53. 53 #2
El coche se deslizó unos metros a ciegas, convertido en un fantasma de chapa devorado por las fauces de la noche, y solo se atrevió a encender los faros cuando las ruedas delanteras mordieron el asfalto agrietado del camino sur.
Un destello blanco.
El perfil de las ramas.
Y, un par de segundos después, la nada.
Se los había tragado la periferia.
***
Rojo no se movió.
Se quedó allí, plantado a su lado como un monolito de cuero gastado. Su respiración, un ritmo pausado con un silbido leve de nicotina, era el único sonido que competía con el zumbido que todavía le taladraba a ella las sienes.
—No empieces —murmuró Agulló.
—No he dicho nada.
—Lo leo en tu frente.
Rojo se agachó de nuevo.
—Está enamorado de ti.
Agulló soltó una exhalación cansada.
—Rojo.
—¿Qué? No estoy descubriendo América.
—No es el momento para esto.
—Nunca lo es. Esa es tu ventaja.
Ella buscó con esfuerzo la manera de ponerse en pie y giró la cabeza hacia él.
—¿Has venido hasta aquí para hacer de consejero sentimental?
—He venido porque Bernal me llamó en cuanto salisteis hacia aquí. Tienes la costumbre de pensar que puedes aguantar un golpe más, siempre uno más. Como si el límite fuera algo que pudieras negociar. Y siempre acabas descubriendo que no.
—Vete a la mierda.
Las luces de emergencia ya empezaban a derramarse sobre la grava, la verja y el camino.
En ese momento llegó Gómez con dos unidades. Bajó del coche con la tableta bajo el brazo y el gesto desencajado, como si hubiera entendido de golpe la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
—¿Está consciente?
—Depende de a quién le preguntes —dijo Rojo.
—Usted no debería estar aquí.
—Pues deja constancia de eso en ese cacharro —dijo el exinspector, con una media sonrisa cargada de ironía.
Agulló intentó ponerse en pie, pero el mundo giró sobre su propio eje. El cuerpo le pasó la factura de la caída, con una punzada eléctrica que le subió desde el hombro hasta la nuca. Rojo la agarró del brazo antes de que sus rodillas cedieran y cayera de bruces contra el lodo.
—Molina va a pedir la orden para registrar la balsa —soltó ella, escupiendo las palabras con sabor a sangre y polvo.
Gómez parpadeó, con la mirada perdida entre las luces de emergencia.
—Inspectora, usted no está en condiciones de...
Sin los otros mandos cerca para enredar la conversación en discusiones de despacho, Agulló bajó el tono. Habló con una claridad gélida, afilada, reduciendo la distancia y arrinconando a Gómez contra sus propias excusas:
—Escucha, Gómez. Tenemos el móvil de Álex, tenemos el rúter y una parada registrada junto a una balsa abandonada. Además, Iker acaba de decir que Rubén lo ha citado allí. Ahora mismo.
Gómez vaciló. Agulló vio cómo el engranaje del miedo le cruzaba la cara en una fracción de segundo.
Era el cálculo matemático del burócrata: el reglamento, el pánico a Molina, la Fiscalía, los titulares de la prensa matinal y el peso muerto de la responsabilidad.
La eterna parálisis del que teme perder el despacho.
—Mándamelo.
—Ruiz ya está empaquetando las capturas y Costa lleva un duplicado en el coche. Mueve el culo, solicita la puta autorización y asegura ese perímetro, antes de que Rubén limpie el lugar. Pero hazlo en silencio. Ni una sola palabra a través de la frecuencia de radio oficial.
—El comisario Molina va a enterarse, Agulló, y si lo hace...
—¿Qué pasa, Gómez? ¿Piensas pasarte el resto de tu carrera agachando las orejas y lamiéndole las botas al comisario?
El dardo se le clavó bajo la piel. A Gómez se le tensó el cuello, pero la realidad de la calle no le concedió el beneficio de una réplica.
