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Agulló despertó en una sala de observación del hospital. Tenía una vía clavada en el brazo. Sobre ella, una luz blanca permanecía encendida con una obstinación casi cruel. Rojo estaba sentado junto a la cama, encogido en una silla demasiado pequeña para su cuerpo.
Durante unos segundos, la inspectora no supo dónde estaba.
El camino de servicio, la ambulancia, la oscuridad junto a la balsa; todo seguía mezclado en su cabeza.
Después llegó el dolor y puso cada cosa en su sitio.
Las costillas. El hombro. La cabeza. Un malestar sordo, persistente, que no aumentaba ni disminuía, como una presencia silenciosa instalada dentro de ella.
—Te han hecho un TAC —dijo el expolicía.
Agulló desvió la mirada un instante antes de volver a fijarla en él.
—Eres todo un romántico.
—No tienes hemorragia. Solo una conmoción leve y un par de costillas tocadas. Te darán el alta en un rato.
—Estupendo. Me encanta perder el tiempo aquí.
—El carácter, en cambio, sigue intacto.
—Tú, en tu línea —dijo ella, volviendo la cabeza hacia la puerta—. ¿Dónde está Costa?
—En la balsa.
Intentó incorporarse. El dolor llegó antes de que terminara el movimiento. Le atravesó las costillas y le recordó dónde estaba. Rojo se levantó despacio y le apoyó una mano en el hombro.
—Quédate quieta.
—No me hables como si tuviera ochenta años.
Él retiró la mano, pero no se apartó.
—Costa está con Bernal. Están todos bien. Iker Soria sigue vivo, Gómez ha acordonado la zona y Molina... Molina está teniendo una de esas noches en las que se le arruga el traje.
Agulló respiró despacio.
—¿Iker ha hablado?
Rojo la miró. En sus ojos había una sombra que llegó antes que las palabras. Ella entendió que sí. Y también comprendió que aquella confesión traía algo oscuro.
—Cuéntamelo.
—Te contaré lo justo.
—Rojo, por favor. Necesito saberlo.
—Esto es lo que me ha enviado Bernal.
Rojo sacó el móvil y pulsó reproducir. El audio llegó con interferencias, como una vieja cinta mal grabada. Al fondo se colaba el eco metálico de una caseta y una respiración nerviosa.
«Álex estaba dentro. O al lado. No lo sé porque apenas pude verlo. Tenía una manta térmica encima... Recuerdo eso. Y recuerdo el sonido... muy débil, como un jadeo... luchando por sacar aire».
Agulló se quedó inmóvil.
El monitor de la cama vecina dejó de existir durante un instante.
«¿Estaba vivo?» .
«Sí».
Rojo cortó la grabación.
Agulló se quedó mirando el techo.
Parte de su carrera profesional la había pasado escuchando confesiones a medias, mentiras completas y testimonios destrozados por el miedo. Aun así, aquello encontró un lugar nuevo donde golpear.
Durante días había perseguido la sombra de un chico desaparecido. Y ahora, cuando ya había aceptado que no lo encontrarían con vida, la verdad regresaba fría y directa, como una bala que llevaba demasiado tiempo en el aire.
Álex había estado vivo en una balsa abandonada, en la oscuridad de un furgón, rodeado de gente que tuvo la oportunidad de pedir ayuda y escogió mirar hacia otro lado.
—Sigue —dijo.
Rojo dudó un instante.
—Deberías descansar.
—Sigue.
Reprodujo otro fragmento.
«Vives pagaría por su parte, pero el padre del crío también. Y eso no se arreglaba con una llamada».
Agulló volvió la cabeza hacia él.
—El padre del crío.
—Eso ha dicho.
—Rafael Roldán —murmuró ella, recordando el rostro de aquel hombre.
Rojo no respondió.
De pronto, Rafael Roldán dejó de encajar en el lugar donde Agulló lo había colocado.
Las piezas se movieron solas y empezaron a tener sentido.
La frialdad calculada, la obsesión con la fuga, la mochila, aquellas insinuaciones sobre Álex metiéndose en líos, la manera de mirar a Nuria sin llegar nunca a sostenerle la mirada.
Ya no parecían detalles dispersos, sino partes de una misma estrategia.
Algo que estaba lejos de ser solo una crisis matrimonial provocada por la pérdida.
Necesitaba que su hijo cargara con una sombra propia, con una responsabilidad de la que librarse él. Porque, si Álex era culpable de algo, entonces no tenía que ser la víctima de todo.
—El padre no sabía que su hijo iba a morir —dijo Agulló.
—No lo sabes.
—Pero sabía qué había en el vídeo que Álex grabó con el móvil.
—Eso es más probable.
—Y calló como un perro.
Rojo la observó con esa claridad implacable que tenía para separar los hechos de las excusas, una claridad que a menudo se confundía con crueldad.
—Eso sí.
La puerta se abrió y el subinspector Gómez entró con el móvil en la mano. Parecía haber envejecido diez años en una noche.
