La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 56. 56
90%

56. 56

Agulló vio el polígono de Agua Amarga por primera vez a través de la pantalla del móvil de Costa.

No estaba allí.

Y, por una vez, era exactamente donde debía estar.

Seguía sentada en el sofá de su apartamento, con dos costillas que le recordaban cada respiración, una bolsa de hielo apoyada sobre el hombro y Rojo junto a la ventana del salón, observando la rambla de Méndez Núñez como si esperara que la ciudad le revelara algo.

Aún le resultaba extraño tenerlo allí, después de todo lo que había ocurrido entre ellos.

Extraño, pero ya no incómodo.

Algo había cambiado.

La imagen temblaba ligeramente mientras Costa avanzaba. Era suficiente.

Luces de vehículos sin distintivos. Una verja industrial cerrada con una cadena demasiado nueva para aquel lugar. Matorrales resecos. Una nave baja de hormigón. Un cartel descolorido de Vives Mediterráneo Gestión. Y, al fondo, alineados junto a una pared de bloques, varios palés pintados de rojo .

Nada parecía importante por separado.

Juntos, eran otra cosa.

Rojo se inclinó sobre el respaldo del sofá. Observó la imagen en silencio, como quien estudia una escena del crimen antes de decidir si merece la pena recordarla.

—Bonito lugar para desaparecer —dijo al fin.

Agulló siguió mirando la pantalla.

—Cállate. No puedo oír lo que dicen.

Costa hablaba en voz baja, con la respiración algo tomada. Había viento en el micrófono. O quizá era el mar, lejos, mezclado con el zumbido de la depuradora y las carreteras de servicio. Agua Amarga tenía ese tipo de sonido: industrial, húmedo, incómodo.

—Gómez ha conseguido autorización para entrar —dijo Costa—. Es limitada: posible ocultación de pruebas y riesgo para un testigo. La línea de homicidio la están ampliando ahora mismo con Fiscalía.

—Que entre Científica detrás, no delante —dijo Agulló.

—Lo sé.

—Y que nadie pise junto a los palés.

—También lo sé.

Rojo sonrió apenas.

—Está encantado de que le des órdenes desde el sofá.

Agulló le lanzó una mirada.

—Si vuelves a hablar, te echo.

—No puedes levantarte.

—Puedo lanzar cosas.

Costa oyó la última frase.

—¿Todo bien por ahí?

Agulló miró a Rojo. Él se apartó de la ventana con las manos en alto, fingiendo obediencia.

—¿Tienes cerveza en la nevera? —preguntó, y desapareció tras el sofá.

—Todo perfecto —contestó Agulló—. Enseña la entrada.

La imagen tembló un instante antes de estabilizarse.

Costa avanzaba hacia la verja, con Bernal a su lado.

Ella llevaba el chaleco abierto sobre la ropa oscura, una linterna en una mano y una carpeta transparente bajo el brazo.

Más allá del alcance de la cámara, Gómez distribuía a las unidades con esa mezcla de prisa y cautela que imponían las noches en las que nadie sabía todavía qué iba a encontrar.

Iker estaba ya bajo custodia, lejos de allí, acompañado por un abogado de oficio. Bernal había necesitado veinte minutos para convencerlo de algo tan simple como difícil: que dejar de obedecer a su hermano no significaba una sentencia de muerte.

Agulló observaba la pantalla sin pestañear. Habría querido estar allí. No por orgullo, ni por afán de mando. Porque algunas cosas solo se comprenden cuando se ven con los propios ojos.

Costa dirigió la cámara hacia los palés rojos.

—Ahí están.

No eran muchos. Quizá una docena, sospechó la inspectora.

Estaban apilados con un orden que resultaba extraño en aquel lugar.

Dos filas muy rectas. La pintura roja se había desconchado en las esquinas, pero la parte frontal conservaba un aspecto reciente, como si alguien hubiera pasado por allí hacía poco.

Agulló se inclinó hacia la pantalla.

Rojo dio un paso hacia ella.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada .

—No hace falta.

Agulló no respondió.

Costa acercó la cámara.

—No veo nada detrás.

Agulló observó los palés unos instantes antes de contestar.

—Precisamente por eso. No los mováis. Rodeadlos primero.

La imagen osciló ligeramente. Bernal apareció junto a la pared del fondo.

—Detrás hay una caseta de obra. La puerta está cerrada. El candado parece viejo, pero el bombín no.

Rojo dejó escapar una risa seca, sin humor. Había sacado una Estrella Galicia de la nevera y bebió un sorbo sin apartar la vista de la pantalla.

—Esto empieza a oler raro.

Agulló no respondió. Seguía observando las imágenes.

—¿Se ven marcas de neumáticos?

Costa enfocó el suelo. Tierra compactada, surcos de neumáticos y zonas de grava desplazada por el paso repetido de vehículos.

