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El silencio siguió intacto.
Un alivio denso y caliente le inundó las venas de golpe. A su espalda, Costa y Bernal soltaron el aire como si les hubieran quitado un yugo del cuello. En la pantalla del teléfono, Ruiz volvió a parpadear, frotándose la cara con una mano temblorosa.
La noche periférica, que parecía haber encogido a su alrededor, recuperó su distancia normal.
Agulló introdujo la punta del acero bajo el trapo retorcido que hacía de mecha y lo apalancó hacia fuera, despegándolo de la boca de la botella.
El encendedor quedó al descubierto, inerte, casi ridículo.
Una pieza barata sujeta con cinta aislante, improvisada y torpe.
No habría provocado una gran explosión, pero sí un incendio suficiente para mandarla directa al hospital.
Agulló se echó hacia atrás y se sentó un segundo en el suelo.
—Creo que ya está.
Costa soltó el aire.
—Me cago en todo.
Ruiz habló desde la pantalla.
—Bravo, inspectora.
Bernal se acercó a Agulló.
—¿Estás bien?
—Por un segundo, pensé que iba a cagarme encima.
Costa volvió a la puerta del conductor, pero esta vez mantuvo las manos alejadas de la llave. Abrió despacio, atento a cualquier sonido, a cualquier chispa que delatara una segunda trampa.
Por suerte, no ocurrió nada.
Con la misma cautela, deslizó la puerta corredera.
El interior quedó expuesto bajo el haz de la linterna.
No había ningún cadáver.
Estaba vacío.
La zona de carga estaba casi desierta. Apenas una manta térmica arrugada en un rincón, una caja de herramientas barata y un rollo de cinta americana abandonados sobre el suelo. Junto al panel lateral, sujeto con tiras de velcro, alguien había fijado un rúter 4G conectado a una batería portátil.
Las dos bridas intactas parecían olvidadas allí, como si nunca hubieran llegado a usarse.
Y, dentro de una caja de plástico transparente, un teléfono móvil con la pantalla apagada.
Un móvil del que todos habían oído hablar, aunque ninguno lo hubiera tenido delante hasta entonces.
Costa iluminó la caja.
La funda negra estaba rota en una esquina y en la parte trasera aún se distinguía una pegatina desgastada de una marca de skate, descolorida por el uso. La pantalla estaba surcada por varias grietas, pero seguía intacta.
Agulló no lo tocó .
Durante un segundo, todas las miradas fueron a parar a aquel rectángulo apagado.
Bernal tragó saliva.
—¿Es...?
—El maldito teléfono que estábamos buscando —dijo Agulló.
Costa fotografió el móvil desde tres ángulos.
—Ruiz.
—Lo veo desde aquí.
—¿Qué hacemos? —preguntó Agulló.
La voz del técnico había perdido todo el humor.
—No lo encendáis. Ni se os pase por la cabeza. Que Científica lo embolse y lo procese. Pero ese rúter... Si la batería sigue viva, todavía puede hablarnos.
Bernal miró el aparato.
—Tradúcelo para los que no hablamos en código informático.
Costa señaló el enrutador.
—Es un wifi portátil. Lo escondes en un vehículo y crea una red propia. Todo lo que se conecta deja huella: el nombre del dispositivo, la hora y, a veces, parte de la identificación.
Ruiz apareció más cerca de la cámara.
—En resumen —dijo—, hicieron algo bastante inteligente.
Sacaron la tarjeta SIM de Álex y la metieron en otro teléfono, para generar actividad y hacer creer que seguía usando su línea, igual que en Lo Morant.
Mientras tanto, el móvil original permanecía conectado a este rúter.
Así podían entrar en sus cuentas, acceder a la nube y revisar todo lo que guardaba, sin levantar sospechas.
Agulló miró el teléfono dentro de la caja.
Ruiz continuó:
—Un teléfono sostenía la farsa. El otro guardaba aquello por lo que habían secuestrado a Álex.
Agulló miró el terminal apagado.
—El vídeo.
—Probablemente —dijo Costa.
Ruiz pidió que acercaran la cámara al rúter.
Costa evitó tocarlo. Se limitó a enfocar la pequeña pantalla y la etiqueta lateral.
El informático observó su pantalla durante unos segundos.
—Interesante... Conozco ese modelo. Es de los pocos que conserva un registro de los dispositivos que se conectan a él y de cuándo lo hacen. Si nadie ha borrado los datos, podríamos tener una lista muy reveladora.
—¿Puedes acceder? —preguntó Agulló.
—Solo si consigo entrar. Y más vale que quien montó esto sea tan chapucero como parece. Porque, si tuvo un momento de lucidez, estamos jodidos.
Costa recorrió el interior con la linterna.
