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Cuando abrió los ojos, no sabía en qué planta del mundo se encontraba.
La realidad era una masa pastosa de sombras movedizas, luces de emergencia borrosas y un zumbido persistente, agudo, instalado detrás de sus orejas como una fábrica de electricidad defectuosa.
Parpadeó, limpiándose la costra de sudor y tierra de las pestañas.
Lo primero que distinguió fue una farola recortada contra la noche. Luego, la silueta de un hombre rompiendo la verticalidad del plano, inclinándose sobre ella. Barba de varios días. Ojos oscuros. Chaqueta de cuero gastada.
Antes incluso de que sus ojos procesaran las facciones del rostro, su cerebro reconoció el olor.
El maldito código genético de su pasado.
Rojo.
—Respira —dijo él.
Su voz le llegó desde el fondo de un pozo de agua helada.
—Respira, Agulló. Joder.
Agulló intentó contestar, pero no encontró aire.
Otra cara apareció a su izquierda.
La de Costa .
Tenía polvo en el pelo y una ceja abierta de la que resbalaba un hilo de sangre. Pero fue su expresión lo que la hizo detenerse. Nunca le había visto esa mirada. No era solo miedo. Era algo más profundo, más crudo. Algo que parecía haberle arrancado el aire de los pulmones.
—Jefa, mírame.
Ella parpadeó.
El mundo volvió a trozos.
Intentó incorporarse, pero Costa la sujetó por los hombros.
—No, no te muevas...
—El teléfono móvil...
—Lo he fotografiado. La caja sigue dentro del furgón. Bernal está con Científica, asegurando la escena. Nadie ha tocado nada.
—El enrutador...
—No te preocupes ahora por eso. Ruiz ha capturado toda la pantalla. La tabla está guardada.
Agulló descansó los párpados por un momento.
Al menos eso.
El dolor llegó después.
Brutal.
Implacable.
Primero le atravesó el costado como una cuchillada. Luego el hombro. Después la cabeza, donde cada latido retumbaba con fuerza, como si alguien golpeara el interior de su cráneo con un martillo.
Una oleada de náusea le subió por la garganta.
La tragó.
No porque pudiera controlarla, sino porque no tenía tiempo para ceder .
—¿Cuándo...?
Rojo captó la pregunta al instante.
—Bernal me llamó cuando salisteis del archivo. Has estado inconsciente un par de minutos.
Agulló cerró los ojos, aturdida.
Dos minutos perdidos en la oscuridad, completamente fuera de juego.
Costa lanzó una mirada afilada al expolicía.
—No hacía falta que dijeras eso.
—Sí hacía falta.
—¿Y desde cuándo decides tú lo que necesita oír?
Rojo sostuvo su mirada sin pestañear.
—Desde luego, no eres tú quien puede decidirlo por ella.
El silencio que siguió no tuvo nada que ver con el accidente.
Agulló abrió los ojos del todo.
Costa seguía agachado junto a ella. Rojo permanecía al otro lado del talud, inmóvil, observando. Más distante, sí, pero igual de presente. La tensión entre ambos parecía ocupar más espacio que el propio terreno.
Bernal apareció en lo alto de la pendiente, con la radio en una mano y el móvil en la otra.
—Gómez ya ha movilizado varias unidades. La ambulancia viene de camino. El coche que ha embestido el furgón ha escapado por el camino sur. Sin matrícula delantera y con las luces traseras apagadas.
Costa levantó la vista.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —dijo Bernal, echándole un vistazo rápido a la ceja abierta—. Tú eres el que está sangrando.
—No importa. No es nada.
Rojo siguió con la mirada el camino por el que había desaparecido el coche.
—Lo que importa ahora es Iker Soria.
Costa se volvió hacia él.
—¿Qué estás diciendo?
—Que hay que mover el culo. Si han intentado destrozar el furgón justo ahora, es porque saben que aquí hay algo que puede hundirlos. Y, si Rubén Soria ya sabe que su hermano habló, el siguiente objetivo es él.
Costa apretó la mandíbula.
—No me des órdenes. No eres mi superior.
—No te las estoy dando. Te estoy diciendo dónde va a estallar esto.
—Ahora mismo lo único que importa está aquí. Ella está en el suelo y no pienso moverme.
Rojo lo miró sin pestañear.
—Ella no es el caso, subinspector.
Costa dio un paso hacia él.
—Te equivocas, Rojo.
Agulló intentó hablar. El primer sonido fue apenas un hilo roto.
—Basta ya, ¿vale?
Ninguno de los dos se movió.
—Costa...
Él volvió a agacharse junto a ella de inmediato.
—Estoy aquí.
Aquella frase, pronunciada con esa serenidad que parecía no admitir réplica, le golpeó en un lugar que el accidente no había alcanzado.
Agulló respiró hondo .
—No deberías estar aquí conmigo. Hay que cerrar el caso y Bernal necesita tu ayuda.
Costa no contestó.
Bernal bajó unos pasos por el talud.
—Acaba de llamar Iker Soria.
Agulló giró la cabeza demasiado deprisa. El mundo se inclinó de golpe, como si el talud volviera a abrirse bajo ella. Costa la sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
—Ponlo.
Bernal pulsó el altavoz sin apartar la vista de Agulló.
Durante una fracción de segundo solo se oyó estática y el rumor lejano del tráfico.
Entonces llegó la voz de Iker.
Temblorosa.
Como si estuviera corriendo o intentando no hacerlo.
Al fondo llegaban sonidos apagados de la calle. Agulló sintió un nudo en el estómago. Algo iba mal. Muy mal.
