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La balsa no parecía un lugar donde alguien pudiera desaparecer del mundo.
Costa la vio desde el camino de tierra y pensó precisamente eso. No había nada allí que explicara por qué alguien había terminado sin salida en un sitio como aquel. A su lado, Bernal sostenía el móvil en altavoz mientras el viento arrastraba polvo entre las ruedas de los coches apagados.
El lugar era vulgar.
Y por eso resultaba aterrador.
Una balsa de riego abandonada, rectangular, medio vacía, con las paredes de hormigón cubiertas de manchas blancas de cal. Una valla oxidada que ya no servía para detener a nadie. Al fondo, dos casetas bajas se pegaban a la oscuridad como perros apaleados: una de bombeo y otra de aperos.
Alrededor solo había tierra agotada. Grava dispersa. Cañas secas que se inclinaban con el viento. Escombros olvidados desde hacía años. Restos de una obra que nunca llegó a terminarse y que el tiempo había ido borrando poco a poco, cubriéndola de polvo, silencio y abandono.
Parecía un lugar del que todos se habían marchado .
Pero el suelo contaba otra historia.
Alguien había estado allí hacía muy poco.
El coche de Gómez quedó inmóvil a unos cincuenta metros, tragado por la oscuridad, con las luces apagadas.
Dos vehículos de paisano vigilaban la entrada norte y el camino que bajaba hacia el barranco.
Bernal había ordenado evitar la radio abierta; no quería dejar rastro de sus movimientos en el aire.
Costa se llevó una mano a la ceja herida. La sangre ya se había secado, pero el dolor seguía allí, recordándole el golpe del furgón. Avanzó despacio, con el arma apuntando al suelo. Antes de encender la linterna, dejó que fueran sus ojos quienes buscaran respuestas en la penumbra.
A menudo era lo único que tenían.
La oscuridad y la intuición.
—Iker —dijo Bernal en voz baja, sin apartar la vista de la caseta—. Ya estamos aquí. ¿Nos tienes a la vista?
Al otro lado hubo una respuesta rápida.
—No lo sé.
—No te muevas.
—Me dijo que viniera solo.
—Tu hermano no te pidió que vinieras aquí para ayudarte.
El chico no contestó.
Costa recorrió la oscuridad con la linterna. No mantenía el haz quieto; lo desplazaba en movimientos breves, atentos, sobre la valla oxidada, el camino de grava, la caseta y el borde de la balsa. Todo parecía inmóvil, pero había aprendido hacía tiempo que la quietud también podía engañar.
Sentía el cuerpo dolorido. Había dejado a Agulló en el talud, con Rojo y los sanitarios, y desde entonces, una incomodidad persistente le acompañaba como una sombra. Sabía que había tomado la decisión correcta. Lo sabía con la cabeza. Sin embargo, algo más profundo seguía resistiéndose a aceptarlo.
—¿Dónde estás? —preguntó Bernal.
La respuesta le vino después de un silencio breve:
—En la caseta pequeña.
Costa alzó la vista.
La caseta estaba al fondo del recinto, pegada a un muro bajo de hormigón. La puerta permanecía entreabierta. Lo justo para que la oscuridad pareciera mirar hacia fuera.
—Tenemos localizada la caseta —dijo Bernal—. No salgas de golpe. Levanta las manos y habla.
—No puedo.
La voz llegó rota, como si hubiera pasado por algo antes de alcanzar el teléfono.
—Sí puedes.
—Me ha dicho que, si avisaba a la policía, estaría muerto.
Costa apretó la empuñadura del arma hasta notar el plástico clavándosele en la palma.
—Rubén no puede verte desde aquí, Iker.
La respuesta llegó sin vacilación.
Demasiado rápida para ser una reflexión, como algo que llevaba años viviendo dentro de él.
—Rubén siempre encuentra la forma de estar presente.
Bernal miró a Costa.
Avanzaron despacio, con la tensión pegada a la piel. Costa tomó la izquierda. Bernal siguió por el camino central. Un agente de paisano se quedó atrás, cubriéndoles las espaldas. El aire estaba cargado de olor a agua estancada.
Costa bajó la vista y distinguió varias marcas de neumáticos impresas en la tierra. Algunas parecían recientes; otras llevaban días allí, endurecidas bajo una capa de polvo.
Un furgón.
Un coche.
Quizá más vehículos.
Las huellas se cruzaban sobre la tierra endurecida y desaparecían entre el polvo.
No eran pruebas, todavía no. De noche, sin la Científica, solo podían permitirse la cautela.
Pero Costa sabía reconocer ciertas señales.
Alguien había estado allí. No hacía mucho.
Y eso era peor que encontrar un lugar intacto.
La balsa no estaba abandonada.
Había seguido formando parte de algo.
Bernal volvió a hablar:
—Iker, voy a acercarme a la puerta. Si tienes algo en la mano, déjalo en el suelo.
—No tengo nada.
—Entonces sal despacio y mantén las manos donde podamos verlas.
La puerta de la caseta se movió.
Iker salió despacio, con los brazos en alto. Llevaba una sudadera oscura, pantalones de chándal y las zapatillas cubiertas de tierra seca. Parecía más joven que en la comisaría. O más pequeño. Como si alguien le hubiera vaciado el aire por dentro.
La culpa hacía eso.
Reducía a las personas.