La luz se posó sobre la caja de herramientas. Encima, atrapado bajo una llave inglesa, había un papel doblado. Costa tomó varias fotografías desde distintos ángulos y amplió una de ellas en la pantalla del móvil.
Cuatro números escritos a bolígrafo.
Ruiz suspiró.
—Gracias, aunque no contaría con tanta suerte...
Costa se acuclilló junto a la caja y, sin tocar el enrutador, conectó su móvil a la red. Introdujo los cuatro números despacio, atento a cualquier reacción.
La pantalla tardó unos segundos en responder.
Nadie dijo nada .
—Pues vaya... Parece que estoy dentro.
Ruiz se inclinó hacia la cámara de golpe. Su rostro apareció enorme en la pantalla.
—Ve a la lista de dispositivos conectados.
Costa deslizó el dedo con cuidado por el menú y siguió las indicaciones.
Durante unos segundos, las dos inspectoras siguieron cada movimiento de su compañero sin decir una palabra.
El resplandor azulado de la pantalla iluminaba sus rostros tensos mientras el sistema terminaba de cargar.
Apareció una lista de dispositivos: nombres incompletos, registros de conexión y códigos de identificación alineados en columnas.
Ruiz se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos.
—Ahí está. Dispositivo uno: un terminal prepago.
—El móvil desechable que utilizaron para mover la SIM de Álex —continuó Ruiz, con la vista fija en la pantalla—. Exactamente lo que esperábamos.
Bernal miró a Agulló.
—Con el que hicieron creer a todo el mundo que Álex seguía ahí fuera.
—Sí.
Ruiz siguió:
—Dispositivo dos... Álex Roldán.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Agulló clavó la vista en la caja de plástico transparente. Dentro descansaba el móvil original de Álex, intacto, como si las semanas de búsquedas, informes y pistas muertas hubieran conducido siempre hasta aquel punto.
Pero no fue el teléfono lo que le tensó la espalda.
Fue el registro.
Las líneas de datos brillaban en la pantalla. Y, mientras las observaba, las piezas empezaron a encajar con la lógica despiadada de los hechos.
Aquel móvil se había conectado a la red del furgón la misma noche en que Álex desapareció.
—¿A qué hora? —preguntó Agulló.
Costa leyó.
—A las 02:23 de la madrugada. Cuatro minutos de conexión. Luego otra a las 02:51. Y una tercera a las 03:17.
Ruiz empezó a teclear.
—Comparad esos registros con el historial GPS del furgón.
Costa abrió el mapa.
La ruta histórica apareció en pantalla. Los Olivos.
El entorno de Alfonso el Sabio. Avenida de Novelda.
Virgen del Remedio. Después, un desvío hacia el sur por una zona sin iluminación ni tránsito registrado.
El recorrido terminaba en una parada prolongada junto a una balsa de riego abandonada, al borde de un barranco y lejos de cualquier vivienda.
Entre las 02:44 y las 03:19.
Agulló clavó la vista en el punto del mapa.
—Ahí.
Bernal se acercó.
—¿Qué hay?
Costa amplió.
—Es un camino rural... Solo hay restos de obra abandonados, una balsa de riego en desuso y dos casetas medio derruidas. No hay cámaras municipales, ni viviendas cerca .
—Nunca está tan vacío como parece —dijo Agulló.
Ruiz habló de nuevo:
—Hay un tercer dispositivo conectado al rúter durante esa parada.
Bernal frunció el ceño.
—¿Otro más?
—Si un dispositivo se conectó al mismo rúter que el móvil original de Álex, a la misma hora y en ese lugar, entonces alguien estuvo allí con él. Y eso nos lleva directamente a una persona.
Agulló sintió un vuelco en el estómago.
Las piezas empezaban a encajar.
El teléfono original de Álex. La parada junto a la balsa. Y ahora aquel dispositivo que apuntaba a Rubén sin nombrarlo todavía en ningún informe.
Por primera vez desde Lo Morant, una pista no alimentaba la esperanza de encontrar a Álex con vida.
Le decía algo mucho más inquietante.
Álex había estado allí.
Álex había estado con alguien.
Y, por primera vez, aquello sonaba a una verdad pura, sin concesiones.
De pronto, una luz apareció al fondo del camino.
Primero una.
Luego otra.
Eran luces largas.
Rápidas y directas.
Costa levantó la cabeza.
—Será mejor que regresemos al coche .
El motor del vehículo que se acercaba rugió en la oscuridad, cada vez más cerca.
Los faros barrieron el camino y arrancaron destellos blancos de la verja metálica.
—¡Agulló! —oyó gritar a Bernal.
La inspectora levantó la vista.
Durante una fracción de segundo, todo encajó.
Y aquellas luces avanzaban hacia ellos sin intención de detenerse.