La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 52. 52
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El coche surgió de la oscuridad como un tiburón saliendo de un fondo marino.

Sin matrícula delantera.

Las luces largas les golpearon la cara y borraron el camino durante un segundo.

—¡Apartaos! —gritó Costa.

Bernal reaccionó por puro instinto y se lanzó de cabeza hacia la verja metálica. Agulló pivotó sobre los talones, buscando el parapeto de la carrocería del furgón, pero el intruso ya devoraba la grava a sesenta kilómetros por hora, escupiendo piedras y polvo hacia los lados.

Fue entonces, en esa fracción de segundo donde el tiempo se estira como un chicle, cuando lo vio con la nitidez de una ejecución.

El conductor no buscaba carne humana.

No iba a por ellos.

Iba a por el furgón. A por el maldito cadáver de metal. A por las pruebas. A por todo lo que acababan de arrancar de las tripas de la noche.

El motor subió de revoluciones .

Y el impacto llegó con el estruendo de un cartucho de escopeta reventando en un pasillo cerrado.

El coche embistió el flanco delantero del furgón con una violencia ciega y lo hundió contra el diente de hormigón.

La chapa coreana se plegó sobre sí misma como un acordeón de juguete; el ruido del acero retorciéndose arañó el aire.

Los cristales de las ventanillas estallaron en una lluvia simétrica de diamantes sucios.

El capó saltó por los aires, volando hacia la oscuridad como una cuchilla suelta, mientras una de las puertas traseras se abría por la torsión, golpeaba el muro y volvía a cerrarse con un estampido seco.

Dentro, el habitáculo se convirtió en una centrifugadora. La caja de plástico que custodiaba el móvil de Álex salió disparada hacia el techo. El rúter se arrancó de cuajo de su soporte y quedó suspendido en el vacío, balanceándose como un ahorcado del cable de alimentación.

Durante un latido, las leyes de la física parecieron tomarse un respiro. Todo quedó suspendido en el aire cargado de polen y polvo.

Luego llegó la onda expansiva del golpe.

Agulló sintió que la gravedad le soltaba la mano.

No supo qué la barrió primero: si el desplazamiento de aire, la grava cediendo como arena movediza bajo la suela de sus botas, o ese maldito retraso biológico de una décima de segundo en la sinapsis de su cerebro.

El suelo desapareció. Se convirtió en un plano inclinado.

Rodó por el talud en una sucesión caótica de cielo negro y tierra seca, tragando polvo. El hombro derecho absorbió el primer impacto contra una roca viva y un dolor sordo le subió hasta el cuello. Un instante después, el cráneo chocó con algo macizo y fijo.

El universo estalló en un fogonazo de luz blanca.

Una pantalla fundida .

Después, el vacío negro. La nada más absoluta.