—Me ha llamado mi hermano Rubén.
Agulló clavó los dedos en la tierra húmeda hasta notar las piedras incrustarse en la palma.
Costa soltó una maldición entre dientes.
—¿Dónde estás ahora, Iker? —preguntó Bernal.
—No puedo decirlo. Me ha dicho que sabe que fui yo quien habló. Que, si no voy, va a cargarme todo encima. Dice que aún puede arreglarlo.
Rojo miró a Costa.
Bernal mantuvo la voz firme.
—Iker, escúchame. Espera donde estés. No te acerques a él.
—Ya estoy cerca.
Agulló sintió que el dolor pasaba a un segundo plano.
—¿Cerca de dónde? —preguntó.
Iker soltó un sollozo ahogado. El sonido breve y quebrado de un chaval atrapado entre el miedo, la culpa y el peso de su propia sangre.
—De la balsa.
Costa levantó la vista hacia el camino. La oscuridad parecía haberse cerrado sobre él, espesa y amenazante.
Rojo se puso en pie de un movimiento rápido, con la atención clavada en la misma dirección.
—Tienes que irte ya —dijo, clavando la mirada en Costa—. Si Rubén e Iker están allí, cada minuto cuenta.
Costa ni siquiera lo miró.
—No. Bernal no puede entrar sola.
—No va a entrar sola. Vienen unidades en camino.
—¿Eres imbécil? Las unidades no llegarán a tiempo.
—He dicho que no me voy a ir dejándola aquí.
—Ya está consciente, joder. ¿Qué clase de policía eres?
—¿Por qué no vas tú?
Rojo dio un paso hacia él.
—Porque no puedo, pedazo de gilipollas. Esto no va de ti, ¿te enteras?
Costa se levantó también.
—No. Claro.
Bernal miró de uno a otro.
—Ahora no, por favor.
Agulló sabía que los dos tenían razón.
Y eso era lo más duro .
Ambos poseían una porción de la maldita verdad, pero la estaban usando como munición para librar dos guerras completamente distintas.
Rojo veía un tablero colgado en la pared con pruebas dispersas, tiempos que se agotaban y la siguiente jugada de Rubén antes incluso de que este la hiciera. Sin embargo, Costa no veía el tablero.
La veía a ella.
Y eso era peor.
Porque entre ambos, atrapado en medio como una pieza olvidada, estaba Iker Soria: un chaval aterrorizado que aún no sabía si iba a terminar siendo testigo, culpable o cadáver.
Agulló tensó el estómago, ignorando el pinchazo del hombro, y levantó la voz por encima del zumbido que aún le castigaba el cráneo.
—¡Costa!
Él se volvió al oír su voz.
—Vete con Bernal.
La frase le cayó encima como un puñetazo. Durante un instante, algo se quebró en su expresión antes de que intentara recomponerse.
—No.
—Sí.
—Jefa, acabas de perder el conocimiento. Mi responsabilidad es...
—Y tú acabas de ver la prueba que nos faltaba.
Sabes perfectamente lo que significa para el caso —dijo ella—.
Si Rubén llega a Iker antes que nosotros, dejará de ser un testigo.
Lo utilizará hasta vaciarlo. Lo convertirá en culpable, en una coartada o en lo que necesite para librarse de la justicia.
—No tenemos mucho tiempo —advirtió Rojo.
Agulló miró a Costa.
—Rojo no puede coordinar apoyo, no puede intervenir en un operativo oficial y no puede cubrir a Bernal sin poner en riesgo todo el procedimiento. Tú sí.
Costa apretó los dientes.
—¿Lo prefieres a él?
La frase apenas fue un susurro, rota por algo que Costa ya no conseguía ocultar.
Agulló sintió una grieta abrirse bajo el cansancio, fina al principio, pero lo bastante profunda para dejar pasar algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Apartó la vista por un instante. Si se asomaba a eso ahora, corría el riesgo de no poder volver a cerrarlo.
—Precisamente por eso te pido a ti esto. Porque eres la persona que puede hacerlo.
Costa sostuvo su mirada unos segundos.
Después se volvió hacia Bernal.
—Venga. Vamos.
Bernal asintió.
—Iker, escúchame bien —dijo al móvil, clavando la vista en la oscuridad del camino—. Quédate en línea. No cuelgues por nada del mundo. Y no des un paso más. Si ves a Rubén, no te acerques. No le hables. No le des la oportunidad de decirte una sola palabra.
—No puedo...
—Sí puedes. Escúchame. Respira. Una vez. Otra. Ahora busca una luz y camina hacia ella. No pienses en nada más.
Costa subió el talud con la urgencia de quien ya ha tomado una decisión y la odia. A medio camino se detuvo. Se volvió hacia Rojo.
—Si le pasa algo...
Rojo sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Costa negó despacio con la cabeza.
—No. No tienes ni puta idea.
Costa se dio la vuelta sin decir ni una palabra más. Fue una retirada tensa y cargada de reproches mudos. Giró sobre sus talones y enfiló el camino hacia el coche, con Bernal pisándole los talones, ambos moviéndose con la urgencia sombría de los que huyen de una zona de demolición.
Agulló los escoltó con la vista hasta que sus siluetas alcanzaron el límite de la pista de tierra.
El silencio de la madrugada en esa zona industrial le devolvió la secuencia con una nitidez quirúrgica: el clac seco de las puertas metálicas al cerrarse a presión, el rugido asmático y contenido del motor al cobrar vida y el lamento sordo de los neumáticos triturando la grava sucia.