La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 48. 48
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Media hora más tarde, Agulló se colaba en Jefatura por la puerta lateral, esquivando el mostrador de guardia y la luz fluorescente del vestíbulo principal.

Costa se había atrincherado en el archivo viejo, dos plantas por debajo de la moqueta limpia de Homicidios. Las catacumbas del edificio. El purgatorio de papel donde iban a morir los casos cuando ya no le importaban a nadie.

El aire allí abajo era espeso, una mezcla rancia de estanterías metálicas, cartón húmedo, polvo acumulado y tóner caliente de una fotocopiadora que zumbaba como un insecto moribundo.

En mitad de aquel cementerio, Ruiz parpadeaba en la pantalla de un portátil viejo, encajado sobre una torre de cajas de expedientes de tráfico.

Junto al teclado, sembrado de migas y huellas grasientas, agonizaba una bolsa de patatas fritas de marca blanca.

Ruiz tenía la cara típica de los analistas que llevan demasiadas madrugadas alimentándose de basura y luz de monitor: piel de cera, ojeras profundas y la expresión ausente de quien ya no sabe muy bien en qué día vive.

Costa levantó la vista del montón de folios cuando las botas de Agulló hicieron crujir el suelo de cemento .

No hubo sorpresa en sus ojos. Solo la bienvenida sombría de un náufrago que ve llegar a otro a la misma isla desierta.

—Bernal te ha encontrado.

—Bernal encuentra a todo el mundo.

—Sí. Por eso es buena.

Agulló se quedó junto a la puerta.

—No vengo a daros órdenes.

—Menos mal.

Ruiz levantó la mano desde la pantalla.

—Técnicamente, mando yo. Soy el único que sabe qué demonios estamos mirando.

—Eso nunca te ha impedido meter la pata —dijo Costa.

—Sí, pero la meto con seguridad.

Agulló cerró la puerta.

—¿Qué tenéis?

Costa giró el portátil hacia ella.

En pantalla se apilaban accesos a cámaras privadas, rebotes de antenas, matrículas incompletas, pagos de aparcamiento y movimientos de vehículos relacionados con Soria Control. Datos sueltos. Fragmentos. Nada que pudiera sostenerse solo. Pero juntos empezaban a dibujar algo distinto.

—Después de la activación del móvil prepago en San Gabriel-Rabasa, todo el mundo se lanzó al mismo sitio —dijo Costa—. Gómez mandó dos unidades a peinar la zona, sin éxito. Molina pidió cámaras de salida y cruces principales. Todo muy lógico. Y precisamente por eso, demasiado evidente.

—¿Y Rubén Soria?

Costa señaló una columna .

—Soria no se mueve. Oficialmente, su León sigue en el aparcamiento de la oficina desde las 15:03. Hay una cámara. A las 15:11 entra con su abogada. Desde entonces, no vuelve a aparecer.

—Un trabajo fino.

—Demasiado. Pero eso ya no nos sirve. Así que he mirado quién sí se mueve mientras Rubén Soria finge no meterse en líos.

Ruiz abrió otra ventana.

—Soria Control mueve otros tres vehículos operativos.

Dos están controlados. Uno sigue en taller.

El tercero es un furgón blanco de alquiler contratado a nombre de un empleado temporal.

No figura en los listados que enviaron a Molina porque, técnicamente, no pertenece a la empresa. Tiene un contrato semanal.

Agulló se acercó a la pantalla.

—¿Qué empleado?

Costa la miró.

—Abel Ríos.

—El de la nave.

—El mismo. El que dijo que solo había ido a limpiar y a cobrar en efectivo.

Ruiz amplió un contrato.

—El furgón se alquiló hace cuatro días. La devolución vence mañana.

Matrícula 9184 MJP. Lleva GPS integrado de la compañía de alquiler.

Aún no tenemos autorización judicial para intervenirlo, pero la empresa nos ha facilitado una ubicación aproximada porque el contrato figura con incidencia por impago del depósito.

Agulló sintió que el cansancio retrocedía medio paso.

—¿Dónde está?

Costa abrió el mapa .

Un punto intermitente apareció al sur de Alicante, perdido entre caminos de servicio, naves medio vacías y ramales de tierra que descendían hacia el barranco, en la franja sucia entre San Gabriel y los polígonos menores.

No era el mismo punto donde se había activado el prepago.

Pero estaba cerca.

Lo bastante cerca para formar otra capa.

—Lleva parado cuarenta minutos.

—¿Quién lo conduce?

—No lo sabemos.

—¿Abel?

—Abel Ríos está detenido —dijo Costa—. Sergio Moya también. Daniel sigue desaparecido, igual que Claudia y Vicente Vives. Y, antes de que lo preguntes, Rubén Soria sigue encerrado con su abogada.

Agulló miró el mapa.

—Intentan ocultar algo en ese furgón.

Ruiz asintió desde la pantalla.

—O usarlo para quedarse quietos mientras todos corren detrás del segundo prepago.

