La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 49. 49
76%

49. 49

Antes de que el mapa se actualizara por segunda vez, el instinto le dio a Agulló un mordisco en las tripas.

El punto del mapa se había movido. El camino de servicio se abría ante ellos desierto, flanqueado por una hilera de farolas muertas, estirándose en la penumbra como una radiografía mal revelada.

Costa levantó el pie del pedal y el coche se deslizó a paso de entierro entre esqueletos de naves industriales clausuradas, vallas de tela metálica vencidas por el óxido y parcelas abandonadas, donde la maleza devoraba la grava, las latas de cerveza aplastadas y las bolsas de plástico tiritaban con el viento.

El paisaje entero parecía congelado.

Una postal muerta.

El punto del GPS seguía parpadeando en el móvil con una insistencia estúpida, digital, ajena a la realidad.

A veinte metros, según la aplicación de la empresa de alquiler.

Pero allí solo había una hilera de contenedores de obra, un remolque oxidado y una pared cubierta de grafitis antiguos. El aire olía a polvo, combustible y humedad de barranco. Alicante quedaba detrás, luminosa, como si aquella parte de la ciudad no quisiera pertenecerle .

En el asiento trasero, Bernal rompió la rigidez del viaje. Se inclinó hacia delante, con los dedos clavados en el respaldo del copiloto.

—Puede que la ubicación tenga algo de margen de error.

Costa miró el móvil.

—El margen no debería tragarse un furgón.

Agulló mantuvo los ojos clavados en la penumbra. No se permitió el lujo de la decepción; la frustración era un gasto de energía estúpido a esas alturas. Cualquier vacío podía esconder una pista mal interpretada. Había aprendido a desconfiar incluso de las ausencias.

—Sigue hasta el final.

Costa apenas hundió el pie en el acelerador y el coche devoró otros treinta metros de asfalto agrietado. El camino murió allí, estrechándose de golpe al borde de un talud de tierra batida que se desplomaba hacia una vaguada sumida en una oscuridad total, densa como el chapapote.

A la derecha, una verja metálica entreabierta daba acceso a un terreno sin urbanizar, salpicado de restos de obra, montones de grava y una caseta prefabricada cuyas ventanas habían sido cegadas con paneles.

El refugio parecía una calavera de metal, esperando a que alguien llamara a la puerta para enseñar los dientes.

El GPS volvió a actualizarse.

El punto parpadeó y se desplazó unos metros en la pantalla.

Ahora marcaba una posición detrás de la verja.

—Es ahí —dijo Costa.

Clavó los frenos antes de llegar a la entrada. El coche se detuvo sobre la grava con un crujido seco y los faros barrieron el interior del recinto.

Nadie habló.

Agulló lo vio a través del parabrisas sucio .

El furgón estaba empotrado de costado en el hueco miserable que quedaba entre la caseta prefabricada y un bloque de hormigón que parecía un diente de cemento roto.

Alguien lo había encajado allí con la prisa desesperada de quien esconde un cadáver bajo la alfombra antes de esfumarse en la oscuridad.

Era completamente blanco.

No se apreciaban logotipos corporativos ni rotulación alguna en los laterales. Bajo la luz anémica del cielo periférico y el resplandor oblicuo de los faros, el vehículo tenía aspecto de desecho abandonado.

Pero había algo en aquella inmovilidad absoluta que hizo que a Agulló se le erizara la piel de la nuca.

Un presentimiento animal.

No había luces encendidas en la cabina. Tampoco se distinguía movimiento tras los cristales. Todo indicaba que el furgón llevaba allí el tiempo suficiente para que sus ocupantes hubieran desaparecido.

Aun así, la puerta lateral corredera parecía mal cerrada. Desde aquella distancia solo se apreciaba una estrecha línea negra entre la puerta y el chasis.

Costa apagó el motor.

El silencio cayó de golpe.

—Mejor no acercarnos de frente —dijo.

—No vamos a entrar. Solo echaremos un vistazo.

Costa soltó una risa seca.

—Sí, claro. Y esas son siempre las últimas palabras antes de que todo se vaya a la mierda.

Bernal sacó el arma, pero la mantuvo baja.

—¿Aviso a Gómez ?

Agulló siguió observando el furgón. Desde el coche no podían saber si estaba vacío, si alguien los vigilaba desde la caseta o si aquella puerta entreabierta era un descuido.

O una invitación.

—Ya tiene la ubicación —dijo—. Que pida apoyo y que no dé detalles por radio.

Bernal asintió y sacó el móvil.

—Sabe cómo hacerlo.

—Entonces que se dé prisa.

Durante unos segundos, ninguno se movió.

Agulló notó el dolor latiéndole en el costado. No tenía el mando de la situación; ni siquiera debería formar parte de aquella intervención. Sobre el papel, era una espectadora más, con la diferencia de que, si algo salía mal, su carrera terminaría allí mismo.

Miró otra vez la línea oscura de la puerta lateral.

Después apoyó una mano en la manilla.

—Nos acercamos por los lados. Sin tocar nada.

Costa desenfundó el arma.

Bernal guardó el teléfono.

Luego abrieron las puertas y salieron del coche.

Agulló apoyó primero un pie en la grava y después el otro.

Costa avanzó por la izquierda, pegado a la verja metálica.

Bernal se abrió hacia el lado contrario, cubriendo los ángulos muertos.

Agulló fue hacia el frontal del furgón, sin cruzarse con la línea de la puerta corredera.

Si alguien lo había dejado allí para que lo encontraran, también podía haber dejado una sorpresa esperándolos.

La matrícula era visible bajo la capa de barro.

9184 MJP .

El vehículo estaba cerrado.

No había conductor.

Ni rastro de nadie en el interior, al menos a simple vista.

Costa iluminó la cabina con una linterna pequeña. El haz recorrió el volante, una guantera abierta, una botella de agua aplastada y varios papeles de alquiler esparcidos por el suelo.

La llave seguía puesta en el contacto.

Eso fue lo que no encajó.

—Qué raro —murmuró Bernal.

Costa se acercó a la puerta del conductor.

—Si la llave está puesta, podemos moverlo fuera de la verja, antes de que llegue apoyo.

—Ni de coña.

La orden salió cortante.

Costa se quedó inmóvil, con la mano suspendida a pocos centímetros de la manilla.

—¿Qué?

Agulló no respondió de inmediato. Su mirada recorrió el interior de la cabina: la llave en el contacto, el espacio bajo el salpicadero, la estrecha rendija de la puerta corredera.

Entonces lo percibió.

Un olor.

Débil. Casi imperceptible bajo el polvo y el aire estancado.

Pensó que era gasolina, o quizá algún disolvente. Un olor químico, dulzón, fuera de lugar.

—No lo arranques.

Costa frunció el ceño.

—Puede estar bloqueando la entrada .

—O precisamente por eso han dejado la llave puesta.

Bernal percibió la tensión en la voz de Agulló antes que Costa.

—¿Crees que han dejado algo preparado?

Agulló no respondió de inmediato.

Se agachó despacio junto a la rueda delantera, hincando una rodilla en la grava afilada, luego clavó la vista bajo el chasis de la cabina.

Y entonces el estómago se le encogió.

Un cable rojo, fijado con pasadas descuidadas de cinta aislante negra, rompía la monotonía gris del motor. Destacaba sobre el metal cubierto de polvo y desaparecía hacia el interior, colándose por una junta de goma mal encajada en el suelo del conductor.

El pulso se le aceleró.

—Costa, aléjate de la puerta.