La ambulancia asomó por el camino de servicio, balanceándose como un cetáceo blanco.
Los rotativos azules tiñeron la grava y las naves industriales de un tono de discoteca fantasma.
Dos sanitarios bajaron del vehículo a paso ligero, cargando una camilla plegable y una mochila de nailon con el equipo de emergencias.
Uno de ellos, un tipo joven con cara de haber visto demasiadas desgracias esa noche, se acercó a la inspectora y le pidió que se sentara en una camilla. Acto seguido, le sujetó la barbilla y le clavó el haz de una linterna de diagnóstico directamente en las pupilas, evaluando los daños.
—¿Ha perdido el conocimiento?
—Sí —respondió Rojo—. Un par de minutos.
El sanitario asintió sin apartar la vista de Agulló.
—Entonces tiene que ir al hospital.
—No —replicó ella de inmediato—. Ni hablar. Estoy bien.
—Sí.
—Tengo que...
—Tiene que asegurarse de no acabar con una hemorragia interna por pura cabezonería.
Rojo soltó una risa breve.
Agulló lo fulminó con la mirada.
—¿Te hace gracia?
—Un poco. Pero porque tiene razón .
El sanitario le palpó el costado. El dolor la atravesó de lado a lado y le robó el aire durante un segundo.
—Lo siento, inspectora. Va al hospital. No es negociable.
Gómez hablaba por teléfono unos metros más allá, caminando de un lado a otro, con la tensión clavada en los hombros. Agulló alcanzó a distinguir fragmentos de la conversación en los que Gómez exigía que no se comunicara nada por radio.
Rojo se inclinó hacia ella.
—¿Te acompaño?
—No necesito que me acompañen.
—Entonces déjame al menos escoltarte en coche.
—Ya has oído a Gómez. No deberías seguir aquí. Te ha visto demasiada gente.
Rojo esbozó una media sonrisa.
—Eso nunca me ha detenido.
Agulló miró hacia el camino por donde Costa y Bernal habían desaparecido. Una parte de ella ya estaba allí, corriendo tras ellos. Quiso levantarse, empuñar un arma, entrar en la balsa y enfrentarse a Rubén Soria cara a cara.
Pero el cuerpo no le respondió.
Y por primera vez no confundió aquello con una derrota.
Seguir adelante no siempre significaba correr. A veces consistía en confiar en que otros alcanzaran el lugar al que ella, por el momento, no podía llegar.
—Rojo.
—¿Sí?
—Si Costa llama...
—Te avisaré.
—No filtres nada.
—¿Por quién me tomas? No soy Molina.
—Tampoco eres policía.
Él la miró.
—Entonces deberías estar tranquila.
—Ese es el problema.
Los sanitarios la izaron a la camilla.
Esta vez no protestó.
Por fin entendía la diferencia entre moverse y precipitarse.
Las puertas traseras de la ambulancia empezaron a cerrarse, reduciendo el mundo exterior a una rendija vertical de chapa y noche. A través del espacio que quedaba antes del encaje neumático, Agulló capturó las últimas postales de aquel lugar.
Vio a Gómez plantado junto al cadáver del furgón, encorvado sobre la pantalla parpadeante de su móvil, encajando los gritos telefónicos de Molina con esa rigidez patética de los subordinados que ya han asumido que cualquier decisión, por buena que sea, llega tarde.
Y vio a Rojo, inmóvil en mitad del camino de tierra, con las manos sepultadas en los bolsillos de la cazadora de cuero. Observaba el amasijo de hierro retorcido, con la fría curiosidad de un patólogo forense.
Los rotativos azules de la ambulancia continuaban girando, arrancando destellos congelados a una oscuridad que ya se lo estaba tragando todo.
El pestillo de la puerta se cerró con un golpe seco.
El ruido del mundo desapareció, sustituido por el olor a antiséptico y el zumbido del motor de la camilla.