Bernal aflojó apenas la tensión del brazo y bajó ligeramente el arma .
—Ven hacia mí.
Iker dio dos pasos y se detuvo.
—No puedo.
—Sí. No vuelvas a lo mismo...
—Me ha dicho que espere.
Costa mantuvo la vista fija en la oscuridad que se extendía detrás de la caseta.
—¿A quién?
Iker hizo un gesto apenas perceptible. Intentó contener el llanto, aferrarse a algo que todavía lo mantuviera entero, pero ya era demasiado tarde. Los músculos del rostro cedieron uno tras otro y la expresión se le quebró como una superficie agrietada por dentro.
—A él.
—Rubén no va a venir —dijo Costa—. Aquí no hay nadie.
Iker negó una vez, con una convicción que daba más miedo que cualquier grito.
—Sí. Va a venir. Es lo que me ha dicho.
Bernal se acercó con las manos abiertas.
—Iker, escúchame. Tu hermano te ha traído hasta aquí para que cargues con una parte de esto. Para que parezca que estabas dentro desde el principio. Si sigues obedeciéndole, pagarás por lo que hizo él.
Aquello le hizo daño y Costa lo vio al instante.
—Yo no lo maté.
—Entonces deja de obedecerle y sal de ahí.
Iker miró la balsa. Después, el camino. Después, el móvil que Bernal sostenía entre las manos. Sus ojos iban de un sitio a otro sin detenerse en ninguno, como si buscara una salida que ya no existía. Como si todavía esperara que la voz de Rubén apareciera de algún lugar y le dijera qué hacer.
Al final echó a andar y lo hizo despacio, con la resignación de quien ha comprendido que ya no puede seguir esperando.
Bernal lo sujetó por los brazos y lo apartó de la caseta. Costa entró enseguida, el arma baja, la linterna por delante.
No había nadie.
El haz de la linterna recorrió la estancia despacio, arrancándole a la oscuridad los restos de una historia que alguien había intentado borrar.
Primero apareció una silla de plástico rota.
Luego, una mesa metálica. Una manta vieja, arrugada en un rincón como si la hubieran abandonado a toda prisa.
Botellas de agua vacías. Colillas. Y, junto a la pared, una caja de guantes de látex abierta.
El rastro de alguien que había pasado algún tiempo allí.
En el suelo, junto a la pared, una mancha oscura se había quedado atrapada en el cemento, como si el tiempo hubiera intentado cubrirla sin conseguirlo del todo.
Costa la vio y se quedó mirándola. Había aprendido que lo verdaderamente inquietante casi nunca llamaba la atención. Permanecía quieto, esperando.
La mancha estaba donde no debía estar.
Levantó la linterna y dejó que la luz se detuviera sobre ella.
—Bernal, mira esto.
Ella entró con el chico sujeto por el antebrazo. Cuando Iker la vio, se encogió sobre sí mismo, como si una arcada le hubiera golpeado el estómago.
—Oh, mierda...
A Costa le subió un frío por la nuca.
—¿Qué pasó aquí ?
Iker negó con la cabeza.
—No lo sé.
—No empieces.
—No lo sé todo, ¿vale?
Bernal le soltó el brazo, pero se quedó delante de la puerta.
—Iker, mírame. Este es el momento de decidir de qué lado estás. Si sigues protegiendo a tu hermano, vas a cargar con lo que hizo él.
El chico respiró tres veces. Cada una más entrecortada que la anterior.
—Rubén me llamó después. Después de que Álex bajara del bus. Yo iba en un taxi y estaba ya casi en casa. Me dijo que aquello había salido perfecto. Que las cámaras lo mostrarían subiendo al autobús y que, a partir de ahí, cualquiera pensaría que se había marchado por su cuenta.
—¿No te pareció raro? —preguntó Costa.
—Sí. Por eso le pregunté si Álex estaba bien... —respondió él y agachó la mirada, arrepentido—. Pero ni siquiera respondió a la pregunta. Solo me dijo que dejara de hacer preguntas y me ocupara de lo que me tocaba.
Costa no se movió.
—Sigue.
—Volvió a llamarme más tarde. Esta vez fue directo al grano. Si Álex me escribía o intentaba ponerse en contacto conmigo, no debía responderle. Solo tenía que hacer una captura de pantalla y enviársela.
—Y Álex escribió —dijo el subinspector.
—«Tío, ven» —dijo Bernal, recordando el mensaje—. ¿Pensabas que no lo sabríamos?
Iker apretó los párpados un instante.
—Joder...
—Y no acudiste a la llamada.
—No. Joder, no. —La voz se le rompió a mitad de frase.
Bajó la cabeza y se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar el recuerdo—.
Rubén me dijo que no fuera. Que, si me metía, ya no habría manera de salir y que para eso estaba él.
Aquello ya no iba de Dani y la pelea. El asunto se le había ido de las manos...
Costa se agachó junto a la mancha, sin tocar nada.
—¿Rubén trajo a Álex aquí?
Iker se quedó callado.
Bernal dio un paso hacia él.
—Contesta.
—No lo vi entrar.
—No te he preguntado eso.
La voz de Bernal seguía tranquila, pero ya no era suave.
Iker se llevó una mano a la boca. Cuando consiguió hablar, las palabras le salieron aplastadas por el miedo y la culpa.
—Lo oí.
Costa levantó la vista.
—¿A Álex?
Iker asintió.