La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 50. 50
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Algo en su tono hizo que sus compañeros se quedaran quietos.

Costa retiró la mano de la manilla y dio un paso atrás sin discutir.

Agulló desenfundó la linterna táctica. Sin rozar la carrocería, proyectó el haz de luz blanca a través del cristal mugriento, apuntando directamente al hueco bajo el volante.

El círculo de luz barrió la columna de dirección hasta encontrar el objetivo: una botella de plástico, de refresco, sujeta al lateral de la consola, con cinta aislante.

Dentro flotaba un líquido transparente que reflejó el brillo LED.

Del cuello de la botella sobresalía un trapo retorcido, empapado, conectado de forma rudimentaria a la carcasa destripada de un encendedor eléctrico.

Unos hilos de cobre pelados completaban el circuito.

Se quedó inmóvil, estudiando las conexiones durante unos segundos eternos.

Era un artefacto incendiario casero. Chapucero, tosco, ensamblado a toda prisa por alguien que había memorizado un tutorial básico.

No era una bomba militar, pero los aficionados con un manual de instrucciones y ganas de matar son los más impredecibles.

Aquella mierda no necesitaba ser perfecta; solo tenía que chispear una vez para convertir el furgón, el callejón y a cualquiera que estuviera cerca en un infierno de plástico fundido y carne quemada.

Y eso, de sobra, era suficiente para cambiar las reglas del juego.

—Joder —masculló Bernal.

Costa dio otro paso atrás. Sus ojos saltaron de la botella al rostro de Agulló.

—¿Qué potencia tiene esa mierda?

—No es C-4, Costa. No va a volar media manzana, pero tiene carga de sobra para convertir la cabina en un horno y reducir a cenizas lo que hayan dejado dentro.

El mecanismo es simple: si giras la llave de contacto, cierras el circuito y el encendedor chispea.

Y si abres la puerta del todo, es probable que tenses el cable rojo y consigas el mismo resultado. Una barbacoa.

—¿Podemos anularlo?

Agulló no respondió de inmediato.

Sus conocimientos sobre explosivos llegaban hasta donde llegaban; no llevaba el uniforme de los TEDAX.

Lo sensato, lo que dictaba el manual de procedimiento que ya se había pasado por el forro, era recular, acordonar el polígono, establecer un perímetro de seguridad y esperar a que llegaran los tipos que cobraban un plus por jugarse los dedos entre cables y olor a azufre.

Lo sabía perfectamente.

Pero también sabía que el aire de aquella periferia industrial no engañaba a nadie.

Si quien había montado esa chapuza le había acoplado un temporizador barato o andaba cerca, agazapado entre las naves con un mando a distancia esperando a verlos arder, la verdad se esfumaría en un fogonazo de gasolina, antes de que la primera sirena asomara por la avenida .

—Costa, mete a Ruiz en una videollamada. Ya.

Costa ya tenía el pulgar activando la pantalla.

Ruiz apareció en el recuadro digital, con los ojos inyectados en sangre y la cara de haber pasado el límite de seguridad que tolera el cuerpo humano a base de taurina y pantallas.

—Dime que esta vez no habéis encontrado una forma creativa de saltaros el reglamento, Agulló. Por favor.

Costa inclinó el teléfono y enfocó el haz de la linterna hacia el cable rojo que colgaba bajo el chasis.

Al otro lado de la línea, Ruiz dejó de parpadear. El tic de su párpado izquierdo se congeló.

—Vaya... —susurró el informático—. Veo que os va la artesanía.

Agulló habló sin apartar la vista del filamento de cobre.

—¿Cómo se te dan los rompecabezas, Ruiz? Tenemos combustible de automoción, un encendedor eléctrico destripado y un circuito de guardería pensado para prenderle fuego a todo si tocamos lo que no debemos. Necesito dejar esa línea muerta sin que salte la chispa.

—Soy informático y analista de datos, jefa. No soy artificiero.

—Y yo soy policía, no adivina. Estamos empatados.

Ruiz soltó una risa seca, histérica, que crujió a través del altavoz del móvil.

—Magnífico. Me encanta jugar a los artificieros desde una silla, con un artefacto montado por un perturbado. Me hace sentir jodidamente útil.

Agulló no contestó. Deslizó los dedos por la cadera de Costa, localizó el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña navaja de barbero con el filo desgastado. El metal frío se asentó en su mano con un peso familiar.

Costa bajó la vista .

—Oye.

—Te la devolveré, tranquilo.

—No me refería a la navaja. ¿En serio lo vas a hacer?

—¿Qué esperas? ¿A que perdamos el último tren que nos queda?

—Estás poniendo en peligro tu vida... y la nuestra.

—¿Preferís hacerlo vosotros? —preguntó.

Los otros dos callaron, dándole la razón.

—Luego, si salimos de esta, rellenas un parte, ¿vale?

Se tumbó sobre la grava, ignorando los nervios de la situación. Estiró el brazo despacio hasta alcanzar la trampa incendiaria casera, cuidando de no rozar la puerta. Las piedras se clavaron en su hombro.

Inspiró una vez.

Y otra.

Todo lo demás desapareció.

Solo el cable rojo, la cinta aislante, la botella de gasolina y los pocos centímetros que separaban un error de una catástrofe.

Notó el miedo instalado en el pecho, frío y pesado.

Lo apartó.

Con la navaja, siguió las instrucciones de Ruiz y cortó primero el cable más alejado del contacto.

Nada.

Ni una chispa.

Ni el amago de un chasquido eléctrico.

La inspectora se quedó petrificada un par de segundos, con la hoja de la navaja suspendida a milímetros del plástico, midiendo el grosor del silencio.

Entonces, con un movimiento seco de la muñeca, rebanó el segundo filamento .

El cable cayó sobre la tierra.

Por un segundo, creyó haber ganado.