—Rubén Soria está en comisaría, con su abogada —anunció—. Ha solicitado declarar voluntariamente.
Rojo soltó una risa seca que no contuvo.
—Un ciudadano ejemplar.
Gómez ni lo miró.
—Ha dado una versión de los hechos.
Agulló se incorporó un poco, pese al dolor.
—Te escucho.
—Según su declaración, Iker lo llamó aquella noche totalmente fuera de sí. Al parecer, Daniel había golpeado a Álex. Así que Soria fue hasta allí para impedir que su hermano se viera arrastrado a algo más serio que una simple pelea.
—Vaya, qué noble.
—Dice que Álex se fue por su propio pie, magullado, pero nada más. Sin embargo, horas después, según él, Iker volvió a llamarlo, muy asustado. Entonces el chico estaba mucho peor de lo que habían pensado.
—Miente —respondió la inspectora, tensando el cuerpo.
—Reconoce haber contactado con Sergio Moya y Abel Ríos para recuperar el móvil de la víctima y evitar que el asunto trascendiera, pero niega haber dado órdenes de hacer daño a nadie. Asegura que solo intervino a petición de un adulto muy cercano a la familia Roldán.
—Rafael Roldán.
Gómez asintió.
—No lo nombra al principio. Luego ha insinuado que Rafael Roldán le pidió recuperar el teléfono de su hijo, porque contenía imágenes comprometedoras de varios adultos y porque temía que aquello destrozara su matrimonio. Según Soria, Álex estaba utilizando ese material para presionarlos.
Rojo dio un paso hacia la puerta.
—Ese hijo de puta.
—No —dijo Agulló.
Los dos la miraron.
—Eso es exactamente lo que quiere Soria: que lo veamos como un escándalo sexual, un chantaje, unos adultos intentando tapar sus vergüenzas y una pelea de chavales que acabó mal —explicó, buscando el sentido de aquel relato—. Un trabajo sucio que, según él, simplemente se les fue de las manos.
—Molina cree que esa declaración nos complica la investigación.
Agulló sonrió sin humor.
—Sin palabras.
—Inspectora.
—¿Qué más?
Gómez respiró hondo.
—Rubén ha entregado mensajes con Sergio Moya, el tipo que detuvimos en la nave industrial del polígono de Rabasa, pero están cuidadosamente seleccionados.
Soria reconoce lo justo para admitir una limpieza de pruebas, mientras desplaza toda la responsabilidad directa hacia Moya y Daniel.
Presenta a su hermano Iker como un chico inestable, a Claudia Vives como una menor sobreprotegida por su padre, y sostiene que cualquier acusación relacionada con la balsa no es más que el intento desesperado de un hermano asustado por salvarse a sí mismo.
—Vaya con el protector. Los lleva a todos al matadero.
—Sí.
—No —dijo Rojo—. Está haciendo algo más inteligente. Está mezclando verdad con mentira en la justa medida, para que todo parezca coherente y natural.
Agulló miró a Gómez.
—¿Qué piensa Molina? ¿Le cree?
—Molina quiere agarrarse a la versión que le permite cerrar el caso como una pelea, un empleado de Rabasa y un simple encubrimiento parcial.
—Claro. Sin complicaciones .
La puerta se abrió otra vez.
Esta vez entró Costa.
Venía cubierto de barro hasta las rodillas.
La ceja abierta le oscurecía media mirada y la camisa, arrugada y manchada, parecía el uniforme de alguien que llevaba demasiadas horas persiguiendo respuestas.
Al verla en la cama, algo cruzó fugazmente por su rostro, antes de que pudiera ocultarlo.
Fue apenas un instante, pero bastó para que todo lo demás desapareciera.
Incluso la presencia de Rojo.
—Costa —dijo ella, sorprendida.
—¿Estás bien?
—Mejor de lo que parece.
Costa se acercó a ella.
—Bien. Eso significa que sigues siendo tú.
Rojo se retiró discretamente hacia un lado de la sala, con esa cortesía silenciosa de quien sabe cuándo su presencia sobra. Agulló advirtió el gesto. Costa también.
—Iker Soria está con Bernal —dijo Costa—. Está protegido. Ya ha empezado a declarar. Le han asignado un abogado de oficio y viene de camino. No lo he dejado solo ni un minuto.
—Gracias.
La palabra fue casi un susurro, pero Costa la acogió con una seriedad que revelaba cuánto significaba para él.
Luego sacó el móvil.
—Tenemos algo más, jefa.
Ella se enderezó.
—Iker Soria no recuerda el nombre del lugar. Solo una imagen que se le quedó grabada: unos palés rojos y una propiedad relacionada con Vives. Bernal ha hablado con Ruiz mientras venían hacia aquí. Vives Mediterráneo Gestión aparece como propietaria de una parcela logística en Agua Amarga.
—¿Eso es...?