—¿Gómez sabe esto?

Costa se apoyó en la mesa.

—Gómez sabe que estoy revisando vehículos secundarios. No sabe que tenemos una localización.

—¿Por qué?

Costa sostuvo su mirada.

—Porque en cuanto suba el aviso, Molina lo pasea por la sala, Gómez lo mueve por procedimiento y alguien acaba oliéndolo. Veinte minutos después, ese furgón estará limpio o habrá desaparecido .

La frase no sonaba a insubordinación.

Sonaba a experiencia.

—No puedo encabezar un operativo estando apartada.

—Nadie te lo ha pedido.

—Tampoco puedo actuar fuera de la cadena de mando.

—Tampoco te lo he pedido.

—Costa.

Él bajó la voz y la miró fijamente.

—Te estoy poniendo delante una decisión. Molina puede apartarte del caso, quitarte el mando e incluso dejarte fuera de la sala. Pero no puede decidir por ti qué haces cuando sabes que algo no encaja.

Ruiz carraspeó desde la pantalla.

—Yo, como funcionario prudente y con hipoteca, diré que todo debe canalizarse por vías oficiales y que jamás sugeriría hacer una comprobación visual discreta, mientras la autorización formal se redacta con la lentitud de un entierro.

Costa miró la pantalla.

—Gracias, Ruiz.

—De nada. Me gusta conservar mi empleo.

Agulló negó con la cabeza.

Miró el mapa como si pudiera olerlo. El punto inmóvil del furgón.

San Gabriel-Rabasa atravesando la ciudad como una cicatriz abierta.

El teléfono hecho pedazos. El prepago encendido para distraerlos.

Mentiras moviéndose donde los cuerpos se quedaban quietos.

Sangre bajando por un desagüe industrial.

Y la voz de Nuria, baja, rota, clavándosele detrás de los ojos.

Encuentre la verdad antes de que ellos decidan cuál va a ser.

—Si vamos y nos tienden otra trampa, la habremos cagado de verdad.

—Sí —dijo Costa—. Molina nos convertirá en carroña.

—Si avisamos y se filtra, perderemos el furgón.

—Sí.

—Y si no hacemos nada…

No terminó la frase.

Ruiz miró algo fuera de pantalla y se inclinó hacia el teclado.

—Un momento.

Costa se giró hacia el portátil.

—¿Qué pasa ahora?

—El GPS acaba de refrescar datos. El vehículo sigue inmóvil, pero el sistema acaba de detectar contacto activo.

Agulló lo miró.

—Habla en cristiano.

Ruiz tardó medio segundo en responder.

—El motor está encendido.

La decisión cayó sola.

—Llama a Bernal —ordenó Agulló.

Costa ya tenía el móvil en la mano.

—¿Qué pasa con Gómez?

Agulló respiró despacio.

—Gómez recibirá aviso en cuanto salgamos. Lo justo para cubrirnos, no lo suficiente para que alguien vacíe ese furgón antes de que lleguemos.

Ruiz levantó las cejas.

—Eso es una forma muy elegante de decir “medio oficial”.

—Es una forma muy elegante de no repetir la cagada del parque.

Costa la miró.

—Jefa, ¿vienes?

Agulló pensó en Molina apartándola del caso como quien retira una pieza incómoda del tablero.

En el sofá de su piso, en la comida china enfriándose mientras Tony Soprano confundía lealtad con violencia hasta hacerlas indistinguibles.

Pensó en Bernal esperándola sin exigir nada y en la voz de una madre resistiéndose a que convirtieran a su hijo en una explicación apta para todos los públicos.

—No lo haré como mando.

—Entonces, ¿cómo?

Agulló cogió el mapa impreso.

—Como testigo.

Costa guardó el portátil y dio un suspiro.

—Tú sabrás.

Ruiz empezó a enviar datos al móvil de Costa.

—Voy a prepararle a Gómez un paquete limpio —dijo—. Con un poco de retraso, pero todavía defendible.

—Hazlo corto —dijo Agulló.

—Entonces quedará bastante pobre.

Bernal llegó tres minutos después al archivo viejo, sin hacer preguntas inútiles.

—¿Adónde vamos?

Costa le enseñó el mapa.

Bernal miró a Agulló.

—¿Lo has pensado bien?

Agulló sostuvo la mirada, consciente de que ya no avanzaba por certeza, sino precisamente por la ausencia de ella.

—No. Por eso vamos con pies de plomo.

Salieron del archivo por la escalera de incendios.

Era el atajo más rápido hacia los coches, la única forma de evitar la sala de incidencias, pero también una ratonera perfecta si alguien los veía.

Pasillos angostos, plafones con sensores de movimiento que reaccionaban con un retraso exasperante y un tramo final que desembocaba peligrosamente cerca del pasillo de los despachos de mando.

Si Molina asomaba la cabeza en ese preciso instante, estaban muertos.

Si Gómez andaba cerca, también.

