La Última Llamada (Brigada de Homicidios 2) 47. 47
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Veinte minutos después entró en The Duke, con la sensación de estar cruzando una línea que quizá ya no podría desandar.

El pub irlandés ocupaba un bajo de la glorieta de la plaza de Luceros.

Dentro, el aire denso golpeaba la garganta con la clásica trinidad de los locales de esa clase: roble humedecido por décadas de alcohol derramado, cerveza agria fermentando en las tuberías y el rastro aceitoso de la freidora recalentada.

Una pantalla colgada sobre la barra reproducía las imágenes mudas de un partido antiguo, un bucle fantasma para ojos que no querían mirar a ninguna parte.

Agulló hizo un barrido visual rápido.

Había bastante gente para ser entre semana: grupos de estudiantes riendo alrededor de las mesas altas, varias parejas compartiendo raciones de nachos y un par de camareros sudando entre grifos de Guinness y bandejas de pintas, todo bajo una banda sonora de rock clásico.

Bernal estaba al fondo.

Ocupaba un reservado de cuero desgastado pegado a la pared de ladrillo visto. Tenía una pinta de cerveza delante, intacta, con la espuma ya disuelta en una corona amarillenta. Su postura la delató al instante: los hombros tensos, la mirada fija en el cristal y la rigidez de un zapador .

Agulló se sentó frente a ella y pidió otra cerveza.

—Esto es una mala idea.

—Sí.

—Perfecto. Me tranquiliza saber que aún distinguimos una mala idea de una decisión de mierda.

Bernal sacó un papel doblado de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa, entre las dos cervezas.

—Molina está preparando esto.

Agulló no lo tocó.

—Ya no coordino nada.

—No te he citado para eso.

Bernal desplegó el documento con calma.

—«El joven Álex Roldán, mayor de edad, presentaba indicios previos de conducta errática, conflicto familiar y actividad digital preocupante. La investigación contempla que terceros hayan aprovechado dicha conducta para manipular elementos posteriores a su desaparición».

Agulló leyó sin acercarse.

Cada palabra parecía escrita para erosionar algo más que un caso.

Bernal continuó:

—«No se descarta que el propio desaparecido participara inicialmente en una dinámica de ocultación voluntaria que después derivó en hechos aún bajo investigación».

El murmullo del pub siguió igual, pero Agulló tuvo la sensación de que el aire se había vuelto más denso. Dio un trago a la cerveza y respiró.

—¿Qué coño es esto?

—Una forma elegante de enterrarlo. —Bernal dobló otra vez el papel—. Eso es lo que están construyendo, mientras tú recorres la ciudad culpándote por cada hora perdida.

Agulló levantó la vista del vaso.

—¿Me has seguido?

—No. Pero te conozco lo suficiente.

Agulló apartó la mirada hacia la barra.

—Tenía que volver a los hechos. Por última vez.

—Lo sé.

La inspectora volvió a mirarla. Bernal tenía el rostro tenso, endurecido por el cansancio y por algo más afilado: la certeza.

Ya no intentaba suavizar los golpes, ni disfrazar la verdad con medias tintas.

No la había hecho ir hasta aquel pub para consolarla.

La había citado para enseñarle cómo estaban enterrando el caso mientras todos miraban hacia otro lado.

—He perdido el tiempo —dijo Agulló.

Bernal tardó un momento en responder. Luego levantó su vaso de cerveza para brindar.

—Puede ser.

Agulló aceptó el brindis y dejó escapar una risa seca.

—Cada vez hablas más como Rojo.

—¿Perdona? No me insultes.

—Pues deja de darme la razón a medias de una maldita vez.

—Bernal apoyó los antebrazos sobre la mesa—.

Marta, si te apartas, Molina contará una historia.

Rubén contará otra. Vives pagará para que circule una tercera.

Y al final todo se mezclará, hasta que ellos se salgan con la suya.

Daniel será el salvaje. Moya, el que limpia la mierda.

Iker, el cobarde. Claudia, la niña rica que miró hacia otro lado. Y Álex Roldán…

Se quedó callada.

Bernal solo la llamaba por su nombre de pila cuando necesitaba acercarse.

Agulló acabó la frase:

—Álex será el chaval rarito que se metió donde no debía y desapareció porque jugaba con gente peligrosa.

Bernal asintió despacio.

—Y eso ya está pasando.

El camarero apareció junto a la mesa y ambas pidieron una segunda ronda.

—Escucha esto.

Bernal sacó el móvil y puso un audio.

La voz de Nuria sonó cansada, quebrada, demasiado cerca del teléfono.

—Inspectora… no sé si llegará a escuchar esto.

Hoy me han llamado dos periodistas. Querían saber si mi hijo estaba metido en cosas malas, si creemos que se escapó, si tenemos fotos «más normales» de él para enseñar a los medios...

Y ya no sé qué contestar. No sé qué parte de mi hijo puedo defender sin sentir que estoy mintiendo.

Pero yo lo conozco. Sé cómo era Álex cuando estaba bien y cuando estaba mal.

Y si hizo algo, quiero saberlo. Si tuvo miedo, también.

Si pidió ayuda, igual. No necesito que me devuelvan a un hijo perfecto.

Mi matrimonio está destrozado. Solo necesito que no me destrocen a mi hijo también en la televisión.

Hubo un silencio.

Luego Nuria respiró y añadió:

—Yo ya no sé si todavía estamos a tiempo… pero, por favor, encuentre la verdad antes de que ellos decidan cuál va a ser. Y meta en la cárcel a los desgraciados que hayan hecho esto.

El audio terminó.

Agulló no se movió .

El pub siguió respirando a su alrededor. Las palabras de Nuria permanecían entre ellas.

—No puedo salvarlo —dijo Agulló.

Bernal se encogió apenas de hombros.

—No lo sé.

—No me digas eso.

—Vale. No puedo saberlo. Pero sí creo que todavía puedes evitar que lo destrocen del todo.

Agulló bajó la mirada.

La verdad podía llegar tarde.

Pero aún podía llegar antes que la versión que otros ya estaban preparando.

—¿Qué está haciendo Costa?

Bernal guardó el móvil.

—Lo de siempre. Trabajar, aunque diga que no.

—¿Dónde?

—En el archivo viejo, con Ruiz. Gómez quiere que vaya a por Daniel, pero Costa sigue dándole vueltas a otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Ni idea. Y con Costa eso suele significar dos cosas: o todavía está atando cabos, o ha encontrado algo que no quiere que Molina vea.

Agulló levantó la cerveza y bebió despacio. El amargor le dejó una línea áspera en la garganta.

No regresaba al caso porque creyera que aún podían salvar a Álex.

Esa parte ya casi no importaba.

Volvía porque la historia de Álex ya estaba en marcha y alguien iba a escribir el final.

Si ella no intervenía, la verdad no tendría sitio en esa versión.