—Entre la Rambla de las Ovejas y Urbanova —señaló Rojo.
—Sí —confirmó Costa, lanzándole una mirada rápida—.
Sobre el papel, la empresa lleva meses sin actividad.
Pero en una imagen antigua de Google Street View aparecen varios palés rojos apilados junto a una nave baja.
A veces la gente recuerda detalles así, que son justo los que te llevan al sitio correcto.
Gómez frunció el ceño.
—Eso no basta para entrar en la propiedad.
—No, claro que no —dijo Costa—. Pero escucha esto.
Sacó el móvil y buscó un archivo.
Después pulsó el botón de reproducir.
La voz de Iker llegó envuelta en ruido de fondo, agotada, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico.
«Rubén dijo que en la balsa ya no se podía hacer nada. Que allí se había acabado el problema. Luego dijo: “Al sitio de Vives. Allí nadie mira, ni los municipales se meten”».
—Agua Amarga —repitió la inspectora.
Costa asintió.
—Detrás de los estudios de cine. Una zona de naves industriales, parcelas cerradas y caminos que llevan hacia la costa y la depuradora. De noche apenas hay luz y no se patrulla mucho por allí, porque la mayoría son empresas fantasma y almacenes vacíos. Encaja con el plan.
Gómez ya estaba mirando su tableta.
—Pediré una autorización.
—Pídela bien —dijo Agulló—. Por posible homicidio, ocultación de cadáver, posible agresión sexual registrada parcialmente en vídeo y encubrimiento organizado.
—No sabemos que haya sido una agresión sexual —dijo Gómez, reacio a seguir la orden.
—Sabemos que había una chica incapaz de defenderse.
Sabemos que por eso Claudia tenía miedo y que Álex grabó un vídeo donde aparecen dos adultos.
Al menos, sabemos que eso es lo que Rubén Soria está intentando enterrar.
También sabemos que Vicente Vives pagó a Soria para que se encargara de ello, mientras Rafael Roldán callaba como un cobarde y movía cielo y tierra para recuperar el móvil de su hijo, sin que se enterara su mujer.
Si seguimos llamándolo escándalo, estaremos dándole la razón a Rubén Soria.
Si lo llamamos por su nombre, la verdad dejará de esconderse detrás de las palabras.
Rojo la miró sin intervenir.
Costa también.
Gómez tragó saliva.
—Molina no va a querer meter eso en la solicitud sin confirmación.
—¿De nada ha servido lo que te he dicho, Gómez?
El móvil de Costa vibró.
—Es Ruiz.
Contestó en altavoz.
—Dime, estoy con la inspectora.
La voz de Ruiz llegó acelerada.
—He recuperado algunas miniaturas del volcado preliminar del móvil de la víctima. El vídeo sigue incompleto, pero han quedado previsualizaciones residuales. No es mucho, aunque podría sernos útil...
—Habla claro —dijo Agulló.
—Son imágenes de la sala privada de Los Olivos — dijo Ruiz—.
Se distinguen dos hombres adultos, aunque solo de forma parcial.
También aparece una chica sentada en un sofá o en una butaca.
Todavía no puedo identificarla, y con los hombres tampoco tengo una identificación fiable, aunque son más corpulentos que ella.
—Eso no nos vale.
—Pero uno de los fragmentos conserva parte del audio.
—¿Qué audio?
Ruiz dudó.
—Una voz masculina pide que no graben...
Después se oye otra voz, más joven. Creo que es la de Álex.
Dice algo como que eso está fatal. A continuación, hay un silencio breve.
Luego un golpe seco, como algo cayendo o alguien chocando con algo.
Después pierdo el sonido hasta que aparece un ruido de fondo.
Rojo bajó la mirada.
Costa cerró la mano libre.
Agulló volvió a mirar a Gómez.
—Ahora sí.
Gómez asintió una vez.
—Sí, jefa.
Y salió de la sala hablando por teléfono.
Costa se quedó junto a la cama. Rojo, a la puerta. Los dos en silencio, cada uno ocupando un tipo distinto de preocupación.
Agulló se quedó pensativa un momento, buscando el pespunte que se le escapaba. Rubén había llegado primero a comisaría. Había puesto una versión sobre la mesa. Había nombrado lo justo para que todo pareciera sucio, confuso y negociable.
Pero se había equivocado en una cosa.
Agulló movió las piernas y se sentó sobre la cama.
—Costa.
—¿Sí?
—No esperéis a que Molina entienda lo que está pasando. Cerrad inmediatamente los alrededores y los accesos a la zona industrial de Agua Amarga.
—Gómez ya está en ello.
—¿En serio? No podemos esperar a que Gómez tome una decisión.
Costa sostuvo su mirada.
—Está bien. Tienes razón.
Por primera vez en toda la noche, Rojo sonrió de verdad.
Agulló miró la vía en su brazo, la luz blanca, el techo barato del hospital.
—Entonces dame un teléfono. Será mejor que te eche una mano.