—Las marcas llegan hasta la nave. Hay varias, pero no puedo decir de cuándo son.

—¿Y junto a los palés?

La luz de la linterna recorrió el suelo con lentitud. Allí las huellas eran escasas, como si alguien se hubiera esforzado por no dejar rastro. O hubiera vuelto después para borrar las que ya existían.

—Las han barrido —dijo Agulló.

Costa no respondió. La cámara se detuvo sobre una franja de tierra extrañamente lisa, peinada con algo ancho.

Rojo observó la imagen unos segundos.

—Lo curioso de borrar huellas es que acabas dejando otras más visibles.

Agulló alzó la vista hacia él.

—Esa la puedes repetir.

Rojo sonrió apenas.

—La apunto para cuando publique mis memorias.

La voz de Bernal llegó desde la pantalla:

—Gómez pide permiso para forzar el candado.

Agulló resopló.

—Decidle a Gómez que deje de pedir permiso para respirar y actúe como inspector.

Costa soltó una risa breve antes de apartarse y transmitir la orden. La imagen tembló mientras un agente acercaba una cizalla a la cadena. El chasquido del metal al ceder llegó al salón, seco y brusco, como una mordida.

La puerta de la nave se abrió lentamente, arrastrando un gemido oxidado.

Más allá solo había oscuridad.

Costa entró detrás de dos agentes. Durante unos segundos, la cámara no mostró más que sombras y reflejos inciertos.

Cuando la imagen se estabilizó, Agulló distinguió el polvo suspendido en el aire, inmóvil como una niebla vieja.

Después aparecieron las estanterías vacías, los bidones de plástico, una carretilla oxidada, restos de embalajes, palés rotos y varios sacos de cemento apilados contra la pared.

Nada.

La decepción llegó sin aspavientos, fría y familiar.

Otra vez un callejón sin salida.

Sintió el peso sordo de los latidos en el pecho .

Aquello no encajaba.

Se negó a creerlo. No después de todo lo que habían seguido hasta allí. No podía tratarse de otra habitación vacía, otro escondite abandonado que insinuaba respuestas para luego devolverles únicamente polvo y silencio.

Costa siguió avanzando despacio, dejando que el haz de la linterna registrara cada rincón de la oscuridad.

—La nave está limpia.

—¿A qué huele? —preguntó Agulló.

Costa se quedó inmóvil unos segundos, concentrado.

—Humedad, cemento y plástico. Algo de gasóleo. Y... un momento. Hay algo más.

La cámara giró despacio hacia el fondo de la nave. Detrás de una lona gris apareció una puerta estrecha que daba a otra estancia. La lona estaba fijada con tiras de cinta americana todavía claras, sin polvo.

Bernal se acercó y enfocó con la linterna.

—Aquí hay algo.

Agulló dejó la bolsa de hielo sobre la mesa, sin apartar la vista de la pantalla.

Rojo lo advirtió al instante.

—Ni se te ocurra levantarte.

—No pensaba hacerlo.

—Claro.

Ella resopló.

En la pantalla, Costa retiró la lona sin tocarla directamente. La puerta de detrás no tenía pomo. Solo una placa metálica y una rendija baja.

—Parece un cuarto técnico —dijo Bernal, observando la puerta—. O lo que antes fue la sala de bombeo de la parcela.

Costa enfocó el suelo. Delante de la puerta había marcas de arrastre, cemento más claro en una zona rectangular y restos de polvo blanco junto a la pared.

—No busquéis agua —dijo Agulló.

Costa se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Agulló tardó unos segundos en responder. Miraba la pantalla, pero en realidad estaba viendo otra cosa, una idea que acababa de encajar donde antes solo había fragmentos.

—Lo mismo que le dije a Rojo. Estamos mirando en el sitio equivocado. Si lo sacaron de la balsa, no iban a esconderlo en otra. Buscaron un espacio que nadie tuviera motivos para abrir.

Guardó silencio un instante.

—Algo cerrado desde hace tiempo.

Rojo se inclinó sobre la pantalla.

—El suelo.

—Sí —dijo Agulló—. Mirad en el suelo.

Costa bajó la cámara.

Había una placa de cemento más reciente en una esquina, casi escondida tras los sacos. No llamaba la atención. De hecho, estaba hecha para no hacerlo. Para pasar desapercibida ante unos ojos cansados.

Pero una vez que la vieron, ya no pudieron ignorarla.

El cemento tenía otro tono.

Un rectángulo demasiado uniforme en medio de la suciedad y el desgaste.

Bernal le susurró al compañero:

—Costa.

Este no apartó la vista del suelo .

—Sí. Yo también lo veo.

En ese momento, Gómez apareció en el encuadre. La luz fría le había vaciado el rostro de color y le hundía sombras oscuras bajo los ojos.