Y si cualquier patrullero de guardia bajaba a fumar o a mendigar un café aguado de la máquina, tendrían que inventar una mentira que olería a falso antes de llegar al primer punto y seguido.

Agulló abrió la marcha.

En el descansillo de la segunda planta, el sensor tardó en registrar sus siluetas. Cuando lo hizo, el clic del relé eléctrico restalló en el hueco de la escalera con la nitidez de un percutor golpeando una recámara vacía.

Los tres se congelaron.

Entonces la oyeron.

Al otro lado de la puerta cortafuegos.

La voz de Molina.

No se entendían las palabras, pero no hacía falta. Esa vibración áspera y funcionarial cruzaba la chapa metálica como una hoja de afeitar.

Seca.

Dictatorial.

Demasiado cerca.

Costa apagó la luz de la pantalla y sepultó de un manotazo el móvil en el bolsillo del vaquero. Bernal se pegó contra el muro de hormigón, rígida como un cadáver en el depósito.

Nadie se atrevió a respirar.

El corazón de Agulló empezó a golpearle las costillas con una fuerza brutal .

Si Molina empujaba la barra antipánico, la comedia terminaba allí mismo. Los pillaría a los tres bajando hacia el garaje como ratas sorprendidas en un conducto de ventilación. Sin orden judicial, sin visto bueno de Fiscalía, sin una maldita red de seguridad.

Y Molina no necesitaba un sumario blindado, para enterrar a un subordinado.

Le bastaba una escena sospechosa para encender la pira.

La voz se aproximó un par de pasos más.

Una sombra recortó la rendija inferior de la puerta.

Agulló clavó la vista en la manilla.

La palanca descendió apenas un centímetro.

El metal crujió.

Bernal apretó los párpados. Costa tensó la mandíbula, con los puños apretados dentro de los bolsillos.

La puerta no cedió.

Desde el fondo del pasillo, una voz llamó a Molina con una consulta urgente sobre un cuadrante de turnos. Los pasos se detuvieron. Hubo un gruñido flotando en el aire, unas botas pivotando sobre el terrazo y, finalmente, el portazo lejano de un despacho al cerrarse.

El silencio regresó a la escalera, denso y aceitoso.

Agulló tardó dos segundos enteros en recordar cómo se respiraba. Bernal la miró de reojo, buscando una directriz, un plan de contingencia, algo, pero Agulló no tenía nada que ofrecerle.

Se limitó a reanudar el descenso, peldaño a peldaño.

En el último descansillo, la suerte se les terminó de desmoronar en silencio.

Una agente de la escala básica, apenas una cría con el uniforme limpio y una carpeta azul de atestados apretada contra el pecho, apareció doblando la esquina.

Se quedó clavada al verlos. Sus ojos, todavía libres de las arrugas del cinismo policial, saltaron de las botas de Agulló a las ojeras de Costa y terminaron en la postura defensiva de Bernal.

Su mirada ya había registrado las tres caras que no debían estar allí.

—Buenas noches… —murmuró.

Agulló no se paró.

—Buenas noches.

La agente tardó medio segundo en reaccionar.

Ellos siguieron bajando.

Al llegar al garaje, el eco de sus pasos se perdió entre las columnas de hormigón. Costa abrió un coche sin distintivos con un gesto rápido. Bernal subió detrás sin decir nada. Agulló ocupó el asiento del copiloto y dejó el mapa sobre las rodillas.

Antes de arrancar, sacó el móvil y llamó a Gómez.

—Gómez, soy Agulló.

Al otro lado tardaron un momento en responder.

—Inspectora, no debería…

—Costa ha localizado un furgón de alquiler vinculado a Abel Ríos, que no figuraba en los listados oficiales.

Puede estar relacionado con la retirada de material después de Rabasa.

Vamos a hacer una comprobación visual discreta.

Te envío matrícula y ubicación ahora mismo.

Regístralo y mueve apoyo, pero sin sacarlo por radio. ¿Queda claro?

Gómez tardó dos segundos.

—Molina no ha autorizado…

—Te llamo para que luego no puedas fingir que no estabas avisado.

Otro silencio.

Este se alargó tanto como su alivio .

—Está bien. Mándamelo.

Agulló colgó.

Costa arrancó.

La rampa del garaje los lanzó a la calle como a una bala mal disparada.

Farolas sucias. Semáforos en ámbar. El reflejo azul de una farmacia temblando sobre el asfalto húmedo.

Alicante seguía haciendo lo que mejor sabía hacer: aparentar normalidad mientras escondía la suciedad bajo las luces del paseo.

Agulló observó la pantalla de la tableta electrónica y observó el mapa del navegador.

El punto del furgón seguía quieto.

Eso era lo que más le daba miedo.

La gente inocente huye.

Los culpables esperan.

Ya no iba detrás de Álex.

Ni detrás de una pista.

Ni siquiera detrás de un sospechoso.

La mentira siempre tomaba ventaja.

Solo perdía cuando alguien aceptaba pagar el precio de alcanzarla.