gómez, escúchame. No le digas lo de Álex Roldán. Lo mejor es que no le cuentes nada.

—¿Entonces?

—Pregúntale por Nerea Salas.

—¿Nerea Salas? ¿Quién es?

—Una chica de imagen que trabajó en el club la noche de la desaparición de Álex Roldán. Pero eso no importa ahora y no tenemos tiempo para explicarlo todo. Simplemente no le acuses de nada. Pregúntale si la conoce.

—¿Y si no reacciona ?

—Entonces continuamos con lo establecido.

—¿Y si reacciona?

—Entonces sabremos qué parte del vídeo le da más miedo.

Gómez no respondió enseguida. Al otro lado llegó el golpe seco de una puerta, luego pasos rápidos sobre un suelo duro y un murmullo de voces filtrado por la distancia.

Durante unos segundos solo hubo ese ruido de fondo, como si hubiera apartado el teléfono y estuviera decidiendo cuánto quería contar.

Rojo se levantó y fue otra vez hacia la ventana. Se quedó mirando las luces de la ciudad, con esa inquietud física de quien necesita encender un cigarrillo para ordenar las ideas. Sin embargo, por alguna razón que nunca explicaba, se negaba a fumar allí dentro.

—¿Estás segura de lo que haces? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Te estás jugando el puesto.

—Estoy de baja, no suspendida.

—Molina disfrutará la diferencia.

—Molina disfruta poco. Por eso está así.

Gómez volvió a la llamada.

—Voy a entrar. Te dejo en escucha, ¿entendido? Nada de intervenir.

—Tranquilo, no voy a hablar.

Rojo arqueó una ceja.

Agulló lo señaló con el dedo.

—No voy a hablar si no hace falta.