—No podemos levantar el suelo, sin una ampliación de la autorización judicial.

—Gómez, escúchame —dijo Agulló por el altavoz—. ¿Has perdido el juicio?

—No estás en situación de dar órdenes, inspectora.

—Tienes la declaración de Iker Soria situando a Álex vivo en la balsa junto a Rubén, el recorrido que nos ha traído hasta aquí, los palés rojos y una losa de cemento recién vertida en una parcela de Vives. Si no, ¿qué coño hacéis ahí?

—Ya me has oído. Soy responsable de esta operación y...

—¡Al carajo tu responsabilidad!

Gómez se acercó al altavoz.

—Escucha, Agulló. Si sigues presionándome de esta manera, lo reflejaré en el informe.

—Haz lo que tengas que hacer. Pero todas las piezas apuntan al mismo sitio. Si te quedas esperando a que Molina se decida, cuando esto salga a la luz, nadie te tomará en serio por el resto de tu carrera. Y créeme, eso pesa mucho más que cualquier sanción.

Gómez apartó la vista de la cámara.

—Voy a llamar a Fiscalía.

—Llama, pero no esperes para asegurar la zona. Acordona ahora y pide a la Científica que documente cada centímetro como posible ocultación de cadáver.

Se hizo un silencio breve.

Costa sostuvo la cámara hacia Gómez. La luz cruda le afilaba los rasgos. Parecía un hombre que acababa de darse cuenta de que la salida más fácil había desaparecido.

—Hazlo —dijo Costa.

—¿Tú... también?

—Ya me has oído.

Gómez pasó la vista de Costa a Bernal y, por último, a la pantalla, como si pudiera encontrarse con los ojos de Agulló al otro lado.

Tomó aire.

—¡Acordonad la zona! —ordenó—. ¡Nadie pisa ese rectángulo! ¡Nadie toca los sacos! ¡Quiero fotografías, vídeo y una llamada con Fiscalía inmediatamente!

Agulló soltó el aire muy despacio.

Rojo recogió el hielo de la mesa y se lo devolvió. Luego le acercó su botellín de cerveza.

—Toma. Te lo has ganado.

Esta vez no discutió y aceptó el trago. La cerveza le supo a gloria.

***

Durante diez minutos, el tiempo dejó de avanzar y se limitó a generar ruido blanco. Agulló escuchó el murmullo de voces amortiguadas, pasos de ida y vuelta sobre el hormigón y órdenes que se perdían en el aire antes de confirmar, con esa parsimonia funcionarial, lo que todos ya sospechaban.

Costa volvió a conectar por videollamada.

—Buenas noticias, jefa. Fiscalía acaba de autorizar la intervención urgente, si acreditamos riesgo de pérdida de prueba. Los de la Científica ya están entrando.

La cámara mostró el rectángulo de cemento bañado por la luz de varios focos portátiles. Un técnico trabajaba de rodillas junto al borde, examinándolo centímetro a centímetro. Otro documentaba la escena con fotografías. Al fondo, Bernal observaba en silencio, con una mano apoyada en la radio.

—No necesito todos los detalles —dijo Agulló.

Costa frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Cuando lo encontréis, no me hagas un informe. Solo dime si es él.

Costa no respondió.

El primer golpe contra el cemento sonó hueco.

Rojo se quedó quieto con el botellín en la mano.

El segundo golpe sonó peor.

Más profundo.

Y entonces, desde el otro lado del teléfono, alguien dijo:

—Parad.

Un silencio largo.

El corazón de la inspectora latía con más y más fuerza.

La imagen de Costa vaciló un instante. No apuntaba ya al suelo, sino a su propia mano, manchada de polvo blanco hasta los nudillos.

—Costa.

Él tragó saliva.

—Hay una cavidad.

Bernal apareció detrás. Tenía el rostro gris bajo la luz artificial.

—Hay una lona .

Agulló no dijo nada.

Rojo dejó la botella vacía sobre la mesa sin hacer ruido.

En la pantalla, Costa levantó la cámara despacio, como si el simple gesto pudiera contener lo que acababan de encontrar. No enfocó el interior de la cavidad. No mostró la lona. No mostró nada.

Y Agulló sintió un alivio extraño, casi culpable.

Había escenas que una podía perseguir durante semanas y, aun así, no estar preparada para ver, cuando por fin aparecían.

La respiración de Costa llenó el silencio.

—Agulló.

Ella aferró el móvil con fuerza.

—Dime.

Al otro lado hubo un ruido de pasos, una voz lejana, alguien dando instrucciones.

—Es él —dijo Costa.

Las palabras cayeron con una sequedad brutal.

Sin consuelo.

Como el chasquido de una cerradura al otro lado de una puerta.