La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 54. 54 #2
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—Yo vine porque Rubén me dijo que tenía que ayudar a mover unas cosas.

Me recogió uno de los que trabajan con Moya; no sé si era Abel o el otro, pero que conste que yo no quería venir —aclaró, acorralado y lleno de arrepentimiento—.

Me dijeron que, si me negaba, Rubén contaría que Dani y yo lo habíamos dejado allí tirado. Menudo hijo de puta...

—¿Qué pasó después? —preguntó Bernal.

—Cuando llegué, el furgón estaba junto a la caseta, con las puertas traseras abiertas.

Álex estaba dentro. O al lado. No lo sé porque apenas pude verlo.

Tenía una manta térmica encima, de esas plateadas que brillan con cualquier luz.

Recuerdo eso. Y recuerdo el sonido... muy débil, como un jadeo...

luchando por sacar aire de unos pulmones que ya no respondían.

Me quedé paralizado, porque estaba vivo, joder. Todavía estaba vivo.

Bernal mantuvo la vista fija en el chico durante un segundo.

—¿Estaba vivo?

Iker lloró por fin.

—Sí.

La palabra salió apenas como un hilo de voz, tan débil que parecía imposible que pudiera sostener todo lo que llevaba dentro. Sin embargo, golpeó a los tres con una violencia devastadora.

—¿Estaba vivo cuando Rubén lo tenía aquí escondido? —insistió Costa.

—Sí.

El subinspector se levantó despacio.

Durante días habían seguido rastros falsos, huellas colocadas para hacerles mirar en la dirección equivocada. Y ahora, en aquella caseta húmeda y mal iluminada junto a una balsa abandonada, un muchacho vencido por el miedo acababa de decirles algo que cambiaba el sentido de todo.

La vida de Álex había estado allí, en manos de Rubén Soria, durante aquel tramo que ellos no habían sabido ver.

—¿Qué hizo Rubén mientras tanto? —preguntó Bernal, dándole tregua a Costa para que no se alterara más.

—Iba y venía sin parar, como si no pudiera estarse quieto.

Hablaba por teléfono todo el tiempo, en voz baja unas veces y casi gritando otras.

Decía que el móvil no estaba limpio, que tenía que abrirlo, que aún faltaba algo por encontrar.

Y repetía una y otra vez que, si aquello salía a la luz, no caería una sola persona: se hundirían dos familias enteras.

Costa miró a Bernal.

—¿Con quién hablaba? —preguntó.

—No lo sé.

—¿A qué dos familias se refería?

Iker negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Sí que lo sabes.

—Entonces no lo sabía.

—¿Y ahora?

Iker tragó saliva.

—La familia Vives. Y... la de Álex.

Costa sintió que algo encajaba y no quiso que encajara.

—¿La de Álex, por qué?

—Rubén dijo una cosa que se me quedó clavada.

Yo estaba fuera, junto a la balsa. Ya había anochecido y él hablaba por teléfono a unos metros de mí —dijo, con la mirada fija en algún punto que solo él veía—.

Creo que pensaba que no podía oírle. Lo recuerdo porque su voz sonó distinta.

Más fría y dura. Como si estuviera hablando de números y no de personas.

Dijo algo así como que Vives pagaría por su parte, pero el padre del crío también, y que eso no se arreglaba con una llamada.

Luego se volvió, me vio allí y se quedó callado al instante. No le hizo gracia que lo escuchara.

Bernal no dijo nada.

Durante unos segundos solo se oyó el zumbido lejano de una bomba de agua y la respiración irregular de Iker.

El caso cambió de forma delante de ellos .

Hasta entonces habían seguido una línea que parecía clara, aunque estuviera llena de sombras. Ahora aparecía otra más profunda. No era solo Claudia protegiendo a su padre, ni Daniel intentando escapar de una paliza, o Rubén cobrando por borrar un móvil y hacer desaparecer pruebas.

Había otro hombre dentro de aquella historia.

Otro padre.

El padre de la víctima.

Rafael Roldán.

Costa sintió una punzada de cansancio que conocía bien: el instante en que una investigación deja de avanzar y empieza a abrirse en direcciones inesperadas. Como una grieta en el hielo.

Pensó en Nuria Sempere.

La imagen apareció un momento y desapareció enseguida.

La apartó de su mente antes de estallar de rabia.

Si la dejaba quedarse, aunque solo fuera unos segundos más, no podría seguir pensando con claridad.

En ese momento, el móvil de Iker vibró.

Todos lo miraron.

En la pantalla apareció un número oculto y el chico empezó a temblar.

—Es él. Es Rubén.

Bernal le quitó el teléfono con cuidado.

—Ni una palabra.

Costa activó la grabadora en su móvil y asintió.

Bernal contestó, pero no dijo nada.

La voz de Rubén sonaba amable.

—Iker.

Ninguno de los tres respondió.

—Sé que están contigo.

Iker se llevó las manos a la cabeza, pero Costa le hizo un gesto para que se contuviera.

El hermano siguió hablando:

—Diles que llego tarde porque ya estoy en comisaría, con mi abogada. Y que he venido a contar lo que tú llevas demasiado tiempo sin atreverte a contar.

Bernal sostuvo el teléfono sin respirar.

—Te has equivocado de hermano —dijo Costa.

La voz de Rubén no cambió.

—Subinspector Costa, ¿verdad?

Costa apretó la mandíbula.

—¿Dónde está Álex Roldán?

Rubén soltó una risa breve.

—Pregúntele a Iker. Lleva días queriendo confesarlo todo.

La llamada se cortó y el chico se hundió contra la pared de la caseta.

—No está aquí...

Bernal se agachó frente a él.

—¿Qué quieres decir?

—Álex. No está aquí.

La frase cayó como una piedra.

Costa ya lo sospechaba, pero oírlo en voz alta le revolvió el estómago.

—¿Dónde está, Iker?

El chico clavó la vista en la mancha del suelo. Después en la balsa y finalmente en el camino por el que habían llegado, como si buscara una salida que no existía.

—Rubén dijo que aquí se acababa el problema.

—¿Y luego ?

Iker tragó saliva.

—Luego se lo llevaron.

—¿Adónde?

—A una propiedad de Vives.

El silencio se tensó dentro de la caseta.

—¿Qué propiedad? —preguntó Bernal.

Iker cerró los ojos un instante.

—Donde guardan los palés rojos.